Silicon Valley está acabada: en vez de construir tecnología transformadora, la industria se ha vuelto aburrida, repetitiva y codiciosa

Silicon Valley

Samantha Lee/Insider

  • Las promesas de Silicon Valley sobre los avances tecnológicos revolucionarios hace apenas una década no se han cumplido.
  • Los inversores solo aportan capital a las startups que se lanzan a la tendencia más candente y los emprendedores están atrapados tratando de repetirlas, en lugar de innovar. 
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En 2021 es prácticamente imposible no ser tecnopesimista.

Las promesas de Silicon Valley sobre los avances tecnológicos revolucionarios hace apenas una década no se han cumplido. No hay coches sin conductor, solo taxis más caros. 

Por supuesto, se consiguió la entrega al día siguiente con Amazon Prime, pero a expensas de la tienda local de la esquina. La promesa de una conexión instantánea con cualquier persona en el mundo solo ha acercado más a aquellos que hacen daño. El tiempo frente a la pantalla solo produce ansiedad y que los ojos se cansen.

El problema es que la forma en que se construye la tecnología está acabada. Anteriormente, el gobierno, los investigadores académicos y la empresa privada trabajaban juntos para dar lugar a avances impresionantes, como Ethernet o los sistemas operativos. 

Sin embargo, el proceso se ha convertido en algo aislado, tanto intelectual como financieramente. Por un lado, los investigadores persiguen el conocimiento y, por otro, la empresa privada las ganancias. Ninguno colabora para encontrar formas innovadoras de resolver problemas del mundo real. 

Además, cuando se produce la innovación, los emprendedores viven con el temor de que su trabajo sea clonado por gigantes tecnológicos monopolísticos como Facebook, Amazon y Google.

El resultado es un Silicon Valley que se ha vuelto perezoso y vive de sus éxitos pasados. Los inversores solo aportan capital a las startups que se lanzan a la tendencia más candente y los emprendedores están atrapados tratando de repetirlas, en lugar de innovar. En resumen, mucha gente trabaja duro con las mismas ideas poco originales. 

Las estrellas de la tecnología hablan de cambiar el mundo, pero el sector siempre ha tenido en el punto de mira cómo ganar dinero. 

Esta situación viene de dentro

La infraestructura básica de Internet ha mantenido unida a la gente durante la pandemia, pero los pesos pesados de la industria tecnológica no están satisfechos con lo que Silicon Valley aportó durante el año pasado. 

En un informe de abril en 2020, el empresario Marc Andreessen, se preguntó dónde se habían quedado todas las innovaciones que podrían haber ayudado a superar el COVID-19.

¿Dónde están las ciudades del futuro? ¿Por qué no se tuvo la capacidad de ampliar la fabricación de suministros médicos? ¿O para crear viviendas más asequibles? ¿O drones de reparto y aviones supersónicos?

Andreeseen Horowitz durante el Fortune Global Forum en noviembre de 2015 en San Francisco.
Andreeseen Horowitz durante el Fortune Global Forum en noviembre de 2015 en San Francisco.

Justin Sullivan/Getty

Buenas preguntas. Dejando de lado que Andreessen es el hombre que hace una década animó a que el software se comiese el mundo, o que sus últimas empresas exitosas estén centradas en las criptomonedas, una tecnología que no tiene ningún caso de uso aparte de la especulación y el crimen, su pensamiento tiene cierta lógica y los números lo corroboran.

La productividad estadounidense se ha detenido. Durante el auge tecnológico más reciente, desde finales de la década de 1990 hasta principios de la de 2000, el crecimiento anual de este parámetro, que mide  cuánto puede producir un trabajador en una hora, se mantuvo en torno al 2,5%. Desde 2007, según la Oficina de Estadísticas Laborales, se ha situado en el 1,5%. A pesar de todo su éxito en el mercado de valores, Silicon Valley no ha sido el motor de innovación que se esperaba o que prometió.

