La diáspora al campo se consolida: la cercanía con la familia, las buenas condiciones económicas, el bajo nivel de estrés y el teletrabajo impulsan a las localidades más pequeñas

Familia en el campo

Getty Images

Muchos vieron la luz. Mientras el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretaba en marzo de 2020 el confinamiento general de la población a causa de la pandemia, más de un afortunado pensó en su segunda vivienda y vio el cielo abierto antes de proclamar: "Nos vamos a la casa del pueblo".

Tenía todo el sentido. Con las empresas cerradas hasta nueva orden, la economía detenida y todos los expertos recomendando mantenerse lejos de las aglomeraciones, quienes tenían una segunda residencia en una pequeña localidad encontraron en ella un tesoro.

Fueron meses extraños. Por un lado, muchos de los que llevaban años hablando de que el imparable poder de atracción de las ciudades estaba acabando con la forma de vida rural pidieron a sus vecinos de la gran urbe que se mantuvieran lejos de ellos, temerosos de que trajeran el virus consigo.

Desde las ciudades, por su parte, hubo quien no escuchó a nadie, ni a los habitantes de los pueblos ni al Gobierno, que durante meses trató de limitar el movimiento entre municipios. 

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A muchos no les importaron estas restricciones. Famosas fueron durante aquellos días las imágenes de quienes, cada viernes, aprovechando los permisos concedidos para ir y salir de trabajar, atascaban las salidas por carretera de los grandes núcleos urbanos.

El tiempo pasó, llegó la vacuna y la economía fue recuperando poco a poco la normalidad entre sobresaltos provocados por las variantes del coronavirus y, en las últimas semanas, por la invasión de Ucrania por parte de Rusia. 

Las evoluciones del virus recorrieron el abecedario griego y trajeron consigo picos y valles de contagios en forma de olas. Mientras, cada vez más personas llegaban a una misma conclusión: la vida en el pueblo no estaba tan mal.

Porque, entre las muchas cosas que vinieron con la pandemia, llegó el teletrabajo

Entendido hace apenas 3 años como poco menos que una excentricidad reservada para genios de la programación o emprendedores a la última en tecnología, la modalidad de trabajo a distancia permitió a muchos replantearse su vida.

Fue el caso, por ejemplo, de Sara Panero, empleada de Recursos Humanos de Tarlogic, empresa especializada en la prestación de servicios de ciberseguridad.

"Tengo que decir que, en mi caso, la empresa se portó muy bien desde el principio. Desde que llegaron las primeras noticias del coronavirus, nos mandaron a todos a casa", recuerda Panero.

Pasaron los meses y a ella, castellanoleonesa de nacimiento, le parecía que tenía cada vez menos sentido vivir en Madrid. Poco a poco, en su mente fue ganando peso la idea de volver. 

Lo que hacía desde su casa madrileña lo podía hacer desde cualquier casa del mundo: "Lo planteé en la empresa y me dijeron que, como no había planes de volver al trabajo presencial, me fuera tranquila. Y eso hice".

Y hasta hoy. 

En Tarlogic, cuenta Panero, el teletrabajo se ha instalado como alternativa para todo aquel que quiera acogerse a él. Lo ha hecho hasta el punto, explica, de haberse convertido en un importante argumento a la hora de captar y retener talento.

Panero vivió en primera persona las posibilidades que abre el teletrabajo. Pasó de vivir en Madrid, con sus más de 3 millones de habitantes, a habitar la ciudad burgalesa de Aranda de Duero, que suma más de 30.000 habitantes censados. 

Aunque este municipio, por tamaño, población y servicios ,es una ciudad con todas las letras y está lejos de la idea de pequeño pueblo de paisaje bucólico, el contraste entre un lugar y otro ha sido suficiente para que la vida de Panero haya dado un importante giro.

Pasó de tener que madrugar para desplazarse por la capital a poder dormir un poco más; pasó de sentir que tenía a su familia lejos a tenerlos cerca; pasó de ir del trabajo a casa y de casa al trabajo a tener tiempo para el ocio y para seguir formándose.

