Las apps de 'delivery' ignoraron los principios básicos del mundo de los negocios para disparar su crecimiento: ahora se enfrentan a miles de despidos, al desplome de sus acciones y a una guerra brutal por su supervivencia

Las apps de reparto han funcionado durante años con un negocio insostenible, pero la caída de la industria tecnológica y la desaceleración económica pueden suponer su fin.
Las apps de reparto han funcionado durante años con un negocio insostenible, pero la caída de la industria tecnológica y la desaceleración económica pueden suponer su fin.
Vicky Leta/Insider
  • En 1999, la empresa Webvan, prometía entregas de alimentos en 30 minutos. Antes de su salida a bolsa, registró unas ventas de casi 400.000 dólares anuales. Ese mismo año había gastado 48 millones. Dos años después quebró. 
  • Ahora, 23 años después, la historia se repite. Los fondos de capital han cortado el grifo en medio de temores cada vez más grandes a una recesión. 
  • Uber, Glovo, Gorillas y otras empresas de la economía de plataforma que no son rentables peligran en este contexto.
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Haz un experimento mental: en los tiempos que corren, ¿cómo construirías el mayor negocio de puestos de limonada del mundo?

La operativa debería ser sencilla: necesitas la materia prima (limones, azúcar, agua) y una plataforma de venta (mesa, carteles de cartón y neveras). Con este modelo, podrías obtener 0,10 céntimos de beneficio por cada vaso de 1 euro vendido, algo que no está mal, pero no es un negocio de gran crecimiento que suponga la próxima gran revolución.

Supongamos que te vuelves más ambicioso. Añades algo de cafeína a tu bebida, promocionas los beneficios de la vitamina C para la salud y anuncias tu limonada como el "futuro de la hidratación"

Creas una aplicación móvil para hacer pedidos, contratas a repartidores para que distribuyan la limonada y gastas un montón de dinero en marketing. Todo esto es caro, así que ahora te cuesta 1,75 euros vender un vaso de un euro. A pesar de estas pérdidas, tu base de clientes crece de forma explosiva. 

La bebida sigue siendo más o menos la misma, pero todo ese progreso atrae la financiación de Silicon Valley, que impulsa tu ascenso como líder mundial de la limonada. ¿Beneficios? Tranquilo, eso lo puedes averiguar más tarde.

Ahora considera otra cuestión para tu recién estrenado unicornio de la limonada: ¿Qué pasa cuando se acabe el dinero de los inversores?

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Toda una categoría de empresas de la economía de plataformaUber, Lyft, DoorDash, Instacart y otras similares—, han realizado este ejercicio a una escala global, construyendo operaciones masivas sobre una propuesta deficitaria. 

En su forma más básica, estas empresas, desde los taxis hasta el reparto de comida, son comparables al puesto de limonada que hemos montado: un negocio sencillo que permite a sus responsables obtener beneficios. 

Pero en la búsqueda de grandes ideales —desde el "futuro del transporte" hasta el "futuro de la alimentación"— y de una mayor financiación, estas empresas pierden dinero mientras persiguen implacablemente el crecimiento: quemando dinero, clientes y proveedores por el camino. 

Ahora, cuando las valoraciones de las empresas tecnológicas se desmoronan y los inversores se deshacen de sus participaciones en startups no rentables, estas empresas se enfrentan a un importante ajuste de cuentas.

Quemando dinero y puentes

Aunque Uber no fue la primera compañía de la economía de plataforma, su auge en 2009 animó a una generación de emprendedores a intentar fundar empresas basadas en trabajos por encargo y las aplicaciones móviles. 

Estas empresas obtuvieron una financiación barata, ya que los inversores, empujados por una década en la que los tipos de interés eran casi inexistentes, buscaban rentabilidad en propuestas cada vez más arriesgadas. Los inversores del sector tecnológico se volcaron en estas startups poco rentables, pero que hacían mucho ruido, con la esperanza de que el sacrificio temporal del flujo de caja y las enormes pérdidas del presente condujeran a un crecimiento explosivo y, finalmente, a una mayor rentabilidad. 

