De la pandemia a la guerra: cronología de cómo se ha gestado la gran ola de malestar social

Ilustracion malestar caos

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"No hace falta que os diga que las cosas van mal, todo el mundo lo sabe", suelta un colérico Howard Beale en el mítico monólogo de Network

"Las cosas tienen que cambiar. Pero antes, tienes que enfadarte. Luego veremos qué hacemos con la recesión y la inflación, y los rusos y la crisis del petróleo", gritaba Beale. En la siguiente escena, miles de ciudadanos se lanzan hacia las ventanas y un sólo grito recorre Estados Unidos: "¡Estoy harto y no pienso aguantar más!". 

Hoy hay un hartazgo similar que embarga a la sociedad. En España encendió las alarmas con el gran paro de los transportistas de marzo, que dejó hileras de estanterías vacías en los supermercados e hizo cundir el pánico del desabastecimiento

Pero antes de eso fueron las protestas del metal, del campo y las huelgas de las conserveras. Y ahora también los funcionarios, el hartazgo que arrastran los sanitarios, y hasta los empleados de las embajadas. Todos ellos protagonizan una oleada de movilizaciones en las que se traduce este gran malestar.

"Hay un sentimiento de malestar y que puede medirse a través de varias herramientas", asegura Michalis Lianos, profesor de Sociología en la Universidad de Rouen-Haute Normandie, que ha estudiado en profundidad el movimiento de los chalecos amarillos en Francia.

Lianos pone el foco en los últimos resultados electorales para mostrar la prueba de ese hartazgo: "El colapso del espacio político de centro-derecha y centro-izquierda no es una coincidencia".

Pero va más allá de la política. "Todos los indicadores: confianza consumidor, percepción empresarial... están en niveles bajísimos", confirma José García Montalvo, catedrático de Economía en la Universidad Pompeu Fabra. 

En marzo, el Índice de Confianza del Consumidor tocó mínimos no vistos desde la pandemia, según el CIS. Fue precisamente la pandemia el acontecimiento que sembró el malestar en una sociedad que todavía arrastra secuelas de la última crisis.

La pandemia: el germen del malestar

En marzo de 2020, cuando España declaró el estado de alarma, Simón tuvo que bajar la persiana de La pequeña Graná, su bar de tapas, ubicado en el madrileño barrio de Embajadores. 

"Tuvimos 3 meses de parón y unos meses difíciles. Luego empezamos a remontar pero, cuando llegaba la hora de hacer más caja, teníamos que cerrar por restricciones de horario. Ahí lo pasamos muy mal", explica Simón.

Aurora hizo lo mismo, pero con su gimnasio, en un pueblo cercano a Alicante. Carmen y Cristina, vigilantes en un museo de Murcia, también lo sufrieron: en primavera de 2020, la empresa les aplicó un ERTE.

"Fue algo completamente inesperado", recuerda Pedro Rey, profesor del Departamento de Economía de Esade, especializado en economía del comportamiento. "Éramos unas generaciones que no habíamos vivido una crisis de estas características ni pensábamos que lo fuéramos a vivir".

Prácticamente de un día para otro, todo el país bajó la persiana y se encerró en casa para no volver a salir en casi 3 meses. Todavía hoy persisten las huellas del parón, con empresas que no sobrevivieron, empleados que siguen en ERTE —aunque cada vez menos— y negocios que no han vuelto a ver la actividad de 2019.

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Un terreno abonado por heridas sin cerrar de la crisis financiera

Pero el germen del malestar sembrado por el COVID-19 penetró en un campo ya abonado por las heridas sin cerrar de la última gran crisis. 

"En 2020, todavía no habían desaparecido algunos efectos de la última crisis. Llevábamos 2 o 3 años de recuperación, en que las cosas empezaban a ir mejor. Entonces, irrumpió el COVID-19. Ha sido un shock muy fuerte, muy inesperado y que ha durado mucho en el tiempo", añade Rey. 

Diego Alarcón había montado Otto tea, una empresa de distribución de café, té e infusiones. La creó junto a su padre, después de que les echaran de su anterior empleo en la última crisis. 

"Ganábamos bien, teníamos grandes clientes, con cadenas hoteleras como Meliá, pero cuando llegó la pandemia nos quedamos sin trabajo", cuenta. No ha sido hasta ahora, 2 años después, cuando han podido retomar la actividad, "y todavía muy poco a poco".

Diego Alarcón (derecha) en su empresa, Otto tea, que distribuye café, té e infusiones en monodosis.

"La Gran Recesión de 2008 ha proseguido, aún subrepticiamente, con los episodios pandémicos en el mantenimiento y crecimiento del malestar ciudadanos", corrobora Luis Moreno, investigador ad honorem del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC.

