Mi cerebro con Ozempic

  • Lo que un medicamento para adelgazar me enseñó sobre la vergüenza y la fuerza de voluntad
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David Vades Joseph / BI

Albert Fox Cahn,

La calle estaba vacía, así que nadie podía verme llorando frente a las grandes puertas de cristal de la panadería Levain. Sin embargo, el personal sí me observaba desde dentro, atónito, sollozando, mareado de emoción por lo que un medicamento le había hecho a mi cerebro.

Son demasiadas las veces que las galletas Levain me han hecho flaquear: era capaz de romper fácilmente un día de dieta disciplinada por ellas. A menudo luchaba contra la tentación; a veces ganaba, pero con demasiada frecuencia decía ante la recompensa de dopamina (la boca salivando, la garganta en tensión) que sentía al imaginarme probando las galletas, algo de lo que luego me arrepentía y que me hacía sentir vergüenza.

Así que cuando me di cuenta de que de repente no me importaba entrar en la tienda, no me fie. Me obligué a visualizar ese primer bocado, esperando que se me hiciera la boca agua y me doliera la mandíbula… pero nada. Al comprender que podía ganar mi batalla diaria sin ni siquiera esforzarme, me sentí como si hubiera aprendido a respirar bajo el agua, como si hubiera perdido el peso suficiente para levitar.

Era muy escéptico con los elogios que recibía el Ozempic y otros medicamentos GLP-1. Al igual que muchas personas con sobrepeso crónico, lo había visto todo: estimulantes, suplementos, bajas en carbohidratos y grasas, ayuno intermitente e incluso laxantes. Pero estos medicamentos no se parecen para nada a lo que esperaba. En realidad no son "medicamentos para adelgazar" en absoluto. Son algo mucho más potente y surrealista: una fuerza de voluntad inyectable.

La creciente popularidad de los GLP-1 no solo significará que millones de personas que hemos sufrido y nos hemos culpado por tener sobrepeso podremos ganar esa batalla. Significará también una reevaluación de nuestra concepción del libre albedrío humano, así como de nuestra torturada relación con la vergüenza.

Gran parte de la cultura de las dietas y de nuestra cultura en general, menosprecia las decisiones que tomamos sobre la comida. ¿Qué ocurre, entonces, cuando un medicamento revela que comer, jugar y tantos otros comportamientos no son elecciones? Al igual que cuando el Prozac desmontó el mito de que la depresión es una cuestión de actitud, o cuando los avances científicos anteriores refutaron la idea de que enfermedades como el cáncer eran acusaciones morales, los GLP-1 y medicamentos similares están cambiando nuestro sentido compartido de lo que es censurable y lo que es biología.

Serdar Deniz

Quienes tengan la suerte de no tenido que luchar contra su peso, deben comprender lo inútiles que son la mayoría de las estrategias para adelgazar. Aunque la gente puede "tener éxito" con una dieta durante meses, o incluso un año, muchas personas que hacen dieta acaban recuperando peso

La mayoría de las docenas de dietas y planes de salud que he seguido durante más de 30 años me han servido durante un tiempo, pero han acabado siendo un fracaso. Durante mucho tiempo, la única estrategia basada en pruebas para controlar el peso de forma segura y a largo plazo era la cirugía. Pero la cirugía gástrica es cara y dolorosa, y muchos pacientes acaban recuperando peso.

En realidad no son medicamentos para adelgazar. Son algo mucho más potente y surrealista: una fuerza de voluntad inyectable

Además, a menudo el peso no influye en la salud. Durante décadas, los movimientos por la aceptación y los derechos de las personas gordas han puesto de relieve cómo la discriminación por el tamaño afecta a cientos de millones en todo el mundo. Los prejuicios contra la gordura cuestan puestos de trabajo, relaciones, acceso a espacios públicos y mucho más. La vergüenza de la gordura y la discriminación por la talla también alimentan trastornos alimentarios que afectan a decenas de millones de personas y matan a más de 10.000 al año, solo en Estados Unidos. Pero incluso cuando la cultura de la dieta es mortal para algunos y discriminatoria para innumerables más, muchos de nosotros tenemos una necesidad médica de perder peso.

