“Tenemos a tu hija”: este aterrorizado padre pagó un rescate y encontró a su hija donde menos esperaba

Richard Mendelstein es muy precavido en lo que se refiere a ciberseguridad, pero todo su escepticismo desapareció cuando escuchó a su hija pedir ayuda por teléfono.
Richard Mendelstein es muy precavido en lo que se refiere a ciberseguridad, pero todo su escepticismo desapareció cuando escuchó a su hija pedir ayuda por teléfono.

Vicky Leta / Business Insider

El año pasado, alrededor de las 11 de la mañana del 29 de julio, Richard Mendelstein estaba trabajando en la oficina de su casa en Princeton (Nueva Jersey, Estados Unidos) cuando sonó su teléfono. El identificador de llamadas decía "desconocido".

Mendelstein, un ingeniero de software de Google de 56 años, es muy cuidadoso con su seguridad digital. Borra las cookies de su navegador, guarda sus contraseñas en un archivo encriptado y comprueba los correos electrónicos en busca de phishing de suplantación de identidad. "Lo cuestiono todo", dice. Llega incluso a responder a las llamadas de números desconocidos para poder denunciar las estafas.

Sin embargo, en esa ocasión no era la llamada de un agente que quisiera venderle un seguro de coche u ofrecerle algún préstamo. Al otro lado de la línea, Mendelstein escuchó a una chica que lloraba aterrorizada. Se le revolvió el estómago. Su hija, Stella, estaba en aquel momento en su primer año universitario. Apenas podía entender lo que su hija le gritaba.

"¡Me han secuestrado!. Papá, por favor, ayuda!", pedía la joven.

A continuación, se puso un hombre de voz profunda y clara.

"Escucha con mucha atención. Tenemos a su hija. Si haces exactamente lo que te digo, no pasará nada. Sólo quiero dinero", le dijo el secuestrador a Mendelstein.

A Mendelstein le latía el corazón cada vez más fuerte a medida el secuestrador le iba dictando las instrucciones a seguir. "No cuelgues", dijo el hombre. "No hables con nadie. No respondas a ninguna llamada. No envíes ningún mensaje"

Justo en ese momento, la mujer de Mendelstein, Rachel, entró en la habitación donde estaba su marido al teléfono. Le había escuchado hablar con tono angustiado y quería saber qué pasaba. "¿Estás bien?", le preguntó. Dadas las instrucciones del secuestrador, al padre le dio miedo responder a la pregunta. El delincuente le ordenó salir de la casa, subirse al coche y conducir hasta el banco. Si quería volver a ver a su hija con vida, era hora de conseguir el dinero del rescate.

El secuestrador lo mantuvo al teléfono ordenándole que dictara los nombres de las calles por las que pasaba. Mientras Mendelstein iba informando de su ubicación, se dedicaba también a colgar a su mujer, que no dejaba de llamarle.

Al llegar al banco, rellenó una petición para sacar 4.000 dólares en efectivo, algo más de 3.600 euros. Mendelstein no sabía por qué la cifra era tan baja, ni qué pasaría después, pero el secuestrador le dijo que no hiciera preguntas. Tenía que sacar el dinero y le indicarían dónde llevarlo.

En aquel instante, el informático decidió arriesgarse. Con una mano temblorosa, garabateó una nota rápida. "Han secuestrado a mi hija", escribió, junto con el número del secuestrador y el nombre y número de su mujer.

Antes de que pudiera entregar la nota al cajero, la llamada se cortó bruscamente.

Aterrado, Mendelstein salió corriendo y se dirigió a la comisaría más cercana. De camino, llamó a su mujer. "Han secuestrado a Stella", le contó.

"¿Qué? ¿Cómo lo sabes?", gritó Rachel.

"Porque he hablado con ella", respondió él.

En ese momento, mientras entraba en el aparcamiento de la comisaría de Policía, el secuestrador volvió a llamar. Mendelstein colgó a su mujer para atender la llamada.  

Por su parte, Rachel intentó llamar a Stella. Para su sorpresa, su hija contestó diciéndole que estaba en la universidad, sana y salva.

Rachel, confusa por la situación y temiendo que el secuestrador estuviera obligándola a decir eso, decidió llamarla a través de FaceTime para poder verla. A pesar de ver a su hija en aquel momento a salvo y relajada, la madre seguía desconfiando, por lo que le pidió a Stella que pusiera a alguna amiga al teléfono.

"Papá dice que te han secuestrado", jadeó Rachel. 

