Es hora de que Europa retire los datos privados de las manos de los poderosos monopolios tecnológicos y los devuelva a los ciudadanos

Mathias Döpfner, CEO de Axel Springer SE.
Mathias Döpfner, CEO de Axel Springer SE.
  • Las grandes empresas tecnológicas no deberían ser dueñas de los datos privados de los ciudadanos.
  • Antes de que Europa vaya demasiado lejos por el camino equivocado, deberíamos devolver los datos a quien pertenecen: a la gente.
  • Mathias Döpfner es el CEO de Axel Springer, un grupo editorial alemán propietario de Business Insider.
  • Esta es una columna de opinión. Los pensamientos expresados son los del autor.
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Opinión

Estimada Señora presidenta de la Comisión,

Estimada presidenta von der Leyen,

Le escribo esta carta abierta porque abarca un tema de gran interés para los ciudadanos europeos.

No me refiero a una pandemia mundial, sino a un desafío que puede resultar aún mayor y más grave en sus consecuencias. Las plataformas tecnológicas estadounidenses y chinas están desafiando la soberanía de los pueblos y socavando la democracia. Se trata de la libertad, el Estado de Derecho y los derechos humanos. Se trata de la idea de una Europa moderna.

En 2014, escribí una carta abierta al ex-CEO de Google, Eric Schmidt. En ella describía el peligro que una plataforma como Google supone para los derechos individuales de los ciudadanos, para una competencia plural y para la libertad de expresión cuando queda al margen de las normativas. La carta era a la vez una advertencia y una confesión: "Tenemos miedo de Google".

En aquel momento, muchos dijeron que exageraba. Desgraciadamente, es todo lo contrario: no exageraba. En retrospectiva, me he dado cuenta de que los riesgos sobre los que advertí se manifestaron mucho más rápido y son mucho más graves de lo que podría haber imaginado. Y ya no se trata sólo de Google. A lo que nos enfrentamos ahora es a una situación en la que enormes corporaciones supranacionales pueden llegar a estar por encima de los gobiernos o del orden democrático. Otra pregunta que debemos hacernos es si las máquinas están para servir a los humanos, o si los humanos acabarán sirviendo a las máquinas y a sus demasiado poderosos gestores.

Esta tendencia es visible desde hace mucho tiempo. Pero esta pandemia y las consecuencias de la lucha contra ella la han acelerado y reforzado. Y ahí, quizás, es precisamente donde reside nuestra oportunidad.

El pluralismo competitivo se está erosionando

En enero de 2020, la capitalización de mercado de Google, Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Tesla era de 3,9 billones de dólares. En enero de 2021 -es decir, un año después del estallido global del COVID-19- el valor de mercado de estas seis empresas ha subido a 7,1 billones de dólares. Esto supone un aumento de valor del 82%, o 3,2 billones de dólares estadounidenses.

Durante ese mismo periodo, se perdieron 255 millones de empleos en todo el mundo. En Europa, el desempleo aumentó del 7,5% al 8,3%, y la irrupción de los trabajos por encargo (la gig economy) es lo único que impide que esta cifra sea mucho mayor. En Alemania, una encuesta de la Cámara de Comercio e Industria alemana afirma que 175.000 empresas se sienten amenazadas por la quiebra como consecuencia de la pandemia. [El Banco de España estima que la crisis puede llevar a la quiebra a una de cada cinco empresas, lo que amenaza 650.000 puestos de trabajo]

Lo único que impide que estas empresas se enfrenten a la ruina financiera son los enormes préstamos y programas de ayuda públicos, pero ¿por cuánto tiempo más? 

Millones de autónomos y trabajadores por cuenta propia tendrán que renunciar a sus negocios porque ya no serán capaces de sobrevivir a los impactos que supone el confinamiento. El pluralismo competitivo se está erosionando porque quienes se benefician de la crisis son las grandes empresas tecnológicas. La ventaja competitiva de las plataformas tecnológicas aumenta cada día que pasa. Hasta cierto punto, merecidamente, porque simplemente son empresas muy buenas e innovadoras.

