Infierno en Wall Street: rechacé un contrato de 6 cifras en un banco de inversión tras unas prácticas encadenado al ordenador y con miedo constante a ser humillado públicamente

Un becario del sector financiero relata el infierno que vivió en Wall Street.
Un becario del sector financiero relata el infierno que vivió en Wall Street.

seksan Mongkhonkhamsao/Getty

Este es el relato en primera persona de un becario del sector financiero que trabajó para un banco de Chicago este verano. El becario compartió su historia con el periodista de Business Insider, Reed Alexander, pero solicitó permanecer en el anonimato por miedo a que hablar de su experiencia en estos términos pudiera afectar a futuras oportunidades profesionales. Business Insider ha verificado su identidad y su experiencia laboral. Su testimonio ha sido editado para una mayor claridad y comprensión.

Crecí en una familia en la que la ética del trabajo es importante. Mi padre es cirujano y, después de estudiar Medicina, fundó una exitosa consulta sanitaria, resultado de innumerables horas de trabajo durante años. 

Siempre le he admirado. Sin embargo, mis intereses profesionales han estado en el mundo de los negocios y no en la medicina. Entré en la universidad pensando que estudiar finanzas y pasar unos años en el sector me prepararían para una carrera fructífera. Nunca pensé que el camino fuese a ser fácil, pero no creí que significaría tener que vender mi alma.

Estoy en mi último año de universidad y no tengo claro qué es lo que voy a hacer después de la graduación. Hace unas semanas, cuando terminé mis primeras y únicas prácticas en una empresa de Chicago, tomé una decisión que nunca me habría planteado cuando empecé la carrera. 

Rechacé una oferta de la compañía para trabajar a tiempo completo el año que viene. El puesto contemplaba un sueldo de 110.000 dólares (110.364 euros), además de un bonus extra de entrada de unos 10.000 euros. Y eso sin contar con la paga extra de Navidad.

Había esperado y trabajado durante años para llegar a ese momento y recibir una oferta como esa. 

 

Estábamos un grupo de ansiosos becarios y yo, apiñados en una sala de conferencias al final de nuestro programa de prácticas. Frente a nosotros, un par de sonrientes banqueros deshaciéndose en elogios, diciéndonos que lo habíamos hecho muy bien y que habíamos conseguido entrar. Se podía percibir en el ambiente la sensación de victoria, de conquista, que sentían el resto de becarios.

Pero yo no me sentía así. Después de más de 2 meses de presión, agotamiento, incansable trabajo para contentar a mis jefes y atracones de cafeína, estaba dispuesto a abandonarlo todo: las exigencias, dorar la píldora, y, sí, los grandes salarios. 

Pocas personas, aparte de mi familia más cercana, entendieron lo que me llevó a pararme al borde de la línea de meta, darme la vuelta y caminar en la otra dirección, sin un trabajo ni la sensación de certeza. Sin embargo, alejarme de Wall Street es lo que hice y no he mirado atrás. Déjame contarte por qué.

Tenía miedo de alejarme del ordenador

Empecemos por el horario. Este verano trabajé una media de 80 horas semanales, durmiendo solo 5 o 6 horas cada día. Me asignaron a uno de los departamentos más exigentes de mi banco, el encargado de las fusiones y adquisiciones de las compañías del índice Fortune 1000.

A pesar de que la situación económica se ha resentido, nuestros responsables buscaban formas de mantenernos trabajando hasta altas horas de la noche, como preparando presentaciones para intentar captar nuevos clientes. 

A menudo me quedaba trabajando hasta la 1 de la madrugada, encorvado sobre mi portátil. A veces me saltaba la cena para poder seguir trabajando. Empecé las prácticas delgado y las terminé con 5 kilos de más. 

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Mantener mis hábitos alimenticios y de ejercicio durante el verano fue complicado. Comía fuera casi todos los días, apenas cocinaba y tenía que renunciar a mucho tiempo que habría dedicado a hacer ejercicio.

Lo peor fue sentir que tenía que estar encadenado a mi ordenador incluso en momentos en los que la mayoría de la gente estaría cenando o simplemente viviendo su vida. Por ejemplo, una noche, pasadas las 8 de la tarde, estaba en el gimnasio de mi edificio cuando un directivo me envió un correo electrónico diciéndome que me pusiese a trabajar en una cosa. 