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El auge se ha prolongado durante más de una década, culminando en una mareante lista de startups de "envíos instantáneos" —Gorillas, Zapp, Getir, Weezy, Jiffy, Gopuff, Yango Deli, Buyk, Fridge No More, Jokr, Voly, Market Kurly e Instacart—, que aprovecharon la crisis de la pandemia para captar un total de 14.000 millones de dólares.

Aunque proporcionan una amplia gama de servicios, estas empresas de la economía de plataforma generalmente comparten una dudosa conexión con el concepto de rentabilidad. Por ejemplo, entre 2018 y el primer trimestre de 2022, los usuarios de Uber han gastado 53.000 millones de dólares en la plataforma, mientras que Uber ha quemado aproximadamente 73.000 millones de dólares en costes, incluyendo la construcción de oficinas.

Para frenar la marea de pérdidas trimestrales, Uber recurre a frecuentes ventas de acciones, deuda y bonos convertibles a inversores externos. En pocas palabras, las empresas de reparto como Uber necesitan inyecciones periódicas de dinero para seguir funcionando. Existen tantas empresas no rentables que se mantienen a flote gracias al dinero de los inversores que Goldman Sachs incluso creó un índice independiente para seguir el rendimiento del sector "tecnológico no rentable".

En un intento de perder algo menos de dinero, las apps de reparto han presionado a los clientes, a los trabajadores y a las empresas de las que hacen las entregas.

Otra similitud flagrante de muchas de estas empresas es que siguen acumulando pérdidas asombrosas mientras apenas invierten en el equipamiento o la mano de obra de sus servicios fundamentales. 

Las comisiones de reparto se comen los ya escasos márgenes de los restaurantes y provocan el caos entre los trabajadores de la alimentación. Uber y sus hermanos de la economía de plataforma no contratan directamente a sus trabajadores, lo que significa que tienen pocas obligaciones para con sus conductores y repartidores.

A estas empresas tampoco les importa exprimir a sus clientes. El coste del combustible, que antes corría enteramente a cargo del conductor, se comparte ahora con el pasajero en países como Estados Unidos. Los clientes pagan precios cada vez más elevados por los viajes; un análisis realizado el año pasado reveló que las tarifas habían subido casi un 80% respecto a los niveles prepandémicos en algunas ciudades. 

En un mundo cada vez más digitalizado en el que los restaurantes pueden entregar cada vez más directamente a sus consumidores, el modelo de DoorDash de cobrar un recargo tanto al restaurante como al comensal es malo para todas las partes implicadas, excepto, por supuesto, para DoorDash. Y, sin embargo, la empresa perdió casi 500 millones de dólares el año pasado.

Estas empresas gigantes construyeron sus negocios sobre un terreno inestable, luchando por cuota de mercado en lugar de construir negocios sostenibles. Ahora sus prioridades se están volviendo en su contra.

El tiempo se ha agotado

Dada la fuerte subida de las acciones tecnológicas en los últimos años y su brusca caída en apenas 5 meses, es difícil resistirse a las comparaciones con la burbuja tecnológica de finales de los 90.

Webvan, una empresa puntocom de 1999, prometía entregar alimentos a los clientes en un plazo de 30 minutos a su elección. En los 18 meses anteriores a la salida a bolsa de Webvan, a mediados de 1999, las ventas de la empresa habían sido de 395.000 dólares. Para ello, tuvo que gastar más de 48 millones. Dos años después quebró. 

Si bien la tecnología que impulsa muchas aplicaciones de reparto y de trabajo ha avanzado mucho desde Webvan, la economía del reparto y del transporte compartido no lo ha hecho. 

Y, al igual que el repentino cambio de suerte que llevó a la burbuja tecnológica a estallar a principios de la década de 2000, la marea se está volviendo en contra de las startups de hoy en día.