"¿Qué? ¡Estoy bien!", contestó Stella.

Rachel lloró aliviada. A Stella no le había pasado nada. Entonces, volvió a pensar en su marido y, desesperada por localizarlo, se puso en contacto con la Policía y les explicó la situación. El agente que la atendió no se mostró sorprendido, diciéndole que seguramente se trataba de una estafa.

Pero eso no era lo más importante. "¿Dónde está su marido?", le preguntó el agente.

"No lo sé", respondió Rachel. Madre e hija temieron lo peor. ¿Quién hablaba por teléfono con Richard? ¿Dónde lo enviaban con 3.600 euros en efectivo? ¿Y qué iban a hacer los delincuentes con él después de conseguir el dinero?

El secuestrador le dijo que no hablara con nadie, pero Mendelstein se arriesgó e intentó avisar al cajero del banco.

Hace unos 10 años, cuando Erik Arbuthnot empezó a oír hablar de las estafas de los secuestros falsos, sus compañeros del FBI se burlaban de los casos. "No te preocupes por ellos. Son falsos. Nosotros nos encargamos de los verdaderos", le decían.

Actualmente, este tipo de delitos ha crecido tanto que el FBI ha creado un nombre para ellos: secuestros virtuales. "Se trata de un plan de extorsión telefónica", explica Arbuthnot, que dirige las investigaciones sobre secuestros virtuales del FBI en Los Ángeles. Dado que muchos de estos delitos no se denuncian, la oficina no tiene una cifra exacta de la extensión de estas estafas. Pero en los últimos años, miles de familias como la de los Mendelstein han vivido la misma extraña pesadilla: una llamada telefónica, un niño que grita, una petición de rescate y un secuestro que, tras dolorosos minutos, horas o incluso días, se descubre que es falso. 

En otras ciudades estadounidenses como Memphis, Miami o Missouri hay otras víctimas a las que han llamado afirmando haber secuestrado a sus mujeres, hijas o incluso madres. En general, según el FBI, las estafas por internet casi se duplicaron en 2020, y los casos de extorsión, como el secuestro virtual, son los que más víctimas han provocado, justo por detrás de los esquemas de phishing y las llamadas de ventas falsas.

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Este auge de "secuestros" empezó a crecer durante el verano de 2015. Un detective del sur de California se puso en contacto con el FBI por una serie de delitos de este tipo dirigidos a los vecinos de Beverly Hills. Una mujer recibió una llamada en la que le decían que su hija de 20 años estaba retenida y pedían un rescate para liberarla. "Oigo lo que parece ser mi hija llorando, gritando, sin aliento", recuerda la mujer, que ha pedido no ser identificada. "Apenas podía entender lo que decía, pero me pareció escuchar que estaba en una furgoneta secuestrada, y me puse histérica", relata. Mientras sacaba el dinero, la mujer tuvo la misma idea que Mendelstein: le pasó una nota a un empleado del banco, que se puso en contacto con la policía. Las autoridades descubrieron rápidamente que todo era una estafa.

Valerie Sobel, una vecina de Beverly Hills que dirige una fundación benéfica, también recibió una llamada de un hombre que le dijo que había secuestrado a su hija. "Tenemos su dedo. ¿Quiere el resto de ella en una bolsa para cadáveres?, amenazó. Como prueba, el secuestrador puso supuestamente a la joven al teléfono. "¡Mamá! ¡Mamá!", oyó gritar a su hija. "Por favor, ayúdame". Al igual que a Mendelstein, a Sobel le dijeron que no atendiera ninguna otra llamada. Después de obtener el dinero del rescate, se dirigió a un centro de MoneyGram [una empresa de envío de remesas], donde envió el efectivo a los secuestradores, solo para descubrir después que su hija no había sido secuestrada.

Estos casos no afectan exclusivamente a las víctimas, sino también a las autoridades que se ven obligadas a emplear recursos como si se tratara de secuestros de verdad. "Saltan vallas y derriban puertas para rescatar a la gente", cuenta Arbuthnot. Las llamadas son tan convincentes que incluso engañaban a algunos miembros de las fuerzas del orden. 

Poco después de que Arbuthnot empezara a investigar las llamadas, un sargento de la policía de Los Ángeles llamado O.C. Smith conducía por la autopista cuando sonó su teléfono. Su hija gritaba pidiendo ayuda. En su caso, los secuestradores exigían un millón de dólares o "le meterían una bala en la nuca". Mientras Smith negociaba con los secuestradores, tuvo la sensatez de pedir a un compañero que comprobara cómo estaba su hija. Resultó estar a salvo en el colegio.

