El virus del SARS desapareció hace 15 años sin necesidad de una vacuna: por qué probablemente no pasará lo mismo con el coronavirus

Una familia camina por Brooklyn durante el brote de coronavirus.
Una familia camina por Brooklyn durante el brote de coronavirus.

REUTERS/CAITLIN OCHS

  • Comparado con el brote de SARS a principios de siglo, el COVID-19 se ha propagado mucho más rápido y podría asentarse en la sociedad, al contrario que su primo de hace casi 20 años.
  • No obstante, mientras que el coronavirus original fue erradicado mediante la buena gestión sanitaria, el nuevo brote de SARS-CoV-2 es mucho más difícil de controlar, por no decir imposible.
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A pesar de las dudosas tentativas de algunos países, la búsqueda de la inmunidad de manada no parece una solución alcanzable para enfrentarse a la pandemia. 

La alternativa, por tanto, parece un mundo de "nueva normalidad" donde la humanidad tenga que aprender a convivir con el COVID-19, como ha sucedido con los anteriores virus que han asolado a una o más comunidades durante las últimas décadas.

Quizá uno de los ejemplos más sonados de este grupo sea precisamente el antecesor del SARS-CoV-2 y promotor de la enfermedad original, el SARS-CoV-1, comúnmente denominado como SARS. Su influencia causó estragos a principios de siglo, pero a día de hoy, más de una década después, ya no existe.

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Si no se consiguió la inmunidad de manada, ¿cómo es esto posible?

A principios de 2004 era evidente que el brote de SARS había terminado. El virus llevaba extendiéndose por Corea del Sur durante el último año y medio, infectando al menos a 8.000 personas confirmadas y matando a cerca del 10%, diez veces más que el actual COVID. De Corea se movió por toda Asia, y de ahí al resto del mundo.

En medio de la agitación, se temía que SARS se convirtiera en una pandemia tanto o más grave que la actual: la transmisión era respiratoria, la propagación era rápida y descontrolada y su letalidad era más alta de lo esperado. Aún por encima, cuando se pensó que se había acabado con ella, el virus rebrotó en los mercados húmedos de China y extendió nuevos y pequeños epicentros de la enfermedad.

Sin embargo, el SARS-CoV-1 fue controlado mediante simples medidas de salud pública, sobre todo mediante cuarentenas, aislamientos y restricciones en los viajes. ¿Por qué esto no ha sucedido con el COVID-19? 

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El SARS original era más transmitible cuando los pacientes estaban enfermos sintomáticos, por lo que era más fácil localizar el virus y saber cuándo había empezado a actuar; si tenías SARS, lo sabías. El COVID, aunque menos letal, es mucho más contagioso, produce asintomáticos que siguen pudiendo infectar al resto y se propaga antes de que la gente enferme.

Esto hace que las restricciones tradicionales basadas en los síntomas, que funcionaron bien para el SARS, sean en gran medida incapaces de contener al nuevo coronavirus.

Es mucho más difícil de controlar y se sabe, aún a día de hoy, muy poco sobre él y los anticuerpos que genera. Si efectivamente puede volver a contagiar y transmitirse a todos los que una vez estuvieron enfermos, se augura un futuro en que el SARS-CoV-2 se asentará en la población humana, convirtiéndose en un virus endémico igual que sus primos, causantes de los resfriados cada invierno.

No hay demasiada hemeroteca "pospandémica" al respecto, con 5 grandes pandemias de gripe en los últimos 100 años, pero los virus descendientes de la última (H1N1 en 2009) siguen circulando entre la población más de 10 años después. Sin conocer datos de inmunidad natural del COVID-19 ni si esta es capaz de bloquear completamente la infección o sólo los síntomas, lo más probable es que el virus haya llegado para quedarse.

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