El 'boom' de la productividad impulsado por la pandemia del COVID-19 es un mito: esta es la razón, según los investigadores

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En septiembre de 2020, Janice Eberly dio una charla magistral en una sociedad financiera del Reino Unido. Normalmente, habría volado al extranjero y habría hablado en persona ante una sala de asistentes. Pero en medio de la pandemia de COVID-19, se dirigió a la gente por videoconferencia desde su casa en Illinois.

Tras la charla, Eberly, profesora de Finanzas en la Kellogg School of Management, charló con dos colegas y planteó la siguiente pregunta: 

¿Qué habría sido diferente si la pandemia de COVID-19 hubiera ocurrido a principios de la década de 2000, cuando la mayoría de la gente no tenía banda ancha en casa y Zoom no existía?

Sin duda, el virus habría sido catastrófico para la salud pública y la economía. Pero en el pasado, las empresas también habrían despedido a la mayoría de los trabajadores de oficina; ahora, muchas personas siguen haciendo su trabajo a distancia.

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Los investigadores se han preguntado qué diferencia habría entre las dos realidades alternativas. Y, en un análisis de siete países, el equipo ha descubierto que el PIB habría caído de forma mucho más pronunciada a principios de 2020 si la gente no hubiera podido trabajar desde casa.

La contribución económica de los trabajadores a distancia no sólo procedía de su trabajo, sino también de que estos trabajadores aportaban su propio capital. Por ejemplo, convirtieron partes de sus casas en oficinas improvisadas y cubrieron el coste de servicios como la electricidad y las conexiones a Internet. 

También reutilizaron equipos informáticos que habían sido comprados originalmente para uso personal para realizar tareas de trabajo.

No está claro si las empresas y los empleados seguirán –o deberían– impulsando el trabajo a distancia en el futuro. El estudio del equipo sugiere que el trabajo en muchas industrias es altamente "sustituible", lo que significa que los empleados son generalmente capaces de realizar las mismas tareas en casa que en la oficina. 

Además, la gente ya tiene instalada su oficina en casa, por lo que se requiere poco esfuerzo para permanecer a distancia.

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Pero trabajar desde casa también tiene sus inconvenientes. Por un lado, empuja a los empleados estar lejos de tener un fuerte apego con la empresa, según ha asegurado Eberly. Este tipo de acuerdo podría ser, en última instancia, perjudicial tanto para la empresa como para el trabajador.

"Me preocupan los beneficios a corto plazo y los costes a largo plazo para ambas partes", afirma.

Construir la resiliencia

Las empresas se han esforzado en el pasado por crear planes de reserva para momentos de crisis. Por ejemplo, algunas empresas organizaron espacios alternativos en los que los empleados pudieran trabajar si se cortaba la electricidad en sus edificios. 

También hay organizaciones que formaron a los empleados para que los servicios críticos pudieran ser realizados, por ejemplo, por la oficina de Chicago si la de Nueva York se quedaba sin electricidad.

Por lo general, los directivos pensaban que estas medidas provisionales sólo se utilizarían brevemente. En el caso de COVID, "esa estrategia que preveía la necesidad de hacer durante unos días ha acabado siendo de casi dos años", ha sentenciado la profesora de finanzas.

Aun así, las empresas pudieron reunirse, gracias a los portátiles equipados con cámaras web y a las rápidas conexiones a Internet que los empleados ya tenían a su disposición en sus casas, junto con un software de videoconferencia fácil de usar.

Entonces, ¿cuánto contribuyeron los empleados a la economía al pasar a trabajar desde casa? Para cuantificarlo, Eberly colaboró con unos compañeros con los que había charlado en la conferencia, Jonathan Haskel, del Imperial College Business School, y Paul Mizen, de la Universidad de Nottingham, ambos de Reino Unido.

El equipo se centró en siete países: Estados Unidos, Reino Unido, España, Francia, Italia, Alemania y Japón.

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Los investigadores recopilaron datos sobre el PIB de los países, el número de personas empleadas y las horas que trabajaban. También recopilaron información sobre el capital en el lugar de trabajo, basándose en la cantidad de dinero que las empresas habían invertido en gastos como equipos, mobiliario de oficina y propiedades. 

Los registros del uso de la electricidad comercial permitieron al equipo estimar el grado de utilización de oficinas, fábricas y otros espacios de trabajo. Y utilizando los datos de movilidad de Google, el equipo también pudo estimar el número de horas que los empleados trabajaban a distancia o en persona.

