Así fue mi primer viaje fuera de Europa desde que comenzó la crisis: controles en los aeropuertos, lugares muy turísticos sin apenas gente… y la sensación de no estar en pandemia

Las Pirámides de Guiza durante el pasado mes de julio, sin apenas turistas
Las Pirámides de Guiza durante el pasado mes de julio, sin apenas turistas
Manuel del Campo
  • Los viajes fuera de Europa han sido muy complicados desde que comenzó la pandemia y solo ahora con la vacunación podemos disfrutar otra vez del placer de viajar.
  • Tras barajar diferentes opciones, me decidí por Egipto, donde el virus ha golpeado con menos intensidad que en Europa, y se puede visitar con PCR o certificado de vacunación.
  • La experiencia no ha podido ser más gratificante: en todo momento me he encontrado seguro, me he llegado a olvidar de que aún estamos en pandemia, y he podido disfrutar de las maravillas de Egipto sin apenas turistas, en algún lugar completamente solo.
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Adoro viajar. Desde que puedo permitírmelo, cada año trato de hacer uno o dos viajes para conocer un nuevo lugar en el mundo. Antes de la llegada del covid, mis dos últimas experiencias fueron Eslovenia y Madagascar.

Como a tantos otros viajeros, en España y en el mundo, la llegada de esta terrible crisis, además de las nefastas consecuencias sanitarias y económicas, ha supuesto tener que renunciar a nuestra gran pasión, y lamentarnos pensando en todos los lugares que habríamos podido visitar en estos 18 meses.

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Por esa razón, en cuanto la vacunación avanzó tanto en Europa como en el resto del mundo y se abrió de nuevo la posibilidad de viajar, no lo dudé un instante. Normalmente no elijo dónde viajar, me gusta decir que son los lugares los que me eligen a mí. 

Y esta vez fue Egipto, un país que ansiaba visitar desde hacía tiempo, por cuanto me fascina la historia antigua. Además, es un destino no muy lejano y comprobé que, aparentemente, su situación con el virus era mejor que en muchos lugares (mejor que en España desde luego), y tan solo era necesario contar con una PCR reciente o el certificado de vacunación para entrar. Como yo tenía las dos dosis de Pfizer desde junio, nada podía ya detenerme (aunque decir esto después de todo lo que ha ocurrido resulte algo atrevido).

Los controles en el aeropuerto y el viaje en avión: en un mundo cada vez más digitalizado, piden el certificado de vacunación impreso

Tras 18 meses volví a pisar un aeropuerto, el de Barajas en Madrid. Salvo por las mascarillas, nada ha cambiado, aunque mi sensación es que estaba menos concurrido que en un julio cualquiera antes de la pandemia. 

Aunque llevaba mi certificado de vacunación en la tarjeta sanitaria de la Comunidad de Madrid, desde la aerolínea (Lufthansa) me recomendaron llevar una copia impresa. Ellos mismos me hicieron el favor de imprimirlo. Y tenían razón, puesto que tanto en Munich (donde hice escala) como en El Cairo, mi lugar de destino, me pidieron la copia impresa (y todo el mundo llevaba una). No deja de ser paradójico que en un mundo cada vez más digitalizado, especialmente tras la pandemia, el papel sea protagonista como salvoconducto sanitario. ¿No se supone que hay que evitar tocar los mismos objetos?

Por cierto, que en el regreso me informaron en Dusseldorf, donde hice escala antes de volar a Madrid, que además del certificado de vacunación hay que rellenar un certificado digital para entrar de nuevo a España, el Spanish Travel Health. Se puede hacer fácilmente a través del móvil (yo lo hice antes de facturar) pero es mejor si lo haces con antelación. Se supone que las compañías aéreas deben avisarte, pero en mi caso no lo hicieron.

Pasajeros en el Aeropuerto de Madrid Barajas.
Pasajeros en el Aeropuerto de Madrid Barajas.
REUTERS/Sergio Perez

En cuanto a las esperas en el aeropuerto, aduanas y controles, salvo en la ida en el transbordo en Munich, donde se formó una cola inexplicable para presentar el certificado a las autoridades, no noté que se extendieran más que antes. 

