Alemania y Estados Unidos no van a disuadir a Putin con unas cuantas sanciones y cuentas bancarias congeladas: hace falta una alianza fuerte y democrática para frenar la guerra en Ucrania

Vladímir Putin, presidente de Rusia, en una fotografía de archivo.
Vladímir Putin, presidente de Rusia, en una fotografía de archivo.

Sputnik/Aleksey Nikolskyi/Kremlin via REUTERS

Opinión

Esta columna de Mathias Döpfner, CEO de la empresa matriz de Business Insider, Axel Springer, apareció originalmente en WELT, otra publicación de Axel Springer. A continuación puedes leer una versión traducida. Las opiniones expuestas pertenecen únicamente a su autor.

El 30 de junio de 2011, estaba sentado con varios editores destacados en la azotea de la embajada rusa en Unter den Linden, en Berlín. Era un día de verano agradablemente cálido y el embajador nos había invitado a comer. Poco antes, el Bundestag, el órgano legislativo alemán, había votado a favor de la eliminación gradual de la energía nuclear en el país, por 513 a 79 votos.

El embajador ruso observaba el Reichstag desde el mirador del edificio estalinista y, cuando empezamos a comer, levantó su vaso de vodka, que estaba lleno y preparado ante cada cubierto. Con voz amable, dijo: "¡Por el gobierno federal alemán! Este es un buen día para la política energética rusa, y es un buen día para Rusia".

Ahora sabemos cuánta razón tenía el embajador. Conmovida por la catástrofe de la central nuclear de Fukushima, Alemania cometió un error garrafal y creó una dependencia innecesaria de la energía y la política rusas. 

El resultado fue el gasoducto Nord Stream 2; un profundo sentimiento de alienación entre Estados Unidos, Alemania y Europa; y la posibilidad de que Vladímir Putin consolide su poder hasta un punto históricamente inédito.

La hora de una nueva política exterior alemana

Ahora Putin ha iniciado la tan temida guerra con Ucrania. Algunos dicen que el ataque fue inesperado. Otros dicen que era previsible. En la Conferencia de Seguridad de Múnich de hace unos días, el abismo en Occidente era evidente. Los estadounidenses, que hablaron en el estrado pero hicieron la mayor parte de su comunicación fuera de él, estaban de acuerdo: la guerra era solo cuestión de tiempo. Los europeos aseguraban lo contrario. Putin no haría eso, dijeron; no es más que táctica. Europa confía en que Putin actúe razonablemente. Los estadounidenses confían en su propia capacidad de actuar razonablemente.

Ahí estaba de nuevo, la ingenuidad consagrada de Europa. Y el anhelo particularmente ingenuo de los alemanes de que los autócratas se comporten de acuerdo con las mismas reglas éticas, morales, racionales y emocionales que ellos. Cosa que no hacen. Los autócratas suelen decir exactamente lo que dicen, y los autócratas suelen hacer exactamente lo que anuncian. Eso era cierto hace 100 años, y es cierto hoy.

Estamos amenazados por la perspectiva de una guerra larga y terrible. La muerte de cientos de miles de personas. La matanza inútil de soldados. La muerte de civiles, madres y niños. Una catástrofe humanitaria. Y los buenos consejos son caros. A nadie le interesa una escalada militar, una espiral de violencia.

Sin embargo, unas pocas sanciones y la congelación de cuentas bancarias no harán tambalearse a Putin. Y unos cuantos cascos enviados por Alemania a Ucrania ciertamente no lo harán. Ha llegado el momento de que Alemania tome una decisión de política exterior. Ya no basta con titubear y no involucrarse. Europa necesita a Alemania, y Estados Unidos necesita a Europa.

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Esta difícil situación también supone una gran oportunidad para el nuevo Gobierno alemán. El equipo de Gobierno es capaz. Y aporta tanto un enfoque nuevo (la ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock) como experiencia (el canciller Olaf Scholz). 

El tono paternalista y condescendiente al que se ha enfrentado en ocasiones la nueva ministra de Asuntos Exteriores está muy fuera de lugar. Baerbock pronunció un excelente discurso sobre la situación en la Conferencia de Seguridad de Múnich: empático, casi americano en su optimismo, pero también con claridad y severidad hacia el asunto en cuestión. Hizo un llamamiento a la solidaridad de los pueblos democráticos en la lucha contra la agresión rusa. Habló en términos concretos. Y desafió, con razón, a Nord Stream 2. (La detención preliminar del proceso de aprobación del gasoducto es un buen primer paso).

