Una réplica de Chernóbil podría proteger a los astronautas de la radiación del espacio

Un operario en el tercer reactor de la planta nuclear de Chernóbil
REUTERS/Gleb Garanich
  • Aunque la vida en Chernóbil es prácticamente imposible para los humanos, los científicos han descubierto unos hongos que se alimentan de la radiación y la convierten en energía.
  • Esta especie, con algún tratamiento y después de las pruebas pertinentes, podría utilizarse para proteger a los astronautas en misiones del espacio profundo.
  • Con el debido tiempo, hongos como este podrían convertirse en el escudo perfecto para posibles bases en la Luna y Marte.
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La NASA está planeando regresar a la luna en 2024 y, potencialmente, establecer una presencia humana permanente allí de cara el final de la década. Las incógnitas son muchas, los obstáculos logísticos por superar, más, y está el problema más grande de todos: el espacio tiene demasiadas formas de matar a un ser humano.

Una de las formas más letales fuera de la Tierra son los llamados rayos cósmicos, ese pequeñísimo inconveniente que, lejos de la seguridad de la atmósfera y el campo magnético de nuestro planeta, puede acabar con la vida de un descuidado en menos de un minuto. Por poner en perspectiva, un astronauta de la Estación Espacial Internacional (ISS), con todas las medidas de seguridad con las que cuenta, recibe más de 20 veces más radiación que un terrestre corriente.

El problema para librarse de este peligroso acompañante cósmico, como suele suceder, es que no hay nada en la Tierra que se le pueda comparar para estudiarlo a fondo. Nada, claro, excepto uno de los lugares más peligrosos del planeta: la antigua planta de Chernóbil.

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La explosión que hizo un agujero en el reactor número 4 de la Central Nuclear en 1986 fue devastadora. En algunas partes de las instalaciones, el nivel de radiación se elevó tanto que la exposición mataría a un humano en unos 60 segundos, prácticamente lo mismo que los rayos cósmicos. Ni siquiera las ratas, que se jactan de sobrevivir a las explosiones atómicas (y quedarles fuerzas para comerse a algún geofísico despistado) podrían sobrevivir bajo tales condiciones.

Sin embargo, ya  pesar de todas las dificultades, se han descubierto diferentes especies de hongos en su interior. Viviendo, creciendo, prosperando, alimentándose de la radiación y convirtiéndola en energía. Y claro, la ciencia no podía dejarlos escapar.

Un nuevo estudio prepublicado en bioRxiv determina que una de estas especies, el Cladosporium sphaerospermum, podría utilizarse como un escudo autocurativo y autorreplicante con el que proteger a los astronautas en el espacio profundo. La información, adelantada por la revista New Scientist el pasado 24 de julio, supondría un amplio paso adelante para los planes de la NASA.

Varios investigadores colocaron los hongos en una placa Petri a bordo de la ISS durante 30 días y analizaron su capacidad para bloquear la radiación. En un lado, el vacío de hongos, la radiación se mantuvo estable; en el otro, los hongos fueron capaces de adaptarse a la microgravedad y prosperar, disminuyendo los niveles en casi un 2%.

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Una de las mayores ventajas, escriben los investigadores, es que los hongos se autorreplican en cantidades microscópicas. Sólo habría que enviar una pequeña cantidad a la órbita, darles tiempo, algunos nutrientes y dejar que se repliquen —al fin y al cabo, 30 días es muy poco tiempo—, formando un escudo biológico contra la radiación que podría usarse para proteger las bases de la Luna o de Marte.

Todavía falta mucho para que podamos poner un pie en el planeta rojo, pero los primeros pasos ya están encaminados a conseguirlo.

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