Los cuatro aviones que tomé entre la ida y el regreso iban casi llenos. Todo el mundo llevaba su mascarilla (que solo nos quitamos para beber o comer) y las aerolíneas cuentan con todas las medidas de seguridad necesarias, e incluso insisten en la eficacia del sistema de renovación del aire. La verdad, salvo por el dichoso complemento facial, para mí fue como cualquier viaje en avión que hubiera hecho antes.

Pasajeros llevan mascarillas en un avión en el Aeropuerto Internacional de Sharm el-Sheij, en Egipto.
Pasajeros llevan mascarillas en un avión en el Aeropuerto Internacional de Sharm el-Sheij, en Egipto.
REUTERS/Mohamed Abd El Ghany

La llegada a El Cairo: se suavizan las medidas

Una vez aterricé en El Cairo los procesos parecían ser los mismos, pero enseguida comprobé la sutil diferencia. El tipo que revisaba los certificados sanitarios me habló en un inglés muy básico y miró de reojo mi papel, mientras discutía en árabe con otro pasajero por alguna razón que no entendí. Ese asunto pareció importarle más que mis credenciales, y me quedé con la sensación de que podía haberle enseñado la fotocopia de mi partida de nacimiento y habría valido para entrar. Nada que ver con los estrictos controles en Alemania o en España

En el aeropuerto todo el mundo seguía llevando mascarilla, pero una vez llegamos a El Cairo todo cambió. La inmensa mayoría de la gente, y hablamos de una ciudad de 20 millones de habitantes, no lleva la mascarilla por la calle, y tampoco en algunos interiores, aunque en este caso suelen ser algo más estrictos. 

Transeúntes en el barrio cristiano de El Cairo paseando sin mascarilla
Transeúntes en el barrio cristiano de El Cairo paseando sin mascarilla
Manuel del Campo

Yo decidí llevar siempre una mascarilla a mano por si acaso (llevé 2 docenas en mi equipaje) pero al poco me integré en las costumbre locales y apenas la utilizaba. Nunca en los exteriores y solo en los interiores en los que lo exigían. La verdad es que a los pocos días casi se me había olvidado que estábamos en pandemia. Es sorprendente el simbolismo que ha adquirido esta prenda en toda esta situación.

Es cierto, también, que el tremendo calor que hace en Egipto en verano, con máximas por encima de 40 grados y mínimas que no bajan de los 30, invita a hacer un uso más laxo del "cubrebocas". 

Además, hay un elemento crucial que desde luego ayuda a evadirse de todo lo que está ocurriendo: en Egipto casi nadie habla del virus, no es un tema de conversación ni sale en las noticias. No están bombardeando constantemente con cifras de contagiados, hospitalizados o fallecidos. De hecho, las veces que me conecté a los noticieros locales no vi una sola referencia. Una comparación que incita la reflexión...

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Según datos oficiales, en Egipto se han contagiado 284.000 personas y han fallecido poco más de 16.000. Cifras muy inferiores a los casi 5 millones de contagiados en España y más de 80.000 muertos. Teniendo en cuenta que la población en Egipto es más del doble que la española, casi 100 millones de personas, es evidente que el virus ha golpeado mucho menos allí, aunque no todas las fuentes confirman estas cifras y algunas consideran que pueden ser significativamente más altas.

La vacunas que se han distribuido en Egipto son AstraZeneca y la china Sinopharm, aunque según Amnistía Internacional se ha hecho de forma algo caótica y arbitraria, priorizando a profesionales relacionados con el turismo, lo que tiene todo el sentido, pero postergando a colectivos desfavorecidos o con patologías previas, lo que no lo tiene tanto.

En fin, si en algo se han visto realmente afectados en Egipto ha sido por la drástica caída del turismo, su principal fuente de ingresos, por encima del Canal de Suez, la agricultura y la ganadería. La ausencia de turistas ha dañado gravemente a una economía ya de por sí maltrecha tras los largos años de corrupción del gobierno de Hosni Mubarak, y la devaluación de la libra egipcia, impulsada por el actual presidente Al Sisi, que ha destrozado a la clase media.