Sin embargo, quienquiera que cometiera aquellas estafas, y cómo las llevaba a cabo, seguía siendo un misterio. Los agentes del FBI estaban perplejos. "No tenía ni idea de quién hacía las llamadas", reconoce Arbuthnot.

En Princeton, la familia de Richard Mendelstein no sabía dónde estaba ni qué le había pasado. Suponían que había ido al punto de encuentro a entregar el dinero. "Todos estábamos muy nerviosos. Ninguno de nosotros sabía quién estaba detrás", recuerda Rachel. Varios amigos buscaron a Richard por la ciudad con la esperanza de impedir que entregara el dinero, mientras la Policía trabajaba con Verizon para rastrear el teléfono móvil del informático.

A medida que pasaba el tiempo, se corrió la voz por la ciudad. Conozco personalmente a los Mendelstein, cuyos nombres he cambiado a petición suya para proteger su privacidad. Cuando escuché su historia, me resultó especialmente cercana. Cuando tenía 4 años, mi hermano de 11 años, Jonathan, fue secuestrado y asesinado por 2 desconocidos. Tardé décadas en superar ese trauma, como he relatado en mis memorias, Alligator Candy. Sé de primera mano lo que se siente cuando una familia pasa por algo tan aterrador, por lo que decidí ponerme en contacto con los Mendelstein en cuanto me enteré de la noticia.

En Princeton, amigos y familiares se unieron para ayudar a localizar a Richard. Rachel descubrió, para su sorpresa, que otras personas que conocía también habían sido víctimas de secuestradores virtuales. Su hermana tenía una amiga que pasó por algo similar cuando su hija estudiaba en Australia, y su cuñado le contó que su padre también había sido engañado haciéndole creer que habían secuestrado a su nieto. 

A medida que la noticia se iba extendiendo por Princeton, también lo hacían los rumores. Una hora después de que comenzara el calvario, Stella recibió una llamada de una prima que le dijo que había oído que los secuestradores habían entrado en la cuenta bancaria de Richard. Temía que estuvieran con Richard, obligándole a seguir sus órdenes a punta de pistola.

"Fue entonces cuando me derrumbé. Porque pensé que estaba con ellos", recuerda Stella.

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En una cinta de grabación que Arbuthnot me ha permitido escuchar, he podido apreciar lo desgarradoras que son las llamadas.

Las llamadas de secuestro virtual, como cualquier otra campaña de telemarketing, son esencialmente un juego de números. "Es literalmente como una venta fría. Puede haber 100 llamadas que sean un fracaso, hasta que llega una que sale bien", aclara Arbuthnot. 

Los delincuentes seleccionan el prefijo de una zona determinada y empiezan a llamar a números aleatorios. El secuestro virtual es una forma de hipnosis. "Los secuestradores necesitan que caigas bajo su hechizo, directamente en su trampa. Para ello, el impacto emocional debe ser muy fuerte, por eso ponen la grabación de un niño gritando", continúa explicando Arbuthnot.

Las grabaciones son genéricas, diseñadas para atrapar al mayor número posible de víctimas. Es un proceso relativamente sencillo, nada sofisticado: los delincuentes consiguen que una joven conocida simule haber sido secuestrada y graban sus histéricos gritos. A partir de ahí, hay 2 posibilidades. O la persona se cree la mentira porque tiene un hijo o hija, o sospecha que es una estafa y cuelga.

Si caes en la trampa, has sellado tu destino. No importa que los gritos que oyes no sean los de tu hijo. En una fracción de segundo, no solo lo has creído, sino que también has dado a los secuestradores lo único que necesitan para hacerla realidad. El miedo te llevará a darles lo que pidan.

Una vez estás bajo su mando, tu pánico puede llevarte a ofrecer detalles de los que los secuestradores pueden hacer uso, como tu apellido o la dirección de tu casa. Gracias a Google, averiguan lo suficiente para hacerte totalmente vulnerable.

"Es literalmente como una venta fría. Puede haber 100 llamadas que sean un fracaso, hasta que llega una que sale bien", aclara Arbuthnot

El resto de elementos de los secuestros virtuales coinciden con los de las estafas clásicas. Se trata de no dar a la víctima tiempo para pensar y convencerla de que no hable con nadie más. Conseguir que retire una cantidad de efectivo y llevarla a un sitio donde luego se le pierda el rastro. Hacerle creer que no seguir las instrucciones le costará muy caro.

