De correr con mis amigos para tomarme unas cervezas a completar 3 maratones y 10 triatlones

Al finalizar el Maratón de Sevilla.
Al finalizar el Maratón de Sevilla.
  • Todo se fraguó en una noche salmantina, con el único objetivo de correr la San Silvestre. 7 años después completé mi tercer maratón. 
  • Un enorme sacrificio que, a veces, merece la pena. Otras, roza la peligrosa adicción.
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El objetivo era, relativamente, sencillo: conseguir un mínimo de forma física para completar, sin sustos, los 8,4 kilómetros de la San Silvestre Salmantina de 2009. Con ese asequible propósito en mente, Fran me llamó para ver si salíamos a entrenar. “¿Damos unas vueltas en Salas Bajas?”, preguntó. Inocente proposición a la que conteste que sí, sin saber que sólo era el principio del dislate. 7 años y 5 meses más tarde completé mi tercer maratón. Pero eso vendrá después.

Era el miércoles 9 de diciembre de 2009. En Salamanca. Decir que hacía frío es un bonito eufemismo. Ambos habíamos hecho deporte toda la vida, sobre todo fútbol y ciclismo, ergo, no empezábamos de cero, aunque nuestra indumentaria invitara a pensar en ello: un chándal, las Reebok de paseo, una camiseta de propaganda, el Casio y listo. Dimos 7 vueltas a un circuito de 1.300 metros y la marca nos sorprendió. No era nada impresionante, aunque suficiente para que comenzara a brotar el germen de algo grande. 

La semana siguiente repetimos y, dicho vulgarmente, se nos calentó la boca: “Estamos muy fuertes, aparte de la San Silvestre, deberíamos hacer más. Los domingos nos apuntamos carreras por ahí, y luego ya nos quedamos a comer, vemos los pueblos…”. 

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El veneno estaba inoculado. Arrasamos en la sección de running del Decatlón: mallas, chaquetas térmicas, camisetas interiores… Advino entonces un momento clave: “¿Y si vestimos igual en las carreras? ¿Hacemos un equipo?”. Dicho y hecho. No había duda en el color: rojo. Fue la primera vez que nos pusimos esas míticas camisetas Kalenji que todavía hoy adornan nuestro armario.

El siguiente nivel era encontrar un nombre. “Estamos como flechas”, le dijimos al compañero de piso de Fran. “Flechas Negras, gran equipo de fútbol”, replicó él. “Negras no, pero rojas”. Teníamos nombre. Era viernes, o sea que tocaba fiesta. Paniagua, dondekike, Tum Tum, la ruta clásica. El nivel de excitación era directamente proporcional a la cerveza que íbamos alojando en nuestro cuerpo. De aquella noche salió el himno del club (Antes de que cuente diez, de Fito y Fitipaldis) y el gesto del arquero que, con una mezcla de vergüenza y orgullo, haríamos antes de cada carrera. 

Extrañamente, la resaca no apocó el entusiasmo. Al día siguiente llamamos a Koko: “Hemos hecho un equipo de atletismo, ¿te apuntas?” Con costumbre de aceptar sin preguntar, respondió: “Sí, ¿qué tengo que hacer?”. Le indicamos qué camiseta debía comprarse y obedeció sin rechistar. Poco después se unirían Galán y Sergio. 

Las primeras carreras

El 27 de diciembre de 2009 llegó el debut de las Flechas Rojas en la San Silvestre Salmantina. Lejos de empequeñecer, el suflé no paraba de crecer. Después, varias carreras de 3, 5 o 7 kilómetros, en las que el post duraba infinitamente más que la competición. 

Pasaron los años con altibajos en la motivación. Algunos nos fuimos a vivir fuera y era difícil mantener la ilusión. Hasta que, en 2013, decidimos dar el salto a la media maratón. Escogimos los 21,0975 kilómetros de la Media Maratón Babilafuente – Salamanca, disputada el 29 de septiembre. La marca fue de 1:52:10, no está mal, pensé, para ser la primera. Las cosas habían cambiado: nada de excesos el día anterior (incluso extensible a toda la semana), pasta para comer y cenar en las jornadas previas, y, por supuesto, unas zapatillas apropiadas… Eso sí, el festín ulterior a cruzar la meta se mantenía inamovible. 

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Amén de carreras más cortas, llegaron dos medias maratones más: la Ciudad de Salamanca y la Ciudad de Zaragoza. Cada vez mejores marcas. Había que dar un paso más. No recuerdo quién verbalizó la frase: “¿Y si nos preparamos un maratón?”. La tendencia a no decir que 'no' se había generalizado peligrosamente, así que todos asumimos aquella pregunta como una propuesta de obligada aceptación. 

