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Por qué el director financiero de Spotify puenteó a Wall Street para salir a Bolsa

Barry Mccarthy Spotify CFO
YouTube/TCV

No muchos recuerdan que uno de los primeros países en los que se lanzó Spotify fue España. Aunque no contaba con la legión de usuarios que atesora actualmente —156 millones, según la compañía—, por entonces el potencial de su producto era tan grande que ya contaba en su catálogo con música de gigantes discográficas como Universal Music Group, Sony BMG, EMI Music o Warner Music Group. 

Sólo una década después, el principal servicio de música en streaming de nuestro país —y disponible en otros 60 países del globo─ sale a Bolsa este martes. Un hito que evidencia la revolución de las tecnológicas, a la par que siembra algunas dudas por el modelo propuesto por Barry McCarthy, su director financiero, para estrenarse en el parqué: el llamado listing.

Se trata de un modelo poco frecuente entre las grandes compañías para salir a Bolsa, pues es la alternativa directa a la oferta pública de suscripción (OPS) y la oferta pública de venta (OPV) y se diferencia de éstas principalmente en que la empresa pasa por alto a intermediarios y público para fijar el precio inicial de las acciones. 

En la práctica, supone que Spotify puentea a los bancos e inversores y permite que cualquiera adquiera participaciones de la compañía. Eso sí, la particularidad que lo diferencia de una OPV ─que también vende directamente al público─ es que no se pueden negociar ni adquirir acciones hasta que la compañía no empieza efectivamente a cotizar. La única referencia son las transacciones privadas de la compañía, que entre el 1 de enero y el 22 de febrero variaron entre los 90 dólares y los 132,50 dólares por acción.

Pero, entonces, ¿cómo se establece el precio inicial? Tal y como se apunta en este artículo de Bloomberg, Spotify no creará la demanda de sus acciones a través de banqueros; en su lugar, designará a un market maker de la Bolsa de Nueva York que recogerá las ofertas de compra y venta y, sólo después, fijará el precio inicial con el que la compañía empezará a cotizar, algo muy poco común y que lleva suscitando bastante debate desde que así lo anunciase el pasado 28 de febrero al tramitar el proceso en la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos (SEC).

Spotify, valorada en más de 20.000 millones de dólares, anunció entonces que saldría a Bolsa a través de un proceso de listing de hasta 1.000 millones de dólares y que cotizaría en la Bolsa de Nueva York (NYSE) bajo el símbolo SPOT, con el objetivo de "reimaginar la industria musical y dar una mejor manera a artistas y consumidores de beneficiarse de la transformación digital" del sector.

Ahorro de costes

Pero bajo ese lema para justificar su cotización directa, lo cierto es que McCarthy pretende abaratar los costes que supone una salida a Bolsa: con una valoración similar, la tecnológica Snap —la matriz de Snapchat— pagó el año pasado unos 100 millones de dólares para salir al parqué, mientras que con la OPV, Spotify empleará unos 35 millones en gastos iniciales para empezar a cotizar, según los cálculos de The Wall Street Journal.

Y es precisamente en la calle más financiera de Manhattan donde se acusarán más pérdidas. Porque, si la fórmula escogida por McCarthy para empezar a cotizar en la Bolsa de Nueva York tiene éxito, quienes más lo acusarían serían los intermediarios que suelen mediar en este tipo de operaciones y, al mismo tiempo, abriría la puerta a que numerosas startups tecnológicas utilizasen el listing llegado el caso en el futuro.

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Un puenteo que dejaría sin su parte del pastel a Wall Street, pero que no sería la principal razón por la que McCarthy lo habría escogido. "No creo que sea un corte de mangas a Wall Street por su pasado en Wall Street", asegura Reed Hastings, CEO de Netflix, donde trabajó McCarthy hace ocho años, en declaraciones recogidas por Recode.

La cuestión es que si hubiese optado por una OPS o una OPV, Spotify tendría que haber recurrido a entidades financieras para que éstas encontrasen a potenciales compradores de sus activos a un precio que fija el propio interés de ese público. Es decir, que habría tenido que contratar a Wall Street para encontrar inversores cualificados y fijar un precio para sus acciones.

En este sentido, quienes consideran arriesgada una salida a Bolsa de este tipo esgrimen que el problema principal es la falta de garantías y la ausencia de riesgos compartidos: con el listing, McCarthy expone a Spotify a la posibilidad de que su producto no interese y atraiga poco el interés del público.

Un gigante con futuro incierto

Así, el mayor lastre en el valor de Spotify —que, por otra parte, supera actualmente al de Netflix— es que arrastra pérdidas en los últimos años: en el último lustro, sus ingresos se han multiplicado por siete, desde los poco más de 700 de 2013 hasta los 4.990 millones de euros de 2017; pero también la han hecho sus pérdidas.

Desde entonces, ningún año ha tenido un balance positivo y, de hecho, las últimas cifras hablan de pérdidas de más de 350 millones de dólares. Un dato que, aunque no inquieta a la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos —el cual ha dado el visto bueno a su salida a Bolsa tras analizar el crecimiento exponencial de los últimos cinco años—, sí pone en duda la viabilidad de la empresa a largo plazo.

El modelo que nació en 2006 para reemplazar a los programas P2P empieza a agotarse, según algunos expertos mencionados en este artículo de El Confidencial. Una decadencia provocada especialmente por los royalties que Spotify abona a las grandes discográficas: nada menos que el 85% de sus ganancias van a parar al pago de derechos de autor de estas gigantes, que a su vez acumulan el 80% de la música de Spotify.

El origen de esta situación es que poseen casi un 15% de Spotify, por lo que hay numerosos casos en los que la opinión de las grandes discográficas pesa en exceso. Esa codependencia ha llevado a McCarthy a obviar a los intermediarios para salvar el futuro de la compañía y, especialmente, podría servir para que la empresa utilizara el valor de sus acciones en Bolsa como moneda de cambio, tal y como apuntan en Derecho Mercantil España.

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La compañía tendrá más poder de negociación si su valor viene determinado por un mercado concreto y no sólo por informes analíticos o predictivos de cara a futuras operaciones de fusión y adquisición de empresas. Además, las acciones de Spotify se pueden utilizar a la hora de adquirir empresas más pequeñas sin coste líquido, ya que siempre pueden ofrecer sus propias acciones en lugar de utilizar dinero real.

En este sentido, a pesar de las pérdidas acumuladas y de su dependencia de las discográficas, hay dos datos especialmente positivos que a priori garantizan el futuro de Spotify. Por un lado, en los últimos años Spotify ha logrado reducir el porcentaje de sus ingresos que se llevan las discográficas gracias, en buena parte, a la buena salud de la que goza el sector, que está empezando a dar sus primeros pasos: 2016 fue el primer año en el que el streaming concentró más del 50% de los ingresos de la industria musical en Estados Unidos.

Por otro, los últimos datos del informe de octubre de 2017 llevado a cabo por el banco de inversión especializado en tecnología GP Bullhound apuntan a un crecimiento que podría triplicar el valor de Spotify de aquí a 2020. La predicción es que se pasará de los alrededor de 70 millones de usuarios premium con los que cuenta actualmente a unos 200 millones, pasando de unos ingresos que a día de hoy estiman en unos 6.500 millones de dólares a unos 19.000 millones y, por primera vez, obteniendo beneficios netos a fin de ejercicio. Todo ello, según el informe, hará que el valor de Spotify se dispare desde los 23.000 millones de dólares a unos 55.000 millones en los próximos tres años.

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