En público, los protagonistas de este ecosistema afirman que todo está funcionando como debería. Los servicios como Facebook, señalan, son gratuitos, por lo que sus beneficios no se reflejan en las cifras de productividad. En una entrevista reciente de CNBC, el socio general de Founders Fund, Keith Rabois, explicó que el movimiento en Washington para disolver las Big Tech no era más que una invención política, todo el mundo fuera de la capital ama la tecnología tal como es.

En privado, los líderes tecnológicos reconocen que algo va mal. Los incentivos que rodean a quien obtiene dinero por una idea determinada están sesgados y los fondos se asignan de manera que, en realidad, dificultan la innovación. 

Algunos emprendedores reconocen que la promesa de Silicon Valley de salvar el mundo siempre fue, en parte, manipulación: una forma de lograr que los empleados hagan muchas horas y que los consumidores pasen por alto la creciente monopolización. Otros dirán que lo peor que le pasó al emprendimiento tecnológico fue convertirse en el brindis de las escuelas de negocios de élite, ser idealizado como una forma de enriquecerse, convertirse en una producción de Hollywood escrita por Aaron Sorkin.

Un emprendedor veterano me dijo que a los inversores de capital riesgo no les detenían por no invertir en tecnología innovadora y útil, pero que sí lo harían por no seguir las corrientes populares. Es más probable que estos perfiles que sigan la última moda obtengan márgenes de ganancia, lo que les brinda más efectivo en sus fondos. 

Así, aunque a las sudaderas de Silicon Valley no les gusten los trajes de Wall Street, sí que quieren su dinero y Wall Street nunca ha conocido un hype cycle que no le encante.

Eso significa que las startups fuera de los sectores que estos escenarios están desesperadas por conseguir fondos. Según PwC, el 83% de todas las inversiones de capital de riesgo de 1995 a 2019 se destinaron a compañías emergentes que se dedican a las ciencias o las tecnologías de la información y la comunicación. Eso deja a sectores cruciales, como la energía, fuera de la mezcla.

Gracias a esta estructura de incentivos, muchos emprendedores inventan (o reinventan) con la mirada puesta en las salidas. Ahora mismo estas opciones son: ser adquirida (si se ha logrado evitar que clonen o acaben con el producto, la llamada "zona de la muerte") o apostar por la participación pública. 

Facebook intentó adquirir Snap por 3.000 millones de dólares y, cuando vio que no era posible, copió sus características. Google compró el servicio de navegación rival, Waze, e integró sus funciones en Maps. 

Salir a bolsa nunca ha sido tan fácil para las empresas de tecnología ahora que el mercado de valores contempla las SPAC (Special-Purpose Acquisition Company). 

El CEO de Snap, Evan Spiegel, (izq.) y el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg (der.).
El CEO de Snap, Evan Spiegel, (izq.) y el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg (der.).

Michael Kovac/Getty Images; Francois Mori/AP

Sale caro ser tan barato

Culpar solo a Silicon Valley por la falta de innovación revolucionaria sería un error. Las grandes innovaciones tecnológicas estadounidenses del siglo pasado nacieron, en gran parte, gracias al matrimonio entre los sectores público y privado, y el lado gubernamental de esa ecuación tampoco está cumpliendo su parte del trato.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Washington adoptó una idea simple: la investigación científica abriría las puertas a los descubrimientos que impulsarían hacia el futuro. Para promover este escenario, el Congreso creó la National Science Foundation, que dirigió fondos públicos a universidades y laboratorios privados, junto con el Departamento de Defensa.

Entre ellos se incluía Bell Labs, que produjo innovaciones como el transistor, el láser y todo tipo de lenguajes de programación, y el Palo Alto Research Center de Xerox, que desarrolló la interfaz del ordenador tal y como se conoce e inspiró a Steve Jobs. 

