En qué consiste realmente el 'quiet quitting' o 'dimisión silenciosa'

La 'dimisión silenciosa' ha iniciado un debate sobre cuánto debemos a nuestros jefes, pero también sobre qué necesitamos para ser felices.
La 'dimisión silenciosa' ha iniciado un debate sobre cuánto debemos a nuestros jefes, pero también sobre qué necesitamos para ser felices.

iStock; Rebecca Zisser/Insider

Primero llegó la noticia que anunciaba la tendencia y, después, llegaron las reacciones. Ahora, todo el mundo opina sobre el quiet quitting o dimisión silenciosa. ¿Deberíamos celebrarlo, entendiendo que las nuevas generaciones ponen más límites entre el trabajo y la vida privada? ¿O condenarlo como otro capricho de la generación Z? 

Normalmente, no me gusta entrar este tipo de debates, ya que suelo tardar demasiado en desarrollar un análisis que merezca la pena compartir. Pero esta vez tenía una ventaja, gracias a un artículo que publiqué en marzo. Gran parte del invierno la pasé escribiendo un largo ensayo sobre el auge y la caída de la cultura del estrés. Cuando lo terminé en enero, decidí escribir una segunda parte, hablando sobre qué era lo que iba a sustituir a esa cultura. Después de entrevistar a varias personas que, durante la pandemia, empezaron a reducir el ritmo de trabajo en silencio, describí lo que hacían con el término "cultura del ocio".

Los empleados de recursos humanos se refieren a este tipo de comportamiento como quitting in place, que en español sería algo así como, dimisión en el puesto, lo que supongo que es ligeramente menos peyorativo que llamar a estos trabajadores morosos corporativos. Sin embargo, yo veía esta nueva visión del trabajo como algo más deliberado. Los empleados parecían estar organizando una revuelta secreta contra una norma que hemos llegado a dar por sentada: la expectativa de que dedicaremos la mayor parte de nosotros a nuestros trabajos.

Cuando empecé a oír hablar de la dimisión silenciosa, me recordó mucho a mi artículo. Y resulta que la similitud no era una coincidencia: según Matt Pearce, de Los Angeles Times, que investigó los orígenes del concepto quiet quitting, mi historia fue la que dio el pistoletazo de salida a todo el asunto. Al parecer, un coach profesional llamado Bryan Creely acuñó el término en TikTok mientras se burlaba de mi artículo, preguntando a sus espectadores: "¿Has renunciado en silencio al trabajo?" El post se viralizó.

El concepto de Creely es mucho más pegadizo que el de "cultura del ocio" que se me ocurrió a mí. Pero, como muchos han señalado, es confuso decir que la gente ha dimitido en silencio cuando en realidad sigue desempeñando su trabajo. El término es claramente inexacto. Pero al igual que otras frases que han entrado en el léxico popular durante este momento de incertidumbre laboral como el de Gran Renuncia, es un esfuerzo por expresar algo sobre nuestra nueva relación con el trabajo. La dimisión silenciosa no consiste en dejar tu puesto, sino de cambiar de filosofía. Se trata de dejar de vivir en la cultura del estrés.

 

Hacer el vago frente a la conciliación de la vida laboral y familiar 

Gran parte del debate sobre el quiet quitting gira en torno a la definición de lo que realmente es. Los detractores lo definen como hacer el vago, es decir, hacer el menor trabajo posible sin que te despidan. Los que lo promueven lo consideran una forma de establecer límites claros entre la vida laboral y la personal. Es como si hablaran de 2 cosas totalmente diferentes. Esa tensión estaba presente en el artículo original que dio origen al debate. En él, citaba a 4 personas que, antes de la pandemia, trabajaban mucho más de 40 horas a la semana. 2 de ellas habían decidido reducir su jornada a 40 horas semanales, que es exactamente lo que se les paga. Otra, redujo en secreto sus horas de trabajo como inversora de capital riesgo a 30 horas, por lo que se lo tomaba con calma sin faltar a sus obligaciones. Y el cuarto, descubrió que podía hacer malabarismos con varios contratos como ingeniero autónomo al mismo tiempo, facturando 80 horas a la semana aunque solo trabajaba entre 10 y 15. 