Pero en cierta medida, inmerecida, porque algunas de estas empresas aplican prácticas empresariales dudosas. Se podría decir que así son las cosas. Pero, ¿es esto bueno para la soberanía? ¿Es bueno para los ciudadanos?

Sólo Google y Facebook generaron el año pasado unos ingresos por publicidad de unos 230.000 millones de dólares. Esto supone el 46% del mercado publicitario mundial. Las previsiones estiman que su cuota de mercado aumentará a más del 60% en 2024. El dominio absoluto de las plataformas tecnológicas significa también la desaparición de la diversidad en productos y servicios periodísticos, artísticos y comerciales.

¿Por qué debería alguien hacer el esfuerzo de llevar a cabo una investigación que requiere mucho tiempo si, al final, sólo unas pocas plataformas ganan dinero con la información obtenida? Una vez más, se podría decir que así son las cosas. Pero también cabe preguntarse por qué son así.

En pocas palabras, la razón es que el modelo de negocio de las plataformas basadas en la publicidad consiste en espiar a sus clientes como una especie de servicio secreto. En el caso de las plataformas tecnológicas, esto se hace mediante algoritmos, que son el producto de la programación de los humanos. Los algoritmos parecen neutrales. Pero no lo son. Son el resultado de la intención humana. Los programadores han dotado a los algoritmos de una personalidad, puede que incluso de la personalidad de un consumidor, o incluso de una persona con una ideología política.

Lo que deberíamos querer

Los algoritmos analizan nuestro comportamiento y nos dicen lo que debemos querer. O como dijo Eric Schmidt hace años: "Sabemos dónde estás. Sabemos dónde has estado. Podemos saber más o menos en qué piensas".

Mediante este mecanismo de la llamada "segmentación por comportamiento", plataformas como Amazon, Facebook y Google, analizan lo que hacemos, lo que queremos, y deciden lo que debemos querer. Y luego nos envían sugerencias basadas en esos datos. Sabiendo que estamos pensando en comprar un coche nuevo, refuerzan y canalizan nuestros deseos y nos envían sugerencias. De hecho, los fabricantes de los productos sugeridos pagan a las plataformas para que lo hagan.

Usted también, señora Von der Leyen, está sin duda familiarizada con el siguiente escenario. Ha estado hablando con alguien sobre algo que quiere comprar y, poco después, su bandeja de entrada de correo electrónico está llena de ofertas de productos similares.

Sin embargo, los algoritmos —y, por tanto, las plataformas que están detrás de ellos— no sólo conocen nuestros hábitos de consumo. Pueden determinar si una mujer está embarazada antes de que ella misma lo sepa. Saben qué correos electrónicos leemos, qué imágenes miramos y qué productos compramos. Patrones de comportamiento que los algoritmos, hechos de datos, suman y analizan con más fiabilidad de la que podría tener cualquier marido o amante.

"Capitalismo de la vigilancia" es como lo llama la profesora de Harvard Shoshana Zuboff en su libro homónimo, que ya se ha convertido en una obra fundamental de nuestro tiempo. Los ciudadanos revelamos nuestra información más íntima para maximizar los ingresos por ventas de publicidad de las plataformas tecnológicas. Cuanto más transparentes son los ciudadanos, más se enriquecen las plataformas.

No debemos seguir por este camino. La alternativa, nuestra salida, presidenta von der Leyen, es increíblemente sencilla.

Los datos deben volver a pertenecer a quienes siempre han pertenecido. A los ciudadanos.

El modelo chino es sencillo: los datos pertenecen al Estado. Las empresas capitalistas públicas recogen los datos, controlan a sus ciudadanos y entregan los resultados al Partido Comunista, que premia a los ciudadanos que son leales al régimen.