Hoy, Panero reparte su tiempo entre las reuniones por Zoom que ocupan buena parte de su jornada laboral, aficiones como el cine o el teatro y los estudios: va por su tercer máster desde que está en la empresa. Y subiendo.

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Y eso, por no hablar del dinero. Más allá de lo que puede costar la vida nocturna en una ciudad como Madrid, Panero cifra la diferencia entre los pisos de Madrid y los de Aranda en algo tan simple como poder vivir solo de alquiler o no poder hacerlo.

"En Aranda, por lo que pagas por una habitación en el centro de Madrid, que pueden ser fácil 500 o 600 euros, encuentras sin problema un sitio espacioso donde vivir sola", relata Panero.

"Cuando eres universitario, lo de compartir piso te parece interesante, conoces gente. Pero yo ya tengo 29 años y ya lo que me va apeteciendo es otra cosa".

Cuando se le pregunta si tiene planes de volver a Madrid, no lo duda un momento.

"No está para nada en mis planes".

Más de 17.000 personas se han interesado ya por la posibilidad de poder vivir en un pueblo

Panero representa una tendencia que, llegada con la pandemia, ha venido para quedarse: la migración de la ciudad al campo, una diáspora inversa a la que ha vaciado los pueblos de España desde mediados del siglo pasado.

"Antes, las fábricas se ubicaban cerca de los grandes núcleos urbanos porque se necesitaba que los trabajadores vivieran cerca de su puesto de trabajo. Hoy, con al teletrabajo, ya no hace falta", explica Julio de la Torre, secretario técnico de la Asociación Española Contra la Despoblación (AECD).

Pocos conocen tan bien como él el fenómeno. 

Desde la pandemia, la AECD, una organización acostumbrada durante años a tener que remar contra viento y marea para reivindicar que en los pueblos también cabe organizar una vida, ha visto cómo sus argumentos encuentran cada vez más adeptos.

Fruto de este interés, la organización ha vivido una explosión de interés por sus iniciativas. Desde la llegada de la pandemia han recibido más de 17.000 peticiones de personas interesadas en recibir orientación para saber qué tienen que hacer para irse a vivir a un pueblo.

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Se trata tan solo de un primer intento más o menos oficioso de medir una tendencia que, por ahora, no queda recogida en las estadísticas de migración ni en en el catastro, pero que ya se deja notar tímidamente en localidades y municipios.

Conviene recordar que muchas empresas, tras implantar el teletrabajo durante unos meses, han vuelto a la modalidad presencial temerosas de que la comodidad del hogar afecte al rendimiento.

Paradójicamente, muchas de las compañías que más resistencias están presentando al teletrabajo y, por tanto, a la dispersión geográfica de sus empleados, no son centenarias firmas ancladas en la tradición ni pequeñas startups asustadas ante un nuevo paradigma.

En EEUU, por ejemplo, son ya bien conocidas las protestas de los empleados de Google ante la negativa del gigante tecnológico de abrazar, al menos, la semipresencialidad.

Con todo, la tendencia, vaticina de la Torre, crecerá en los próximos años hasta resultar imparable a lomos de fenómenos como el cohousing, una forma de organización en la que personas con los mismos intereses adquieren viviendas adyacentes para unirse en una comunidad cohesionada.

Por supuesto, a este tipo de iniciativas se añaden otros muchos intereses. 

Entre ellos destacan los de municipios dispuestos a poner en marcha todo tipo de proyectos en busca de la tan ansiada repoblación y los de un Gobierno dispuesto a financiarlos vía fondos Next Generation.

No hay en juego, ni mucho menos, una cantidad menor. La provisión de los fondos europeos reservados a este tipo de actuaciones en municipios de menos de 5.000 habitantes asciende a 72.000 millones de euros.

