El consumo de carne y su relación con el medioambiente y con el cáncer: esto es lo que opinan las principales organizaciones

El ministro de Consumo, Alberto Garzón.
El ministro de Consumo, Alberto Garzón.

Flickr - Ministerio de Consumo

  • Antes de que lo hiciera Alberto Garzón, diversos organismos nacionales e internacionales ya recomendaron reducir el consumo de carne. La OMS, por ejemplo, lo hizo en 2003.
  • El consumo per cápita en España es de 0,96 kilos por semana, por debajo de lo que apuntó el ministro en su vídeo, aunque entre 2 y 5 veces superior al recomendable, según la Estrategia España 2050 del Gobierno central.
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Resuenan (y resonarán) las palabras de Alberto Garzón recomendando disminuir el consumo de carne. Las réplicas al vídeo del responsable de la cartera de Consumo han llegado desde diversos frentes (incluidos el PSOE y algún compañero en el Consejo de Ministros), a pesar de que es una sugerencia que, por ejemplo, también se incluye en la página 190 del documento España 2050 - Fundamentos y propuestas para una Estrategia Nacional de Largo Plazo, elaborado por el propio Gobierno de España.

No es novedoso, por tanto, lo planteado por Garzón. En la Estrategia antedicha se afirma que el consumo de carne en la población española (0,96 kilos a la semana, como se verá posteriormente) es entre 2 y 5 veces superior al recomendable. “Para que España se convierta en una sociedad neutra en carbono, resiliente al cambio climático y sostenible en el uso de recursos”, se subraya en el texto, “será necesario reducir el consumo de ciertas materias primas y productos. Esto significa que, en las próximas décadas, la población española tendrá que reducir su ingesta de alimentos de origen animal”.

El Instituto Europeo de Salud y Bienestar Social también destaca que, ya en 2003, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó “evitar las salchichas y otros derivados de este tipo y reducir la ingesta de carne roja”. La misma advertencia, recuerdan, se hizo desde la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Afirman en el Instituto que “la carne es un alimento que puede estar presente en la dieta, ya que es una fuente de vitaminas B, proteínas, hierro de fácil absorción y otros minerales beneficiosos para la salud, pero su consumo debe ser ocasional”. 

Y hay más: la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) aconseja “mantener las actuales recomendaciones de salud pública sobre el consumo moderado de carne, 2-3 veces por semana, ya que su consumo continuado y/o excesivo puede relacionarse con determinados problemas de salud,  teniendo muy en cuenta que la carne es una fuente importante de proteínas de alto valor biológico, aportando además una gran cantidad de micronutrientes en los que se incluyen las vitaminas del complejo B, hierro, potasio, fósforo y zinc. Así lo recogen todas las guías nutricionales existentes”.

La pandemia hizo que el consumo de carne subiera por primera vez desde 2012

Según el Informe del Consumo Alimentario en España, elaborado por el Ministerio de Consumo, Pesca y Alimentación, en 2020 los hogares españoles incrementaron el consumo de carne en un 10,5%, alcanzando los 2.305,25 millones de kilos. Esta categoría en valor crece un 12,9%, una evolución superior a la experimentada en volumen por el incremento del 2,2% en el precio medio, que en este año alcanzó los 7,01 euros el kilo.

Es la categoría que más proporción del presupuesto para alimentación y bebidas acapara en los hogares (el 20,37%). El equivalente a un gasto de 349,54 euros por persona al año, (39,17 euros más que lo gastado en 2019). El consumo per cápita es de 49,86 kilos al año, aumentando un 10,2% con respecto a la anualidad previa. Esto supone que el consumo por persona es de 0,96 kilos de carne a la semana, por debajo de los más de un kilo que aseguró Garzón en su vídeo.

La pandemia, continúa el informe, ha hecho mella en este consumo, puesto que conllevó un incremento que rompe la tendencia de descenso que se venía produciendo desde 2012. Si bien el año 2020 comenzaba con descenso de consumo de carne en el mes de enero, en febrero se detecta ya una evolución positiva que alcanza su máximo crecimiento en abril con una evolución superior en un 30% al mismo mes del año anterior.

Respecto a los tipos de carne consumidos, el 72,6% de los kilos fue de carne fresca (sube un 10,7% respecto a 2019), el 24,8% carne transformada (+8,8%) y el restante 2,6% correspondió a la carne congelada (con un incremento del 20,4%).  

Abrir el debate sobre el consumo de carne

Acaso haya que abrir el debate alejado de razonamientos banales y de fútil argumentación, como algunos que se han escuchado en los últimos días. Lo cree así Irene Vilá, vicedecana de EAE Business School y especialista en Alimentación Saludable: “Efectivamente, hay que abrirlo, de hecho, creo que el problema ha tenido que ver con el momento económico actual. Cualquier cosa que implique un menor consumo de algo, hará que se quejen aquellos que lo producen”. 

