He estado viajando más de 100 días por trabajo el último año y la crisis del coronavirus me ha abierto los ojos sobre la vida que llevaba

Hombre estresado en el trabajo
Getty Images
  • Hay momentos en los que me da la sensación de estar en medio de una película, de que las consecuencias de la pandemia del coronavirus ya las hemos vivido.
  • En los últimos meses sentía estar padeciendo el síndrome de la Reina Roja: hacer cada vez más para conseguir el mismo resultado.
  • Isaac Newton concibió la ley de la gravedad cuando estuvo confinado por la peste bubónica
  • Quizá toda esta crisis no sea más que un toque de atención de la Madre Tierra... o una buena oportunidad para replantearse el ritmo de vida y los hábitos
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Cintillo especial Coronavirus

Seguramente todo aquel que haya viajado a una ciudad conocida de Estados Unidos haya tenido la sensación de que ya ha estado ahí. Como si el cerebro hubiera captado una serie de señales que activaran recuerdos situados en lo más profundo de la corteza prefrontal. Como si los rastros kármicos que han pasado de una generación a otra fueran reactivados. Pero en realidad todo es más prosaico: hemos visto tantas películas y series estadounidenses que, al final, ese vínculo emocional que se ha generado tras años de visionado ha penetrado como una aguja hipodérmica en nuestro cerebro y nos ha generado ese falso recuerdo.

No pretendo ni mucho menos empezar a dar una clase de neurología, entre otras cosas porque soy un humilde juntaletras que sólo sabe que no sabe nada, pero lo cierto es que desde que comenzó a agravarse la situación con el coronavirus me hallo en una especie de sensación de bucle, como si ya hubiera pasado por esto. Al final, tras pensarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que el cerebro me estaba jugando otra de las suyas: tanta serie de conspiraciones que me he tragado y tanta película de ciencia ficción y desastres –que me chiflan, no sé por qué– me han provocado ese falso recuerdo.

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Ahora que estamos en los primeros estadios del confinamiento doméstico derivado de la declaración del estado de alarma, me siento como el personaje que interpreta Tim Robbins en Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, en la versión original). Si no la has visto, aprovecha para verla; a mi juicio es una película fabulosa, de diálogos sublimes. Y me siento como el protagonista porque, tras llevar una vida profesional agotadora, este parón forzoso me ha permitido reflexionar.

Fotograma de la película 'Cadena perpetua'. Copyright: Castle Rock Entertainment
Fotograma de la película 'Cadena perpetua'. Copyright: Castle Rock Entertainment

Una temporada con el 'síndrome de la Reina Roja'

No es que me dedique a picar piedra, pero por mi trabajo viajo mucho, quizá demasiado: el año pasado estuve 101 días de viaje, de los que 68 noches las pasé fuera de casa. ¡Más de dos meses! Me apasiona mi trabajo, me siento un afortunado porque me paguen por hacer lo que me encanta… pero estaba llevando un ritmo infernal. Acostumbrado como estaba a viajar todas las semanas, pensé que el parón abrupto me iba a pasar factura emocional, incluyendo todas las fases del duelo: shock, negación, depresión y recuperación. Sinceramente, no he pasado ninguna de esas fases. Al contrario, estoy agradecido. Agradecido porque paso más tiempo con mi familia –tengo un hijo pequeño que cada vez requiere más atención y se la merece– y disfruto de ella, y sobre todo porque tengo menos estrés. Llevaba una temporada con el síndrome de la Reina Roja.

El autor con su hijo en dos instantáneas.
El autor con su hijo en dos instantáneas.

Este concepto lo leí hace años en la obra A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll –el mismo autor de Alicia en el país de las maravillas–. En la obra, el personaje de la Reina Roja comenta lo siguiente: “Para quedarte donde estás tienes que correr lo más rápido que puedas. Si quieres ir a otro sitio, deberás correr, por lo menos, dos veces más rápido”. De ahí surgió la hipótesis del mismo nombre, que describe la necesaria adaptación continua de las especies sólo para mantener el statu quo con su entorno. Es decir, cada vez correr más, trabajar más, viajar más, escribir más… para permanecer en el mismo sitio, sin crecer, sin estar mejor. Agotador.

Desde que no viajo debido al coronavirus, he recuperado el placer de escribir reposadamente, de practicar el slow journalism (periodismo reposado, de calidad), he vuelto a leer sin prisas… y sobre todo he vuelto a encontrar tiempo para pensar. A llevar una vida contemplativa en el mejor sentido de la palabra. 

Efectos del confinamiento: Newton concibió la ley de la gravedad

He podido pensar con tranquilidad. Y eso se agradece. Al parecer, el gran Isaac Newton concibió la ley de la gravedad cuando, por culpa de la peste bubónica, tuvo que estar recluido en su casa. Yo no tengo esa mente tan brillante para concebir la fórmula de la Coca-Cola, pero recordando una película de las que me chiflan, El día de mañana (The Day After Tomorrow) he llegado a la conclusión de que, más allá de tratarse de un plan oculto de las farmacéuticas, una conspiración de los chinos, la última de Trump o todos esos bulos que van circulando por las redes sociales –y que son más dañinos que el propio coronavirus–, quizá esta pandemia haya podido surgir de forma orgánica.

Cartel de la película 'El día de mañana'. Copyright: 20th Century Fox
Cartel de la película 'El día de mañana'. Copyright: 20th Century Fox

Quizá la Naturaleza y la Madre Tierra, ante las atrocidades que el ser humano está cometiendo en el medio ambiente, haya decidido defenderse y darnos un toque de atención a los humanos de que no podemos seguir por este camino, por esta senda desenfrenada de un crecimiento económico a costa de todo y de todos.

Una oportunidad para resetear

Puede ser que la Madre Tierra nos haya enviado el coronavirus para que reseteemos y reflexionemos acerca de nuestra conducta y nuestros hábitos en relación a la naturaleza y al medio ambiente. Yo me planteo en estos días si es sostenible este consumismo desbocado... que luego conlleva toneladas de residuos, muchas de ellas terminando en los océanos. ¿Tiene sentido renovar vestuario cada dos por tres con lo que poco ecológico que es? ¿Tiene sentido ir en coche a comprar el pan cuando podríamos ir andando o en bici? ¿Es sostenible la superproducción en masa explotando los recursos naturales indiscriminadamente? ¿Hasta cuándo aguantará el entorno unas prácticas empresariales que buscan maximizar los beneficios a toda costa?

Quizá haya visto demasiadas películas –seguramente–, pero no vendría mal aprovechar este parón forzoso para replantearnos nuestra actual forma de vivir como sociedad, así como nuestra propia existencia. ¿No crees?

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