Esta cápsula de suicidio asistido se llama 'Sarco', promete una muerte dulce y ha sido autorizada en Suiza

Sarco

Exit International

  • Sarco fue presentado por primera vez en 2019 por su creador, el activista australiano por la eutanasia Philip Nitschke, fundador de Exit Internacional. Se trata de un ataúd de alta tecnología que permite administrar la propia desaparición en cuestión de minutos.
  • Esta cápsula para el suicidio asistido promete una muerte dulce causada por la inhalación de nitrógeno y su uso ya ha sido autorizado en Suiza. 
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Una cápsula para el suicidio asistido impresa en 3D ha aprobado los trámites legales para ser autorizada en Suiza, allanando el camino para que la tecnología llegue a las clínicas del país europeo. 

El invento se llama Sarco y se trata de un ataúd de alta tecnología con el que la persona puede administrar su propia muerte desde dentro, gracias a la liberación de nitrógeno.

En Suiza la eutanasia activa está prohibida, pero sí se admite el suicidio asistido, en el que el paciente termina con su vida, a menudo mediante el consumo de un fármaco letal prescrito por un médico. 

Según Swissinfo, en Suiza se producen más de 1.000 suicidios asistidos al año

Atendiendo a datos de Exit, el mayor número de personas que en 2019 recurrieron al suicidio asistido tenían cáncer (36%), seguidas por pacientes polimórbidos (26%), con dolores (7%), esclerosis lateral amiotrófica (ELA/3%), demencia (2%) y enfermedades mentales (2%).

La aparición de Sarco y su autorización abre nuevos caminos para que aquellas personas cuya voluntad es irse de este mundo puedan hacerlo de una forma indolora y por sus propios medios. 

Presentada por el activista por la eutanasia Philip Nitschke en 2019 en venecia, este ataúd de alta tecnología tiene un funcionamiento sencillo y facilita una muerte dulce en minutos. 

Un ataúd a la vanguardia de la tecnología que garantiza "una muerte en paz"

Desde designboom explican sus claves: con solo presionar un botón dentro de la cápsula, el pequeño espacio se inunda con nitrógeno, propiciando que los niveles de oxígeno bajen rápidamente, el usuario sienta una leve euforia antes de caer en la inconsciencia y marcharse pacíficamente en cuestión de minutos. 

"La muerte se produce por hipoxia e hipocapnia, privación de oxígeno y dióxido de carbono, respectivamente. No hay pánico ni sensación de asfixia", detalla Philip Nitschke en una entrevista con la revista suiza SWI. 

También cuenta con un botón de parada de emergencia y una trampilla de escape, según un video en el que se presenta a su diseñador, Alexander Bannink.

Su creador también reveló a Euronews Next que su propósito es "democratizar la muerte", permitiendo que quien lo desee pueda descargar el diseño de Sarco e imprimirlo en 3D. De hecho, no se quiere poner a la venta, sino trabajar con las clínicas y facilitar el prototipo para las personas interesadas que lo quieran imprimir.

En este aspecto, la web de Exit International informa de que no proporcionará los planos a ninguna persona menor de 50 años, e incluso una vez impresa, el acceso a la cápsula permanecerá restringido.

Otro de sus propósitos es "desmedicalizar" el proceso de la muerte, sin que sea necesaria la intervención de un médico para recetar al paciente pentobarbital sódico y confirmar que se encuentra en plenas facultades. 

El fundador de Exit International tiene como objetivo eliminar cualquier tipo de revisión psiquiátrica del proceso y permitir que el individuo controle el método por sí mismo. Para ello la compañía está desarrollando un sistema de detección controlado por inteligencia artificial para determinar la capacidad mental del paciente. 

El sarcófago fue revisado por el académico legal suizo Daniel Hürlimann, confirmando que Sarco no infringe ninguna reglamentación que ataña a productos médicos, narcóticos, productos químicos peligrosos o armas.

La revisión también concluyó que "ayudar al suicidio de una persona competente por medio de Sarco no constituye un delito según el Código Penal", apunta Hürlimann a Euronews Next por correo electrónico.

Hasta la fecha, se han exhibido versiones prototipo del Sarco en museos y galerías de arte en los Países Bajos y Alemania. "Consideramos que es un derecho que todo adulto racional pueda despojarse de su vida, no es solo un privilegio decidido por otros que se le puede otorgar a los más enfermos”, anota Nitschke. 

Escepticismo de los médicos y preocupación en torno a la IA

Sarco

Ratel/Wikipedia

¿Cuándo podría llegar su uso? Aunque Nitschke planea hacer que la cápsula para el suicidio asistido esté disponible en Suiza el próximo año, el software requerido no estará listo a tiempo. 

De este modo, en sus primeras etapas será necesario someterse a una revisión exhaustiva por parte de psiquiatras suizos para eliminar cualquier posible duda sobre su capacidad. A medida que la detección por IA se desarrolle, se utilizarán pruebas duales combinando seguimiento médico y el software de Sarco para evaluar la eficacia del programa. 

Este giro hacia la inteligencia artificial ha hecho saltar las alarmas de organismos como Algorithmwatch, una organización sin fines de lucro que investiga el impacto de las tecnologías de automatización.

"Ignoran el hecho de que la tecnología en sí misma nunca es neutral: es desarrollada, probada, implementada y empleada por seres humanos, y en el caso de los llamados sistemas de IA generalmente se basa en datos del pasado", apunta Angela Müller, directora de políticas y promoción de la asociación. 

Por otra parte, la ONG Dignitas vaticina que este método no tendrá calado ni encontrará una amplia aceptación social en Suiza, que tiene una historia de 35 años de organizaciones sin fines de lucro y médicos que trabajan juntos para facilitar los suicidios asistidos. También recalcan la aceptación del marco legal para la muerte asistida en el país. 

Otro de los puntos a tener en cuenta es que marcharse siguiendo la hoja de ruta en Suiza no está al alcance de todos los bolsillos: un informe de 2017 de la organización británica Dignity in Dying sitúa el coste promedio de una muerte asistida en Suiza para un residente del Reino Unido en casi 12.000 euros.

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