En 2017, todo cambió durante mi revisión médica: las impactantes cifras de colesterol se convirtieron en visitas al especialista y luego en una sombría advertencia de que mi esperanza de vida se estaba acortando. Así que empecé un proyecto de pérdida de peso, ejercicio y cambio de estilo de vida. Creé una hoja de seguimiento con una amiga; inventamos una serie de premios para las semanas en las que manteníamos la dieta y castigos cuando no. Después de leer tantos estudios sobre la tasa de fracaso de las dietas, decidí que necesitaba algo que realmente me aterrorizara si me saltaba las normas. Así que extendí un cheque de 10.000 dólares (casi 9.300 euros) a la organización que más odiaba en el mundo, la Asociación Nacional del Rifle, y se lo envié a mi amiga. Gracias a la combinación de incentivos, responsabilidad, presión social y la imagen mental de Wayne LaPierre cobrando alegremente mi cheque, perdí 18 kilos e incluso corrí un maratón.

Pero no pude dejar atrás las estadísticas, y durante el confinamiento por el COVID perdí gran parte de los progresos que había hecho. (No, la Asociación del Rifle nunca recibió ni un céntimo.) Incluso después de la época de la pandemia, cuando salía a correr y levantaba pesas todas las semanas, no conseguí mantenerme.

Al comprender que podía ganar mi batalla diaria contra la tentación sin ni siquiera esforzarme, me sentí como si hubiera aprendido a respirar bajo el agua, como si hubiera adelgazado lo suficiente como para levitar.
Al comprender que podía ganar mi batalla diaria contra la tentación sin ni siquiera esforzarme, me sentí como si hubiera aprendido a respirar bajo el agua, como si hubiera adelgazado lo suficiente como para levitar.

David Vades Joseph para Business Insider

La experiencia de mi amiga después de nuestro reto de salud fue muy diferente. A principios de 2022, empezó a tomar Ozempic. Este medicamento inyectable simula el GLP-1, una hormona que regula el metabolismo. Poco después, cambió a Mounjaro, que también simula una segunda hormona llamada polipéptido inhibidor gástrico, o GIP. Los resultados fueron asombrosos. Mientras yo iba de dieta en dieta, renunciando a los carbohidratos y haciendo ayuno intermitente, mi amiga perdía peso semana tras semana sin reglas ni restricciones aparentes. El verano pasado me sentí tan atascado, cabreado e incluso desesperado que le di una oportunidad a Mounjaro.

Milagrosamente, en menos de una semana recibí una receta de mi médico. Mi seguro me ayudaría a cubrir el coste; no necesitaba autorización previa. El dependiente del CVS (un supermercado que dispone de farmacia) dijo que era la primera vez que veían a alguien gastar solo 20 dólares (18,56 euros) por un medicamento que suele costar entre 1.000 y 1.200 al mes (entre 930 y 1.100 euros aproximadamente). Tuve mucha suerte. Muchos seguros se han negado a cubrir los GLP-1 para la pérdida de peso, alegando la limitada aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos. Pero recetar GLP-1 para adelgazar es legal, y el aumento de su popularidad ha provocado escasez de fármacos. Lamentablemente, muchas de las personas más expuestas a enfermedades relacionadas con la obesidad y la diabetes han tenido dificultades para acceder al medicamento. Y, como ocurre con cualquier otro aspecto de la medicina estadounidense, el impacto es más agudo en las comunidades de color con bajos ingresos.

Me sentía como si estuviera apuntando con una pistola cargada a la barriga de gran tamaño que odiaba

Me daba escalofríos sostener la inyección, aún fría de la nevera. Sentí como si estuviera apuntando con una pistola cargada a la barriga de gran tamaño que odiaba. Respiré hondo, pulsé un botón, me preparé para el dolor y... no sentí casi nada. Fue tan decepcionante que llamé a mi amiga para asegurarme de que no la había cagado. Luego seguí con mi día.

El cambio comenzó a la mañana siguiente. En el frenético diluvio de correos electrónicos y Zooms, me olvidé de desayunar. A las 2 de la tarde, me di cuenta de que llevaba desde las 6 de la mañana sin probar bocado y seguía sin tener hambre. Cuando entré en la cocina, me sorprendió aún más ver la cafetera casi intacta. Como joven abogado, solía tomar de dos a tres tazas diarias. Nunca pensé que mi hábito del café fuera una adicción o un mal control de los impulsos, sino simplemente lo que me pedía el cuerpo para seguir el ritmo del trabajo. Pero, de repente, mis decisiones cambiaron.

