Facebook lo apuesta todo a la realidad virtual, pero los expertos tienen dudas: 6 inventos que fracasaron por llegar antes de tiempo

Bill Gates presenta un reloj inteligente en 2003.
Bill Gates presenta un reloj inteligente en 2003.

Reuters

  • Facebook ha decidido afrontar la mayor crisis reputacional desde su fundación apostando su futuro a la realidad virtual.
  • Algunos expertos dudan de que esta tecnología esté lo suficientemente madura como para ofrecer algo que de verdad no haya existido hasta ahora.
  • En la historia abundan ejemplos de inventos que, aún siendo buenas ideas, fracasaron por llegar antes de tiempo, como el palo selfi, el primer iPad de Apple o los coches voladores.
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Como recién salido de la película Ready player one, a finales del pasado mes de octubre Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, el hombre que supo ver antes que nadie que el futuro de la sociedad estaría en las redes sociales, reveló una nueva visión.

El mundo del futuro próximo, proclamó, será virtual o no será. Y, como si con ello diera el comienzo de una era nueva, dio el pistoletazo de salida al metaverso.

El metaverso es un mundo virtual que ofrece a sus usuarios la promesa de que podrán ser cualquier cosa y podrán conseguir lo que quieran en cualquier momento. 

¿Avatares con todo tipo de formas y complementos para que cada quien encuentren la representación virtual de sí mismo que más encaje? Los tienen. 

¿Puestas de sol en entornos paradisíacos? A un clic de distancia. ¿Reuniones de trabajo? Mucho más dinámicas en el metaverso. ¿Diversión, entretenimiento, experiencias inmersivas? Hasta que no se pueda más. ¿Comunicación? Infinita.

La apuesta es un todo o nada para Facebook, que aprovechó además la ocasión para esconder su marca bajo el paraguas de Meta en un intento por conseguir que arrecien las críticas en la que es la mayor crisis de reputación de su historia.

A nadie escapa que la publicación de los Papeles de Facebook, un conjunto de documentos internos filtrados a los medios de comunicación que cuestionan muchas de las prácticas realizadas por la red social en los últimos años, ha tenido su influencia en este cambio decisivo de rumbo.

El giro de timón, del que se cumplen ya 100 días, no termina de convencer a muchos expertos. Ha sido el caso, por ejemplo, de Ethan Zuckerman, un especialista en realidad virtual que participó en los primeros intentos de explorar esta tecnología a finales de los 90, cuando esta parecía a ojos de muchos la evolución natural tras la explosión de internet.

En un artículo publicado en la revista The Atlantic que lleva el provocador título de Hey, Facebook, yo inventé el metaverso hace 27 años, Zuckerman defiende que lo presentado por el fundador de Facebook no dista mucho de otros intentos de convertir la realidad virtual en un fenómeno masivo.

Entre estos, recordó el programador, destacó hace algo más de una década, por ejemplo, Second Life, un espacio de encuentro virtual de apariencia no muy elaborada cuyo uso doméstico creció de manera exponencial hasta que se topó con sus propios límites. 

Estabilizado en el millón de usuarios mensual, en la plataforma empezaron a abundar pronto, por ejemplo, usos relacionados con el sexo.

"Seamos sinceros: el metaverso de Facebook es muy malo. Desde las primeras imágenes en las que se ven torsos sin piernas sentados alrededor de una sala de conferencias, mirando fijamente una pantalla de videoconferencia tipo Zoom, hasta el recorrido de Zuckerberg por su armario virtual, lleno de trajes negros idénticos (¡tiene sentido del humor!), el metaverso de Zuck se parece bastante a lo que imaginábamos que sería algo así en 1994", afirma Zuckerman. 

Y añade, no sin sorna: "¡Mira, estoy jugando a las cartas con mis amigos y estamos en gravedad cero! ¡Y uno de mis amigos es un robot! Esto se podía hacer en Second Life hace 10 años, y en otro tipo de plataformas hace 20".