Fue exactamente el alegato a favor de una alianza occidental decidida y basada en valores que ningún ministro de Asuntos Exteriores alemán había hecho en una década y media: el tono adecuado, la idea correcta en el momento adecuado. Únicamente en la ronda de preguntas posterior se produjo una vuelta a los viejos hábitos. Cuando el diplomático Christoph Heusgen preguntó incómodamente por qué Alemania no había entregado armas a Ucrania, salieron a relucir los viejos tópicos sobre la historia alemana y sus consecuencias (anti)militares.

Una vez más quedó claro que algunos sectores del mundo político alemán siguen aferrándose a las lecciones equivocadas de la historia del nazismo y del Holocausto. En lugar de "Intervención militar, nunca más", deberíamos decir "¡Genocidio, nunca más! ¡Racismo, nunca más! Apaciguamiento, nunca más".

Lo que el ministro del Partido Verde Joschka Fischer comenzó en los Balcanes, la ministra del Partido Verde Annalena Baerbock debe llevarlo ahora a su fin en Ucrania, es decir, un reajuste conceptual de Alemania y, con ello, de la política exterior europea. 

El pueblo de Ucrania necesita nuestra solidaridad, y las palabras no serán suficientes. Necesitan ayuda, y necesitan una alianza de valores democráticos respaldada militarmente. Y, por difícil que sea la decisión, también necesitan armas, para reducir, o incluso disuadir, la violencia.

Formar una alianza democrática más fuerte

La situación en Ucrania y en Rusia no es la única que está en juego. Los chinos estarán pendientes de lo que hagan Estados Unidos y la UE en Ucrania. Y entonces decidirán si Taiwán -un país responsable de más del 60% de la producción mundial de microchips- se mantiene independiente, si lanzan una invasión militar o si planean un golpe bien organizado desde dentro.

"No, los chinos no harían eso", dicen los que buscan la compenetración con China, junto con los de la Unión Europea que están perfectamente contentos con lo mismo de siempre en la política exterior europea. "Los chinos son demasiado razonables para eso", sostienen. Es el mismo argumento que esgrimen los que siempre han afirmado que Putin es razonable. Esperemos que tengan razón. Yo, por mi parte, no creo que la tengan.

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Tras la vergonzosa retirada de Estados Unidos de Afganistán, en Ucrania se está poniendo a prueba nada menos que el futuro orden mundial. Lo que necesitamos es una nueva política exterior transatlántica. Es la hora de la UE. Francia, bajo el valiente liderazgo de Macron, ya ha identificado las oportunidades que esto supone, desde la política energética hasta la política de seguridad. Ahora Alemania debe actuar. No evitaremos una terrible guerra con el pacifismo alemán.

Todavía existen varios escenarios. Pero todos los escenarios necesitan un Occidente fuerte y unido, desde el peor caso de una guerra a gran escala hasta el mejor caso de un acuerdo para salvaguardar la imagen en torno al asunto simbólico de la expansión de la OTAN hacia el este. 

Tal vez Putin se conforme con un corredor más amplio y cómodo hacia Sebastopol. Pero si Occidente habla de ese acuerdo como un éxito diplomático para evitar una guerra prolongada, entonces Putin habrá conseguido lo que quería. 

Sus amenazas habrán sido recompensadas con la sumisión. Y aunque no lo habrá conseguido todo, habrá obtenido exactamente lo que quería, y se habrá sentado un precedente.

Si Rusia se sale con la suya, China le seguirá. Y lo demostrará con una combinación de poder económico y político. Estados Unidos quedará atrás como la primera potencia democrática de ayer. Europa se convertirá en un parque de atracciones euroasiático.

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He visto a Putin una vez en mi vida. El breve encuentro individual tuvo lugar en el Kremlin en 2005, unos meses después de que Paul Klebnikov, el director de la edición rusa de Forbes, fuera tiroteado frente a la oficina de la revista en Moscú. Putin hablaba tranquilamente en un excelente alemán, casi sin acento. Una parte de nuestra conversación se me ha quedado grabada de la media hora que estuvimos juntos. 

Fue sobre el islamismo y los intereses potencialmente compartidos para combatirlo que podrían existir entre Estados Unidos, la UE y Rusia. Sí, dijo Putin, tenemos muchas cosas en común, si Estados Unidos dejara de tratarnos como una colonia. Nuestra cultura rusa es bastante más antigua y profunda que la de los estadounidenses. Tenemos nuestro propio sentido del orgullo.

Y de este sentido del orgullo se trata, un orgullo que fue herido masivamente por Estados Unidos bajo el presidente George W. Bush, y aún más bajo Barack Obama. El mundo ha estado pagando el precio de estas humillaciones innecesarias desde entonces.

Ahora no curaremos estas heridas mediante el apaciguamiento y el pacifismo. Utilizando la desinformación de datos y el ejército como medios, Putin ha revivido la geopolítica autocrática del siglo XIX. Debemos contrarrestarla con la política de una alianza democrática moderna del siglo XXI, con confianza y fuerza.

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