10 años del estreno de Juego de Tronos: la serie que forzó el lanzamiento de la plataforma de VOD de HBO y marcó el principio del fin de la ficción-fenómeno en televisión

Ned Stark en Juego de Tronos

HBO

HBO siempre se ha asociado al concepto de televisión de calidad. Tiene sentido que así sea, ya que de su cocina han salido algunos de los mejores programas de la televisión moderna. Apostaron por la ficción de prestigio, de presupuestos elevados y los creadores estrella, siendo Juego de Tronos uno de sus máximos exponentes. Ahora que se cumplen diez años de la emisión del primer capítulo y dado el actual nivel de desarrollo del streaming resulta inevitable pensar en lo que la serie supuso en el desarrollo online de HBO y si un fenómeno como el que impulsó esta serie se volverá a repetir en el futuro. 

Juego de Tronos adaptó a la pequeña pantalla Canción de hielo y fuego, la serie de libros superventas de George R. R. Martin. Contar con una sólida masa de fans garantizaba cierta notoriedad de cara al estreno, aunque también cierto recelo por las limitaciones de género (la fantasía épica). El perfil de audiencia (de clase media-alta, con recursos para pagar televisión de pago) tampoco jugaba a su favor, pero todos parecían confiar más en las ventajas: un reparto extenso (con personajes arquetípicos con los que la audiencia podría identificarse fácilmente) y los temas universales (como la justicia, el honor o la ambición) aderezado con intrigas palaciegas, romances, sexo, giros inesperados y muertes prematuras.

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La popularidad cocinada a fuego lento 

Juego de Tronos arrancó con una explotación comercial que, vista desde la posición actual, parece del siglo pasado. En EEUU la serie se podía ver en directo a través del canal de cable de HBO y, a posteriori, en la plataforma de televisión a la carta que la cadena ofrecía a sus clientes (HBO Go). A nivel internacional la serie se licenció a los principales canales de pago europeos, lo que otorgaba cohesión a la explotación en todo el mundo (encerrada en el ecosistema del pay TV) y a la vez reforzaba su aura delicatesen (la audiencia cualitativa). 

Lo que de verdad propulsó el fenómeno global, sin embargo, no fue su difusión legal, sino la piratería

Comenzaron a eclosionar nuevas masas de público más allá del muro del pago en todo el mundo. La serie salió del nicho y se volvió cada vez más generalista. El volumen de la audiencia fue creciendo gracias a que las temporadas anteriores estaban colgadas en Internet y ponerse al día de la serie de la que todo el mundo hablaba era sencillo. Temporada a temporada los niveles de conversación de la serie y las estadísticas de descargas confirmaban que Juego de Tronos se había convertido en una locomotora que la cadena no sabía cómo capitalizar. El interés en la serie no parecía suficiente para conseguir que la gente se abonase a la televisión de pago que la tenía dentro de su catálogo. 

El problema, al parecer, no era pagar sino pagar tanto.

La popularización del movimiento tronero tuvo un papel fundamental a la hora de superar la tradicional reticencia de la compañía de lanzar su propia plataforma de suscripción escindida del cable (y, por tanto, más asequible). En aquel momento Netflix ya comenzaba a demostrar que el pago por contenidos era posible si se ofrecía una plataforma accesible y asequible. Las estadísticas de consumo pirata en mercados internacionales y los primeros signos de apalancamiento de las suscripciones a la televisión por cable hicieron el resto. 

Ese fue el germen de la plataforma de suscripción de HBO, que al fin se podía contratar de manera independiente. Se presentó en 2015 durante un evento de Apple y un año después llegaba a Europa con una vocación clara: tratar de rentabilizar el interés en Juego de Tronos (su serie más popular) a través de un servicio más asequible y comenzar a trabajar en la renovación de audiencias de su prestigiosa marca, incorporando a su base de clientes nuevas masas de público joven. 

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El invierno finalmente llegó... para luego irse 

El final de Juego de Tronos vino acompañado de titulares que hablaban de fenómeno cultural. Y podría decirse que ninguna serie estrenada a posteriori ha logrado concentrar semejante nivel de consumo e interés. La razón tiene poco que ver con la calidad de la narrativa de los productos actuales y mucho con las dinámicas de mercado y la disciplina de emisión. Juego de Tronos se estrenó en un contexto en el que, aunque se comenzaba a hablar de burbuja audiovisual, todavía había cierto control en la oferta. Ni Netflix ni Amazon habían llegado a los niveles actuales de producción original. La oferta anual estaba todavía muy pautada por las cadenas. Era amplia, sin duda, pero abarcable. 

La fórmula del estreno, semana a semana, también contribuyó de manera decisiva a impulsar el estreno evento. A pesar de que la entrega semanal sigue existiendo, los estrenos actuales (bajo demanda) generan consumos menos sincrónicos que los que impulsa un programa en parrilla. El duelo entre temporadas, además, parece vivirse sin tanto dramatismo, ya que el nuevo estreno apuesta de la plataforma aguarda para llenar el espacio recién emitido. 

Los fenómenos televisivos parecen hoy tan fugaces como la labor de Ned Stark como Mano del Rey. Ay Ned. Todavía duele.

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