El Mercado de Asuán, junto a los cruceros, siempre estaba muy concurrido antes de la pandemia, ahora apenas hay turistas.
El Mercado de Asuán, junto a los cruceros, siempre estaba muy concurrido antes de la pandemia, ahora apenas hay turistas.
Manuel del Campo

Lo nunca visto: disfrutando de Abu Simbel completamente solo

Egipto posee algunas de las más fascinantes maravillas creadas por el hombre. De hecho, las pirámides de Guiza es la única de las 7 maravillas del mundo antiguo que aún queda. Unas construcciones sorprendentes de entre 4 y 5.000 años que sobrecogen al verlas. 

No es de extrañar que, antes de la pandemia, Egipto fuera un destino elegido por millones de turistas cada año, y las multitudes para disfrutar de sus tesoros arqueológicos eran habituales.

Pues bien, nada que ver con lo que me he encontrado en estos días. Ya en las Pirámides de Guiza pude pasear con relativa facilidad, sin ningún tipo aglomeración. Visité el interior de la pirámide Keops, la más famosa, con apenas cuatro personas más, y pude hacerme infinidad de fotos en las que no se ve a nadie más. Un sueño para los adictos a Instagram.

Las Pirámides de Guiza, uno de los lugares más visitados en el mundo antes de la pandemia, ahora sin apenas turistas.
Las Pirámides de Guiza, uno de los lugares más visitados en el mundo antes de la pandemia, ahora sin apenas turistas.
Manuel del Campo

Pero lo más sorprendente llegó unos días después. Abu Simbel es, tras las pirámides, el otro gran atractivo arqueológico de Egipto (sin menospreciar todos los fabulosos templos de Aswan o Luxor, por supuesto). Estos majestuosos templos construidos en la montaña por el faraón Ramses II para él y para su reina favorita, Nefertari, son dos joyas impresionantes, capaces de dejarte hipnotizado. 

Antes de toda esta situación, miles de personas visitaban Abu Simbel cada día, y las colas para entrar alcanzaban varios cientos de metros. Pues bien, yo tuve el privilegio de disfrutar de Abu Simbel completamente solo. No exagero. Durante cuatro horas no hubo ni un solo turista más. Tan solo mi guía, Mohamed, el guardia de los templos y yo. Algo inimaginable antes de toda esta situación. Así que allí estuvimos los tres, e incluso el guardia mató el tiempo haciéndome un buen puñado de fotos. 

Hasta que ambos, guía y guardia, muy habituados al lugar, salieron a tomar algo y me dejaron absolutamente solo, únicamente acompañado por las imponentes figuras del faraón y su reina. Y allí me quedé, simplemente observando y disfrutando de la paz de un lugar único, como muy pocas personas en el mundo contemporáneo lo habrán visto.

Los templos de Abu Simbel, el segundo lugar más visitado de Egipto tras las pirámides, sin un solo turista salvo el autor del artículo.
Los templos de Abu Simbel, el segundo lugar más visitado de Egipto tras las pirámides, sin un solo turista salvo el autor del artículo.
Manuel del Campo

Una experiencia muy recomendable: hay que volver a viajar

Aunque haya tenido el inmenso privilegio de disfrutar de las maravillas de Egipto sin apenas turistas, espero que muy pronto puedan recuperar el número de visitantes anterior a la pandemia. Las gentes de Egipto son amables y hospitalarias, muy generosas con el extranjero, y millones de personas dependen en este país del turismo

Por eso te animo a viajar y a volver a sentir la magia de descubrir otros lugares y conocer otras culturas. De charlar con sus habitantes. No niego que también tuve mis dudas antes de emprender camino, pues esta crisis sin precedentes nos ha vuelto más cautos, y ha inyectado temores que antes no teníamos. Y, desde luego, hay que viajar siguiendo todas las recomendaciones de las autoridades, y proceder con todos los protocolos necesarios. Pero he tenido en todo momento la sensación de una más que razonable seguridad y, sin duda, tanto las autoridades de los diferentes países como las compañías aéreas, agencias de viaje y hoteles están tomando todas las medidas necesarias, eso sí, no siempre con igual rigor.

Te aseguro que, en lo que a mí respecta, no puedo estar más feliz de haber realizado este primer viaje desde que todo esto empezó, y espero, desde luego, que sea el primero de muchos a partir de ahora.

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