He probado la comida de astronauta: así se prepara, así sabe y dónde puedes comprarla

El austronauta Akihiko Hoshide prepara la comida durante una misión de la NASA en el espacio.
El austronauta Akihiko Hoshide prepara la comida durante una misión de la NASA en el espacio.

REUTERS/NASA

  • En 1961, Yuri Gagarin inauguró la era de los viajes espaciales tripulados y, con ella, aparecieron necesidades muy cotidianas pero que se magnificaban en el espacio: desde ir al baño hasta comer.
  • La alimentación ha sido uno de los campos donde más se ha innovado en la carrera espacial, pasando de los alimentos en forma de tubo a otras propuestas más interesantes como los productos ionizados o deshidratados.
  • He probado un helado y un plátano deshidratados, idénticos a los que comen los astronautas. La experiencia no ha resultado demasiado agradable.
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El reciente lanzamiento de la nave tripulada de SpaceX rumbo a la Estación Espacial Internacional ha revivido el interés de las nuevas generaciones por la carrera espacial. Un hito para la NASA (al fin y al cabo, la primera misión que despegó desde suelo norteamericano desde el fin de los transbordadores) con el que los humanos seguimos conquistando lo inexplorado del universo y ampliando nuestro conocimiento de lo que escapa a nuestro planeta.

Sin duda, en este camino hacia la exploración de los límites del universo hay muchísimos detalles sobre el día a día de los intrépidos aventureros en los que apenas reparamos pero que resultan imprescindibles para su éxito final. Casualmente, cuestiones que de niños todos nos hemos planteado: ¿cómo duermen los astronautas en el espacio? ¿cómo van al baño? ¿qué comen allende los cielos?

Esta última pregunta es de las más recurrentes y, también, de las que tiene una respuesta más interesante. 

Hagamos un poco de memoria. Nos tenemos que remontar hasta 1961, cuando el primer cosmonauta soviético -Yuri Gagarin- orbitó alrededor de la Tierra a bordo de la extraordinariamente avanzada para la época nave Vostok. De aquella, poco o nada se sabía sobre las condiciones exactas que favorecerían la alimentación del bueno de Yuri, con lo que los rusos optaron por una solución práctica aunque no demasiado apetitosa: carne de res y pasta de hígado en forma de tubo, como si de un dentífrico se tratase.

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Un año más tarde, el estadounidense John Glenn copió el mismo sistema en su misión a bordo del Friendship 7: su comida consistió en puré de manzana y de carne de res con verduras en un tubo. Sin desmerecer, no parece algo especialmente deliciosa. Eso sí, Glenn añadió un elemento más al menú: tabletas de azúcar disueltas en agua.

Por suerte, desde entonces la innovación aplicada a las comidas de los astronautas ha evolucionado mucho. En sucesivas misiones, se han ido incorporando alternativas no sólo más sabrosas, sino también nutricionalmente más completas, como alimentos termoestabilizados (calientes), ionizados (esterilizados), bebidas en polvo (desde agua hasta café) y, de manera más extensa, los alimentos deshidratados (sin agua).

Fruto precisamente de esa curiosidad infantil, planteé a Business Insider España un artículo poniéndome en la piel (más bien en su estómago) de los grandes astronautas de la historia. ¿El objetivo? Probar la comida deshidratada con la que se tienen que alimentar en el espacio. Así ha sido la experiencia que, ¡spoiler!, no es demasiado agradable.

Cómo se elabora

La comida deshidratada lleva usándose en misiones espaciales desde el primer vuelo del programa Gemini de la NASA, en 1965. En aquel lanzamiento, la agencia norteamericana eliminó el agua presente en distintos alimentos (huevos revueltos, camarones con salsa de cóctel, pollo al curry y pudín de arroz con pasas), los selló en bolsas de plástico y etiquetó con instrucciones para su rehidratación una vez estuvieran en órbita.

