Mi jefa destrozó mi confianza en el trabajo: así estoy aprendiendo a recomponerme

Leah Campbell,
La autora dice que su jefa le hacía cuestionarse todo lo que hacía en el trabajo.
La autora dice que su jefa le hacía cuestionarse todo lo que hacía en el trabajo.Prasong Maulae/Getty Images
  • En mi primer trabajo, nada más acabar la universidad, tuve una jefa que me hizo cuestionarme mi valía.
  • Desde entonces, no he dejado de dudar de mí misma en el trabajo.
  • Pero la experiencia me ha enseñado que los jefes son solo personas, y que algunos no están hechos para liderar.

"Deberías comprarte otro tipo de mochila", me dice mi jefa, mirando la negra que tengo a mi lado. "Los adultos no llevan mochilas al trabajo".

Me pilló por sorpresa. Empecé a tomar conciencia de mi atuendo. De repente, me sentí como una niña pequeña que se viste con la ropa de su madre, imitando la edad adulta.

Por sí solo, el comentario no me habría importado. A la semana siguiente vine con un maletín nuevo, que se podía convertir en mochila, como mi pequeña forma de rebelión. Y ahí debería haber acabado todo. Pero después de varios meses de constantes recordatorios de lo poco experimentada que era en comparación a los demás, e indirectas sobre mi forma de hacer las cosas, hasta el más mínimo comentario bastaba para convertirme en un lamentable charco de dudas sobre mí misma.

Al final, mi jefa tóxica me hizo perder la confianza en mi trabajo. Y sigo esforzándome por recuperarme.

Antes de empezar el trabajo, tenía confianza en mí misma

Estaba acostumbrada a superarme, y tenía una confianza en mí misma que solo un recién graduado puede tener.

Antes de conseguir este trabajo, había solicitado y sido rechazada de más de 100 empleos. Pero los rechazos no me afectaron. Solicité puestos para los que no estaba para nada cualificada, pero que no tenía ninguna duda de que podría conseguir. Solo necesitaba que me aceptaran, y prosperaría. Por fin conseguí una oferta permanente a tiempo completo: mi primer trabajo "de verdad".

"Tienes menos experiencia de la que imaginábamos, pero vamos a arriesgarnos contigo", me dijo mi jefa cuando me ofreció el puesto. En aquel momento, me pareció la palmadita en la espalda que estaba esperando.

Pero al poco tiempo empezó a sonar más como una amenaza.

Jefe y empleada

Cuando empecé a trabajar, me di cuenta de que mi jefa tenía un lado problemático...

Mi pésima jefa, una persona perfectamente encantadora fuera de la oficina, podía llegar a hacerme cuestionar todo lo que hacía.

Si un plan no salía bien, no era porque este fuera malo, sino porque yo no lo había ejecutado correctamente. Si un tercero no hacía lo que esperábamos, no era porque tuviera ideas distintas, sino porque yo no había comunicado bien nuestras expectativas. Si tenía que seguir haciendo preguntas sobre un encargo, no era porque sus instrucciones fueran poco claras; era porque no había estado escuchando.

Con el tiempo, empecé a darle la razón.

Cada vez que su nombre aparecía en mi bandeja de entrada o en mi teléfono, me invadía el terror. Pensaba en todo lo que podía haber hecho mal. Cuando me enteré de que se iba a tomar una excedencia, y se lo había dicho a todo el mundo menos a mí, me culpé por haberla distanciado en lugar de pensar en lo raro que esto era por su parte.

Y cuando por fin decidí que ya estaba harta y adelanté mis planes para cursar estudios de posgrado, me convenció de que estaba siendo egoísta. En mi revisión anual, convertida en entrevista de salida, me destrozó, relatando todos los errores que había cometido, y descartando cualquier comentario que pudiera hacerle por considerarlo a la defensiva.

"Nos arriesgamos contigo", me recordó. Esa vez lo sentí como un disparo al corazón.

Todavía estoy intentando recuperar mi confianza

Varios años, y varios jefes después, todavía siento que las dudas me asaltan cuando tengo que tomar decisiones profesionales.

He dudado a la hora de solicitar un empleo si no estaba segura de estar lo bastante cualificada. Los correos electrónicos inesperados de un supervisor, y las revisiones anuales, siguen llenándome de ansiedad. Y cuando el año pasado me ofrecieron una gran oportunidad que tenía sentido profesional y financieramente, estuve a punto de rechazarla por no decepcionar a otro jefe.

Pero a medida que he ido adquiriendo experiencia, me he dado cuenta de que los jefes también son personas, con sus propias inseguridades y defectos. Ahora también puedo apreciar lo mucho que tuve que aprender a traducir los logros académicos en éxitos profesionales. Dicho esto, también me he convencido de que hay personas sencillamente son malas liderando.

Cuando finalmente le dije a mi nueva jefa que me iba el año pasado, hizo algo que la anterior nunca hizo: Me felicitó. Y eso marcó la diferencia.

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