Este Día del Padre en una residencia de ancianos es una mezcla de confusión, tristeza y miedo: nuestros mayores son los más vulnerables y también los más desamparados

Un anciano
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  • Las residencias de mayores, especialmente en Madrid, están sufriendo la crisis del coronavirus de una forma dramática, debido a la vulnerabilidad de la gente de más edad y con patologías previas, la falta de material y la saturación de los hospitales, que impide que muchos infectados sean ingresados.
  • Según un recuento extraoficial de El País, el número de fallecidos en las residencias de mayores de Madrid supera los 50, casi 100 en todo el país, y la situación se puede agravar en los próximos días.
  • Mi padre está en una residencia desde hace 8 meses, donde desde el comienzo de la crisis del coronavirus se palpa una desoladora sensación de tristeza, confusión y desamparo, y en algunos centros la situación ya es dramática, debido a que se están quedando sin materiales para proteger a sus trabajadores mientras el ritmo de contagios y de fallecidos avanza de forma exponencial.
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Hoy es el Día del Padre, aunque no puedo ir a dar un beso ni abrazar a mi padre como en años anteriores. Ni siquiera verle de lejos, como están haciendo muchos hijos en España. Está desde hace 8 meses en una de las 5.378 residencias que hay en España, cuyo confinamiento fue ordenado antes incluso de la declaración del estado de alarma, dado que las personas que viven en estos centros, como ya ha quedado demostrado, son personas de alto riesgo por su edad y sus patologías previas.

En mi situación se encuentran cientos de miles de personas en toda España. Solo en Madrid hay 425 residencias que acogen a 48.768 ancianos. Las plazas en todo el país son 366.663. En España, hay 8.764.204 millones de personas mayores de 65 años, lo que supone casi el 19% de la población.

Al igual que en días anteriores, le llamo. Se llama Manuel. Tiene 83 años, y está muy desorientado y confundido. Como el resto de residentes de toda España, han visto cómo sus hijos, maridos, mujeres, nietos, amigos y familiares han dejado de visitarles de repente, y muchos no terminan de entender muy bien por qué. Pienso que, si para nosotros aún hoy es difícil asimilar lo que está sucediendo, la situación tan extraordinaria que estamos viviendo, para gente que vive en estos lugares, sin apenas contacto con el mundo exterior, más allá de lo que escuchan por la radio o ven por la tele -o les contamos nosotros cuando les visitamos- es aún más complicado. El golpe moral para ellos ha sido tan inesperado como devastador para su estado de ánimo.

Desconectados del mundo exterior

El personal de la residencia le comunicó desde el principio la situación de confinamiento de la residencia y el riesgo que corren si fuéramos a verles, y nos consta que lo siguen haciendo cada día. Mi madre, mi hermano y mi prima también lo han hecho varias veces por teléfono. Aún así, se trata de personas muy mayores, en muchos casos con ciertas (o muchas) capacidades cognitivas mermadas, y sin los recursos, habilidades o conocimientos tecnológicos para estar permanentemente conectados.

Mi padre no ha salido desde que comenzó su etapa en la residencia, ya que sus condiciones físicas lo impiden. Por eso, cuando le cuento lo que está pasando se sorprende, una vez más. "¿De verdad? Madre mía...". Nos dicen que está triste y muy decaído. Se lo noto en la voz, un hilillo a veces imperceptible. Todos están aislados en sus respectivas habitaciones para evitar posibles contagios o en las enfermerías si presentan algún síntoma y no hay posibilidad de realizarles un test, algo casi imposible por falta de medios en la mayoría de los casos.

Pienso que casi prefiero que no sea demasiado consciente de la situación, a pesar de la tristeza y la confusión, pues los que además sean capaces de entender las dimensiones de esta crisis añadirán el miedo a esa lista de emociones negativas. Miedo a contagiarse y a las fatales consecuencias que en muchos casos eso va a suponer. Miedo a que sus cónyuges o sus hijos también puedan contagiarse.

La situación dramática de las residencias de mayores

El doctor de esta residencia nos informa diariamente de la situación de mi padre, lo que resulta en cierto modo tranquilizador. Imagino el enorme esfuerzo que debe suponer hacerlo con todos o casi todos los familiares de los residentes. Pero las residencias no están obligadas a tener un médico de forma permanente, por lo que habrá casos en los que la gente que tenga a sus mayores en las residencias no reciba información durante días. También las auxiliares y enfermeras, su único contacto, siguen entregadas a su cuidado y hacen lo posible por animarles. Aunque ellas también se encuentran en una situación muy complicada, con algunos contagios ya confirmados y aún más en cuarentenas de prevención.

Pero la situación es aún peor. Una vez que el Ministerio de Sanidad se hizo cargo tras el estado de alarma, muchos centros se quejan de que nadie les consideró tan críticos como los hospitales, y no se enviaron materiales absolutamente indispensables como gel, guantes o mascarillas, o incluso trajes aislantes, por lo que muchos trabajadores de las residencias los están llevando de sus propias casas o se reutilizan una y otra vez, no siempre con éxito. La necesidad de material es extrema, como nos confirman desde la residencia de mi padre, y también la de los test individuales para poder tomar las medidas oportunas, los aislamientos o el traslado a hospitales, en los pocos casos que es posible.

Al hilo de la serie que estamos llevando a cabo para poner voz a los héroes anónimos, quizá de algún modo habría que reconocer que ellos y ellas, los mayores residentes de estos centros, también son héroes, quizá los más admirables. Porque son los más vulnerables y a la vez los más desamparados. El virus se ha cebado especialmente con ellos y, como consecuencia, se han quedado sin el único breve momento de alegría, las visitas de sus seres queridos, dentro de un lugar en el que poco tienen que hacer salvo seguir la rutina diaria y aguardar pacientemente a que llegue su hora.

No me extraña que, como escuchaba a un anciano al comienzo de la crisis, algunos digan que preferirían correr el riesgo de contagiarse, e incluso morir, antes que quedarse sin su único consuelo en la etapa final de sus vidas, pasar unos minutos al día con su familia.

Desde las residencias nos invitan a llamarles, mandarles cartas y, en el caso de los que tengan los medios y la capacidad, realizar videollamadas. Cualquier medio por el que les hagamos llegar que estamos ahí y les sentimos, aunque no podamos verles, será un pequeño pero reconfortante aliento. Ellos también son nuestros héroes, aunque lo único que puedan hacer sea esperar... y sobrevivir.

 

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