Cabe explicar, antes de ir a mayores, que la deshidratación es una forma relativamente habitual de conservar los alimentos durante largos períodos de tiempo y que es la evolución natural de la clásica técnica de dejar secar al sol los productos.

En una máquina deshidratadora moderna, se produce calor en la parte inferior que asciende hacia las bandejas donde están los alimentos y, tras varias horas de aplicarles altas temperaturas de forma constante y uniforme, se consigue que pierdan el agua que contienen, secándose pero sin reducir ni sus propiedades nutricionales ni el sabor (al menos en teoría).

Una vez finalizado el proceso, la comida se introduce en bolsas de plástico o aluminio que son selladas para una mejor conservación. Y así es como se comercializan estos alimentos en la actualidad para aquellos osados, como un servidor, que opten por probarlos. A añadir las ilustraciones y referencias espaciales para contribuir a la ambientación precisa de estos productos.

Aspecto y sabor

Aunque existen distintos alimentos deshidratados a la venta, en este caso opté por probar dos bien distintos entre sí: un plátano y un helado napolitano, con nata, vainilla y chocolate. Además conseguí engañar a algunos amigos para que compartieran sus impresiones conmigo y, de este modo, que la valoración sobre ellos fuera lo más objetiva posible.

Pero hablemos primero de su aspecto. Una vez abiertos los paquetes sellados que los contienen, lo que nos encontramos es que el plátano está cortado en finas rodajas, casi como unas patatas fritas. Por supuesto, ni gota de agua: su textura es áspera y dura como una piedra.

El helado tiene mejor pinta: estéticamente parece de verdad un helado, viene bien envuelto en papel, y no dista mucho del que podríamos conseguir en cualquier chiringuito de playa.

Normalmente, a los alimentos deshidratados se les debe añadir algo de agua para conseguir que vuelvan a la vida. Sin embargo, las instrucciones en el paquete indican claramente que es suficiente con la saliva de la boca para lograr ese efecto. No hay muchas más indicaciones: el paquete no requiere de nevera o de ser almacenado, tratado o procesado de ninguna forma especial.

Cumpliendo esa norma, empezamos la particular cata espacial.

Primero el plátano: desagradable a más no poder. Efectivamente, está duro y sin apenas sabor a nada, mucho menos a fruta.

Es como comer cartón.

Probamos a añadirle algo más de agua, a ver si así mejora la cosa... y lo hace (a medias): ahora ya sabe a fruta, pero no a plátano sino más bien a los potitos de comida para bebés o algo similar. Incluso la textura, una vez rehidratados, pasa de ser rocosa a una suerte de papilla consistente difícil de ingerir.

Ya sea en la Tierra o en el espacio exterior, el helado siempre es una opción vencedora.

Vamos a ello: también está duro como una piedra por el efecto de la deshidratación, pero en este caso sí que basta con tenerlo un momento en la boca.

Por suerte, los sabores parecen inalterados, es apetecible y salvo por la falta del frío característico, es un buen postre.

Solo le encontramos un defecto de cara a su consumo en el espacio: si no se corta bien, el helado desprende muchas migas que podrían dañar alguno de los delicados sistemas de una nave o la propia Estación Espacial Internacional.

A lo mejor en la NASA les entrenarán a ser limpios y delicados en la mesa...

Dónde comprarla

La primera vez que vi productos deshidratados vinculados a la carrera espacial fue hace algunos años en ciertas tiendas cercanas a Cabo Cañaveral, en Florida, una de las principales bases de la NASA. Allí se comercializaban al mismo nivel que los imanes de nevera o las réplicas de los grandes transbordadores que llevaron al hombre a la Luna: como un souvenir más.

La cosa ha ido cambiando y, en la actualidad, estos productos se venden de forma masiva por internet (en Amazon, mismamente, existen numerosas alternativas) como una herramienta de divulgación para que jóvenes (y para algunos creciditos) puedan interesarse sobre la exploración de los astros. Y es que, ¿qué mejor manera de aprender sobre el espacio que comiendo como si estuviéramos en él?

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