Estas palabras sugieren que la apuesta de Facebook por el metaverso podría incurrir en un error que no ha sido infrecuente en el devenir del desarrollo tecnológico: llegar demasiado pronto. 

Del palo selfi al avión pasando por las monedas digitales, en la historia abundan buenas ideas que han sido bien ejecutadas, pero que solo han tenido el defecto de aparecer cuando ni la sociedad ni su entorno estaban preparados para sostenerlas.

A continuación, 6 ejemplos de inventos que llegaron antes de tiempo.

1. Leonardo da Vinci y su máquina para volar: un invento adelantado 400 años

Esbozo del diseño de la máquina de volar de Leonardo da Vinci.
Esbozo del diseño de la máquina de volar de Leonardo da Vinci.

Wikimedia Commons

Antes que Steve Jobs, Bill Gates, Jeff Bezos y Elon Musk, estuvo Leonardo da Vinci, una de las mentes más brillantes que han visto los siglos y que, todo hay que decirlo, fue menos rico y bastante más completo que los antes mencionados. 

Así lo revela el hecho de que, además de inventor, también fuera anatomista, arquitecto, paleontólogo, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista.

A finales del siglo XIV, en la opulenta Florencia, Leonardo da Vinci, un hombre con una capacidad de observación extraordinaria (como lo reflejan sus detalladísimos estudios sobre el cuerpo humano, por ejemplo), se fijó en el vuelo de las aves y los insectos y en cómo la anatomía de estos les permitían sostenerse en el aire.

Y se hizo una pregunta: ¿y si el ser humano pudiera volar?

Su respuesta fue el ornitóptero, un aparato que, en vez de limitarse a unir alas a los brazos de una persona, unía dos alas batientes en una sola máquina.

Pero no resultó. Tras una docena de diseños distintos de este mismo concepto, ninguna de las máquinas de Leonardo da Vinci permitió a las personas volar durante una cantidad de tiempo razonable. 

El principal problema, como se supo más tarde, radicaba en la dinámica de fluidos.

El derrumbe de un puente en Italia impulsó a esta soriana a crear Detektia, una startup que vigila mediante satélites e inteligencia artificial infraestructuras con precisión milimétrica

A principios del siglo XIX, 300 años más tarde, el barón Sir George Cayley, un hombre tan interesado en volar como da Vinci, pero con mucho más tiempo libre que el ajetreado genio florentino, se dio cuenta de que en realidad algunas aves como las gaviotas se mantienen en el aire sin batir las alas.

Tras unos cuantos experimentos realizados en su amplia mansión, dio con el grado de inclinación que requiere un ala para mantenerse en el aire sin la necesidad de movimiento mecánico alguno. 

De haber contado con esa información, a buen seguro que da Vinci podría haberse adelantado a los hermanos Wright, que alumbraron la aviación moderna 400 años después de aquel prematuro intento.

2. El reloj inteligente de Microsoft: internet de las cosas a través de radio FM

Bill Gates presenta los relojes inteligentes de Microsoft.
Bill Gates presenta los relojes inteligentes de Microsoft.

Reuters

Al igual que le ha podido suceder hace unos meses a Zuckerberg, a principios de la década de los 2000, Bill Gates, el fundador de la ya por aquel entonces todopoderosa Microsoft, creyó ver el futuro. 

Este, pensó Gates, tendría forma de aparatos electrónicos conectados entre sí para proporcionar a su usuario información valiosa.

Antes, el usuario tendría que registrarse a través de una plataforma aportando datos con los que luego su gigante tecnológico trabajaría para tratar de venderle todavía más aparatos y más aplicaciones.

Se trata, simplificando mucho, de la lógica que está detrás del famoso internet de las cosas, que, de la mano de la extensión de las redes 5G, se postula ya como un salto tecnológico inminente. 

Bill Gates acertó, pero lo hizo demasiado pronto.