Un falso auge de la productividad

En primer lugar, los investigadores examinaron el descenso de la producción en las instalaciones de las empresas, como oficinas y fábricas. Calcularon la caída prevista del PIB de cada país basándose en esas cifras —que mostraban lo que habría ocurrido sin la transición al trabajo a distancia–y las compararon con las tendencias reales del PIB.

De media, el PIB habría caído casi el 50% entre el primer y el segundo trimestre de 2020 si nadie hubiera podido trabajar desde casa, estima el equipo. La contribución del trabajo a distancia fue "enorme", asegura Eberly.

A continuación, el equipo también analizó la productividad: la eficiencia de la producción tras tener en cuenta todos los insumos y productos. De forma anecdótica, la profesora cuenta que han visto que las empresas sentían que su producción había aumentado con el confinamiento. 

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Aunque eso se debía al recorte drástico del gasto en las oficinas y a un menor uso de las servicios públicos, lo que hizo disminuir los costes mientras que los trabajadores eran igual de productivos que antes de la pandemia. 

Pero esta medida de la productividad no tiene en cuenta el hecho de que el espacio de trabajo y los servicios públicos se seguían utilizando en los hogares para apoyar la empresa; sólo los pagaban los empleados. "No se contabilizan todos los coste", explica Eberly.

Entonces, ¿deben las empresas pagar el capital que aportan los trabajadores, como el espacio de su oficina en casa y las facturas de electricidad? Los trabajadores aún no han hecho un gran alarde de estos costes, quizá porque ya no tienen que pagar los gastos de desplazamiento. Pero es posible que acaben pidiendo a las empresas que los compensen.

"Esto podría convertirse fácilmente en parte del contrato", dice Eberly.

De Netflix a PowerPoint

Los investigadores se centraron entonces en los equipos informáticos de los empleados en casa. Muchas personas ya tenían ordenadores portátiles y conexiones a Internet en casa que habían comprado para uso personal y reutilizado para el trabajo durante la pandemia. ¿Qué valor tenía ese tipo de capital para la economía?

Descubrieron que, en general, los equipos informáticos domésticos de los trabajadores contribuían a la producción de los países en la misma medida que los que las empresas utilizaban en sus lugares de trabajo. Este resultado se calculó utilizando una medida denominada elasticidad de la producción. 

Resulta un tanto sorprendente que la contribución del capital doméstico esté a la par con la de los centros de trabajo, opina Eberly. "No es que hayas optimizado la configuración de tu ordenador doméstico" para tu trabajo en la oficina, dice. "Probablemente lo eligió para ver Netflix".

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El equipo no pudo medir directamente si la gente era más productiva en casa o en el trabajo. Pero sí investigaron una cuestión relacionada: cuando a las empresas les empezara a costar más tener a los empleados trabajando en persona –quizá debido a medidas de seguridad y distanciamiento social–, ¿responderían incitando a la gente a que hiciera su trabajo en casa? 

Esto sugeriría un alto grado de "sustituibilidad", es decir, que gran parte del trabajo de un empleado podría realizarse en casa o en la oficina.

Para investigarlo, los investigadores analizaron los datos de una encuesta realizada en el Reino Unido. Se preguntó a empresas de diversos sectores cómo habían cambiado los costes de mantener a los empleados en las instalaciones en el transcurso de la pandemia

Los nuevos gastos podrían haber incluido la compra de mascarillas para el personal o la reorganización de los espacios de trabajo para que los empleados pudieran distanciarse socialmente.

A medida que aumentaban los gastos, las empresas de algunos sectores –sobre todo las de servicios profesionales– enviaban a sus empleados a trabajar a casa con mayor frecuencia. Y cuando los gastos volvieron a bajar, la gente regresó a sus oficinas.

Lazos más débiles

Está claro que el trabajo a distancia ha ayudado a reforzar las economías durante la crisis, a pesar de los retos que suponen la rapidez de los cambios, las exigencias de los cuidados familiares y la propia pandemia. Entonces, ¿deberían las empresas y los empleados adoptar automáticamente el trabajo a distancia en un futuro indefinido?

No necesariamente, según explica Eberly. Cuando las personas no sólo aportan mano de obra, sino también capital, se asemejan más a los trabajadores autónomos que son responsables de su propio equipo. El trabajo a distancia también podría debilitar las conexiones con los colegas y el apego de los empleados con su organización.

Desde el punto de vista de la empresa, esa mentalidad aumenta el riesgo de que los empleados sean más propensos a dejar su trabajo por mejores condiciones. Y para los trabajadores, el crecimiento de su carrera podría estancarse; ascender en una organización a menudo depende de desarrollar fuertes lazos con los colegas durante muchos años.

"Se pierde la conectividad que podría ayudar a avanzar en el trabajo", afirma Eberly.

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