Arbuthnot recuerda el caso de un mecánico de California y su mujer que se fueron de vacaciones a Tijuana. Acababan de registrarse en su hotel cuando sonó el teléfono de su habitación. La persona que llamó les dijo que era del cártel de Sinaloa y que la pareja era sospechosa de trabajar con una banda rival. "Estáis en nuestro territorio", les advirtió el interlocutor.

El mecánico protestó afirmando que no era traficante de drogas, que era un estadounidense de vacaciones con su mujer. La persona que llamó le dijo que lo demostrara. "Ponla al teléfono", le ordenó. En ese momento, y habiéndolos asustado, el estafador continuó con el engaño: "Si no eres miembro del cártel, haz lo que te digo y no saldréis perjudicados. Pero si no estáis dispuestos a cooperar, iremos a por vosotros".

El siguiente paso fue separar a la pareja. Ordenaron al marido subir a un taxi, acudir a una tienda de móviles, conseguir uno de prepago y deshacerse del suyo. Presa del pánico, el mecánico pensó que estaba siendo vigilado en todo momento. de esa forma, el hombre quedó aislado de toda comunicación posible con su mujer. Lo siguiente que le pidieron fue retirar dinero del cajero y enviárselo.

Mientras tanto, dieron instrucciones a su mujer para que se registrara en un hotel distinto, dejándolos completamente incomunicados y llevando a ambos a pensar que el otro había sido secuestrado por el cártel. De esta forma, el estafador llevó a cabo 2 secuestros virtuales.

El nivel de manipulación psicológica llegó a ser perverso. El secuestrador llamó a la mujer a su nueva habitación de hotel y le ordenó que pusiera un canal porno y se quitara la ropa. Afirmó que tenía una cámara de vídeo en la habitación y que la estaba vigilando. Si no seguía sus instrucciones, su marido sería asesinado. "Ahora tócate", le ordenó el autor de la llamada. Ella obedeció.

El estafador ordenó a ambos pedir dinero a su familia para el rescate del otro. Ambos siguieron  las instrucciones y varios familiares transfirieron miles de euros, hasta que uno de ellos decidió ponerse en contacto con la policía. El consulado estadounidense mandó a 2 agentes al hotel donde se encontraba la mujer, y descubrieron que estaba a salvo.

Muchas tácticas de los secuestros virtuales se copian de las estafas clásicas, como no darle a la víctima tiempo para pensar y convencerla de que no seguir el plan le costará muy caro.

Volviendo a la historia de Mendelstein, aunque Stella estaba a salvo, no estaban seguros de que su padre lo estuviera. "Pensaron que alguien podría estar vigilándome", recuerda, "y que tal vez había una persona local involucrada".

En 2017, el FBI había recibido una llamada de un sheriff de Texas. "Este tipo de estafas no cesa", afirmaba. En The Woodlands, una comunidad a las afueras de Houston, los delincuentes habían convencido a una familia para que pagara un rescate por su hija, que estaba en la universidad. Llorando e histérica, la madre dejó casi 23.000 euros en una papelera, como le ordenaron.

Ahí es donde uno de los delincuentes cometió un error crucial. Cuando una mujer acudió en persona para recuperar el dinero, una cámara de vigilancia captó la matrícula de su furgoneta negra. Al poco tiempo, un equipo SWAT irrumpió en la casa de la mujer y la detuvo.

Se llamaba Yanette Rodríguez Acosta y resultó ser la novia de Ismael Brito Ramírez, un hombre de 38 años que cumplía condena en Ciudad de México por cargos de asesinato y secuestro. Mientras estaba en prisión, Ramírez había decidido dedicarse al secuestro virtual. Los secuestros falsos llevaban años produciéndose en México, un negocio lucrativo para las bandas callejeras y los cárteles de la droga. Sin embargo, todas esas llamadas de secuestro involucraban a delincuentes de habla hispana y a víctimas de habla hispana. Ramírez, que hablaba inglés con acento americano, quería exportar esa idea de estafa a Estados Unidos.

Introdujo algunos teléfonos desechables en la prisión y creó un sistema para cobrar los rescates. Se ordenaba a sus víctimas que enviaran dinero en efectivo a Ciudad de México, donde las mulas estarían esperando para recoger el dinero y entregárselo. En Texas y otros 2 estados de EEUU en los que Acosta había reclutado cómplices, se ordenaba a las víctimas que dejaran el dinero en efectivo en lugares en los que pudieran recuperarlo en persona. En total, según los fiscales, la red creada por Ramírez estafó a casi 40 personas.