Por un lado, los vientos de cola macroeconómicos que ayudaron a impulsar el auge de las empresas de la economía de plataforma han empezado a disiparse. La inflación y la rigidez del mercado laboral están reduciendo los costes de los insumos de las empresas. El aumento de los tipos de interés y la volatilidad de los precios de las acciones harán más difícil que las empresas encuentren nueva financiación cuando la necesiten.

Los inversores también se están volviendo en contra de estas empresas que antes eran tan queridas. Desde su oferta pública inicial, Uber ha perdido casi la mitad de su valor, y ha bajado un 60% desde su máximo histórico en 2021. Lyft informó de unos beneficios peores de lo esperado a principios de mayo, y sus acciones se han desplomado más de un 70% sobre su precio de salida a bolsa. 

Tras reunirse con inversores en Nueva York y Boston, el CEO de Uber, Dara Khosrowshahi, envió una ilustradora carta a los empleados: "Tenemos que asegurarnos de que nuestra economía unitaria funciona antes de hacernos grandes." Uber es una empresa global, ya son grandes. Resulta increíble que solo ahora se planteen la validez de la premisa básica de su negocio. 

Tiger Global Management y D1 Capital, dos titanes de la inversión, han señalado su retirada de la financiación de empresas tecnológicas. Después de haber sufrido la caída del mercado de estas empresas, los hedge funds y las empresas de capital riesgo parecen cada vez más reacias a financiar las pérdidas de la economía de plataforma.

Un rider de Glovo en una protesta en 2019 en la sede de la empresa en Barcelona.

La hornada más reciente de empresas de reparto ultrarrápido se enfrenta a las mismas dificultades. Fridge No More, una compañía estadounidense, cerró sus operaciones después de no poder venderse a DoorDash. En una declaración que hace que uno se pregunte por qué se habría puesto en marcha un negocio así, el director general de Fridge No More dijo a los empleados que "los inversores estaban preocupados" por el hecho de que "cada orden conllevara pérdidas a la empresa." Otra vez el cuento de la limonada.

Aquí en Europa, Gorillas ha iniciado despidos y ha anunciado su salida de varios mercados europeos. Getir también ha anunciado un recorte de su plantilla del 14% y dejará en la calle a cerca de 4.500 empleados. GoPuff hizo lo mismo hace unas semanas y despidió al 3% de su personal.

Incluso el modelo laboral básico que impulsa a estas empresas está bajo escrutinio. Los repartidores están aprovechando la fortaleza del mercado laboral en algunos mercados como Estados Unidos para salirse del modelo de explotación; tanto Uber como Lyft han tenido problemas de escasez de repartidores en los últimos 2 años. 

Las autoridades políticas se preguntan si se debe exigir a las empresas de trabajo a domicilio que traten a sus conductores y trabajadores como empleados de pleno derecho, una medida que aumentaría exponencialmente sus costes laborales. 

En España, como en el resto del mundo, esto ha sido motivo de una intensa polémica. A pesar de las reticencias de las empresas, el actual Gobierno ha aprobado la conocida como ley rider, que busca que los repartidores de las plataformas digitales sean asalariados y no falsos autónomos. Y hace solo unos meses, la Comisión Europea seguía la línea marcada por la pionera norma española y también sacaba adelante una directiva que lucha por mejorar los derechos de los trabajadores en la economía de plataforma.

Durante años, el crecimiento económico y los bajos tipos de interés permitieron que las empresas de esta economía digital se convirtieran en nombres conocidos, gigantes en las bolsas de medio mundo y grandes empleadores sin llegar a ser empresas viables. 

Ahora que la economía, el mercado y la regulación se han vuelto en su contra, las empresas de la economía de plataforma se ven obligadas a librar una guerra existencial —que probablemente pierdan— en defensa de sus modelos de negocio claramente insostenibles. 

¿Trabajas en alguna empresa del sector como Gorillas, Getir o Glovo? ¿Quieres compartir algo? Puedes ponerte en contacto con el periodista Lucas García Alcalde a través del correo electrónico seguro (lucas.garcia.alcalde(at)protonmail.com). Utiliza una cuenta de email no laboral.

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