La financiación pública ayudó a mantener los equipos de investigación internos en las corporaciones y creó una línea directa de comunicación entre quienes hacen preguntas sobre cómo hacer avanzar la ciencia y quienes hacen preguntas sobre cómo hacer avanzar el negocio.

Las corporaciones también innovaron internamente porque tenían miedo de entrar en conflicto con el gobierno si robaban productos a sus competidores. 

El escrutinio antimonopolio también obligó a las empresas a abrir su tecnología al resto del mundo. En 1969 el gobierno demandó a IBM por acusaciones de que mantenía ilegalmente el monopolio de la informática de uso general. 

El caso duró 13 años, 6 de ellos en juicio, antes de que la administración Reagan, que no era amiga de la aplicación de las leyes antimonopolio, lo retirase. Sin embargo, el escrutinio obligó a IBM a dejar de vincular su hardware y su software, una medida que impulsó la industria independiente. 

Las medidas antimonopolio posteriores también ayudaron a incrementar la innovación, como el caso contra Microsoft en la década de 1990 que abrió el camino a los navegadores web rivales y, en última instancia, a Google.

Este exitoso sistema cambió porque varió la forma en que los estadounidenses concebían la economía. En la década de 1980, la industria privada, el gobierno y los académicos decidieron que el mercado, libre de asistencia y regulación gubernamentales, podía ocuparse de la innovación por sí mismo. 

Al mismo tiempo, Wall Street se cansó de los grandes equipos corporativos de investigación y desarrollo y alentó a los CEO a reducir costes buscando la innovación fuera de sus empresas. Casi a la vez, el gobierno dejó de perseguir cualquier comportamiento antimonopolio significativo y los legisladores se volvieron en contra de las intervenciones destinadas a impulsar la competencia.

No obstante, resultó que las fuerzas pro mercado estaban equivocadas. En lugar de impulsar una tecnología más innovadora, el enfoque de no intervención resultó ser un desastre. En 1971 las empresas Fortune 500 ganaron el 41% de los premios R&D 100, el honor más prestigioso para la tecnología innovadora y, en 2006, ese número se había reducido a solo el 6%.

Al mismo tiempo, los investigadores de la Universidad de Duke de East Anglia se dieron cuenta que la investigación corporativa se había frenado. De 1980 a 2006, las publicaciones de la empresa promedio cayeron un 20% por década y la mayor parte provino solo de 2 empresas: Microsoft y Google. Incluso la de Apple disminuyó en relación con sus ventas, ya que las grandes corporaciones comenzaron a dejar el I+D a las universidades.

El resultado fue que se dificultó la innovación. 

No es solo la empresa privada fue la que abandonó la investigación científica. Según el economista del MIT John van Reenen, el gasto federal en I+D en 1964 fue aproximadamente el 2% de la producción económica, mientras hoy ronda apenas el 0,7%. "Estados Unidos gasta, aproximadamente, 240.000 millones de dólares menos por año en I+D que en su punto máximo".

La investigación es como cualquier otro producto: cuanto menos pagas, menos obtienes. Solo un ligero aumento cambiaría las reglas del juego para la tecnología estadounidense: "Aumentar la inversión en 100.000 millones de dólares representaría la mitad del 1% del PIB y supondría una transformación para el futuro". 

Esta antena es una de las innovaciones más recientes de Bell Telephone Laboratories, mostrada en abril de 1946.
Esta antena es una de las innovaciones más recientes de Bell Telephone Laboratories, mostrada en abril de 1946.

Uncredited/AP Photo

Regreso al futuro

Es prácticamente imposible para Estados Unidos reconstruir el gigante corporativo de I+D que tenía hace 40 años, pero hay que aceptar que la forma en que el gobierno y las industrias asignan el dinero necesita un ajuste. Si se puede cambiar la forma en que se financia y construye tecnología, tal vez se pueda crear un ecosistema de innovación novedoso.

