Tuve coronavirus y estuve en coma conectado a un respirador durante 23 días: ahora comparto las fotos de mi batalla infernal para que la gente entienda lo brutal que es la recuperación

Phillip Guttmann.
Phillip Guttmann.
Phillip Guttmann

Phillip Guttmann

  • Phillip Guttmann es un escritor, productor y terapeuta que vive en Los Ángeles. Se contagió de COVID-19 durante un viaje a la ciudad de Nueva York en marzo.
  • Recuerda haber llamado a su familia para despedirse por última vez antes de caer en un coma inducido por una falla respiratoria; durante 23 días estuvo inconsciente, aquejado por pesadillas aterradoras.
  • Guttmann se está recuperando y quiere educar a otros sobre los síntomas posteriores a la COVID-19. Su cuerpo se está curando de las úlceras de decúbito de la fase 4, pero sufre de una intensa neuropatía periférica (entumecimiento y dolor ardiente).
  • Su mayor súplica a todo el mundo es que la gente use mascarillas y practique el distanciamiento social.
  • Este artículo contiene imágenes que algunos pueden encontrar angustiantes.
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Me contagié de COVID-19 al principio de todo, en marzo de 2020, y casi muero en el proceso.

Fue durante un viaje de trabajo en la ciudad de Nueva York entre el 3 y el 14 de marzo. Mirando hacia atrás, fue quizás el peor momento posible que se pueda imaginar.

Cuando mi avión despegó de Los Ángeles con destino al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, ya sabía que la gente en Italia estaba muriendo y que, algunos casos, muchos infectados habían viajado a Estados Unidos. También era consciente de que un crucero estaba varado con pasajeros enfermos en algún lugar de la costa del Pacífico.

Por aquel entonces no usaba mascarilla —necesitábamos reservarla para el personal médico—, pero sí utilizaba gel desinfectante con regularidad. Seguí esas instrucciones. Y aun así, entre el 3 y el 14 de marzo, formé parte de la primera oleada de gente que enfermó a causa del COVID-19.

No lo vi venir.

Me preocupé, como todos los demás, pero no pensé que me pasaría a mí.

No sé dónde ni cómo me contagié, y nunca sabré el momento de mi transmisión, la ubicación o las circunstancias.

Caminando por Nueva York en el mes de marzo.
Caminando por Nueva York en el mes de marzo.

Phillip Guttmann

Estuve en los juzgados, en el metro, en bares y restaurantes llenos de gente... Estuve en movimiento y ocupado, trabajando, viendo las noticias como el resto del mundo mientras las cosas iban poco a poco a peor.

Un par de días antes de que tuviera que volver a Los Ángeles, planeé hacerme con mascarilla y guantes y refugiarme en mi alojamiento hasta el momento de mi vuelo de vuelta, ya que las cosas se estaban poniendo cada vez más complicadas.

Aterricé en Los Ángeles el sábado 14 de marzo y por un momento me sentí seguro, como si hubiera esquivado una bala. Pero, al cabo de 36 horas, empecé a sentirme mal. Estaba fatigado y tenía dolores en todo el cuerpo; el lunes, mi temperatura subió a 38,3°. Instintivamente, supe que había contraído COVID-19.

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Fui a urgencias ese mismo día y estuvieron a punto de mandarme a casa, a pesar de la fiebre y la tos, hasta que se enteraron de que acababa de bajar de un avión de Nueva York dos días antes. 

No recuerdo haberme hecho una PCR, pero la prueba de la gripe dio negativa y los médicos entraron en mi habitación para decirme que sospechaban que tenía COVID-19. Los resultados de mi prueba de coronavirus dieron positivo unos días después.

Los siguientes días están un poco borrosos para mi memoria. Me ingresaron en una habitación normal, frente al espeluznante edificio azul de la Cienciología en Los Ángeles (personalmente encuentro el edificio bastante inquietante).

