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Teletrabajo, higiene, sanidad, investigación y educación: 5 lecciones que nos está dejando la crisis del coronavirus y que cuestionan nuestro modelo de sociedad

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  • La crisis del coronavirus ha obligado al Gobierno a tomar medidas extraordinarias, a las que la población y las empresas deben adaptarse, y también está poniendo a prueba la coordinación de las autoridades sanitarias a nivel mundial.
  • El teletrabajo, los protocolos de higiene, la asistencia regulada a centros de salud y la inversión en hospitales, las investigaciones para encontrar una vacuna o el sistema educativo a distancia nos llevan a reflexionar por qué nuestra sociedad se ha acomodado a ciertas cuestiones que nos impiden avanzar y mejorar nuestra calidad de vida, además de estar mejor preparados para situaciones extremas.
  • La puesta en marcha de estas medidas debería hacer reflexionar a empresas, administraciones, organizaciones sanitarias y a la población en general sobre si muchas de estas adaptaciones forzadas tendrían que haberse implementado hace tiempo y, a partir de ahora, ser permanentes.
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Coronavirus

La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba ayer el brote de coronavirus como “pandemia global”. Tedros Ghebreyesus, director general de la organización, comentaba que el elevado número de casos fuera de China hacía necesario cambiar la definición a la de pandemia.

Y es que mientras en China los nuevos casos de Covid-19 parecen remitir, fuera del país asiático estos no hacen más que aumentar; más de 115.000 casos en 114 países del mundo.

España, es uno de los más afectados. La propagación del coronavirus ha obligado a los Gobiernos centrales y locales a tomar medidas extraordinarias, algunas de ellas sin precedentes, para detener el aumento de contagios y muertes, tanto en España como en otros países afectados como Italia.

Esta semana se ha anunciado el cierre de colegios, escuelas y universidades en Madrid y Álava, así como la celebración de partidos a puerta cerrada y la cancelación de eventos de más de 1.000 personas, medidas que se suman a las recomendaciones sobre higiene personal que pueden minimizar el riesgo de contagio.

El problema es que estas medidas han puesto en evidencia cómo tanto muchas empresas como la población en general están ancladas en determinadas dinámicas que deberían estar ya superadas.

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Esta crisis, al menos, debería servir para que la sociedad en general se replanteara si determinados comportamientos y procesos deben cambiar para siempre

El teletrabajo debería ser la norma en muchos sectores, y no la excepción

teletrabajo
Business Insider España

Una de las primeras recomendaciones, tanto por parte del Ministerio de Trabajo como por el de Sanidad, se centra en la recomendación de trabajar desde casa (teletrabajo) y en la flexibilización de los horarios.

Para las pocas compañías que ya tienen implementado estas dinámicas, como es el caso de Axel Springer España (editora de Business Insider) desde 2014, la gestión de esta crisis en este sentido ha sido muy sencilla, pues todos los empleados cuentan con las herramientas y recursos necesarios para poder realizar su trabajo desde casa. Si acaso, tan solo se ha animado a la plantilla a hacer un uso aún más intenso de este sistema.

Sin embargo, otras empresas que aún están lejos de establecerlo, o lo han hecho de forma muy tímida, se han encontrado de repente con un problema enorme, pues no cuentan con los medios necesarios -como ordenadores portátiles para cada empleado o archivos y procesos cloud, que pueden compartirse desde cualquier lugar- para que la adopción de esa medida no suponga un importante trastorno en su actividad.

Según las estadísticas de Eurostat, tan solo un 4,3% de los trabajadores en España se conecta a distancia para trabajar, un porcentaje que queda muy por debajo de Países Bajos (14%) o Finlandia (13,3%).

El miedo de los directivos a que baje la producción, la obsesión por el trabajo presencial como una (ficticia) forma de control o la falta de conocimiento para dar los primeros pasos retrae a los responsables a la hora de implementar un sistema que está demostrado que aumenta la felicidad de los empleados, y por tanto su rendimiento; que permite una mejor conciliación y supone un ahorro de costes, tanto a nivel individual (transporte, comidas) como global (contaminación, uso energético, etc).

Quizá la aparición repentina de esta crisis que ha obligado a muchas empresas a adoptar esta medida demuestre las ventajas de un sistema de trabajo que acabará imponiéndose, en los sectores donde es claramente viable, más pronto que tarde por los inconvenientes cada vez más evidentes que conlleva el trabajo presencial: atascos, contaminación, tiempo, falta de conciliación...