Cuando el malestar se incrusta, aparece el desánimo

2021 arrancó con una esperada noticia bajo el brazo: la llegada de la vacuna contra el COVID-19. El éxito de la campaña de vacunación, sumado a la llegada de miles de millones de euros de los fondos europeos, auguraba un gran año.

Pero entonces llegaron las variantes, y sectores clave para la economía, como el turismo, o la propia demanda nacional, no terminaban de remontar. El resultado fue agridulce: el empleo se recuperó a pasos agigantados, marcando récord tras récord de afiliación, pero el PIB sigue por debajo de 2019.

"Cada vez que pensábamos que salíamos de una ola, ha venido la siguiente. Esto sí termina calando. Llega un momento en que te preguntas cuándo va a terminar todo esto, cómo voy a planificar mis decisiones de futuro", argumenta Rey.

Cada ola iba acompañada de una sucesión de restricciones, dentro y fuera de las fronteras, que a su vez desencadenaron una oleada de protestas en toda Europa.

Durante todo 2021, pese a ser el año de la recuperación, Diego y su padre mantuvieron su empresa, Otto tea, cerrada. En su lugar, Diego fue encadenando trabajos en hostelería o como repartidor de Amazon. Pero tuvo que dejar el piso que alquilaba en Murcia y pedir un crédito ICO para pagar el alquiler de la nave industrial. "Con eso pudimos sostenernos, pero todo lo que tuvimos que sacar del banco lo estamos pagando ahora", lamenta.

Como ellos, otros tanto sectores que han tardado meses en recuperar la actividad. Carmen y Cristina han estado en ERTE desde el inicio de la pandemia hasta abril de este año. 2 años en ERTE, hasta que el Gobierno ha anunciado el fin de la medida en la modalidad por COVID-19. 

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La inflación y la guerra en Ucrania: la gota que colma el vaso

Y, cuando parecía que decíamos adiós a la pandemia, empezó a gestarse la tormenta perfecta.

Ahora, "después de 2 años de pandemia, más la pérdida de poder adquisitivo por la inflación, más la incertidumbre por la guerra en Ucrania, la gente está cansada", avisa Enrique Ayala, analista de la Fundación Alternativas.

En el gimnasio de Aurora, aunque han podido recuperar clientela, continúan un 10% por debajo de lo que tenían en 2019: "Sumado al coste de la luz, gas e impuestos, los ingresos reales se nos han caído un 25%. Si antes de la pandemia se te quedaba un sueldo de 1.500, ahora no llegamos a 1.200".

Simón cuenta que las cuentas en el bar empezaron a remontar en marzo de 2021. Justo ese mes, la inflación iniciaba una escalada que llevaría las subidas de precio a máximos no vistos desde mediados de los años 80. Ahora, después de más de un año sin facturar con normalidad, el aumento del coste de la luz y los alimentos les obliga a reducir márgenes.

La situación también es crítica en el campo, sostiene Jaume Bernis, ganadero de porcino en Lleida y responsable de Ganadería de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos de España (COAG): "Tenemos incrementos de casi el 70% en carburantes, del 125% en fertilizantes y del 40% en piensos. Es insostenible".

Bernis cuenta cómo la crisis del campo, que ya existía antes de la pandemia, se ha agravado con la guerra en Ucrania, y pide que se respete la norma de la cadena alimentaria, para garantizar que los productores no entren en pérdidas.

Jaume Bernis, en su nave de ganado porcino.

"Los ganaderos de vacuno llevan años muy malos, en una situación de pérdida continuada. Producir un litro de leche cuesta unos 0,44 euros y lo están pagando a 0,41. Está subiendo el precio de la leche en el supermercado, pero no llega a los ganaderos", se queja. Y avisa de que, "por desgracia, ya hay explotaciones donde se están sacrificando vacas porque no podían pagar para alimentarlas".

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"Después de la incertidumbre de 2 años sobre la posibilidad de superar la pandemia, identificamos un efecto más o menos generalizado de desánimo, de falta de energía, de frustración y hasta de miedo al enfrentar una nueva incertidumbre, la de la guerra y la amenaza nuclear. El descontento crece y se traduce en protestas o en la falta de confianza", diagnostica Lígia Ferro, presidenta de la Asociación Europea de Sociología (ESA) y profesora titular de la Universidad de Porto.

Varias investigaciones, señala Ferro, indican que la pandemia aumentó las desigualdades sociales con respecto al acceso a los cuidados de salud, a la educación, a la cultura, y expuso aun a más víctimas a la violencia en el contexto doméstico. 

"Todo esto tiene efectos negativos en los que ya antes de la pandemia eran más frágiles y vulnerables. Ahora, tenemos sociedades más desiguales que enfrentan una nueva crisis, y la inflación para muchas y muchos será sin duda la gota que colma el vaso", añade.