Llevaba 25 minutos entrenando y pensé que me pondría a trabajar cuando volviera a subir a mi apartamento. Sinceramente, ¿qué podría ser tan urgente que no pudiera esperar otros 20 minutos cuando ya era de noche? 

Entonces, unos 25 minutos después, me vuelve a sonar una notificación de mi correo electrónico. Es otro mensaje del mismo directivo, pero su tono ha cambiado. "¿Qué opinas de esto?", me preguntó. No parecía estar contento con que le hicieran esperar.

Después de eso aprendí la lección y, durante el resto de las prácticas, empecé a comprobar mi teléfono compulsivamente cada 5 minutos para asegurarme de que no me perdía nada. 

La necesidad de estar disponible llegó al nivel de que, cuando mis compañeros de piso querían salir a ver Chicago, yo les decía que no podía, que no quería ir muy lejos de casa. Pensaba que tenía que estar físicamente cerca de mi apartamento por si necesitaba volver corriendo a hacer algo.

Tenía la sensación de no poder dormir mucho, hablar con mis amigos o ir al gimnasio. Necesitaba tener acceso a internet y a mi ordenador por si el trabajo surgía de un momento a otro. 

Dinámicas de trabajo

A pesar del horario, el trabajo de un becario de Wall Street es bastante aburrido. No esperaba que los becarios estuvieran en el proceso de negociación del precio de las acciones en la compra de una empresa, pero tampoco creía que su labor fuese a ser tan insignificante.

Casi el 80% de mi tiempo en las prácticas me dediqué a editar diapositivas en PowerPoint. El volumen de trabajo no termina nunca, así que acabas sintiéndote como en una cinta transportadora, dedicando horas y horas a editar textos de propuestas de inversión. 

Los directivos te dicen: "Cambiemos esta palabra por esta otra", "cambiemos el formato de este gráfico" o "añadamos algunas imágenes a esta diapositiva".

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No se necesitan muchos conocimientos específicos para hacer el tipo de trabajo que teníamos que hacer y, a menudo, me sentía más un diseñador gráfico de nivel básico que un experto en finanzas. Parecía que no servían de nada todas las horas que había pasado estudiando para entender las facetas técnicas del sector.

Por suerte para mí, era un becario, así que podía ver la luz al final del túnel. Si hubiera aceptado la oferta de trabajo, ese túnel habría continuado durante toda mi carrera y habría condenado mi futuro a ser un prisionero de la América corporativa. Quizá para siempre.

A veces, la cultura era "abusiva"

Banqueros senior y mandos intermedios del banco de inversión nunca se ensañaron con los becarios. Creo que alguien —quizás de recursos humanos (RRHH)— les había dicho que no fueran demasiado estrictos con nosotros. Sin embargo, cuando se trataba de los empleados a tiempo completo, la cosa cambiaba.

Recuerdo que un mando intermedio reprendió a un analista de mi equipo vía email por cometer un error que en realidad no lo era, aunque el director general pensaba que sí. 

El jefe le sancionó por correo electrónico, con el resto del equipo encargado de la operación en copia, para que después alguien le dijera que el analista solo estaba siguiendo las instrucciones que se le habían dado previamente. Aun así, el manager se negó a disculparse. Era como si estuviera por encima de cualquier error.

Es una pena ver cómo se culpa y se humilla públicamente a un trabajador que realmente tenía las mejores intenciones. Después de esto, el analista pasó gran parte de la tarde encogido, con los hombros agazapados, al igual que su orgullo. Se notaba que estaba pensando: "Dios, ya estamos otra vez. Otra vez no es suficiente".

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Tuve el valor de hablar varias veces con RRHH para intentar transmitirles que estaba en desacuerdo con la cultura de la empresa. El mensaje no llegó. Tuve cuidado con lo que decía porque no quería echar por tierra la posibilidad de una futura oportunidad laboral, pero sus respuestas solían ser: "Todo el mundo tiene problemas, pero ya lo entenderás, acabarás por entenderlo".

Sus reacciones parecían asépticas e impersonales. Como becarios y analistas, los trabajadores junior éramos tratados casi como si no fuésemos humanos. Era como si hubiera un trabajo que hacer y nosotros fuéramos la forma de conseguir que ese trabajo se hiciese. 

Más vale que fuese perfecto y que llegase a tiempo. Los becarios éramos como robots y no importaba la hora del día o si era el fin de semana. Hasta cierto punto, era deshumanizante.