En 2003, Microsoft sacó al mercado SPOT (Tecnología inteligente de objetos personales, por sus siglas en inglés), un sistema de interconexión de dispositivos electrónicos que aprovechaban el ancho de banda de la radio FM para mandar y recibir información. 

Entre la amplia gama de productos que lanzó Microsoft bajo la marca SPOT había cafeteras que mostraban la hora y la temperatura que iba a haber ese día, controles remotos que no estaban muy lejos de las actuales televisiones inteligentes y, sobre todo, relojes.

Con una sonrisa de oreja a oreja, Gates presentó en sociedad el primer reloj inteligente de Microsoft, un aparato capaz, entre otras muchas cosas, de recibir información sobre el tiempo atmosférico y mandar y recibir los por aquel entonces populares SMS.

Pero SPOT se dio pronto de bruces con un problema: internet.

La rapidísima expansión de las redes wifi y, sobre todo, la llegada de los smartphones, convirtió en obsoletos los aparatos de Microsoft cuando estos apenas acababan de salir.

Así, mientras Jobs presentaba en sociedad un iPhone que ofrecía la posibilidad de llevar todo internet en el bolsillo, los usuarios de los productos asociados a SPOT debían conformarse con un rudimentario sistema que apenas era capaz de ofrecer unas pocas noticias a través de ondas FM.

Estas, además, tendían a perderse, por ejemplo, en mitad de las aglomeraciones que se producen en las grandes urbes.

En 2012, Microsoft dejó de prestar servicio a su sistema SPOT.

3. Apple Newton, el iPad antes del iPad

Un usuario prueba el Apple Newton.
Un usuario prueba el Apple Newton.

Reuters

Unos 100 millones de dólares. Esta fue la inversión de Apple en su Newton MessagePad H1000, un dispositivo electrónico llamado en 1992 a cambiar para siempre la vida de sus usuarios. 

Lo haría, pero un par de décadas más tarde, cuando la evolución del concepto en que se basaba (un aparato ligero y manejable que ofreciera funcionalidades útiles para organizar el trabajo de las personas), el iPad, aterrizara al mercado.

Y eso que el MessagePad, que era en realidad lo que a finales de la década de los 90 se conocería como PDA (Asistente digital personal, por sus siglas en inglés), ofrecía posibilidades más que interesantes.

Para empezar, contaba con un lápiz con el que se podía escribir y dibujar en una pantalla táctil que, aunque básica, cumplía bien su función siempre y cuando no se rebasaran ciertos límites. Además, contaba con calendario, agenda y notas.

Por si esto fuera poco, admitía programas desarrollados por terceros para poder trabajar con procesadores de texto y hojas de cálculo. Enviaba faxes, hacía llamadas y permitía la navegación por internet. Toda una joya multitarea.

¿Cómo es posible, por tanto, que su uso no se popularizara más y que se dejara de fabricar en 1998?

La respuesta tiene nombre y apellido: Steve Jobs.

Tras 15 años de destierro, el hijo pródigo volvió a Apple dispuesto a sacar del barro la compañía que él mismo fundó. De nuevo como consejero delegado de la empresa, una de sus primeras decisiones fue cancelar el proyecto Apple Newton.

Justo es decir que, para entonces, las ventas del aparato ya habían empezado a palidecer precisamente debido a la aparición de las PDA, que más o menos cubrían las mismas posibilidades que el invento de Apple pero a un precio sensiblemente menor.

Pero Jobs se quedó con el estribillo de aquella canción. 

El 27 de enero de 2010, Apple lanzo el iPad, una primera línea de tabletas que, en esencia, venían a cubrir el vacío dejado por Apple Newton.

Con su aspecto totalmente plano, los iPad eran ágiles, eran rápidos, eran elegantes, eran portables y, sobre todo, eran la evolución de concepto del Apple Newton del genial y exigente Jobs.

4. El Nokia N-Gage y la (por aquel entonces) improbable mezcla de móviles y videojuegos

Un usuario juega con un Nokia N-gage.
Un usuario juega con un Nokia N-gage.