Lavarse las manos con frecuencia y otras normas básicas de higiene

Lavarse las manos.
Curology / Unsplash

La llegada del coronavirus ha hecho saltar todas las alarmas en cuanto a la ausencia de ciertas medidas básicas que son muy efectivas no solo para este virus, sino para otros más conocidos como la gripe común o infinidad de intoxicaciones.

Algo tan sencillo, y aparentemente con tanto sentido común como lavarse las manos antes de comer o después de ir al baño, no es un hábito instaurado en la inmensa mayoría de las personas. Según un estudio de la Universidad de Chipre, el 30% de las personas no se lava las manos después de hacer sus necesidades y, de los que lo hacen, solo el 50% lo realiza correctamente.

Además, según la Sociedad Americana de Microbiología, solo el 20% de las personas que transitan por los aeropuertos tiene las manos limpias. Según un estudio de Rick Analysis, si los viajeros de los 10 aeropuertos más importantes del mundo se lavaran las manos con mayor frecuencia, la propagación de enfermedades virales se reduciría considerablemente.

Y no solo conviene lavarse las manos en estas situaciones; hay otras menos conocidas e igualmente peligrosas, como al tocar dinero físico, tras visitar un centro de salud o después de usar el teclado de un ordenador

También habría que replantearse ciertas convenciones sociales que implican contacto físico -besos o apretones de manos- en determinados ámbitos y situaciones, o la presencia de personas con síntomas virales -tos, fiebre- en colegios, lugares de trabajo o cines y teatros. ¿Cuántas veces te has encontrado en un cine con alguien en la butaca de al lado tosiendo de forma descontrolada? ¿No deberían tomarse medidas al respecto siempre?

La pregunta que deberíamos hacernos es por qué no se implementan medidas mucho más estrictas de educación y concienciación, especialmente en colegios, para generar una sociedad mucho más preocupada por la higiene y la propagación de enfermedades. Quizá el coronavirus se haya convertido en un punto de inflexión.

Asistencia responsable a centros de salud y hospitales, y mayor inversión en sanidad

En el hospital
Gettyimages

En una situación como la del coronavirus, los hospitales, habitualmente ya con una alta ocupación, se ven desbordados ante la llegada masiva de casos. En estas circunstancias, se priorizan las urgencias y se posponen los casos que no requieren tanta atención o que pueden resolverse con soluciones más sencillas, como la medicación básica y el reposo.

Y aquí se plantean dos cuestiones. En primer lugar, el uso a veces innecesario de los centros de salud y hospitales, especialmente de las urgencias. He visto personalmente cómo mientras personas con dolencias y circunstancias muy graves esperaban su turno para ser atenidas en las urgencias de un gran hospital, alguna aseguraba estar allí "por un molesto dolor de cabeza", que al final requiere tiempo de dedicación por parte de médicos y personal sanitario. Algo que confirma Guido Rodriguez, médico de urgencias de la Fundación Jiménez Díaz, en el libro El Club de la Batas Blancas, pues se encuentra habitualmente con gente que reclama ese servicio "por un resfriado o una simple rozadura".

Según datos de las comunidades autónomas, recopilados por El País, en los últimos cinco años las atenciones en urgencias han aumentado un 9%, aún cuando el número de habitantes en España está estancado. Por un lado, se da una injustificada exigencia de inmediatez por parte de determinados pacientes sin patologías graves. Y, por otro, revela la ineficacia de un sistema que no es capaz de resolver esos problemas de salud leves en otras instancias. La diferencia es que, mientras una atención primaria le cuesta a la Administración unos 70 euros por persona, en las urgencias se dispara a los 300.

En segundo lugar, esta crisis ha puesto en evidencia un sistema sanitario público, como el español, desbordado y sin camas: en muchos hospitales de Madrid es habitual ver a pacientes esperando horas y horas en los boxes de urgencias a que puedan disponer de una cama en planta.

Una mayor inversión en instalaciones y personal sanitario para disponer de cierto margen ante crisis como la actual se antoja imprescindible. Sin embargo, la situación en algunos casos es la inversa: en Madrid, uno de los focos del coronavirus en España, entre 2010 y 2018 el número de trabajadores sanitarios se redujo en 3.300, mientras la población de la Comunidad aumentaba en casi medio millón.