Sorprendentemente, existe una conciencia en ambos partidos en Washington sobre la necesidad de una reforma. Los republicanos y los demócratas quieren controlar el poder de las grandes tecnologías y eso significa abrir el campo de juego a los posibles rivales. 

Así, implica evitar que Apple y Google utilicen la información que recopilan de aplicaciones de terceros para socavar a sus propios clientes. Significa deshacerse de la "zona de la muerte".

Alrededor de 6 proyectos de ley que se están moviendo por el Congreso están diseñados para abordar el antimonopolio. El líder del movimiento, David Cicilline de Rhode Island, explica que dividió las reformas en varios proyectos para dificultar la lucha de los lobistas de Silicon Valley. Hasta ahora ha funcionado.

La batalla ha forjado divisiones extrañas, incluso para los estándares de Washington. Ha enfrentado a los demócratas de California entre sí y ha puesto al representante archiconservador Matt Gaetz de Florida del mismo lado que la progresista Pramila Jayapal de Washington. Las variaciones entre partidos hacen que sea casi imposible hacer predicciones.

Sin embargo, lo que es seguro es que la Casa Blanca apoya este escenario. Sorprendentemente, la administración de Biden presentó a la académica legal Lina Khan como su nominada para la presidencia de la Comisión Federal de Comercio (FTC), responsable de las leyes antimonopolio. 

Lina Khan durante un encuentro en el Senado el pasado mes de abril.
Lina Khan durante un encuentro en el Senado el pasado mes de abril.

SAUL LOEB/POOL/AFP via Getty Images

Khan es una especie de niña prodigio. Es conocida en los círculos académicos y políticos por escribir el artículo de investigación  que explica cómo Amazon utiliza el comportamiento anticompetitivo para asegurar su dominio. Tanto el gigante del comercio electrónico como Facebook argumentan que Khan es parcial y debería abstenerse de cualquier decisión de la FTC con respecto a sus negocios.

Están asustados, y deberían. Durante su primera reunión, ella y sus compañeros demócratas anularon una regla de la era de Obama que desanimaba a la comisión a tomar medidas contra el comportamiento monopolista. Khan argumentó que la FTC necesitaba más flexibilidad para regular las peculiaridades de la industria tecnológica moderna. 

Todo lo relacionado con ella ha sido cubierto  en los canales comerciales por analistas de infoentretenimiento preocupados porque el pobre Jeff Bezos y su pequeño negocio, Amazon, sean intimidados por el gobierno.

Sin embargo, la Administración no solo muestra su voluntad de hacer cumplir las reglas del juego, sino que también muestra una renovada voluntad de volver a entrar en él. 

El Senado aprobó, recientemente, la Ley de Innovación y Competencia de EEUU, una medida de 250.000 millones de dólares destinada a financiar la investigación tecnológica en un esfuerzo por contrarrestar a China. Con el apoyo de la Casa Blanca, el proyecto está esperando su aprobación en la Cámara, donde es probable que un impulso de los demócratas lo convierta en ley. Si eso sucede, ayudará a revivir el lado público del motor de innovación de Estados Unidos.

Andreessen explicó que la razón por la que no existían cosas como trenes de alta velocidad o hyperloops era porque no se quieren, ya que no se valora correctamente la innovación. Las cosas bonitas son caras y no se ha priorizado un mecanismo de financiación que esté dispuesto a hacer el trabajo pesado. 

El avance tecnológico vale más de lo que la estructura de incentivos de Silicon Valley está dispuesta a pagar por él. 

Las recompensas no llegan lo suficientemente rápido en la investigación, por lo que se debe repensar cómo se produce realmente la innovación si se quiere revitalizar. No viene del chico que abandonó la universidad y busca el descubrimiento que le hará rico, sino que requiere del apoyo de la sociedad. 

No es suficiente quererlo, hay que quererlo lo suficiente como para pagarlo.

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