Reuters

Mientras 2021 toca a su fin, en mitad de la explosión del sector de los videojuegos para móviles, cuesta imaginar que un móvil fracasara precisamente por ofrecer a sus usuarios la posibilidad de jugar con videojuegos.

Esto fue, sin embargo, exactamente lo que pasó con el Nokia N-Gage a principios de la década de los 2000.

Por aquel entonces, Nokia reinaba entre las empresas fabricantes de móviles. Algunos de sus modelos, como el mítico 3310, se terminarían convirtiendo en poco menos que el símbolo de toda una época.

Con la posibilidad de cambiar su carcasa y de descargar tonos de llamada (a cambio de precios muchas veces prohibitivos), los adolescentes de los 2000 no eran nadie sin sus Nokia, que ofrecían un aliciente más: el Snake.

Sencillo, pero mortalmente adictivo. Así era el Snake, un videojuego contenido en algunos modelos de móvil que simplemente consistía en dirigir a una serpiente para que devorara manzanas. 

A medida que lo hacía, su cuerpo crecía y aumentaba la velocidad a la que se movía, con lo que, si uno aguantaba lo suficiente, la pantalla se terminaba convirtiendo en un verdadero galimatías en el que a duras penas se distinguía dónde estaba la cabeza y dónde la cola. Diversión asegurada.

Nokia creyó ver el futuro: videojuegos. 

En octubre de 2003, mientras Sony, por ejemplo, se adentraba en su segunda generación de videoconsolas con la Playstation 2 y Nintendo lanzaba la GameCube, Nokia se atrevió a disputarle a esta última el mercado de las consolas portátiles, que había copado con sus Game Boy.

Lo hizo con un modelo, el Nokia N-Gage, con el que además se podría hacer lo que se hacía con cualquier móvil: llamar y recibir llamadas e intercambiar SMS.

El problema fue que, en su afán por ser videoconsola y móvil al mismo tiempo, N-Gage finalmente terminó no siendo ninguna de las dos cosas.

Para empezar, muchos de los videojuegos que compusieron entonces su limitado catálogo en realidad estaban más pensados para móviles convencionales, con lo que se podían controlar con una sola mano cuando el N-Gage estaba diseñado para poder ser manejado en horizontal con las dos.

Como móvil, por otra parte, no era gran cosa. Debido a la grasa y al sudor que habitualmente recorren los rostros de la gente, se desaconsejaba a sus usuarios pegarlo a la oreja al hablar para no dañarlo. 

Por ello, el altavoz estaba en la parte lateral, no en la frontal, con lo que hablar con él y evitar que se cayera era poco menos que un desafío a las leyes de la física.

Como colofón, para cambiar los juegos, que venían en cartuchos, había que quitar la batería.

Aunque Nokia llegó a lanzar un modelo que paliaba muchos de los defectos del original, N-Gage nunca llegó a coger vuelo. En 2005, se interrumpió su fabricación y se convirtió en un clavo más en el ataúd de Nokia como fabricante de dispositivos móviles.

Con más de 100.000 millones de descargas, 7 años después el juego para móviles Angry Birds se convirtió en un fenómeno mundial.

5. El prematuro palo selfi japonés de los años 80

Palo selfi

Reuters

Se han llegado a prohibir en algunos museos.

Aunque elementos como las cámaras frontales de los móviles han rebajado últimamente mucho su popularidad, no hay duda de que los palos selfi han sido uno de los inventos de la última década.

Su funcionamiento no puede ser más simple. Basta con acoplar el móvil en uno de sus extremos para, aprovechando la longitud del stick, conseguir sacar una foto perfecta y con una amplia perspectiva de todos los componentes de un grupo, incluido quien hace la foto.

Su sencillez, unida a la explosión de las redes sociales, fue durante años una combinación imparable que llevó a algunas instituciones públicas a tomar cartas en el asunto para evitar poner en riesgo la integridad de piezas antiguas de incalculable valor.

Al fin y al cabo, no dejaba de ser un palo de un par de metros.

