¿Por qué jugamos a la lotería aunque sepamos que no nos va a tocar?

Varias personas miran un ordenador con cara de decepción.

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  • Existen varios sesgos cognitivos que explican por qué jugamos a la lotería, a pesar de ser conscientes de que no nos va a tocar.
  • El optimismo poco realista, el hecho de saber que hay gente a la que le toca, la publicidad, el coste del décimo o la falsa creencia de que la suerte acabará haciendo justicia son algunos de ellos.
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1 entre 100.000. Esa es la probabilidad que tenemos de que nos toque la Lotería de Navidad.  Una utopía hecha tradición. Y eso que hay más opciones que, por ejemplo, jugando al cupón (1 entre 15 millones) o a la Primitiva y la BonoLoto (1 entre 13.983.816). Las cifras se ofrecen en un artículo de El Confidencial en el que se preguntan por qué jugamos a la lotería aun teniendo bastante claro que  no nos va a tocar

Si la pregunta se hiciera por la calle, a un ciudadano cualquiera, y sin entrar en cuestiones psicológicas más profundas, seguramente la respuesta más recurrente sería la de: “Es que si no compro el cupón del trabajo y luego toca…”. Argumento fácilmente adaptable al cupón del bar, del gimnasio, de la frutería, del equipo de fútbol, del colegio del niño o la niña y un infinito etcétera. 

Pero, obviamente, hay otras razones de tinte psicológico que, aunque no lo sepamos, nos empujan cada año a hacer un importante dispendio que, en la gran mayoría de los casos, es un auténtico brindis al sol. En un artículo de Psychology Today, el doctor Kevin Bennett recoge los seis sesgos cognitivos que nos empujan a jugar a la lotería aunque sepamos que no nos va a tocar. 

6 sesgos cognitivos que nos hacen jugar a la lotería incluso sabiendo que no va a tocar

Optimismo poco realista

Se resume, apunta Bennett, en que el ser humano, en muchas ocasiones, mantiene un injustificado optimismo, a pesar de que todo indica que las cosas no saldrán bien. Además, matiza, el cerebro es incapaz de valorar en su justa medida las verdaderas opciones que hay. Porque, de lo contrario, muchas personas se darían cuenta de que no tiene ningún sentido jugar a la lotería.

Sesgo de la disponibilidad

Tiene que ver con lo referido anteriormente acerca de que el cerebro humano no es capaz de entender las ínfimas posibilidades que existen. Y uno de los motivos es que sabemos que hay gente a la que le toca: lo vemos en la televisión y siempre está el primo del vecino de un amigo al que le tocó.

Ilusión de control

Las personas, a menudo, creemos que podemos influir en unos resultados sobre los que, por supuesto, no tenemos ningún tipo de influencia. Es igual que cuando nos quedamos a un número de hacer bingo o cuando en la lotería sale el número siguiente. No estamos más cerca, ni tendremos más opciones a la próxima. 

Trampas sociales

La publicidad y la sociedad en general nos animan a jugar. No nos merece la pena dejarlo, ya que, si lo hacemos, siempre estaremos pensando: “Como toque”. Bennett pone el ejemplo de cuando se hace una cola: llega un momento en el que llevas ya tanto tiempo, que, aunque veas que la de al lado va más rápido, ya no quieres abandonarla.

Fácil de justificar

La relación coste-beneficio siempre nos dará la razón: 20 euros por un décimo de la Lotería de Navidad y 328.000 euros de premio. Una jugada maestra.

La falacia del jugador

Los expertos coinciden en apuntar a este sesgo cognitivo como uno de los principales que nos hacen seguir jugando a la lotería aunque sepamos que no toca. Inconscientemente, creemos que la suerte acabará haciendo justicia. Por eso, dice Bennett en su estudio, las personas a las que les acaba de tocar juegan con más cautela. Pero aquellos, la mayoría, que otra vez no han sido premiados, casi creen que la suerte tiene una deuda con ellos que ha de saldar. 

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