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Nadie quiere tener un centro de datos propio (o por qué BBVA y Telefónica quieren vender los suyos)

Centro de datos de Telefónica en Alcalá de Henares (Madrid)
Ferrovial
  • Muchas empresas invirtieron cientos de millones de euros en centros de datos de última generación al calor del despegue del Big Data al final de la pasada década.
  • Pero buena parte de ellas no contaban con la explosión del cloud computing y la irrupción en el sector de gigantes como Amazon, Alibaba, Google o Microsoft.
  • La construcción de un centro de procesamiento de datos propio impacta directamente en la cuenta de resultados por la magnitud de la inversión que requieren, pero un proveedor externo ofrece ahora ese servicio que cuenta con un simple gasto ordinario más.
  • Telefónica Data está explorando la venta de todos sus centros de procesamiento de datos a cambio de unos 500 o 600 millones de euros.
  • Y hay más empresas españolas que pueden ir por el mismo camino en los próximos meses.

Cuando comenzó la digitalización de los procesos empresariales, allá por la década de los 70-80, las compañías que podían permitirse dar este salto (grandes bancos, operadores de telecomunicaciones, gobiernos...) implantaron gigantescas máquinas en sus propias sedes corporativas o en naves habilitadas para tal uso. Algunos de estos sistemas, como los históricos mainframe de IBM, siguen en funcionamiento en muchas de estas compañías.

Poco a poco, estos sistemas fueron reduciendo su tamaño y complejidad, de modo que era posible desplegar muchas máquinas y conectarlas en un mismo centro para centralizar así toda la actividad digital de la empresa y proveer de muchos más servicios a las filiales o delegaciones territoriales. Surge así el concepto de centro de datos al uso, donde están alojados los datos y aplicaciones críticas de cada entidad.

Esa premisa se ha mantenido estable hasta nuestros días, conforme más y mejores servidores se iban desplegando para dar respuesta a las crecientes estrategias digitales de las empresas. Y, con el despegue del Big Data y la presumida explosión de información que iban a tener que procesar las organizaciones, muchas de ellas hicieron ingentes inversiones en centros de datos de última generación.

Hablamos de instalaciones muy costosas, con montantes de inversión superiores a las decenas e incluso centenas de millones de euros. Y es que, no solo hay que contar el precio de los propios equipos informáticos, sino también de las redes de conectividad asociadas, la relación con el suministro eléctrico (y los sistemas o baterías de respaldo) y el despliegue de los sistemas de refrigeración que permiten mantener operativo el centro de procesamiento de datos (CPD) en sí mismo. A ello, hay que añadir en muchos casos los costes del terreno y de la construcción propiamente dicha del edificio. No es moco de pavo, precisamente.

Las empresas que dieron este paso fueron vanagloriadas por analistas, inversores y la prensa. Estaban encarando con fuerza la gran ola digital y tenían preparadas sus infraestructuras para responder mejor que sus rivales a los desafíos tecnológicos del Big Data o la irrupción de la inteligencia artificial y los análisis de información a gran escala. 

Pero solo fue un espejismo, o al menos una realidad que tenía nombre y fecha de caducidad. Porque con lo que no contaron los CIO que diseñaron estos despliegues de centros de datos es que, a finales de los 2000, iba a surgir una tendencia en el mercado que haría inútiles todos estos esfuerzos previos: el cloud computing.

El impacto del cloud

La premisa es realmente simple: los grandes proveedores de servicios digitales (como Amazon, Alibaba, Google o Microsoft) necesitan desplegar grandes infraestructuras físicas para prestar soporte a sus propias aplicaciones. Pero como todas ellas experimentan picos de carga, tienden a sobreponderar las necesidades de sus CPD. De este modo, presentan habitualmente un exceso de capacidad —tanto de procesamiento como de almacenamiento— que pueden comercializar a terceros.

De este argumento base surge todo un mercado en el que estos actores aprovechan su economía de escala, experiencia operativa y dispersión geográfica para ofrecer todas las capas de la informática empresarial (infraestructura, plataforma y aplicaciones) como un servicio. De este modo, la empresa final solo tiene que pagar una cuota mensual y dar un par de clicks para acceder a las capacidades que antaño requerían años de diseño de un centro de datos y millones de euros en inversión.

El cloud computing elimina las barreras de entrada que restringían los avances digitales a las grandes firmas del IBEX pero, lo que es más importante, imponía un nuevo criterio financiero en la estrategia TIC: mientras que la construcción de un CPD propio impactaba directamente en la cuenta de resultados de las empresas, el pago de una cuota a un proveedor externo se contabiliza como un gasto ordinario más.

Leer más: Por qué Madrid podría convertirse en la capital europea de los centros de datos

Dicho de otro modo: de un segundo a otro, los millones de euros invertidos que parecían dar ventaja a los pioneros en la transformación digital se convirtieron en su mayor losa, frente a la agilidad y mejor margen financiero de los que entraron directamente a competir en la 'era cloud'.

Los datos son elocuentes: el mercado cloud moverá en 2019 nada menos que 1.107 millones de euros en España, un 20% más respecto al pasado curso, según IDC, y esa tendencia se va a mantener durante el próximo lustro, a una tasa anual compuesta del 22,5%. Y lo que es más relevante si cabe: el 50% de las empresas elegirá la nube pública como su modelo de despliegue por defecto en 2023 por su menor riesgo y complejidad. Mientras tanto, los despliegues tradicionales (esto es, en los centros de datos propios) pasarán del 68% actual sobre el total al 61% en 2022.