El edificio de la Cienciología fuera de la ventana de mi hospital
El edificio de la Cienciología fuera de la ventana de mi hospital
Phillip Guttmann

Phillip Guttmann

Recuerdo que una enfermera me dijo que muchos de sus pacientes con COVID-19 estaban colapsando y se les estaba poniendo respiradores. Le pregunté si eso me pasaría a mí... estaba aterrorizado. Su respuesta: "¡Espero que no!"

Recuerdo la comida. Mi primera noche en el hospital me perdí la cena debido a la hora de mi ingreso y solo me dieron un sándwich de pavo y queso seco en un recipiente de plástico. Me lo comí, aunque estaba muy soso, porque tenía hambre. Hubo otra noche en la que olvidaron traerme la cena. Estaba hambriento y una de las enfermeras tuvo la amabilidad de traerme un poco de comida china.

¿Cómo podía tener tanta hambre estando tan enfermo? Pero durante los primeros días lo estuve. Recuerdo que había pudín, gelatina, galletas y zumo de manzana espumoso.

Recuerdo algunas llamadas telefónicas y llorar de dolor por lo fuerte que había tosido.

Y recuerdo claramente querer advertir a todos en redes sociales que usasen mascarilla y tuvieran cuidado, aunque tampoco me cebé con mi situación personal para luego postearla en Facebook.

El día antes de ser intubado en el Hospital Presbiteriano de Hollywood el 22 de marzo de 2020
El día antes de ser intubado en el Hospital Presbiteriano de Hollywood el 22 de marzo de 2020
Phillip Guttmann.

Phillip Guttmann.

Tuve un fallo respiratorio el 23 de marzo, me intubaron en la UCI y me indujeron el coma

Tengo miedo de morir joven, o de que algo salga mal y pierda este gran regalo de la vida, así que estoy agradecido de no recordar nada de lo que me llevó al coma.

Las enfermeras y los médicos me dijeron más tarde que estaba aterrorizado ante la posibilidad e ser intubado, porque sabía que las probabilidades de sobrevivir con un respirador eran escasas. Me las arreglé para llamar a algunos amigos y familiares, y me despedí, diciendo algo así: "Llamo para despedirme, voy a ser intubado y no creo que vaya a sobrevivir". No recordar esos momentos me ha ahorrado un enorme sufrimiento.

Pero sí recuerdo las muchas pesadillas que tuve con el respirador mientras estaba en coma. Una de mis pesadillas fue la de un amigo metiéndome en un pozo y torturándome físicamente con descargas eléctricas mientras luchaba por el oxígeno. Esta fue una de las 30 pesadillas diferentes que experimenté. Fue un infierno, y las horribles pesadillas aún me persiguen profundamente.

También recuerdo los flashes de doctores y enfermeras entrando y saliendo de mi habitación, poniéndome tubos de alimentación en la nariz y diciéndome: "¡Traga, Phillip, traga!". Recuerdo igualmente tener los brazos inmóviles, perdidos entre los tubos.

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Me vienen a la cabeza flashes de Frasier o programas de noticias en la TV de mi unidad de cuidados intensivos, rodeado de máquinas y alarmas sonando en el caos que ocurría a mi alrededor.

Recuerdo que el personal médico me movió y me empujó, me ordenó que respirara profundamente y me pidió que dijera mi nombre y abriera los ojos.

Recuerdo haber luchado por respirar.

Recuerdo que tenía frío, calor y que escuché a las enfermeras aconsejar a los médicos sobre mis constantes vitales. Recuerdo estar desnudo y que no me importara, además de otras cosas. No me preocupaba la muerte. Quizá un poco, pero estaba demasiado cansado y tenía demasiado sueño.

Aluciné y pensé que podía hacer llamadas telefónicas ordenando a Siri que llamara a mis amigos y familia. Me imaginé que estaba llamando, rogándoles que vinieran a rescatarme.

Nadie vino.

Durante 23 días, estuve con ese respirador y entré y salí del coma. Durante otras dos semanas después de eso, estuve semilúcido en la UCI, conectado a máquinas y soportando prueba de coronavirus tras prueba.