Los ganaderos han recibido las palabras del ministro como un oprobio mayúsculo y un ataque directo a su trabajo. Fuera de esta situación de crisis, sostiene Vilá, “se entendería mucho mejor, pero, ahora mismo, es normal que quien vive del sector cárnico se enfade”. En su opinión, el análisis ha de ir un poco más allá de la controversia entre consumo de carne sí, o consumo de carne no: “No hay que ser categóricos, hay carnes de muchos tipos y es necesaria en nuestra dieta, pero no hay que abusar de ella, como tampoco, por ejemplo, de la bollería. Además, hay que hablar de qué tipo de carne, cuanto menos procesada esté, será más sana y saludable”. 

Cree que la industria cárnica ya se está adaptando a los nuevos tiempos, “innovando hacia productos saludables, de hecho, la mayoría de sus ingresos provienen de estos”. El gran reto, opina, “ha de ser crear productos que sean igual de sabrosos que su versión menos saludable”. 

Las carnes procesadas están entre las 117 principales sustancias cancerígenas

La Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC por sus siglas en inglés), dependiente de la OMS, incluyó a las carnes procesadas en el grupo 1 de agente cancerígenos, donde hay 117 sustancias cancerígenas, como el tabaco, el amianto o el humo de los motores diésel.

Es decir, resaltan en el Instituto Europea de Salud y Bienestar Social, “se han encontrado suficientes evidencias científicas para afirmar que este alimento en sus distintas presentaciones, incluidas hamburguesas, embutidos y todo tipo de charcutería, puedan provocar cáncer de colon y recto”.

Antes aún, la OMS editó el informe Diet, nutrition and the prevention o chronic diseases, en el que se aconsejaba a la población que moderara el consumo de conservas de carne para reducir el riesgo de cáncer. 

La ganadería es responsable del 9,14% de las Emisiones de Gases de Efecto Invernadero

Las dos patas principales sobre las que se sustenta la tesis de que hay que reducir el consumo de carne son su relación con enfermedades como el cáncer y los perjuicios medioambientales que de su producción puedan dimanar. 

En este sentido, el documento Avance de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) correspondientes al año 2020 –del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico– estima unas emisiones brutas de 271,5 millones de toneladas de CO₂ equivalente, lo que supone una disminución respecto al año anterior del 13,7%.

El subsector de actividad con más peso en el total de emisiones, informan, es el transporte (27,7%), seguido de la industria (21,4%), la agricultura y la ganadería (14,1 %), la generación de electricidad (10,3%), el consumo de combustibles en los sectores residencial, comercial e institucional (8,2%), y la gestión de residuos (5,1%).

Dentro del consumo de la agricultura y la ganadería, la segunda es responsable del 64,8%, ergo, de un 9,14% del total. Las emisiones de este sector aumentaron, sobre todo, por las procedentes de la gestión del estiércol.

Irene Vilá comenta que “la industria alimentaria tiene que crear muchos alimentos y a veces se fuerza la máquina”. Como el consumo cada vez es mayor, resalta, “hay que cuidarlo desde el punto de vista de la sostenibilidad, porque la industria alimentaria también toma recursos del planeta. En cualquier sector hay que empezar a pensar en la sostenibilidad y eso conlleva un sobrecoste en el precio del producto, porque hacer las cosas de manera sostenible es más caro”. 

Se refiere la vicedecana de EAE a algo que también mencionó Alberto Garzón, y es el hecho de que la alimentación saludable va ligada al aspecto socioeconómico: “Las personas con un nivel socioeconómico bajo no pueden acceder a la alimentación saludable, porque es cara”. 

“El Gobierno debe intervenir en el etiquetado de los alimentos”

Para Vilá, hay un aspecto en el que, “como se está haciendo en otros países, es necesario que el Gobierno intervenga”: el etiquetado de los alimentos. “Hay que endurecer los requisitos de información y comunicación de los productores a los consumidores. Y penalizar cuando no se haga bien. Cada vez es obligatorio en más países que las etiquetas sean fáciles de leer. Los gobiernos se han puesto serios con esto porque se han dado cuenta de que las enfermedades derivadas de una mala alimentación suponen un gasto sanitario enorme”. 

También en esto incide el Instituto Europeo de Salud y Bienestar Social, para el que “el gran desafío es la regulación o autorregulación de la industria, pero siempre equilibrando el rigor científico con fórmulas adecuadas que no perjudiquen económicamente a ningún sector productivo de la alimentación. Asimismo, habrá que poner el acento en el etiquetado, con la finalidad de proteger la salud del consumidor”, afirman. 

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