Muchos de los jóvenes usuarios del palo selfi desconocen, sin embargo, que hace no muchos años sacar una foto de familia con todos los integrantes era un acto de fe en la bondad humana.

En la época de las cámaras analógicas, si alguien quería sacar una foto completa de familia no quedaba más remedio que entregar la cámara a un desconocido y confiar en su honestidad (o en su lentitud si lo primero fallaba).

A principios de los años 80, Hiroshi Ueda, un padre de familia japonés cansado de no poder aparecer en las fotos junto con su mujer y sus hijos, decidió tomar cartas en el asunto

En 1983, ideó un brazo extensor que, conectado a las cámaras analógicas de la época, era capaz de sacar fotos.

Sí, aquello fue exactamente lo que parece: un palo selfi.

Lejos de triunfar, el invento fue un fracaso tan rotundo que apareció en el libro Los 101 inventos japoneses más inútiles

De ahí lo rescató la BBC, que contactó con el propio Ueda, quien confirmó la historia punto por punto. 

Este reconoció además que, aunque no la patentó hasta 2003, su ingeniosa solución había llegado un poco antes de tiempo.

Bien distinta hubiese sido la historia si Ueda hubiese contado en 1983 con la ayuda de Instagram.

6. Beenz, una moneda digital anterior al bitcoin

Aspecto de la web de Beenz en 2001.
Aspecto de la web de Beenz en 2001.

Nuevo año, nuevo siglo, nuevo milenio. A comienzos de los años 2000, cualquier cosa parecía posible, especialmente tras la irrupción de internet.

Si la world wide web era una ventana abierta a infinitas posibilidades, calibraron muchos, también lo sería para hacer negocios.

Uno de los que lo pensó fue el empresario Michael Cohen.

A principios de ese año, Cohen tuvo una idea: premiar a quienes pasaran su tiempo en internet. Fue así como dio con Beenz, una de las primeras monedas digitales del mundo. 

Bajo el sistema de Benz, los usuarios conseguían monedas digitales, por ejemplo, por pasar una determinada cantidad de tiempo en un sitio web. 

Después, cuando habían acumulado suficiente cantidad de Beenz, este se podía intercambiar por otra moneda en los por aquel entonces emergentes sitios de comercio electrónico y, con ello, adquirir productos.

Según una crónica del medio especializado en criptomonedas Ihodl, aunque los pagos en internet no eran en esos años ni de lejos un método extendido de pago, había ya gran expectación sobre las posibilidades de negocio de esta tecnología. 

Beenz firmó acuerdos de colaboración con cerca de 150 webs de comercio electrónico. Entre quienes se negaron a pactar nada con ellos se encontraba un extraño empresario que tenía sus propios planes para atraer el pago de quienes visitasen su web de libros. 

Se llamaba Jeff Bezos.

Al principio, Beenz funcionó como un tiro. La idea de poder acumular monedas digitales a cambio solo de navegar por internet atrajo a miles de clientes al comercio electrónico

Tanto fue así, que no tardaron en levantar más de 85 millones de dólares de fondos de inversión de la talla de Softbank, Apax Partners, Vivendi u Oracle. Todo iba viento en popa.

Pero el negocio tardó poco en desplomarse. 

Resultó que Bezos, aquel extravagante librero, tenía más idea sobre cómo hacer negocios de la que la gente de Beenz había supuesto.

Este había respondido a las monedas digitales con la posibilidad de comprar en su web con la tarjeta de crédito. Directamente, sin intermediarios, transacciones ni cambios de moneda de ningún tipo.

Años más tarde, Cohen contaría que no es que perdieran a sus clientes poco a poco: se esfumaron. Casi de un día para otro, quienes habían acudido a Beenz atraídos por la curiosidad de un nuevo negocio se fueron seducidos por la simpleza del sistema de pagos de webs como Amazon.

En 2001, Beez se declaró en bancarrota ajena al hecho de que había abierto una puerta, el de las monedas digitales, que no se cerraría nunca.

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