Cuando se publicó la historia, los lectores no criticaron a los 3 primeros trabajadores, pero sí les molestó mucho la actitud del cuarto. "¡Esto es un fraude! ¿Cómo es que no es ilegal?", se quejó un profesional de RRHH con el que hablé. Incluso un amigo mío, cuyo saludable enfoque del trabajo admiro, consideró que este trabajador se había excedido.

Sin embargo, yo lo vi más como un Robin Hood del empleo, que robaba horas a las empresas ricas. "Bien por él", pensé. A lo largo de los años, él había trabajado de más para las empresas, incluso regalando horas. ¿No era eso poco ético? Y si es así, ¿no está bien que se desquite un poco?

En definitiva, comparando a todos los entrevistados, se trata de situaciones demasiado diferentes como para agruparlas en un mismo concepto. Pero esta confusión no me parece sorprendente, dado el momento en que nos encontramos. Con el aumento del teletrabajo, buscando a tientas nuevas formas de pensar en nuestras tareas y en cómo las llevamos a cabo. ¿Qué cantidad de esfuerzo debemos a nuestros jefes? ¿Está bien, después de años de sacrificio, no hacer nada? ¿Dónde está el límite entre negarse a superar las expectativas y quedarse corto? ¿Cómo debo sentirme respecto a los compañeros de trabajo que dimiten tranquilamente si al final tengo que asumir yo la responsabilidad? Todos estamos forjando nuestro propio camino hacia delante, de forma nerviosa, desordenada y torpe.

Por eso creo que el concepto dimisión silenciosa se está popularizando. Todo intentamos adaptarnos a una nueva realidad. De hecho, ese fue el motivo por el que escribí el primer artículo sobre el tema. Yo misma, quería definir hasta qué punto estaba dispuesta a trabajar menos, ya que una cosa es reducir el tiempo que dedicas al trabajo, y otra es estar satisfecha con el resultado. Pensé que si entrevistaba a gente que había conseguido reducir la jornada de manera satisfactoria, encontraría mi camino más rápido.

Hasta cierto punto, lo conseguí. Hace poco estuve releyendo mis diarios de 2018 y 2019, y me llamó la atención que prácticamente todas las entradas eran sobre el trabajo que tenía en esos días como reportera y redactora en Bloomberg. Hoy en día, ya no escribo en mi diario personal exclusivamente sobre trabajo, lo que supone un progreso, ¿no? En aquellos años, probablemente pasaba una media de 50 a 60 horas semanales trabajando. Hoy en día, son más bien 40, e incluso menos en las semanas más flojas.

¿Soy más feliz ahora que mi trabajo consume menos mi vida? Esa es la verdadera pregunta, la que está en el centro de la dimisión silenciosa. El mayor atractivo de la cultura del estrés no era el dinero; era la hoja de ruta para una vida plena. Se nos prometía que el trabajo haría que nuestra vida valiera la pena, que, en un sentido casi religioso, podría salvarnos. Rechazar esa oferta de salvación nos obliga a encontrar sentido y propósito en otra parte, algo realmente difícil: en nuestras familias, en nuestras amistades, en nuestras actividades de ocio, etc.

Es algo difícil de entender, incluso en los mejores tiempos. Y se ha hecho aún más difícil por todo el aislamiento y la incertidumbre creados por la pandemia, de la que todavía estamos luchando por salir. Una vez que dejamos espacio para una vida fuera del trabajo, tenemos que vivir realmente esa vida. Esa es la parte que todavía estoy intentando entender. Este año, cuando me separé, me encontré a mí misma volviendo a los viejos hábitos de la cultura del estrés, trabajando sin parar para no pensar en mi vida personal.

El debate que mantenemos sobre el quiet quitting tiene que ver con la más fundamental de las preguntas: ¿Cómo podemos vivir una buena vida? Uno de los aspectos positivos de esta terrible pandemia ha sido la forma en que nos ha sacado de nuestras rutinas de piloto automático. Nos hemos visto obligados a parar y preguntarnos qué es lo que más nos importa, y a imaginar cómo podríamos estructurar nuestras vidas en torno a algo más que las necesidades de nuestros jefes. 

Qué tremendo desperdicio sería si abandonáramos esa exploración y volviéramos al reconfortante abrazo de la cultura del estrés. Dejando a un lado si la dimisión silenciosa es buena o mala, el hecho de que estemos hablando de ella es, creo, una señal prometedora de que no nos dejaremos engañar de nuevo.

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