"Es imposible explicar lo que ocurre en tu alma": el éxodo de los ucranianos para escapar de la invasión rusa

La estación de tren de Kiev.
La estación de tren de Kiev.

Alan Chin para Business Insider

Un interminable mar de luces traseras rojas llena todas las carreteras desde Kiev -la capital de Ucrania, en el centro del país- hasta Lviv, en la frontera occidental de Ucrania con Polonia. 

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania justo antes del amanecer del 24 de febrero, con ataques de misiles y posteriormente tropas terrestres acercándose a las ciudades, cientos de miles de personas se subieron a sus coches y se unieron a un éxodo desesperado hacia el oeste. 

Incluso la noche anterior, algo así parecía impensable: los restaurantes y cafés de Kiev estaban abiertos y funcionaban con normalidad. No había colas en los mercados ni en los bancos. El sentimiento de angustia se disimulaba, dependiendo de con quién se hablara, con resignación, chulería, negación o una mezcla de todo ello.

Pero entonces, a partir de las 5 de la mañana, se escucharon explosiones en las afueras de Kiev. Y lo que es más preocupante, hubo informaciones contradictorias sobre intensos combates con tropas terrestres rusas en un aeropuerto situado a 20 km de la capital. 

A última hora de la mañana, la estación central de autobuses había cerrado y la gente, arrastrando sus maletas, comenzó a llegar a la estación de tren. La mayoría de los trenes que se dirigían al este, hacia los combates más intensos, habían sido cancelados, y un anuncio por la megafonía instaba a la calma. Los residentes que no podían, o no querían, viajar al oeste, se refugiaron en las estaciones de metro subterráneas. Otros muchos se subieron a sus coches. 

Una riada de coches se dirige al oeste de Kiev, la capital de Ucrania.

El éxodo ha sido tranquilo y ordenado. Los conductores obedecen en su mayoría las normas de tráfico, incluso en los atascos masivos, y ceden el paso a las ambulancias. Las larguísimas colas que se forman ahora en los cajeros automáticos, las gasolineras, las farmacias y los supermercados son todo lo educadas y eficientes que podrían ser en una sociedad en la que se genera una factura por la más mínima transacción. Hasta ahora, la electricidad, el servicio de telefonía móvil y el acceso a internet han seguido funcionando en la mayoría de los lugares.

Las aplicaciones de mapas en línea como Google y Waze han sido muy precisas a la hora de mostrar los retrasos. Dado que las aplicaciones son dinámicas en tiempo real -se ajustan para estimar las rutas mejores y más rápidas- y dado el enorme volumen de vehículos en movimiento, todas las carreteras se han atascado, incluidas las vías rurales con baches y adoquines. La mayoría de los vehículos, ya sean todoterrenos de lujo o utilitarios económicos, llevan matrícula de Kiev.  

Pero eso no significa que sea fácil, con coches averiados en el arcén, obstáculos imprevisibles y peligros desconcertantes. Las normas arbitrarias sobre quién tiene prioridad para comprar combustible en las gasolineras aumentaron la confusión. En una de ellas, un empleado de la estación pedía una "tarjeta de gasolina" especial, pero no estaba nada claro lo que significaba y la petición no se planteaba en otras estaciones. 

A 80 kilómetros al sur de Kiev, el abogado Andriy Oliev pudo repostar y comer un perrito caliente. Dice que se dirige a Lviv, donde tiene parientes. "Ahora mismo es más peligroso Kiev que cualquier otro lugar de Ucrania", explica. "Rusia está tratando de encerrar a Kiev en un círculo. Están invadiendo desde Bielorrusia. Intentan atrapar a Kiev entre dos líneas de fuego".

La estación de tren de Bila Tserkva.

Ayer por la tarde, en la estación de tren de Bila Tserkva, M Ahtisham Bhutta era uno de los ocho estudiantes pakistaníes que habían esperado todo el día para tomar el siguiente tren a Lviv. Hablando en nombre del grupo, dice que han estado estudiando en la Universidad Nacional Agraria, en Bila Tserkva, durante los últimos seis meses. "Fuimos los primeros en llegar por la mañana", afirma. 

"Anoche fue horrible para nosotros, por la explosión de bombas. Más de 10 bombas. Estábamos durmiendo. De repente pasó y nos despertamos. Pude ver los destellos de luz", relata. 

"No nos cambiamos de ropa, sólo cogimos unas cuantas maletas y nos vinimos aquí. Mi familia escuchó las noticias y ha estado llamando y llamando. Están muy preocupados porque soy el único hijo de mis padres y me enviaron aquí para recibir una buena educación. Pero ahora, ¿quién sabe? Es muy difícil para todas las madres de los estudiantes".

M Ahtisham Bhutta (con chaqueta naranja) es uno de los ocho estudiantes pakistaníes que esperan un tren para salir de Ucrania.

Cerca de allí estaba Anastasia Vasiliyevska, que trabaja como manicurista. "Esta mañana, a las 5, al oír las explosiones, estaba asustada, muy asustada. Nunca había ocurrido algo así aquí", cuenta. La mujer explica que se dirige a Polonia y añade: "Espero que nos dejen entrar. Espero que nos dejen entrar".

