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La industria audiovisual se prepara para el efecto cascada que va a provocar la nueva normalidad

John David Washington, protagonista de Tenet
John David Washington, protagonista de 'Tenet'. Warner Bros. Pictures

  • La reactivación de la industria del entretenimiento comienza a ser urgente para minimizar el profundo agujero que va a provocar el coronavirus en las cuentas de las principales compañías del sector.

  • La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto los puntos débiles del modelo audiovisual: las ventanas de distribución colapsaron por el cierre de los cines, que derivó en retrasos de estrenos.

  • El alquiler digital ha sido un salvavidas para la televisión, pero financieramente los números no salen para las grandes producciones de cine. El estreno en salas es indispensable a día de hoy.

  • El retraso de la gala de los Óscar, que en 2021 será a finales de abril en lugar de marzo, tendrá consecuencias significativas en la composición de los estrenos tal y como estamos acostumbrados a verlos.

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El audiovisual ha dado los primeros pasos hacia la nueva normalidad. Lo ha hecho tímidamente y con no pocas incertidumbres sobre la mesa. El nuevo escenario presenta limitaciones importantes, como la saturación de grandes estrenos, los aforos limitados y el temor del público a los espacios cerrados. La reactivación del sector comienza a ser urgente. Aunque esta se produzca de manera desigual y suponga incurrir en costes adicionales para ofrecer las suficientes garantías sanitarias, arrancar parece la única alternativa si se quiere minimizar el profundo agujero que el coronavirus va a provocar en las cuentas de resultados de las principales compañías del entretenimiento en 2020. 

El confinamiento ha servido para poner de manifiesto los puntos débiles del modelo de distribución audiovisual vigente. Un modelo con varias décadas de historia a sus espaldas que ya había comenzado a hacer aguas tras la gran revolución de internet. El efecto cascada que la paralización de la actividad ha provocado en la arquitectura del entretenimiento es consecuencia directa del sistema clásico de distribución, el que durante décadas ha marcado el viaje de una película desde que es una idea en la mente del creador hasta que pagamos una entrada de cine para verla, sintonizamos el canal donde la están emitiendo o le damos al play en una plataforma de streaming. 

Que una película se estrene primero en cines es la punta de lanza de un proceso creado para rentabilizar el producto, amortizando los costes de producción y promoción y generando beneficios. Dentro de ese proceso se establecieron distintas fases de explotación, cada una de las cuales tiene exclusividad durante un período determinado. 

Imaginemos por un momento las tuberías que se encargan de suministrar agua a las distintas viviendas de un edificio. Las ventanas de distribución serían un mecanismo que impediría que la última planta tuviese agua hasta que no hubiese pasado, previamente, en exclusiva y de forma escalonada, por todos los pisos que tiene debajo. Según este sistema, el usuario de la primera planta tendrá el agua antes, pero a costa de pagar más por ella, con lo que la persona que la suministra y la empresa propietaria que pone el tendido obtienen mayores márgenes. Pero a medida que avanza el agua por las distintas plantas, el precio se abarata, con lo que el usuario de la última planta recibe el agua más tarde pero paga menos (o nada) por ella. Esta es la filosofía que rige la distribución cinematográfica, solo que en lugar de agua tenemos películas y en lugar de pisos tenemos ventanas de distribución. Esas “ventanas” encierran la película en un tubería que va en una única dirección e impide que transite por otra planta de forma simultánea hasta que su tiempo de exclusividad finalice. En ese momento la película salta a la ventana siguiente. 

Este pipeline ya comenzó a mostrar problemas con el boom de Internet. El modelo, basado en la economía de la escasez (limito la disponibilidad de un producto que en circunstancias normales sería abundante para obtener más ganancias) empezó a colisionar con un cambio profundo en la percepción del cliente. Internet, con su cultura del all access, la multiplicación de la oferta y, en general, el entretenimiento directo al consumidor, comenzó a erosionar el valor de la espera en la mente del espectador. 

Las televisiones ya han cedido la victoria a las plataformas de streaming. Saben que sus productos han acortado su ciclo de vida en su emisión lineal y han buscado una segunda vida en internet, que a cambio les ha permitido ampliar su cobertura. Pero el cine no parece estar en condiciones de hacer el mismo sacrificio. Financieramente los números no salen. Las grandes producciones están pensadas (y dimensionadas económicamente) para su estreno en pantalla grande. Y tampoco olvidemos que, mientras la experiencia de ver un contenido en la televisión y en una plataforma de streaming es, en lo sustancial idéntica, el cine ofrece algo que no tiene nada que ver con el entretenimiento en el hogar. 

El estreno en pantalla grande es un win win para todos. Los cines se llevan un porcentaje por cada espectador que se desplaza a sus salas y compra una entrada (por no hablar de los beneficios derivados de la venta de palomitas, refrescos y demás oferta de restauración). El distribuidor, por su parte, se embolsa otro porcentaje de taquilla. Con él amortizará tanto los gastos derivados del contrato que cerró con el productor para la explotación comercial de ese título en las distintas ventanas, como los costes asociados al estreno cinematográfico (el famoso P&A, los gastos en copias y promoción). El estreno en pantalla grande, de hecho, le confiere más potencial económico a la película (que tiende a funcionar mejor en otras ventanas y le asigna más peso en las negociaciones). Y el productor, además de un importe mínimo garantizado de ganancias, recibe sus correspondientes royalties.

