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Implantarse un chip en el cerebro: de Black Mirror a una revolución social plausible

Black Mirror: chip en el cerebro
Fotograma de Arkangel, episodio de la cuarta temporada de Black Mirror. Netflix

El biohacking es una de las tendencias más prometedoras en dos campos tan inconexos pero complementarios como la tecnología y la salud. En estas lides encontramos ejemplos como el del emprendedor tecnológico Bryan Johnson, que ha diseñando un microchip que puede instalarse en el cerebro para corregir daños neuronales provocados por enfermedades como el Alzheimer. Sus trabajos se fundamentan, a su vez, en las investigaciones del biomédico Theodore Berger, quien durante 20 años ha diseñado una neuroprótesis para ayudar a las personas con demencia senil, contusiones y lesiones cerebrales y pacientes con Alzheimer.

El biohacking, a medio camino entre la ciencia tradicional y la ciencia ficción, se sustenta en la idea de que es posible diseñar y programar el cuerpo humano como lo haríamos con un software. No es el único caso de emprendedores y científicos que trabajan en nuevas prótesis cerebrales inalámbricas para liberar de su encierro a personas paralizadas, manejar drones y conectarnos a internet con el pensamiento.

En la escena internacional también encontramos varias startups que están encabezando este movimiento, como por ejemplo Thync, una empresa que diseña auriculares que mandan impulsos eléctricos que alteran el estado anímico cerebral, o Nootrobox, dedicada a la producción de componentes que mejoran la capacidad cognitiva combinando cafeína con ingrediente activos del té.

Neurograins

Neurotecnologías en última instancia que albergan la última esperanza para un amplio colectivo social en nuestros tiempos, recorriendo de paso las fronteras de lo científicamente posible. Sirva para muestra un botón: inspirado por Black Mirrorel ingeniero electrónico y director del Qualcomm Institute Circuits Labs de la Universidad de California en San Diego, Vincent Leung, trabaja en la próxima generación de implantes cerebrales inalámbricos.

Los llama neurograins –o neurogranos– y son chips del tamaño de un grano de sal. “Es un gran desafío científico. En un principio, la idea es implantar los neurograins en la corteza cerebral, es decir, la capa externa del cerebro, de personas que han perdido cierta función debido a una lesión o enfermedad. Y a través de diminutos pulsos eléctricos, estimular las neuronas atrofiadas”, explica Leung.

Leer más: ¿Biohacking o bioterrorismo? La delgada línea que separa ambos conceptos

Financiado por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa del Pentágono (DARPA), el equipo de  Leung está trabajando en una serie de prótesis neuronales inalámbricas capaces de registrar y estimular la actividad del cerebro. La idea es implantar los neurograins en el cerebro y, por vía inalámbrica, proyectar sonidos a sordos o imágenes a invidentes. Decenas de miles de neurograins podrían funcionar como una especie de intranet cortical, coordinada de forma inalámbrica mediante un centro de comunicaciones central en forma de un parche electrónico delgado colocado sobre la piel. Así se abrirían nuevas terapias de neurorrehabilitación, en especial teniendo en cuenta que esta red tiene capacidades tanto de ‘lectura’ como de ‘escritura’.

Su investigación ya se hizo realidad en 2004, aunque en este caso el artista fue el neurocientífico John Donoghue de la Universidad de Brown. Un hombre de 25 años, tetrapléjico tras un incidente en el cual fue herido con un cuchillo, se convirtió en la primera persona en mover objetos solo con el pensamiento. Para ello, se le implantó un minúsculo chip de silicio de cuatro milímetros de lado con cien electrodos en la parte del cerebro donde se coordina la actividad motora. Se trató de la primera interfaz cerebro-ordenador: un sistema a través del cual se procesan y envían señales que viajaban por un haz de cables que salían del cuero cabelludo del sujeto hasta un carrito electrónico con un tamaño de refrigerador que le permitía, entre otras cosas, cambiar los canales de un televisor, ajustar el volumen, abrir y cerrar una mano ortopédica, mover el cursor de un ordenador, leer correos electrónicos y jugar con videojuegos con solo imaginar que movía el brazo.

Comunicación cerebro-cerebro

Algunos proyectos son más futuristas si cabe. La misma DARPA está financiando un programa con un presupuesto de cuatro millones de dólares llamado Silent Talk, cuyo objetivo es “permitir la comunicación de usuario a usuario en el campo de batalla sin el uso de voz vocal a través del análisis de señales neuronales”.

En la última década las interfaces cerebro-ordenador se han diversificado: empresas como Emotiv y NeuroSky han desarrollado videojuegos basados en estas neurotecnologías, al igual que la compañía japonesa Neurowear que desarrolló en 2011 unas orejas de gato llamadas Necomimi que responden a las emociones de sus usuarios. Y durante la ceremonia de apertura de la Copa Mundial de Fútbol de Brasil, en 2014, el neurocientífico Miguel Nicolelis mostró en dos decepcionantes segundos cómo un hombre parapléjico utilizaba un exoesqueleto robótico controlado por la mente para patear una pelota.

Hacia el polvo neuronal

Pero la verdadera revolución llegará cuando consigamos que esta tecnología se miniaturice hasta tal punto que se convierta en minúsculas motas en nuestro cerebro. En 2011, un equipo de la Universidad de California en Berkeley describió por primera vez unas diminutas partículas de silicio que denominaron “neural dust” (polvo neuronal), a grandes rasgos basadas en los mismos principios de los neurograins.

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