El primer maratón

Tres de nosotros decidimos cogernos un entrenador: yo, que vivía en Zaragoza; Koko, en Ciudad Rodrigo (Salamanca), y Fran, en Salamanca capital. Este último conocía a uno muy bueno en Hervás (Cáceres). Así que, para redondear el chiste: uno de Zaragoza, otro de Ciudad Rodrigo y uno de Salamanca contrataron a Carlos, un entrenador de Cáceres. Online, obviamente. 

El 30 de septiembre me envió el planning para la primera semana de entrenamientos. “Circuito espartano, movilidad articular, circuito de resistencia, ¡pero, esto qué es!”. La tarjeta volvió a echar humo en el Decatlón: pesas, fitball, esterillas… Mi salón se convertía en un gimnasio a la misma velocidad que se engrandecían los ojos de Vero (mi pareja). 

Y lo hicimos. Cinco meses de entrenamiento para, el 22 de febrero de 2015 –y con el fichaje de Isra a última hora–, recorrer los 42.195 metros del Maratón Ciudad de Sevilla. Muchos nervios antes. Dolores durante. Emoción disparada tras la meta. ¿El tiempo? Es lo de menos, pero tampoco estuvo mal: 4 horas, 1 minuto, 11 segundos. 

El Maratón de Madrid

El deporte es altamente adictivo. Y, como cualquier otra adicción, hay que saber manejarla. No lo pensamos en aquel momento. Costó poco establecer el siguiente reto, al que Galán (que sufrió mucho en Sevilla) decidió no apuntarse: el Rock n Roll Maratón de Madrid que se celebraría el 24 de abril de 2016.

Tras cruzar la meta en el Maratón de Madrid.
Tras cruzar la meta en el Maratón de Madrid.

Los entrenamientos (de nuevo con Carlos) comenzaron el 12 de noviembre de 2015. Casi seis meses, por tanto, de esfuerzo y la motivación suficiente como para no rendirte las muchas veces que se te pasaba por la cabeza. En Madrid fue distinto: se perdió la emoción de la primera vez y se ganó un punto en competitividad. Queríamos mejorar nuestras marcas. Y lo logré: 3 horas, 49 minutos, 21 segundos. La fiesta que el mal horario del AVE Sevilla – Zaragoza me impidió celebrar un año antes me la cobré con creces por las calles madrileñas. 

Coger un avión para correr

El gusanillo de los triatlones llevaba tiempo picándome. De hecho, entre Madrid y el siguiente (y último, hasta el momento) maratón, el de Rotterdam, el 8 de abril de 2017, hice 4 triatlones y otras tantas carreras. Entre estas, una de las más espectaculares que he completado en mi vida: la Behobia-San Sebastián.

Precisábamos dar otro paso. Encontramos el acicate en viajar: “Un maratón en el extranjero”, ahí está. Las Flechas Rojas seguían vivas, pero prestos a continuar con la locura de los maratones sólo estábamos Fran y yo. De nuevo, Carlos nos dirigió. 5 meses de entrenamientos. 

Nada tuvo que ver con los anteriores. Mi cabeza ya no estaba dispuesta a tanto sacrificio. A salir, sí o sí, a entrenar con temperaturas gélidas y a las 9 de la noche. Eso, unido a una mala racha de constipados, fue mi excusa perfecta para racanear en el esfuerzo. Pero no renuncié a la carrera, así que en Holanda nos presentamos: Fran, a tope; yo, preguntándome ¿quién me mandará?, y Alba –la novia de Fran a la que también le había picado el gusanillo– tensa por participar en la 10K que hacía de telonera del maratón. 

Triatlón Sprint de Zaragoza 2018 (Triatlón Zaragoza)
Triatlón Sprint de Zaragoza 2018 (Triatlón Zaragoza)

(Triatlón Zaragoza)

A los 20 kilómetros, las piernas dijeron basta. A los 30, el reloj se quedó sin batería mientras las patas seguían reclamando mi atención. Sólo gracias a la cabeza, a marcarme retos de kilómetro en kilómetro (sin reloj, buscaba el cartel con ansiedad) conseguí llegar a la meta. La marca malísima: 4 horas, 44 minutos, 19 segundos. Casi una hora más que en Madrid. La satisfacción, sin embargo, por las nubes. Fue mi maratón más lento, en el que peor lo pasé y, sin duda, del que estoy más orgulloso.

Días después decidí que hasta ahí habíamos llegado. Adiós, maratones; hola, triatlones. Hice 4 sprint y 2 olímpicos, el último en Tossa de Mar en septiembre de 2018. Luego, un pequeño susto cardiológico me hizo parar. Todo está bien de nuevo. Me volveré a poner un dorsal. Pero tendré que pensar la distancia. 

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