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Europa juega a la hipocresía en la ciencia, tanto en las pruebas con animales como con los alimentos transgénicos

Investigación en el laboratorio
Getty Images
  • Dos de los asuntos más polémicos, donde los científicos se han opuesto frontalmente a los reguladores europeos, son los alimentos transgénicos o la investigación con animales.
  • La Unión Europea es protagonista de una gran hipocresía, porque no permite los alimentos modificados genéticamente pero sí los piensos transgénicos.
  • Además, la UE prohíbe experimentar con animales a la industria tabacalera, pero para poder poner en el mercado un nuevo producto derivado del tabaco las autoridades sanitarias suelen pedir esas mismas pruebas.

Los avances científicos siempre generan revuelo, agitación y un cierto estado de nerviosismo en la ciudadanía. Máxime cuando esta clase de progresos implican desafiar algunos mitos y concepciones erróneas que se vienen arrastrando durante décadas. Y en esos marcos, los reguladores suelen cometer errores o legislar contracorriente de los principios defendidos por los investigadores.

En esas lides, la Unión Europea es uno de los organismos que más preocupación ha mostrado por legislar de manera eficaz en torno al desarrollo de nuevas tecnologías e innovaciones; también en cuanto a los mecanismos propios de llegar a esos avances.

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Y si en algunas materias la UE —como a la hora de aplicar la ética a la inteligencia artificial— está siendo protagonista por su buena labor, en otros asuntos Bruselas no ha hilado igual de fino. Dos de los asuntos más polémicos, donde los científicos se han opuesto frontalmente a los reguladores europeos, son los alimentos transgénicos o la investigación con animales.

Los transgénicos

Precisamente en torno a este primer aspecto, el de los transgénicos, hay bastante controversia y ridículos varios por parte de la Unión Europea. Y es que, desde hace 20 años existen cultivos modificados genéticamente en todo el mundo, especialmente en países como Estados Unidos. Desde 2012, la producción de esta clase de alimentos -que permiten mejorar genéticamente los productos sin necesidad de usar la hibridación sexual tradicional se ha disparado en todo el globo... salvo el Viejo Continente.

La primera hipocresía es de base, como reconoce José Pío Beltrán, investigador del CSIC en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas Primo Yufera: "Hemos de tener en cuenta que el 99% de lo que comemos actualmente ya ha sido modificado genéticamente desde hace más de 10.000 años, cuando comenzó la agricultura. Lo único que hemos ido haciendo ha sido perfeccionar esa técnica hasta nuestros días”.

La segunda es la que aplica propiamente a Europa. "La Unión Europea es protagonista de una gran hipocresía, porque no permite los alimentos modificados genéticamente pero sí los piensos transgénicos porque si los prohibiéramos no tendríamos suficiente para abastecer a todo el ganado. E, incluso, cualquier alimento fermentado que se consume en la UE -como yogures o quesos- usan enzimas transgénicas", indica Pío Beltrán.

Por si alguien tuviera alguna duda, en la Organización Mundial de la Salud no hay ni un solo caso descrito por enfermedades relacionadas con los alimentos transgénicos hasta el momento. 

La investigación con animales

Cada año se utilizan alrededor de 700.000 animales para la investigación científica en nuestro país, según los datos que publica pertinentemente el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Se trata de una cifra que puede parecer muy elevada, pero que está en claro descenso a lo largo de los últimos cursos, conforme se van sucediendo alternativas para probar medicamentos y tratamientos sin necesidad de recurrir a cerdos, vacas, ratones, peces e incluso perros como sujetos experimentales.

Alternativas —como cultivos in vitro o modelos computacionales— que no sirven para suplir todos los casos de uso en que hay que investigar, por mucho que a los grupos animalistas les cueste comprenderlo. De todos modos, sus preocupaciones han calado hondo en los reguladores, haciendo por ejemplo que se haya implantado un acuerdo de transparencia sobre el uso y el bienestar de estos seres vivos en el laboratorio (disponible aquí).

También la Unión Europea ha desarrollado una normativa, vigente desde 2013, por la cual la experimentación científica con animales queda prohibida en el caso de cosméticos o nuevas fórmulas de tabaco, como los cigarrillos sin combustión. Y si bien en el caso de la cosmética no hay mayor problema (los ensayos de tolerancia y alergias se realizan fácilmente sin necesidad de recurrir a animales), en la segunda de las casuísticas la cosa no es tan sencilla.

La UE prohíbe experimentar con animales a la industria tabacalera, pero para poder poner en el mercado un nuevo producto derivado del tabaco las autoridades sanitarias suelen pedir esas mismas pruebas. ¿Consecuencia? Las compañías del sector se ven obligadas a realizar los experimentos con seres vivos fuera del Viejo Continente. Por ejemplo, Philip Morris tuvo que instalar un centro dedicado a estas tareas en Singapur para poder cumplir con esta particular hipocresía de Bruselas a la hora de testar y validar su IQOS.

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