Tanta es la diferencia entre el modelo convencional y la migración a la nube que muchas de las empresas que habían apostado por CPD propios comenzaron también a utilizar capacidades de cloud pública en algunas de sus necesidades cotidianas. Es lo que se conoce como nube híbrida, una de las favoritas de los analistas en la actualidad, pero que deja en el aire una nueva pregunta: ¿qué hacemos con unos centros de datos que se diseñaron en función de una gran demanda que ahora está siendo redirigida hacia servicios en la nube?

El caso de Telefónica

Una de las grandes compañías españolas a las que el paso a la nube le pilló a contrapié es Telefónica. En 2013, cuando la nube ya era más que conocida y comenzaba a extenderse por el tejido productivo, el operador de telecomunicaciones inauguró su centro de datos de Alcalá de Henares (Madrid). Era la joya de la corona de la firma, ya que se trata de un CPD considerado 'Tier IV', la mejor nota que pueden tener estas instalaciones a tenor de su disponibilidad (99,995% anual en este caso), eficiencia energética y seguridad.

Hablamos de un centro de datos de más de 65.700 metros cuadrados, el equivalente a ocho campos de fútbol, con 23 salas distintas y cuyo coste total -contando todas las fases de ampliación- se estima en alrededor de 300 millones de euros. 

Este CPD fue creado por Telefónica con dos propósitos principales: por un lado consolidar sus propias aplicaciones y servicios internos y, por otro, prestar sus propias capacidades cloud a terceros. Es decir, competir frontalmente con Amazon, Google, Microsoft o IBM pero sin su capacidad técnica, ni sus ofertas de aplicaciones ni su misma economía de escala. Solo capacidades básicas de cloud, con conectividad de primera eso sí, y a precios muy superiores a los del mercado.

El éxito de esta estrategia es discutible: en torno a 600 clientes corporativos en casi una década de actividad. Y una grandísima parte del carísimo CPD siendo infrautilizada y sin visos de que eso fuera a mejorar.

Por todo ello, hace ya varios años que en el sector se daba por supuesto que Telefónica acabaría vendiendo esta instalación -y el resto de sus CPD de menor tamaño a escala mundial (Miami, Sao Paulo, Colombia, Ecuador, Chile, Argentina, Perú y México)- a algún proveedor de servicios digitales que sí pudiera aprovecharse de esa economía de escala. 

Este año llegó la confirmación de este movimiento: Telefónica Data -que así se llama la filial que gestiona los centros de datos de la multinacional- está explorando la venta de todos sus CPD a cambio de unos 500 o 600 millones de euros, según adelantaba El Confidencial. A preguntas de Business Insider España, portavoces de Telefónica rehusaron hacer más comentarios sobre este tema, remitiéndose a las comunicaciones oficiales de la empresa ante la CNMV.

Entre los candidatos a la compra, efectivamente encontramos proveedores habituales de centros de datos de colocation, especializados además en trabajar con distintos actores del mundo cloud, incluyendo los grandes nombres antes mencionados. En concreto, los tres mejores posicionados son Brookfield, Digital Realty y Equinix, esta última presente en nuestro país tras la reciente compra de Itconic.

Esta venta confirma la mala idea que fue para Telefónica abrir su propio centro de datos ante una competición cloud en la que no podía ganar. Si a ello le unimos las alianzas de esta misma entidad con Microsoft, Google e IBM para comercializar sus servicios digitales en lugar de los propios de Telefónica, corroboramos que el rol de la 'telco' en la arena cloud es el de un mero integrador o distribuidor. 

A nivel de números, las pruebas también constatan el error de cálculo de Telefónica. Si la venta se produce efectivamente por 500-600 millones de euros, eso apenas cubrirá el doble del coste estimado por el proyecto total del CPD de Alcalá. A falta de datos exactos sobre la inversión realizada en el resto de centros de datos a escala internacional, resulta complicado que la empresa española pueda amortizar (ya no rentabilizar) todo el gasto realizado en esta arena.

Telefónica puede argumentar, eso sí, que el intento de ser un actor relevante en el mundo cloud fue algo compartido por todos los operadores de telecomunicaciones en el mundo. Pero eso esconde una pequeña trampa: salvo excepciones como T-Systems (la exitosa filial de consultoría TIC de la alemana Deutsche Telekom), el resto de 'telcos' abandonaron sus centros de datos mucho antes que Telefónica: Verizon se deshizo de sus 30 CPD en 2017 y AT&T hizo lo propio el año pasado.

BBVA, en la misma senda

Similar pero no igual es la situación del BBVA. Este banco, uno de los dos emblemas junto al Santander del sistema financiero español, fue una de las pioneras en el mundo a la hora de construir un centro de datos Tier IV. Fue en 2012 cuando estas instalaciones, ubicadas en Tres Cantos (Madrid) y con respaldo en La Vaguada, vieron la luz.

En este caso, se trata de un CPD con cerca de 10.000 procesadores de alta gama, capaz de gestionar alrededor de 45 millones de transacciones diarias de distintos tipos y canales de procedencia. Estas instalaciones también prestan la mayoría de los servicios digitales internos de BBVA, incluyendo las capacidades que necesitan 40.000 empleados, a sumar las áreas de mercados y las unidades de negocio globales que también operan con este centro.

Irónicamente, BBVA es uno de los bancos que más esfuerzos ha hecho por impulsar sus transformación digital y por fomentar la innovación en sus proceso operativos. Y eso ha incluido, por ejemplo, ayudar a desarrollar servicios y productos de vanguardia que se ejecutan sobre los servicios cloud de terceros, y no sobre sus propias instalaciones. De este modo, BBVA ha acabado por usar muchas herramientas en la nube de los grandes players y, al igual que le sucede a Telefónica, está infrautilizando su carísimo CPD.

En su caso, también se vienen sucediendo los rumores sobre una potencial venta del centro de datos de Tres Cantos, si bien por el momento no pasan de ser un comentario en los mentideros de la industria.

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