Me inyectaron fármacos por vía intravenosa mientras las enfermeras lloraban por la muerte de otro paciente; no podían soportar la muerte de nadie más

El día que me intubaron y me indujeron al coma.
El día que me intubaron y me indujeron al coma.

Phillip Guttmann

Una noche, una enfermera exhausta me tomó la mano y me dio las gracias por no morirme. Era la segunda persona de la unidad que salía viva del respiradero. Cuando me transfirieron a un hospital de rehabilitación, las enfermeras y los técnicos se reunieron, aplaudieron y lloraron por mí —por fin alguien salía de allí—.

Fue un buen día.

Una de mis enfermeras, Elisabeth, que estaba desplazada allí desde un hospital de Chicago, me recordó nuestro acuerdo: "No hay un 'no puedo'. Sólo hay un 'lo intentaré'."

Decidí en ese momento que lo intentaría.

Lo intenté durante 18 días más en otro hospital y lo he intentado desde el 19 de mayo, el día que volví a casa.

En total, estuve hospitalizado durante 65 días: 39 en la UCI y 23 con el respirador

He perdido más de dos meses de mi vida entre camas de hospital, tubos, máquinas y pesadillas agonizantes, todo sin ver una sola cara familiar.

Desde que me dieron el alta del hospital, he evitado participar activamente en redes sociales e interactuar con la gente. Necesitaba tiempo para reflexionar sobre lo que me había sucedido (y lo que casi me había sucedido).

Finalmente lo he asimilado, pero no del todo. Todavía estoy tratando de entenderlo, mientras que también trato de entender lo que está pasando en este momento a nuestro alrededor. COVID-19, racismo... son demasiadas cosas a la vez.

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El presidente Donald Trump y otros políticos tienen las manos manchadas de sangre. Están animando a la gente a reírse de las mascarillas y a negar que el racismo existe. George Floyd fue asesinado en mi ciudad natal, Mineápolis. ¿Dónde está el amor y cómo llegamos a estar tan divididos, tan descuidados y tan rotos?

Mientras tanto, todos me preguntan cariñosamente que cómo estoy, pero yo no estoy seguro de cómo responder.

A photo of my trach site after my tracheotomy, an invasive procedure where an incision is made in the windpipe to insert a tracheal tube. The procedure is for critically ill patients who need more time on a ventilator.
A photo of my trach site after my tracheotomy, an invasive procedure where an incision is made in the windpipe to insert a tracheal tube. The procedure is for critically ill patients who need more time on a ventilator.
Phillip Guttmann

Phillip Guttmann

Me quedaré un tiempo con uno de mis mejores amigos en San Francisco; mientras me recupero, no puedo estar solo y necesito el apoyo moral.

No estoy bien del todo, pero estoy aguantando. Estas son las 3 cosas que realmente quiero decir a cualquiera que se encuentre con mi historia.

1. Muchas personas ya están familiarizadas con los síntomas del COVID-19, pero hay postsíntomas de los que la gente no ha oído hablar

Tengo una intensa neuropatía periférica (entumecimiento, debilidad y dolor ardiente) en las manos, el antebrazo izquierdo y partes de los dedos de los pies. Esto sucedió porque los nervios de mi cuello se comprimieron durante el coma.

Tuve úlceras de decúbito en fase 4 que finalmente se están curando bien después de más de 2 meses de dolor insoportable. Ahora las secuelas hacen que me fatigue a diario; y aunque puedo caminar de 20 a 30 minutos, no puedo correr o levantar pesas como lo hacía antes.

La primera mirada a mi corazón es positiva, pero todavía estoy esperando un resumen completo de mi médico. Pronto averiguaré si he sufrido algún daño en otros órganos vitales y el estado exacto de mi capacidad pulmonar reducida.

