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Es más probable ser bipolar que tener diabetes, pero sigue siendo un estigma

Padecer un trastorno bipolar es mucho más probable que tener diabetes pero tener esta enfermedad mental sigue siendo un estigma. En España la bipolaridad afecta a cerca de un millón de personas y, aún así, admitir públicamente ser bipolar es un tabú. María, Ana y Mariam dan un paso al frente para ayudarnos a entender su enfermedad mental.

Cuando a María Jiménez Serrano le diagnosticaron cáncer recibió el apoyo incondicional de sus amigos, vecinos y familia. Mucho antes, le habían diagnosticado un trastorno bipolar pero entonces nadie la apoyó. “No puedes decirle ni a tu entorno más cercano que eres bipolar, te tratan como a una loca”, cuenta María. Según la OMS, este trastorno afecta a alrededor de 60 millones de personas en todo el mundo, entre un 2 y un 5% de la población. 

El trastorno bipolar es una enfermedad mental que afecta a los mecanismos que regulan el estado de ánimo, según lo definen el psiquiatra Eduard Vieta y el psicólogo Francesc Colom en su libro Convivir con el trastorno bipolar. De esta forma, la persona que padece bipolaridad puede pasar de la euforia patológica a la depresión sin que éstas estén en relación con el mundo exterior. 

“En los momentos de euforia, salía desnuda a la calle, me iba a llamar por teléfono a casa de mis vecinos, tiraba billetes al aire”, explica Ana Guzmán, una técnico de jardín de infancia de 55 años. Explica que tiende más a las fases maníacas que a las depresivas. Durante la manía dice ser una persona divertida que habla más de la cuenta, gasta más de lo que debe, duerme menos de lo recomendado, se viste de una forma un tanto extravagante y se maquilla “como Marujita Díaz”. María explica que estuvo un año en una fase depresiva: “Abrir la puerta para salir a comprar para mí era un mundo”. 

Mariam Jamardo, de 62 años, sufría delirio persecutorio. Durante la etapa maníaca creía que todo el mundo la perseguía y no conseguía conciliar el sueño. “Me llevaron a una clínica privada donde me ataron de pies y manos a una cama. Estuve tres meses sin dormir”, recuerda. 

Los síntomas que describen Ana, María y Mariam se corresponden con las distintas fases del trastorno bipolar. La manía es una elevación patológica del estado de ánimo y la depresión viene acompañada de apatía, cansancio, fatiga e ideas suicidas. “He pensado en quitarme la vida muchas veces”, dice Mariam, “pero gracias al amor de mi vida sigo aquí”. También existe una fase mixta, que comparte síntomas de la manía y la depresión y es más complicada de detectar. El trastorno bipolar es más común en mujeres: 1,4 por cada hombre. Ellas tienden más a la depresión y ellos a las fases maníacas. 

El día que a Ana le diagnosticaron un trastorno bipolar fue cuando se enteró de que su madre también lo padecía. La causa de esta enfermedad es biológica, pero también genética y puede ser hereditaria en torno a un 20%, según afirman Vieta y Colom en su libro. El sistema límbico es el encargado de regular el estado de ánimo y es esto lo que les falla a las personas que padecen el trastorno. Esto quiere decir que sus cambios de ánimo no dependen de ningún problema externo. Se trata de un proceso químico

Por eso uno de los tratamientos más comunes es el litio, que estabiliza el ánimo a través de mecanismos químicos. “Yo he sido una rebelde de la medicación”, cuenta Mariam. Tras sufrir una intoxicación con Tranxilium 100mg, dice no querer tomar toda la cantidad que le recetan los médicos. “Aunque sin medicación, viviría atada a una cama”, confiesa. La clave para Ana Guzman es llevar una vida equilibrada, dormir bien, no sobresaltarse y observarse a sí misma. “Mi bienestar consiste en saber detectar cuándo comienza una fase para acudir a mi médico”, dice. Y además cuenta con terapias de grupo. Se reúne cada quince días con otras personas que sufren este trastorno para intercambiar experiencias y recibir apoyo. 

Cómo y cuándo contarlo ha tenido un peso significativo en la vida de estas tres mujeres. María dice que al revelar a sus parejas desde un principio que era bipolar, la han dejado. Y cuando no lo ha contado, en el momento de sufrir una fase maníaca o depresiva, también la han dejado. “Es un círculo vicioso del que no sabes salir, con el problema añadido de que estás solo”, explica María. Ana, en cambio, no lo esconde: “No tengo ningún problema en decir que soy bipolar. Quien lo quiera aceptar, bien y quien no, es su problema”. Combatir la soledad es una de las batallas de María: “Ese grupo de apoyo que tuve con la enfermedad física, me habría gustado tenerlo con la enfermedad mental”, concluye. 

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