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Lo que ocurre es que, salvo en circuitos de exhibición especializados y casos muy puntuales de títulos que entran en el circuito de festivales y en la carrera por galardones, este sistema tiende a favorecer a los grandes estrenos. La razón es muy sencilla: por su poder de convocatoria (atraen más público) y su mayor permanencia en taquilla (tienden a permanecer más fines de semana en cartelera). Basta un vistazo al ranking de las películas más taquilleras en nuestro país en 2019 para ver hasta qué punto se evidencia este fenómeno. Los blockbusters, las coproducciones con cadenas de televisión comerciales y las películas galardonadas en festivales de prestigio acaparan el ranking de películas más taquilleras:

¿El colapso definitivo del pipeline?

Este mecanismo de tránsito de películas ha experimentado un inesperado cambio a causa del coronavirus. Y no es una cuestión menor, porque a medio plazo tenemos un exceso de caudal de agua y las cañerías se han alargado por sorpresa. 

En pleno confinamiento el sector buscó refugio en la ventana digital para dar salida a sus productos. El cierre de los cines y la incertidumbre sobre cuándo se podría reanudar la actividad, impulsó los estrenos digitales (alterando la lógica de las ventanas). El estreno directo en alquiler digital de Trolls World Tour o el de Artemis Fowl directamente a Disney+ se han querido ver como la señal definitiva de la flexibilización de las ventanas de distribución, aunque el sector sigue manifestando sus reservas. Ni los cines parecen dispuestos a permitirlo (la cadena de cines AMC amenazó con boicotear los estrenos de Universal si la política de estrenos en vídeo bajo demanda continuaba) ni los estudios parecen convencidos de que sea financieramente sostenible (así lo han declarado varios ejecutivos en la edición, este año digital, de Cineurope).  

También conviene tener en cuenta que los estrenos típicamente estivales, con potencial para movilizar grandes masas de público, se han aplazado a finales de año. Sin entrar a valorar si esta concentración acabará afectando a los márgenes individuales de cada título (la presencia tan cercana de películas que son competencia directa sin duda acortará su recorrido) la realidad es que reducen aún más el espacio para los títulos pequeños y medios. Y aunque el compromiso de los cines sea apostar por una cartelera diversa para “salvar” a la industria, la realidad es que solo las películas que consigan una buena recaudación serán capaces de salvar el año. 

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Y todavía hay más. A este primer embudo, el de los blockbusters de otoño, le seguirá otro: el embudo de las películas pensadas para la temporada de premios, es decir, títulos producidos y estrenados estratégicamente con los galardones en mente. El retraso de la gala de los Óscar, que en 2021 será a finales de abril en lugar de marzo, tendrá consecuencias significativas en la composición de los estrenos tal y como estamos acostumbrados a verlos. Es indudable el efecto cascada que esto va a provocar en otras galas o festivales. Como explicaba Glenn Whipp en el LA Times, el circuito promocional que tiene su clímax en los Óscar va a quedar profundamente alterado. Normalmente las apuestas para la temporada de premios pasan por el circuito de festivales de otoño (Venecia, Telluride, Toronto y Nueva York). Así se genera notoriedad (primeras impresiones del público, muchas entrevistas al talento, galardones etc…) desde finales de agosto hasta octubre, lo que crea una plataforma ideal para los estrenos en la última mitad del año. Baste un dato: seis de las nueve películas nominadas al Óscar a mejor película en 2020 pasaron por estos festivales. 

Y aquí es donde empiezan los problemas. No solo porque el calendario de estrenos para el otoño está ya muy saturado, sino también porque estos festivales (que ya han anunciado ediciones híbridas online/offline) van a tener lugar ocho meses antes de los Oscar, lo que menguará claramente su potencial promocional. Los expertos aseguran que Sundance, que tendrá lugar a principios de 2021, podría convertirse en el festival lanzadera de la temporada de premios. Si esto ocurre, enero y febrero acabarán convertidos en los meses en los que las pelis de Óscar buscarán su sitio en el calendario de estrenos, buscando el favor de la prensa y del espectador. Lo suficiente para llamar la atención antes de que la academia empiece a votar.  Y todavía nos queda todo el arsenal de películas de plataformas, que ya no tendrán que estrenarse en cines para ser elegibles, según el cambio aprobado por la Academia para el 2021. 

Una concentración de grandes estrenos insólita para un sistema que está empezando a recuperarse y que tendrá que mantener una velocidad de crucero en un período de tiempo mucho más concentrado. Además, todo podría cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Si algo nos ha enseñado el coronavirus es que las cancelaciones y los aplazamientos estarán a la orden del día y que eso forzará cambios que hasta ahora parecían imposibles. La cuestión sigue siendo cuántos de esos cambios vendrán para quedarse… 

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