Leer más: Los pacientes graves que logran recuperarse del coronavirus podrían padecer graves efectos sobre su salud durante años

Mi neumólogo me ha dicho que mis pulmones nunca volverán a estar al 100%, pero que tal vez con el tiempo pueda recuperar el 90 o 95% de su capacidad: "Pongámoslo así, no esperaría volver a correr maratones". Tampoco es que corriese maratones antes del COVID-19, así que tal vez esa sea una consecuencia con la que pueda vivir más o menos tranquilo. Las principales secuelas diría que son estas:

  • Agotamiento y fatiga.
  • Dolores y molestias.
  • Opresión en el pecho.
  • Falta de aliento.

2. La vida es un regalo

Soy muy consciente de lo cerca que estuve de acabar bajo tierra.

Estoy agradecido —más de lo que puedes imaginar— de que Dios me haya sacado adelante y haya decidido que no estaba acabado. Estoy agradecido de estar aquí para vivir otro día.

Estuve muy cerca. A raíz de COVID-19 me maravillo cada día cuando camino por el parque, junto al océano, e incluso cuando oigo la voz de mi padre por teléfono. La vida sigue siendo un regalo.

3. Lo más importante que quiero decir: por favor, ponte la mascarilla

No puedo expresar adecuadamente lo surrealista que se siente estar caminando solo entre los vivos, mezclándose, "pasando" por una persona "normal" y sana, pero cuando veo a la gente congregada sin usar mascarilla e ignorando el distanciamiento social, me dan ganas gritar, "¿me tomas el pelo? ¿de verdad no lo entiendes? ¿no entiendes que el simple hecho de poner una tela entre tú y yo puede salvar una vida, posiblemente la tuya?"

No puedo entender por qué algunas personas simplemente se niegan a reconocer los hechos básicos y se niegan a pensar primero en los demás. Pensé que éramos mejores que eso.

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Cuando tenía 23 años, recuerdo haber visto con asombro cómo los neoyorquinos se ayudaban unos a otros durante el 11-S. Muchos donaron sangre y plasma, y algunos profesionales condujeron horas para ofrecerse como voluntarios para ayudar dondequiera que se les necesitara.

Y aunque veo algunos rastros de eso durante la pandemia, algunas personas todavía se niegan a mantener el distanciamiento social o usar mascarillas. Hay vídeos virales de gente gritando en Walmart diciendo que se niegan a que sus "libertades y derechos sean violados".

Como superviviente del COVID-19, esto es alucinante

Mi fisioterapeuta, Virginia Fung, está ayudando a dirigir el programa de recuperación COVID-19 de Select Physical Therapy.
Mi fisioterapeuta, Virginia Fung, está ayudando a dirigir el programa de recuperación COVID-19 de Select Physical Therapy.

Christine Matsuda

Mi llamamiento a cualquiera que lea esto es que por favor miren la foto de mí en coma y me digan que mi vida —o la de cualquiera— no vale la pena por realizar un sacrificio tan pequeño como es ponerse una mascarilla.

El director del CDC, Robert Redfield, cree que podríamos aplastar al COVID-19 en los Estados Unidos si todos se comprometieran a usar mascarilla durante las próximas 4 a 8 semanas

Mi foto en coma es una que nunca pensé que compartiría con nadie. Personalmente no soporto mirar la foto porque me recuerda demasiado a las interminables pesadillas que tuve mientras estaba en coma, y realmente trato de no pensar en ellas.

Pero si eso mantiene a una persona a salvo, si mi foto hace que una persona se sienta tan incómoda como para decidir usar mascarilla, entonces compartir mi foto vale la pena.

Un selfie que me hice hace poco.
Un selfie que me hice hace poco.
Phillip Guttmann

Phillip Guttmann

También estoy compartiendo una foto mía de esta mañana porque esta es también una historia de curación y mejoría, y quiero firmar con un poco de esperanza y gratitud. Mírame ahora y lo lejos que he llegado desde abril.

Casi he vuelto a ser el mismo. No completamente, pero casi. 

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