Pero el aspecto más innovador de la trama eran las llamadas de secuestro: se hacían desde el interior de la prisión de Ciudad de México, donde Ramírez cumplía condena. "¿Quién tiene tiempo 7 días a la semana, 12 horas al día, para hacer llamadas telefónicas a EEUU, una y otra vez, con ese porcentaje de éxito?", reflexiona Arbuthnot. "Los presos. Ese fue un momento realmente importante para nosotros. Cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando, todo cobró sentido", añade.

Sin salir de su celda, Ismael Brito Ramírez había descubierto cómo llevar a cabo los secuestros virtuales. Sólo necesitaba presos aburridos y teléfonos desechables.

Ramírez fue acusado de conspiración para cometer extorsión, fraude electrónico y blanqueo de dinero. Se presentaron cargos similares contra Julio Manuel Reyes Zúñiga, ciudadano estadounidense acusado de trabajar con Ramírez para orquestar más de 30 secuestros virtuales en California, su estado natal, mientras cumplía condena por asesinato en México. 

Los cargos contra ambos hombres conllevan una pena máxima de 20 años, pero hay un problema evidente: Ramírez y Zúñiga ya están encarcelados, como sospechan los federales que es el caso de casi todos los demás secuestradores virtuales que siguen llamando. Lo que plantea la pregunta: ¿cómo se detiene un crimen que está siendo cometido por delincuentes que ya han sido encerrados en la cárcel? 

De hecho, a pesar de los cargos contra Ramírez y Zúñiga, los secuestros virtuales se han extendido a cárceles de Puerto Rico y República Dominicana, así como a otras ciudades de México. En Tamaulipas, los funcionarios de prisión intentaron instalar equipos para evitar que los reclusos hicieran llamadas con sus teléfonos móviles, pero la tecnología era tan potente que dejó sin servicio a toda la ciudad. "Obviamente, no funcionó", admite Arbuthnot.

Dos meses después de su terrible experiencia, he visitado a los Mendelstein en su casa de Princeton. No han recuperado su dinero y no esperan hacerlo. No hay pistas en el caso, y el FBI no ha podido relacionar el crimen con ninguno de los presuntos capos que han identificado.

Pero aunque el secuestro de su hija haya sido falso, el dolor que causó a los Mendelstein es demasiado real. Aunque no se trató de un secuestro real, como el que sufrió mi familia, experimentaron las mismas emociones y traumas que se producen cuando un niño desaparece: el miedo, el pánico, la impotencia. Stella nunca fue secuestrada. Pero durante unas horas, toda la familia lo estuvo.

"Para mí, el trauma tiene que ver con mi vulnerabilidad", me cuenta Richard en el salón de su casa, sentado junto a Stella y Rachel. "Caí en la trampa. Nunca lo cuestioné. Eso es lo que me afecta, porque normalmente lo cuestiono todo". Si hija está a salvo, por lo que se muestra agradecido, pero no puede evitar sentir vergüenza por haber sido engaño.

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Hay pocas probabilidades de que el auge de secuestros virtuales disminuya. El FBI no dispone de la capacidad suficiente para rastrear tantas llamadas telefónicas aleatorias y pequeñas transferencias electrónicas procedentes de tantas direcciones a la vez. En los secuestros virtuales, los padres están solos. Las entregas se realizan por vía electrónica. Los delincuentes ya están entre rejas. Y no hay niños que liberar. Lo único que hay es una voz al otro lado del teléfono, y el dolor y la humillación que deja tras de sí.

Por ahora, el FBI se limita a intentar enseñar a los ciudadanos a detectar las estafas. El mensaje consiste en concienciar a la gente para que cuelgue. Pero, si esta es su única herramienta, los estafadores lo tienen fácil. Engaños como la estafa del "príncipe nigeriano" siguen recaudando aproximadamente un millón de dólares al año.

En todo caso, colgar pronto podría ser aún más difícil. Arbuthnot sospecha que no pasará mucho tiempo antes de que los secuestradores aprendan a hacer deepfakes, cogiendo el audio de niños reales en internet y manipulándolo para que suene más real. Todo lo que se necesita es un software gratuito, una búsqueda en Google y tiempo. Y si algo tienen los secuestradores virtuales, por cortesía de los tribunales, es mucho tiempo.

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