Un bálsamo para el malestar versus el hartazgo latente

Pero, aunque el desánimo se gestara con la pandemia, y hogares y empresas arrastraran sus consecuencias desde entonces, no se ha traducido en una gran movilización como los chalecos amarillos en Francia o el movimiento 15-M de 2011.

Sólo ha habido un pico. En la semana del 19 de marzo hubo 264 protestas, según datos de The Armed Conflict Location & Event Data Project. Esa fue precisamente la semana del gran paro del transporte.

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Este repunte en la conflictividad se debe, como apunta Montalvo, a que "lo que más enerva a la gente son los cambios en el precio de productos energéticos y del transporte". Lo vimos en la Primavera de Chile, en 2019, y con los chalecos amarillos, en Francia.

El Gobierno lo vio venir, y anunció una rebaja de 20 céntimos por litro al echar gasolina. La medida no sólo no era progresiva ni redistributiva (favorece más a los ricos), sino que encima supone que te dan dinero por emitir CO2. Pero, al mismo tiempo, no aplicarla podría haber tenido consecuencias peores en términos de protesta. Era un bálsamo para el malestar. Y funcionó.

Sin embargo, como apunta Lianos, puede haber malestar sin protestas: "La sensación de que las cosas van mal es un requisito previo que existe a menudo, pero conduce a la protesta colectiva sólo excepcionalmente". 

Pero hay otra razón por la que el malestar permanece silencioso, y es que no está claro a quién culpar por el hartazgo. 

"Las protestas ocurren cuando se llega a un nivel alto de hartazgo, cuando se sabe contra qué protestar y hay una perspectiva de que la protesta sirva para cambiar las cosas. Ni podíamos rebelarnos contra el COVID-19, ni contra un volcán, y ahora mismo no vamos a parar la guerra en Ucrania", apunta Rey.

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"Ya no estamos en el mundo que creíamos que íbamos a vivir"

Desde entonces, relata Rey, "llevamos una tras otra". "Cuando al desánimo de 2 años de COVID-19 le sumas la erupción del volcán en La Palma, la inflación y la guerra en Ucrania, llega un momento en que tenemos la sensación de que no estamos en el mundo en el que creíamos que íbamos a vivir.  Empezamos a asumir que lo normal es que vivamos en una crisis permanente".

La clave está en lo que diferencia la actual concatenación de tragedias de crisis anteriores y es un componente existencial. 

Como apunta Moreno, se ha pasado de una época de cambios a un cambio de época: "Hay una generalizada desazón por la acumulación de episodios que afectan a la vida de la gentes, tal y como se configuraba la vieja normalidad, lo que conlleva un ajuste vivencial difícil de gestionar, pero inevitable".

"Estas crisis tienen un orden de magnitud mayor que la crisis financiera", avisa Jorge Galindo, director adjunto del think tank EsadeEcPol.

La crisis de 2008-2012 afectó a mucha gente, cuenta Galindo, "pero no tocaba la dimensión existencial". Con la pandemia, llegaron a contabilizarse cientos de muertos diarios, hasta el punto de que se habilitó el Palacio de Hielo de Madrid como morgue.

"La pandemia nos apartó físicamente pero también socialmente y eso genera necesariamente una sensación negativa de estar más solo en sociedad", diagnostica Ferro.

"¿Vamos a poder salir adelante como sociedad?"

El germen del malestar pudo ser la pandemia, pero lo que lo alimenta es un dilema mucho mayor, observa Galindo, y tiene que ver con una pregunta existencial y con la idea de progreso: ¿vamos a poder salir adelante como sociedad?

"Para que podamos actuar y reconstruir los lazos que nos unen entre individuos en sociedad, es necesario conocer sistemáticamente lo que está pasando ahora mismo", observa Ferro, que apunta a la inversión en investigación y en las herramientas de las ciencias sociales para estudiar el contexto e ir a la raíz del problema.

El cultivo de los lazos a nivel local, en las asociaciones del barrio, en la escuela en cuanto madres y padres, así como en contextos más informales de participación también contribuyen a una mayor inclusión y para un crecimiento del sentimiento de bienestar, añade, acompañado de políticas sociales de apoyo a los más golpeados por la crisis.

"Creo que el problema es que, hace 20 años, te hacías esa pregunta y puede que la mayoría respondiera que sí. Ahora no lo tengo claro. Es diferente la incertidumbre que genera no saber cuándo tendrás trabajo que la de cuándo vendrá la próxima pandemia o guerra nuclear".

No sabemos si dentro de 20 años el mundo va a estar mejor y eso tiene expresiones en el corto plazo. Y, ante esta incertidumbre, añade Galindo, "las medidas son igual de pequeñas y de cortoplacistas y no nos solucionan la pregunta general".

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