A ellos se podrá acceder mediante subvenciones o préstamos que tienen como fecha límite hasta 2023 y que encuentra sus ejes prioritarios en la inversión verde y la digitalización. A los pueblos les conviene subirse rápido a este carro.

Del joven en busca de empleo al sénior: una taxonomía del urbanita enamorado del pueblo

Todo, para atraer a una población diversa que responde a distintos perfiles.

Entre quienes están haciendo estos primeros movimientos de la ciudad al campo, explica De la Torre, figuran en primer lugar los jóvenes en busca de trabajo. 

Desanimados por unas tasas de paro juvenil que en España han sido siempre endémicamente altas, cada vez son más los jóvenes que están dispuestos a empadronarse allí donde haya un empleador que les dé una oportunidad.

Les acompaña en la colonización de los pueblos el emprendedor que quiere desarrollar su propio proyecto en un entorno rural. Este, más que verse atado por cuestiones relativas al empleo, busca un lugar propicio en el que desarrollar su idea. 

"Si quiere hacer una empresa que fabrique vino, irá donde haya buenos viñedos", explica De la Torre.

Entre un perfil y otro se sitúan casos como el de Panero: tienen su propio trabajo en la capital y el teletrabajo les ha dado libertad de movimiento.

Vistas a un lago desde la cabaña de Omar Villa en Småland, en Suecia.

En muchos de estos casos,  existen estrechos lazos de sangre que invitan a volver a la tierra de origen de la familia.

Ello sin olvidar el perfil del urbanita sénior. Tras haber completado con éxito buena parte de su trayectoria profesional, busca una localidad desde la que poder dirigir su equipo con tranquilidad y desde la distancia, abrazando un estilo de vida más relajado.

Este es el caso de Sara Carvajal, asesora fiscal online, y su marido. Tras cumplir ambos los 50 años, y tras el estallido de la pandemia, se plantearon seriamente si sería posible vivir en una localidad más pequeña.

No tardaron mucho en lanzarse.

La pareja ha pasado de vivir en Murcia, una ciudad con casi medio millón de personas, a hacerlo con una casa que comparten en el pequeño pueblo almeriense de María, con algo más de 1.000 habitantes.

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"El cambio de vida ha sido muy importante. Ahora, salgo de casa y lo que tengo delante es campo", relata.

Carvajal, por otro lado, advierte: "Hay que pensar que, cuando la pareja teletrabaja, te puedes pasar todo el día con ella en casa. La convivencia entre los 2 tiene que ser buena".

Preguntada sobre si piensa volver a una gran ciudad, lo tiene claro.

"En absoluto. Hicimos lo necesario para poder vivir aquí, y no entra para nada en nuestros planes volver".

Un fenómeno que traspasa fronteras

La migración al campo no es un fenómeno exclusivo español. Lo sabe bien Omar Villa, un experto en ciberseguridad de 38 años que trabaja para Ikea desde Suecia. 

Tras la llegada de la pandemia, ni él ni su pareja se lo pensaron 2 veces: se mudaron a una cabaña en mitad del bosque en Småland, una provincia ubicada en el sureste del país escandinavo.

Hoy, asegura Villa, por casas en mitad del bosque como la suya la gente está dispuesta a pagar el doble de lo que él desembolsó en su día.

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No es para menos. 

Durante los peores meses de la pandemia, relata, su día a día consistió en levantarse por la mañana, dar un largo paseo por el bosque para estirar las piernas y despejar la mente, teletrabajar durante su jornada laboral como técnico de ciberseguridad y, llegada la tarde y caída la noche, recogerse.

Es una organización de la jornada no apta, desde luego, para quienes disfrutan del ruidoso ocio nocturno en compañía de las amistades.

"No le aconsejaría una vida así a alguien que necesite mucha vida social y esté acostumbrado a hacer muchos planes con amigos. Como no era mi caso ni el de mi pareja, no tuvimos mucho problema", explica Villa.

Aunque le llueven las ofertas, asegura que no está dispuesto a vender su bucólica cabaña sueca.

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