Y cuando salí de mi edificio para comer, pasé por Levain y no sentí nada, me di cuenta del enorme cambio en mis decisiones.

Lo que pasa cuando sientes vergüenza constantemente, es que no tienes ni idea de lo pesada que es hasta el momento en que dejas de sentirla. Si me hubieran preguntado qué pensaba del peso antes de tomar Mounjaro, habría dicho que era frustrante pero que, en general, no era para tanto. Luchaba con la dieta y los impulsos, pero ¿no lo hacía todo el mundo? Solo un día después de la primera inyección, me di cuenta de lo mucho que me habían dolido mis kilos, y de cómo la humillación de la obesidad se había convertido en un elemento central de cómo me definía a mí mismo.

No sé cuándo empecé a tener sobrepeso, pero recuerdo el momento en que me enseñaron a avergonzarme de ello. Era Halloween, y un grupo de niños de 8 años nos dedicamos a llamar a la puerta de decenas de pisos sin ascensor para celebrar la fiesta. Empezamos en el último piso del almacén de aduanas, que yo llamaba hogar en Greenwich Village antes de cruzar la ciudad hasta llegar al edificio de 20 plantas y 500 viviendas de mi amigo. Horas más tarde teníamos bolsas de caramelos casi tan grandes como nosotros. Me senté en el sofá de mi amiga para saborear el primer caramelo de la noche, pero cuando arranqué el envoltorio rojo del Kit Kat, una voz familiar me dijo: "No". Tartamudeé alguna pregunta confusa: ¿Por qué no podía empezar cuando todos los demás se estaban atiborrando? "Porque tú estás gordo y ellos no", dijo la voz.

Ozempic

La vergüenza de aquel momento se me quedó grabada durante décadas: un espejo de feria que me transformó de niño en cerdo. Se convirtió en una parte inamovible de lo que yo concebía como mi yo esencial. Yo era un "niño gordo". Una vez que interioricé esa etiqueta, se hizo indeleble. No importaba cuál fuera mi peso real, lo veía a través de esa lente de fracaso moral. El sobrepeso, la obesidad y, finalmente, la obesidad mórbida parecían mi destino, el subproducto inevitable de no haber dado prioridad a mi salud sobre mi apetito. Incluso cuando hacía dieta o corría la maratón de Nueva York, seguía considerándome una persona profundamente defectuosa por las decisiones que tomaba con respecto a la comida. La vergüenza hacia los gordos que sufrí de niño formaba parte de mí, por mucho que corriera o me pusiera a dieta. Y con esa primera inyección de Mounjaro, empezó a desaparecer. Me di cuenta de que, mientras los adultos y los médicos me culpaban por comer en exceso, mi propia biología me había predispuesto al fracaso.

Cuando uno se define a sí mismo por su sobrepeso, por su sensación de debilidad y fracaso, se distorsiona la forma en que ve cualquier otro aspecto de la vida. Se mire por donde se mire, soy una persona muy motivada. Tras licenciarme en Derecho en Harvard, trabajé en uno de los mejores bufetes del país antes de fundar una organización sin ánimo de lucro dedicada a los derechos civiles. He corrido docenas de carreras de larga distancia, he aparecido en cientos de segmentos de televisión y he competido en una docena de concursos de relatos. Pero seguía considerándome una persona perezosa e indisciplinada. Claro que corría 50 km a la semana, pero era a "ritmo de gordo". Claro que jugaba al tenis cuatro, cinco e incluso seis horas durante el fin de semana, pero lo hacía a un ritmo "fácil". En el trabajo, la imagen corporal alimentaba el síndrome del impostor que destruía lo que yo construía. Y en lo que se refiere a las citas, no sé ni por dónde empezar.

Estos medicamentos pueden reprogramar no solo la forma en que nuestro cerebro toma decisiones, sino también cómo nos vemos a nosotros mismos

Todos esos sentimientos no desaparecieron en el instante en que me puse la primera inyección, pero por primera vez en mi vida pude verlos a distancia, trazando el mapa de los tenues hilos que los ataban a dolorosos recuerdos de la infancia. No importa cuántas veces te digan que el metabolismo de cada persona es diferente, no lo crees de verdad hasta el momento en que lo sientes.