En Estados Unidos, donde los datos pertenecen a las grandes empresas, las cosas son mucho mejores. Compañías como Facebook, Amazon o Apple compilan, recogen y guardan datos y los utilizan para optimizar sus modelos de negocio. Monitorizan y analizan nuestro comportamiento para que consumamos más. Para el beneficio económico de las plataformas. Eso es bastante menos perjudicial que lo que ocurre en China. Sin embargo, sigue sin ser la forma en que las cosas deberían ser. Convierte a los ciudadanos en marionetas de los monopolios capitalistas.

Necesitamos la ayuda de los legisladores

Se podría decir que son los ciudadanos los que tienen que cambiar la situación. Al fin y al cabo, nadie les obliga a dejarse manipular. Ellos aceptan libremente las condiciones de las plataformas. Eso en teoría es correcto. Pero, ¿cuántos usuarios leen realmente los interminables términos y condiciones cuando quieren un producto o servicio rápido? ¿Cuántos de ellos están realmente informados sobre las consecuencias indirectas y a largo plazo de sus acciones? ¿Y qué alternativas reales tienen los consumidores en mercados fuertemente monopolizados?

En resumen: creo que los ciudadanos deben ser más autocríticos y más asertivos. Pero para ello necesitan la ayuda de los políticos. El apoyo de los legisladores.

Europa tiene una oportunidad histórica de hacer lo que siempre ha hecho mejor: hacer valer la autoridad de la soberanía popular. Y para lograrlo, Europa -y ojalá todos los países que pertenecen a la sociedad de valores occidental- debe garantizar que los datos no pertenezcan al Estado ni a las empresas. Deben ser devueltos a las personas. Y estoy seguro de que Estados Unidos seguirá a Europa en esta materia. Es una de las pocas veces que Europa tiene la oportunidad de convertirse en el líder de la era digital.

Lo que esto significa en términos concretos es que las plataformas deben tener prohibido en la UE el almacenamiento de datos privados y el uso de esos datos con fines comerciales. Esto debe convertirse en ley.

Y debe ir más allá que el Reglamento General de Protección de Datos y otras leyes existentes en un punto decisivo: debe descartarse todo intento de diluir la protección de datos en nombre de un supuesto consentimiento voluntario. En primer lugar, el permiso para utilizar los datos no debería ser posible. Los datos sensibles y personales no pertenecen a las plataformas que rigen el mercado (los llamados gatekeepers) ni tampoco a los Estados.

Por un mundo más libre y con capacidad de decidir por sí mismo

Presidenta von der Leyen, si usted y sus colegas prohíben el uso comercial de los datos privados, cambiarán el mundo. Harán del mundo un lugar mejor. De lo contrario, nos entregaremos a un nuevo orden. Un orden en el que los derechos humanos, la capacidad de decisión de las personas y la libertad en el marco de la ley carecerán de sentido. Nos estaremos entregando a un capitalismo de vigilancia que dará la vuelta a todo lo que Europa representa.

Si creen que exagero, he aquí dos casos recientes que demuestran mi punto de vista.

En primer lugar, Facebook y Twitter decidieron bloquear la cuenta de Donald Trump. Uno podría intuir que era lo correcto, ya que el presidente estaba poniendo en peligro la democracia desde arriba. Pero, ¿es correcto que una empresa capitalista decida qué pueden decir los políticos y a quién? Que una empresa (y en concreto esta que, con 3.000 millones de usuarios, tiene una clara posición de liderazgo en el mercado) se sitúe por encima de la ley y de las instituciones democráticas?

En segundo lugar, en Australia, el gobierno ha decidido que Google debe repartir entre los editores una parte razonable de los ingresos que ha obtenido de los contenidos periodísticos. Si Google no llega a un acuerdo con estos editores, la decisión la tomará un árbitro independiente.

Como resultado, Google ha amenazado con bloquear todas las funciones de búsqueda de Google en Australia. Esto pondría a Australia en una enorme desventaja. La gente tendría un acceso muy restringido al conocimiento, y las empresas tendrían un acceso muy reducido a sus clientes. No hay duda: es un chantaje. El Gobierno australiano no se ha dejado intimidar hasta ahora. El primer ministro Morrison ha sido claro al respecto: "Australia establece sus reglas para las cosas que se pueden hacer en Australia". El gobierno toma las decisiones en Australia, no Google. ¿Quién decide en Europa?