Mayor investigación para la detección y curación de enfermedades, con una inversión global sufragada por todos los países y coordinada por la OMS

Un responsable de la OMS presenta un gráfico sobre la expansión del coronavirus

Reuters

Mientras Estados Unidos y China se enzarzan en guerras comercialesReino Unido se apresura a salir de la UE, con el objetivo de mejorar sus posiciones económicas globales, llega el coronavirus y se convierte en el enemigo común de la economía, en un monstruo capaz de devorar las bolsas en todos los lugares del planeta.

Ante tal golpe de realidad, la pregunta que surge es si no sería mucho más productivo, y rentable, por parte de las grandes potencias y los países más desarrollados, hacer un esfuerzo global aún mayor en la investigación de la detección y curación de pandemias. En algún momento, la sociedad y los poderes políticos y económicos se verán obligados a invertir mucho más en recursos y talento para evitar crisis como estas, capaces de lastrar le economía hasta límites difíciles de calcular.

La cuestión es que la Organización Mundial de la Salud, organismo que depende de la ONU, está actualmente financiada en gran parte por donaciones privadas, que provienen de fundaciones como la de Bill Gates (que aportó 185 millones en 2015), o de grandes farmacéuticas, cuyas contribuciones no son un "cheque en blanco", sino que conllevan unas directrices concretas.

Leer más: El BCE alerta de que el coronavirus puede provocar una gran crisis financiera como la de 2008 "si no se toman medidas urgentes en Europa"

Aunque los datos de financiación de la OMS, a pesar de su promesa de transparencia, no son fáciles de conseguir, en 2016 se hizo público que en 2015 los laboratorios dieron al menos 31 millones de dólares (27,3 millones de euros al cambio actual) en concepto de contribuciones voluntarias especificadas, que quiere decir que los donantes autorizan qué programas concretos pueden ser financiados con su dinero. Compañías como GSK, Sanofi o Novartis fueron algunos de los principales donantes ese año. La contribución obligatoria de los países es muy reducida en términos relativos: un país como Estados Unidos aportó 305 millones en 2015 (seguramente menos de lo que la Casa Blanca gasta en dietas), mientras que España dio cerca de 2 millones de euros.

Esto lleva a que, como publicó 20 Minutos, un científico estadounidense compareciera ante el Congreso de  Estados Unidos para contar que hace, cuatro años, estuvo a punto de lograr una vacuna que podría servir para combatir el Covid-19, tras la crisis de SARS, pero se quedó sin fondos. En aquel momento, "nadie estaba interesado en invertir en un producto que no se iba a usar de inmediato".

Hasta ahora, pensar en una alianza global de tal calibre parecía una quimera. Puede que el coronavirus cambie el panorama.

Mejorar nuestro sistema educativo para afrontar una educación a distancia con los medios necesarios

así es el aula que prepara para las habilidades del futuro
Annie Spratt/Unsplash

El anuncio del cierre de colegios y universidades en Madrid y Álava ha llevado a 1,5 millones de estudiantes a suspender sus clases e interrumpir momentáneamente su formación. Aunque se trata de una medida excepcional, esta circunstancia ha puesto de relieve la precariedad de nuestro sistema educativo y, en especial, de determinados centros, para afrontar una formación a distancia que permita mantener, al menos provisionalmente, el curso escolar.

Resulta paradójico que, con unas nuevas generaciones que son nativos digitales, muchos alumnos tengan problemas para continuar su formación desde casa porque no cuentan con los medios imprescindibles y algunos ni siquiera tengan internet en sus domicilios. 

Aunque la intención del Gobierno madrileño es que, desde el próximo lunes, los alumnos puedan seguir sus clases a través de algunas plataformas digitales ya creadas, como Educamadrid, en la práctica muchos profesores no las conocen o no las usan. O no tienen la preparación suficiente para llevar a cabo este tipo de formación virtual.

Al igual que sucede con el teletrabajo, la formación online debería introducirse de una forma mucho más significativa en el sistema educativo, pues permitiría mucha más flexibilidad, ayudaría a los alumnos a no perder clases en periodos de baja o serviría como complemento formativo, especialmente en los niveles de enseñanza media y superior. En un reciente estudio realizado en Estados Unidos, el 71% de los líderes académicos considera que la educación en línea es un componente crítico en sus estrategias a largo plazo.

La combinación de clases presenciales y online, la formación híbrida, no solo amortiguaría considerablemente situaciones de crisis como la del coronavirus, sino que modernizaría y democratizaría la enseñanza a todos los niveles, además de desarrollar un entorno digital en el ámbito de la enseñanza acorde con los nuevos tiempos.

 

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