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Europa, sin rumbo claro frente a la digitalización americana y china

Sede mundial de la empresa china Alibaba, uno de los gigantes de la digitalización.
Sede mundial de la empresa china Alibaba, uno de los gigantes de la digitalización. Thomas Lombard, Wikimedia Commons, CC BY-SA

La digitalización es el conjunto de tecnologías y aplicaciones basadas en el formato digital, cuyas caras económicas y laborales son muy diversas: robotización, comercio electrónico, aprendizaje automático, nuevos hábitos personales, retroalimentación con otras áreas de conocimiento, nuevos servicios, etc.

El conjunto de plataformas digitales, todas ellas potencialmente universales, constituye uno de los componentes que reconfiguran la geopolítica actual y en particular el futuro de la UE.

Dos modelos

En el desarrollo de la digitalización existen dos modelos radicalmente distintos. El americano basa su estrategia en el dominio global de sus corporaciones digitales, que desde hace más de medio siglo han marcado el ritmo mundial en hardware, software, comunicaciones y aplicaciones.

En Estados Unidos se da por hecha la pervivencia de un modelo tecnoeconómico basado en un flujo global y poco regulado de datos y de tecnologías.

Su actual fortaleza se basa en varios aspectos:

  1. Un marco legal y regulatorio que impulsa una rápida implantación de lo digital;

  2. Un modelo que facilita la econoecología de las startups, facilitando su adquisición por los gigantes digitales como forma de mantener su liderazgo;

  3. La construcción de infraestructuras para el acceso digital;

  4. Controlar, sin impedirla, la aparición de monopolios digitales;

  5. Y la apuesta por el desarrollo de plataformas publico/empresariales en áreas claves.

Frente al enfoque americano está el modelo chino, que presenta potentes desarrollos digitales en el contexto del capitalismo de estado. Una fórmula que quedó consolidada en el XIX congreso del Partido Comunista Chino del pasado octubre, donde el presidente Xi Jinping recordó que el partido lo dirigía todo.

Después de haber dejado que sus empresas digitales se desarrollaran con una cierta libertad desde principios de siglo, el estado ha decidido tomar el control del desarrollo de sus gigantes digitales.

Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi, JD, etc., han asumido sin grandes protestas que, sin abandonar el mercado mundial, entrarán en una era en la que trabajarán conectados con el poder político, que incluso permitirá que compitan entre ellas hasta un determinado punto.

Pero las fricciones con la perspectiva americana ya han surgido: el veto de Trump a la fusión Qualcomm-Broadcom, la interrupción casi letal de ZTE (impedido en última instancia con la esperanza de obtener mayor influencia en las actuales negociaciones), la controvertida nacionalización de la red 5G de EEUU

¿Y Europa?

Mientras, la eurozona –líder mundial en varios sectores no digitales– ha tenido que adoptar su papel secundario en el desarrollo de la digitalización, una toma de conciencia que se acompaña de grandes protestas autodefensivas en forma de iniciativas mediáticamente ruidosas: multas a los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), saludables esfuerzos regulatorios como el reciente GDPR y el próximo e-privacy, etc.

Sin embargo, es de justicia reseñar en positivo dos esfuerzos europeos cuyos resultados pueden no ser los previstos.

El primero consiste en orientar a sus sectores industriales tradicionales hacia una adaptación solvente a la digitalización, mejorando el sutil tramo donde lo digital se combina con lo “físico”.

Esta “estrategia desde dentro” busca que los campeones industriales europeos sigan liderando tecnológicamente la producción industrial. Europa, con su Industria 4.0, lanzada desde Alemania, busca aprovechar su excelencia actual en fabricación para definir la próxima generación de plataformas que industrialmente reemplazarán a los actuales motores de búsqueda: sistemas operativos; redes sociales, etc.

Esta iniciativa contrasta con el “modelo externo” usado por los estadounidenses, donde actores “extraños a un sector industrial” estarían “perturbando desde fuera” a industrias ya establecidas, como por ejemplo los GAFAM, que quieren construir coches sin conductor.

La idea era prometedora aunque poco estimulante para los países de la UE con menor potencia industrial, como España.

Desafortunadamente, esta iniciativa ha quedado en el aire ante la versión china del outsider, donde Beijing prohíbe operar a compañías digitales foráneas y decide reemplazarlas por sus equivalentes chinas.

Mercado único digital

La segunda gran iniciativa es la consolidación de un mercado único digital (una única Autoridad de Protección de Datos; una arquitectura común de seguridad digital; las citadas GDPR y e-privacy, etc.). Con ello las empresas europeas podrán desarrollar modelos comerciales únicos para atender al mercado digital de la UE.

Desafortunadamente esta idea recibió un fuerte golpe cuando el Reino Unido, en el marco Brexit, anunció expresamente su salida de este mercado único.

Sobre la UE pesan tres preocupaciones:

  1. La posición china, que no respeta la propiedad intelectual, un elemento muy sensible para la digitalización; estamos ante una dictadura que niega la reciprocidad en las relaciones comerciales y de inversión.

  2. La debilidad de su estructura tecnoempresarial reflejada de formas diversas: las grandes innovaciones digitales se han desarrollado y monetizado fuera de Europa y las veinte empresas digitales más potentes, en términos de capitalización y de influencia, no son del Viejo Continente, y las mejores en este campo son atraídas por EEUU, etc.;

  3. La relación tumultuosa, casi de amor-odio, con los GAFAM, cuyos servicios el ciudadano europeo medio ha incorporado a sus hábitos y no quiere renunciar a ellos.

Kuka, una joya de la corona alemana

El primer episodio del laissez-faire europeo con China se produjo en 2016, cuando la empresa Kuka, una de las joyas de la corona de la robótica alemana (con plantas en una treintena de países, incluida una en Vilanova i la Geltrú, que fabrica robots para BMW, Audi y Boeing) pasó a manos de Midea, un consorcio chino que trabaja en la fabricación de neveras y aparatos de aire acondicionado decidido a aprender robótica digital.

Kuka era una pieza clave en la estrategia “desde dentro”. De nada sirvieron los esfuerzos del gobierno alemán ni de la Comisión Europea. La duda quedó instalada entonces en la siguiente pregunta: ¿Una compañía europea, comprada con fondos del gobierno chino, puede usarse como estrategia de penetración en el mercado europeo?

La UE, además de proteger la intimidad de sus ciudadanos, deberá plantearse qué plataformas y ecosistemas digitales pueden ser perjudiciales para el futuro de Europa y si es necesario controlar su poder de mercado.

¿Debe regular empresas relacionadas con el software, las telecomunicacines y la computación en la nube, que acaban trabajando en áreas criticas?

The ConversationSi la respuesta es afirmativa, Europa deberá superar su actual perplejidad para pasar a situarse en el terreno antimonopolio, para examinar inversiones de importancia estratégica para la UE, tanto desde una perspectiva económica como de seguridad.


 

Este artículo ha sido publicado originalmente por The Conversation por Gregorio Martin, Profesor de Ciencias de la Computación, Universidad de Valencia. Lea el original.

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