Cuando pienso en la naturaleza de mi trabajo, intento encontrar el adjetivo adecuado para describirlo. Me viene a la cabeza la palabra "abusivo". De forma visceral, esa palabra suena fuerte, pero cuando la pienso... suena bien. Abusivo.

Mis compañeros de finanzas desearían ser yo

A medida que nos acercábamos al final del programa de prácticas, decidí rechazar la oferta de trabajo en caso de que me la hiciesen. Solo hubo un momento en el que estuve a punto de reconsiderar mi decisión.

En los últimos días del programa, todos los banqueros senior y los directores generales querían relacionarse con nosotros. Era como si estuvieran en una competición para averiguar quiénes éramos

Estaban ansiosos por decirnos lo agradecidos que estaban por nuestro duro trabajo, querían llevarnos a comer o sentarse con nosotros para tomar un café. Era un comportamiento completamente anormal teniendo en cuenta su actitud durante los 2 meses previos.

Estaba claro que intentaban cerrar el trato y asegurarse de que todos volviéramos el año que viene para continuar el círculo virtuoso de hacer su trabajo por ellos. Aun así, ser cortejado y perseguido por nuestros responsables era una buena sensación y empezó a meterse en mi cabeza. Por un segundo, pensé: "Eh, quizá esto no esté tan mal después de todo".

Al final, me mantuve firme y dejé que la oferta pasase sin aceptarla. Me alegro de no haberme dejado engañar por una única semana de comidas y cenas.

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La mayoría de mis compañeros de finanzas no entienden mi decisión. Algunos incluso han admitido en voz baja que sienten envidia o que les encantaría estar en mi lugar. Dicen cosas como: "Ojalá yo pudiera hacer eso" o "me das envidia". 

Es casi como si les hubieran lavado el cerebro con esta visión de una vida rica y glamurosa en el sector financiero y ahora estuvieran encadenados a ella. Tal vez tengan miedo de rechazar esa idea y tener que rehacer toda su identidad después de haber llegado tan lejos. Quién sabe.

Algunos trabajadores del sector se apiadan de mí cuando les cuento que he renunciado a una vida como la suya. Asumen que no he sido lo suficientemente fuerte, lo que puede ser humillante y condescendiente. Suelen decir: "No es para todo el mundo. No todo el mundo puede soportarlo".

No sé si "culpa" es la palabra adecuada para describir mis sentimientos, pero hay una voz en mi cabeza que a veces susurra: "No pude soportarlo. He defraudado a la gente".

Beneficios y sacrificios

No pretendo dar a entender que no haya habido ni una sola cosa que haya ido bien este verano, que no haya habido nada positivo. Hubo algunas cosas que estuvieron bien, como conocer a una gran cantidad de personas súper inteligentes y aprender mucho al asistir a las reuniones con los clientes, aunque yo estuviera al margen.

Pero Wall Street no es para mí. Quiero que la gente haga lo que quiera, que se dedique a hacer cosas que le entusiasmen de verdad. Aunque signifiquen ganar menos dinero o no parezcan tan prestigiosas, aunque tu publicación en LinkedIn no tenga tantos likes como si hubieras aceptado la oferta de Wall Street. Si eres feliz, eso es lo que importa.

Mi decisión implica aceptar algunos sacrificios. Voy a ganar mucho menos dinero desde el principio, pero también soy consciente de que no es necesario ganar cerca de 250.000 euros a los 23 o 24 años para tener una buena vida.

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Estar dispuesto a aceptar un sueldo menor en los próximos años me ha dado muchas cosas buenas, entre ellas estabilidad y la capacidad de poder contribuir al mundo más allá de diseñando diapositivas en PowerPoint. Siempre he soñado con dirigir mi propia empresa. Ya veremos qué pasa.

Cuando miro atrás y pienso en mi decisión, no me arrepiento. La posibilidad de perderme las cosas sencillas —las cenas de Acción de Gracias, las llamadas por la noche de 30 minutos con mi novia o el solo hecho de salir de mi escritorio a las 6 y media de la tarde para ver cómo se desvanecen los últimos rayos de sol— es lo que más duele. 

Elegí recuperar todo eso a pesar del "coste" aparente que ahora tengo que pagar. Dije "gracias, pero no" a Wall Street y, al final, eso significa ganar mucho más.

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