Presidente von der Leyen, su adjunto Thierry Breton dijo recientemente: "Europa es el primer continente del mundo que inicia una reforma integral de nuestro espacio digital. Ambas se basan en una premisa simple pero poderosa: lo que es ilegal en el mundo físico también debería serlo en el mundo digital". No hay nada que añadir a eso.

¿Quiere evitar que se espíe a la gente? ¿Quiere impedir que se les vigile para saber lo que consumen? ¿Y desea asegurarse de que no se les rastrea para saber a qué partido político votan?

Pues prohíban en la vida virtual lo que ya han prohibido durante décadas en la vida real. Y hagan más fuerte en Europa lo que hace fuerte a Europa: el poder del pueblo.

Las plataformas les dirán que están destruyendo su modelo de negocio al hacer eso. Eso no es cierto. Sólo se debilitará un poco. Como las editoriales y como todo bloguero (las editoriales del futuro), las plataformas seguirán siendo capaces de monetizar su alcance. O como todo vendedor o mayorista, las plataformas podrán seguir vendiendo sus productos y servicios. Pero miles de millones volverán a las manos de miles de editoriales, artistas y comerciantes. A empresas que se aseguran la fidelidad de sus clientes gracias a la calidad de sus productos, y no vigilando su comportamiento.

Las plataformas con tanto poder de mercado han mutado hasta convertirse en servicios esenciales. Son monopolios de facto. Sin alternativa para el consumidor. Estas empresas deben estar sujetas a normas y regulaciones diferentes, de lo contrario la competitividad se resentirá, al igual que la economía de mercado. El hecho de que las plataformas pueden hacer negocios de manera diferente ha sido demostrado por Netflix (en aras de la transparencia, sepa que tengo un puesto en su consejo de administración). Netflix no tiene publicidad y no analiza datos privados. Lo único que monitoriza es el comportamiento de los espectadores en relación con sus propias películas y series.

Lo que necesitamos es una Constitución Europea.

Presidenta von der Leyen, esta sencilla medida le da la oportunidad, quizás por primera vez en la era de la economía digital de la UE, de no nadar contra la corriente del progreso o de reparar algo a posteriori. Puede dar forma proactiva al futuro digital. Ya sea la reforma de los derechos de autor, la modificación de la protección de datos o el Reglamento sobre la privacidad electrónica, la UE casi siempre ha llegado demasiado tarde, ha tardado demasiado tiempo y las empresas tecnológicas han sido hábiles para evitar o circunvalar la normativa. Es como la carrera entre la liebre y la tortuga. La tortuga siempre llega. Siendo más inteligente y, por tanto, más rápida.

Con la aplicación de esta medida -una especie de Constitución Europea- la UE se adelantará a los tiempos y, al mismo tiempo, estará demasiado adelantada para que otros la alcancen. No nadará contra la corriente, sino con la corriente al servicio de sus ciudadanos.

Les hago un llamamiento muy sincero: impidan la vigilancia de nuestros ciudadanos haciendo ilegal el almacenamiento de todos los datos personales, privados y sensibles. Limite el poder excesivo de las plataformas monopolistas de Estados Unidos y China.

Fomenten y capaciten a los ciudadanos de Europa para que lleven una vida libre. Y al hacerlo, permitan una competencia de ideas, opiniones y conceptos en una Europa diversa. El pluralismo de estilos de vida, de opiniones y de ideas siempre ha hecho fuerte a Europa. La vigilancia, el colectivismo y el control externo casi nos han destruido.

La transparencia total siempre tiene un final totalitario.

La Europa de hoy es lo contrario.

Presidenta von der Leyen: aproveche esta oportunidad para Europa. Aquí los ciudadanos no están al servicio de los poderosos. Aquí el Estado está al servicio del pueblo.

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