"Simplemente estoy triste", continúa. "Mis amigos están aquí y parte de mi familia. No pueden irse. Tienen sus propias familias e hijos. No saben qué vida tendrían después... Dicen que sí, que podrían irse, pero ¿entonces qué? ¿Adónde se irían? ¿Qué harían? Ya han comprado comida, agua, de todo".

Anastasia Vasiliyevska espera llegar a Polonia.

A última hora de la noche, atravesando las poblaciones del centro de Ucrania -todavía no habían transcurrido 24 horas de la invasión- la única presencia militar visible eran algunos camiones y equipos que pertenecían claramente a unidades de apoyo, no de combate. Pero cerca de la pequeña ciudad de Skvyra, un gran grupo de hombres se reunía en una gasolinera. Algunos llevaban uniforme militar, otros eran policías y otros eran civiles (o quizás policías encubiertos). No quisieron ser fotografiados ni responder a ninguna pregunta.

Al sonar las sirenas de ataque aéreo, una residente de Vinnytsia buscó la relativa seguridad de un callejón, cerca de la amplia avenida por la que había estado caminando.

Al estrés del viaje se le suma el poder corrosivo de los rumores. En Vinnytsia, oímos que el gobierno ucraniano había derribado un avión ruso al norte de la ciudad, aunque no fue posible confirmarlo. Las sirenas seguían sonando repetidamente en las calles del centro. A cada sonido le seguía una inquietante grabación en la que se anunciaba que el peligro de un bombardeo aéreo era alto y que la gente debía ponerse a cubierto. 

La policía estaba en vilo, y los medios de comunicación oficiales ucranianos advertían constantemente de la existencia de "saboteadores" y espías rusos. Junto con otro periodista estadounidense, fui interrogado por la policía durante más de una hora y se me pidió que presentara varios documentos en repetidas ocasiones.

En un momento dado, en medio de un tráfico muy congestionado al oeste de Vinnytsia, muchos coches y camiones empezaron a hacer giros en U, indicando a los automovilistas que venían en dirección contraria que un puente había sido volado. 

Tras una rápida comprobación, vi que había informaciones sin confirmar. Al noroeste de Kiev, el ejército ucraniano había destruido efectivamente un puente [diferente] para impedir que los rusos invasores lo utilizaran. Pero Letychiv y su pequeño tramo sobre el río Vovk están a más de 300 kilómetros de distancia. De hecho, este puente estaba intacto, y los atascos se debían a los controles policiales y militares.

Avtandil y Maluza Glonti y sus tres hijos cenan en el restaurante de carretera "Ne Puhu Ne Pera" ("Ni pluma ni piel").

En Letychiv, casi a mitad de camino entre Kiev y Lviv, el restaurante de carretera Ne Puhu Ne Pera ("Ni pluma ni piel") hace un gran negocio. Muchos de los platos del menú estaba agotados, pero el resto ofrecía una agradable y caliente comida a los cansados viajeros.

Avtandil Glonti, abogado, su esposa Maluza, médico, y sus tres hijos (arriba) salieron de su casa en Dnipro justo antes de que su ciudad fuera golpeada por ataques aéreos y de misiles. La ciudad, situada al sureste de Kiev, se encuentra en el río Dniéper, que divide el este y el oeste de Ucrania. "Tuvimos que huir de Georgia en 2008. Fue lo mismo: Putin atacó Georgia".

"Hemos conducido 15 horas seguidas, porque no queremos perder el tiempo", prosigue. "Vamos a Polonia. Cuando estemos en un espacio seguro, decidiremos qué hacer. Quizá Alemania".

"Es duro psicológicamente estar en una situación inestable", añade Maluza. "Tuvimos que abandonarlo todo. Pero sólo podremos volver si Rusia se va".

Dasha Polischuk, su bebé de un año, Maxim, y su marido, Roma.

Dasha Polischuk es una joven de 28 años, profesora de infantil en Cherkasy, una ciudad a orillas del río Dniéper, que viajaba con su bebé Maxim, de un año, su marido Roma (arriba) y otros miembros de su familia en una furgoneta. Llevaban nueve horas en la carretera sin parar, porque habían seguido oyendo las sirenas antiaéreas al pasar por pueblos y ciudades en el camino.

"Shock. Pánico", dice sobre las primeras explosiones de la noche anterior. "Corrimos y nos apresuramos a recoger todo. En una situación así es imposible explicar lo que te pasa por el alma. Y lo que es más importante, lo que puede pasarle a tu familia y a tu bebé. Deseo que Putin y su familia vivan lo mismo que nosotros. Quiero pedir al pueblo ruso que se levante contra Putin".

El movimiento de masas continúa, aunque a los hombres sanos de entre 18 y 60 años se les prohíbe ahora salir del país porque se supone que deben quedarse a luchar. Las ciudades ucranianas por la noche están a oscuras, para dificultar que los aviones rusos encuentren sus objetivos, y en silencio, con un toque de queda en vigor. Queda por ver si alguno de estos desplazados internos y pronto refugiados podrá volver a casa en algún momento.

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