Este maestro de la ciencia ficción anticipó hace 45 años la llegada de internet, los móviles e incluso los relojes inteligentes

 Arthur C. Clarke, en su casa de Sri Lanka, en una imagen de 2002.
Arthur C. Clarke, en su casa de Sri Lanka, en una imagen de 2002.

REUTERS/Anuruddha Lokuhapuarachchi

  • Arthur C. Clarke, maestro de la ciencia ficción, anticipó la llegada de ordenadores, móviles e incluso del smartwatch.
  • Lo hizo en una entrevista concedida en 1976 en la que también abordó cómo cambiarían nuestra vida cuestiones como el desarrollo de la comunicación.
  • Antes, en 1945 ya había propuesto la puesta en órbita de satélites artificiales.
  • El autor de clásicos del género como 2001: Odisea en el espacio compaginó la escritura con la divulgación científica. 
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Recostado en su asiento, sin titubear, como quien está hablando de algo evidente, algo que queda a ojos de todo el mundo. 

Clarke habla con la misma seguridad con la que diría que el cielo es azul. Lo hace en una entrevista organizada en el marco de un ciclo de conferencias del MIT y la empresa AT&T en 1976.

Durante el trascurso de la misma, el maestro de la literatura de ciencia ficción se anima, igual que hizo muchas veces en su vida, a tratar de vislumbrar cómo sería el futuro.

Hasta ahí, nada que no pueda hacer cualquier charlatán con un poco de adiestramiento y nada que no hagan, una y otra vez hoy en día, cientos de líderes de grandes empresas tecnológicas punteras.

La novedad en el caso del autor inglés estriba en que acertó. Acertó de lleno. Acertó una y otra vez. En los menos de 6 minutos escasos que dura la entrevista, no se cansó de acertar.

Años después, casi por arte de embrujo, muchos de los artilugios que había imaginado en 1976 cobraron vida. Fue una constatación evidente de las tecnologías irrealizables.

Al fin y al cabo, se trataba del autor de 2001: Odisea en el espacio.

"En el futuro, tendremos aparatos con los que podremos enviar mensajes instantáneos a nuestros amigos", empieza diciendo Clark.

Lejos de detenerse ahí, ante la pregunta de cuál sería su dispositivo ideal para este tipo de tareas, el autor se muestra todavía más específico.

"Lo ideal sería contar con una gran pantalla conectada a un teclado. En un dispositivo así podríamos ver, por ejemplo, los mensajes que nos han mandado nuestros amigos durante la noche".

Y va más allá.

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"Con este aparato podríamos consultar información. Pero solo la información que nos interesara. La tecnología seleccionaría qué nos gusta y elegiríamos con eso, no entre todas las opciones que existen".

Cuesta poco llegar a la conclusión de que lo que Clarke está describiendo en estas primeras respuestas son los ordenadores e internet tal y como los entendemos hoy.

En aquellos años, tras empezar como un proyecto del Ejército de EEUU, internet tan solo estaba dando sus primeros pasos con trazados de conexión de computadoras gubernamentales a alta velocidad.

No contento con ello, Clarke anticipa también las cookies, algoritmos de webs de empresas que, con el permiso más o menos informado de los usuarios, registran sus búsquedas.

Con ellas, establecen patrones de comportamiento e intereses que son precisamente los que les permiten ofrecer solo aquellos productos que interesan a un determinado cliente.

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En 1976, la venta por internet era impensable y los logaritmos de inteligencia artificial eran un concepto que, como mucho, podía aparecer en Star Trek, serie que se había estrenado en 1966.

Pero todo finalmente ocurrió tal y como dijo Clarke en 1976, cuando Bill Gates y Steve Jobs, por ejemplo, apenas era unos veinteañeros con más ideas que dinero en el bolsillo.

Jeff Bezos era un adolescente de 13 años, Elon Musk apenas tenía 5  y faltaban 8 años para que naciera Mark Zuckerberg.

Smartphones y los smartwatch como tecnologías cercanas

En su explicación, Clarke distinguió entre tecnologías o eventos que estaban lejos de llegar y las que llegarían más o menos pronto.

Entre las primeras subrayó, por ejemplo, el contacto con vida de otros planetas, una posibilidad que explora en algunas de sus mejores novelas.

La realidad, sin embargo, es que no lo veía muy próximo: "Espero vivir lo suficiente como para ver el primer contacto del ser humano con civilizaciones superiores de otros planetas".

"Hace poco se captaron algunas señales regulares que se creía que podían ser artificiales. ¿Llegarán mañana? Tal vez ahora mismo están emitiendo señales".

El tiempo pasó y, por ahora, el contacto con los extraterrestres se nos resiste.

Mucho más factible veía Clarke un invento que revolucionaría la forma de comunicarnos y traería, a su juicio, muchas más ventajas que inconvenientes: los smartwatch.

Tal y como veía el desarrollo tecnológico, no le costaba nada pensar que en un futuro próximo los relojes podrían emitir y recibir llamadas.

Y así ha sido. Aunque hay constancia de la existencia de algunos modelos tentativos que datan de finales de los 90, los relojes inteligentes, como los imaginaba Clarke, se han popularizado desde 2012.

Antes que ellos, llegaron los smartphones. Otra predicción de Clarke: "Los teléfonos no serán fijos. Serán una tecnología completamente móvil, y esto tendrá enormes ventajas y salvará vidas".

En aquellas palabras resonaba la característica fe en la tecnología que siempre tuvo Clarke, que creía en ella como vehículo para mejorar las condiciones de vida del planeta.

Décadas antes ya había hecho gala de estas convicciones. Tras servir en la Royal Air Force británica, en 1945 Clark expuso en un artículo las extraordinarias posibilidades de los satélites artificiales.

Lo hizo en un clima contrario a la ciencia, con el recuerdo aún reciente de la bomba atómica, el símbolo del fracaso de esta en su misión de servir a la gente.

"Se podría haber pensado que los la idea de los satélites eran una tontería antes. Pero, para aquel entonces, ya se había lanzado la bomba atómica y ya había cohetes v2. La gente estaba preparada para creer posible cualquier cosa", dijo Clarke en la entrevista.

Después, llegó la fama como escritor, el estrellato con la adaptación de Kubrick y el respeto como divulgador científico que comentaba por la televisión los lanzamientos de la NASA.

Arthur C. Clarke falleció en 2008 en Sri Lanka, país en el que pudo dedicarse durante muchos años a otra de sus grandes pasiones, la exploración de las profundidades marinas.

Años después, casi por arte de embrujo, muchos de los artilugios que había imaginado en 1976 cobraron vida. Fue una constatación evidente de la tercera ley de Clarke, que él mismo formuló.

"Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia".

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