Otros han señalado las cuestiones que plantean estos fármacos sobre el libre albedrío, pero muchas de estas conversaciones han pasado por alto el papel que desempeña la vergüenza en cómo percibimos el peso. Estos fármacos pueden reprogramar no solo la forma en que nuestro cerebro toma decisiones, sino también cómo nos vemos a nosotros mismos. Pueden detener ese círculo vicioso de vergüenza que se siente al comer y tener sobrepeso.

Después de ver mi propia respuesta al Mounjaro, no me sorprendió saber que los investigadores están estudiando si los GLP-1 pueden tratar las adicciones a las drogas, el alcohol, el tabaco e incluso el juego. Algunas personas han informado de que les han ayudado a controlar comportamientos compulsivos como hurgarse la piel. Pero los datos son preliminares y es posible que estos fármacos no funcionen en todos los casos. Aun así, parece claro que estos medicamentos pueden ayudar a moldear nuestros comportamientos de una forma que antes no era posible. Ahí es donde empiezan las preguntas verdaderamente difíciles.

Los GLP-1 ponen de relieve la frecuencia con que culpamos, e incluso castigamos, a las personas por decisiones que no son realmente suyas. Y esto va mucho más allá de la comida. La mayoría de los juristas piensan que el castigo es injusto si no hay culpabilidad, pero muchos de los que están en nuestras cárceles y prisiones son detenidos por una adicción. Queremos poder delimitar el cerebro y el cuerpo, desenredando lo que es elección y lo que es ansia. Pero es una farsa. Las personas con adicciones graves (y sus familias) saben desde hace tiempo que la biología y la cognición están vinculadas. Los GLP-1 proporcionarán a millones de personas más este conocimiento crucial, poniendo en tela de juicio gran parte de nuestro sistema penal. 

La culpabilidad es la piedra angular de la criminalización. Por eso (al menos en teoría) no castigamos a las personas por delitos que cometen por accidente, cuando están incapacitadas o cuando se les apunta con una pistola.

Visto a través de la lente del GLP-1, gran parte de nuestro sistema legal se parece a la película Minority Report de Steven Spielberg. La película planteaba un futuro sombrío en el que los sospechosos eran detenidos por delitos que aún no habían cometido, pero que algún día cometerían. Al verla, uno se siente muy mal al encarcelar a personas que ni siquiera han decidido infringir la ley. Y esa misma sensación podría influir en nuestra forma de ver el enjuiciamiento de los conductores ebrios, los delitos de drogas y muchos otros.

En sólo los últimos cinco meses, Mounjaro me ha cambiado la vida de forma desconcertante.
En sólo los últimos cinco meses, Mounjaro me ha cambiado la vida de forma desconcertante.

David Vades Joseph para Business Insider

Otras cuestiones controvertidas, como cuándo y cómo administrar GLP-1 a los niños, llegarán incluso antes. Alrededor del 17% de los niños estadounidenses de entre 10 y 17 años son obesos. Aunque muchos no cumplen los estándares actuales de masa corporal, ya se está recomendando a millones de niños que adelgacen. ¿Quién debe decidir si utilizar GLP-1? ¿Debería ser una opción? Una cosa sería que estos medicamentos solo sirvieran para perder peso, pero alterar la mentalidad de un niño durante su desarrollo podría tener efectos de por vida. Las cuestiones morales se vuelven aún más espinosas en los casos en que niños y padres no están de acuerdo. La ética del consentimiento se vuelve increíblemente compleja de manejar.

En solo los últimos cinco meses, Mounjaro me ha cambiado la vida de forma desconcertante: he perdido más de 12 kilos, he vuelto a correr (terminando mi primera media maratón desde que empezó la pandemia) y tengo el colesterol y la tensión mejor que nunca. Me he liberado de una lista cada vez mayor de medicamentos a los que los médicos me advertían que podría estar encadenado el resto de mi vida.

Poco antes de escribir este artículo, dejé de tomar Mounjaro durante un mes. Quería ver cómo sería volver al statu quo. Mientras que muchas personas que dejan de tomar GLP-1 vuelven a engordar, yo conseguí no volver a engordar. Sin embargo, fue una victoria vacía, porque pasé un mes de agonía. Me obligaba constantemente a alejarme de las cosas que quería, a ignorar la infinita variedad de tentaciones. Pero por muy pesada que fuera esa carga, había algo que la hacía más llevadera: no me pesaba la vergüenza.

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