Los inmunólogos buscan respuestas al misterio de los efectos a largo plazo del COVID-19 en los supervivientes del ébola y el chikungunya

Un niño es vacunado de chikungunya en Buenos Aires (Argentina).
Un niño es vacunado de chikungunya en Buenos Aires (Argentina).

REUTERS

  • Otros virus conocidos, como el ébola y el chikungunya, parecen tener efectos a largo plazo parecidos a los que se dan en pacientes que han superado el COVID-19, lo que podría traer consigo nuevas terapias inmunológicas para estas enfermedades.
  • Así, diferentes estudios tratan de explicar por qué se dan estos efectos persistentes, a pesar de que el virus ya ha desaparecido del cuerpo humano, para anticipar una posible congestión sanitaria, en un futuro no muy lejano, derivada de dichos síntomas tras haber pasado el virus.
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El COVID-19 ha abierto la puerta a diferentes estudios sobre los efectos prolongados de este virus en el cuerpo humano, muy parecidos a los que aparecen en otras enfermedades más investigadas, como el ébola o la fiebre chikungunya.

El objetivo de dichos estudios es comprender por qué estos síntomas continúan en el cuerpo cuando la enfermedad ya ha desaparecido –algo que experimentan también los supervivientes de estos otros virus–, con la intención de desarrollar tratamientos que mejoren la salud de estas personas.

Así, en el caso de quienes han padecido el virus del ébola, el 75% de los supervivientes se enfrenta a efectos a largo plazo de la enfermedad, los cuales dificultan que estas personas vuelvan a su trabajo o puedan llevar una vida normal.

Entre estos síntomas, que pueden tener lugar más de un año después desde que se haya contraído el virus, aparecen dolores articulares, musculares y de cabeza, problemas visuales y fatiga, dolencias que aparecen también con el coronavirus.

Lo que ocurre con el chikungunya es muy parecido. Este virus, que se transmite por mosquitos y ha afectado principalmente a regiones de África y Asia, causa a largo plazo fiebre y dolor articular severo. Se calcula que la artritis paralizante y la fatiga pueden durar años, dificultando la calidad de vida de estas personas.

"Es muy parecido a lo que ocurre con el COVID-19. La vida de las personas que describen el dolor en las articulaciones, la fatiga y los problemas cognitivos derivados de estos virus no ha vuelto a ser la misma desde entonces", ha señalado a The Guardian Danny Altmann, profesor de inmunología en el Imperial College de Londres (Reino Unido).

La importancia del estudio de los efectos a largo plazo de los nuevos virus

Para Altmann, "la experiencia del chikungunya y del Ébola debería hacer sonar la alarma". Aunque ha reconocido que son familias muy diferentes de virus, existen muchas similitudes entre ellos. "Necesitamos desesperadamente a la inmunología para comprender lo que está pasando", ha apuntado.

Así, por ejemplo, los efectos a largo plazo de estos virus han provocado la saturación de la atención hospitalaria de algunos países, como Brasil, según ha señalado Altmann, quien ha recomendado no ignorar estos problemas.

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"No tengo muy claro que nuestros responsables políticos estén pensando en los efectos a largo plazo del COVID-19 y, sin embargo, estamos hablando de que 300.000 personas en Reino Unido podrían sufrir estos problemas crónicos de salud", ha alertado.

Con la finalidad de comprender estos efectos y buscar un tratamiento adecuado, Yves Lévy, de la Universidad Paris-Est Créteil (Francia), coordinó un estudio para analizar la sangre de los supervivientes del ébola en Guinea, dos años después de que hubieran sido infectados.

"Lo que demostramos con el estudio del ébola es que los pacientes que se han recuperado aún se enfrentan a síntomas como la inflamación persistente o la activación inmunitaria, a pesar de que el virus ya se ha ido", explicó Lévy. 

Tal y como ha asegurado a The Guardian Miles Carroll, jefe de investigación del servicio nacional de infección de Salud Pública de Inglaterra, quien también ha estudiado estos efectos del ébola, "el simple hecho de comprender que existe este vínculo entre una infección previa y un síndrome crónico es un buen comienzo".

Una de las hipótesis que se ha barajado sobre la persistencia de estos efectos es que el virus sobrevive en pequeñas reservas del cuerpo, como los testículos o los globos oculares. Como en estos lugares el sistema inmunitario tiene más restricciones, se desencadena solo un principio de activación inmunitaria.

En segundo lugar, se cree también que, a pesar de que el virus se ha marchado, algunas de sus proteínas han quedado unidas a las propias células del paciente, con lo que provocan un ataque del sistema inmunitario.

Finalmente, también se ha planteado que, simplemente, el cuerpo humano necesita un largo tiempo de recuperación para superar el virus. A pesar de ello, Lévy ha recalcado la necesidad de "seguir a estos pacientes a largo plazo, porque, cuando dicen que tienen síntomas, claramente no se trata solo de un problema psicológico".

Asimismo, el virus chikungunya también ha sido el protagonista de diferentes estudios sobre los efectos a largo plazo. Según Lisa Ng, investigadora senior principal de la Red de Inmunología de Singapur, "existen algunos síntomas parecidos al COVID-19, como la fatiga, la debilidad o la sensación de cansancio". 

En este sentido, se cree que las conocidas como células T –un conjunto de células inmunes que juegan un importante papel en la respuesta inmunitaria a virus– podrían contribuir a la inflamación continua de las articulaciones de los pacientes recuperados del chikungunya, lo que podría favorecer el conocimiento para desarrollar inmunoterapias que actúen sobre los síntomas que persisten.

A pesar de que los estudios aún no han propuesto soluciones a estos síntomas, su estudio logrará, sin duda, avanzar en el conocimiento de estos efectos en el COVID-19 y de los próximos virus que puedan afectar a la humanidad.

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