'Quiero tu nombre de usuario de Instagram': primero fueron mensajes con amenazas, después la policía irrumpió en su casa y, finalmente, acabó muerto

Sus perfiles en las redes sociales eran motivo de orgullo. Entonces, alguien empezó a atacarlos y sus vidas dieron un vuelco.
Sus perfiles en las redes sociales eran motivo de orgullo. Entonces, alguien empezó a atacarlos y sus vidas dieron un vuelco.

Deena So'Oteh for Insider

Durante un jueves de marzo de 2020, justo antes de que la pandemia de coronavirus pusiera el mundo patas arriba, el Departamento de Policía de Palo Alto, en Estados Unidos, recibió una llamada al 911. La persona que llamaba afirmó al operador haber matado a su novia para, después, atrincherarse en su casa, en un barrio tranquilo y acomodado. Antes de colgar, amenazó con disparar a cualquier agente que se acercara demasiado a la vivienda. 

La policía localizó rápidamente el número 415 y descubrió que pertenecía a Chris Eberle, un ejecutivo de Netflix. Las autoridades acudieron en masa al comprobar que no respondía las llamadas. Agentes armados rodearon la vivienda situada en la avenida Moreno, una zona tranquila. Incluso se ordenó el cierre de un colegio cercano, y se mantuvo a los niños dentro de sus aulas, con las persianas bajadas.

Pero cuando los agentes irrumpieron en la casa, lo único que encontraron fue a una familia de 4 miembros aterrorizada. Resultó que Eberle era el antiguo inquilino. Se había mudado hacía 7 años. La policía, desconcertada, pidió disculpas a la familia y regresó a la comisaría.

Poco después, un hombre alto y rubio, con una melena y barba pelirrojas, entró en el lugar. Se llamaba Chris Eberle, y le dijo al agente de guardia que pensaba que sabía lo que estaba sucediendo.

Todo se debía a su cuenta de Instagram.

La noche anterior, Eberle estaba en casa con su mujer cuando recibió un mensaje de un número desconocido.  

"Hola Christopher. Voy a necesitar el nombre de usuario @ginger de Instagram. El acoso a ti y a tu familia acaba de empezar", decía.

A Eberle le hizo gracia. No era la primera vez que se ponían en contacto con él para hablar de su perfil en redes. @ginger era su nombre de usuario en Instagram y Twitter, creado poco después del lanzamiento de cada plataforma. Se trataba de un guiño a su pelo rojo, el cual fue motivo de burlas durante su infancia. Eberle, es un experimentado ejecutivo tecnológico, por lo que entendía el poder de las redes sociales. Ahora, con más de 40 años, tiene experiencia en muchas empresas, desde gigantes tecnológicos como AOL y Facebook hasta la startup de criptomonedas Swarm. En 2019, había aceptado un trabajo como director de marketing en Netflix. 

Pero, en los años transcurridos desde que creara su perfil, ciertos nombres de usuario que se consideraban novedosos se habían vuelto cada vez más codiciados en las redes sociales. Un sinfín de personas se habían ofrecido a comprarle el suyo a Eberle, y este sospechó que el mensaje podía ser una broma de un amigo.

 "Lol", respondió.

La respuesta fue inmediata: "Jaja, de acuerdo".

Media hora después, comenzaron las llamadas. Primero fue el conductor de una grúa, que llamó para decir que estaba fuera y preguntar qué vehículo necesitaban que remolcara. Luego llegó una llamada sobre un pedido de pizza que Eberle nunca había hecho. Se asomó a la ventana, pero no había nadie. El repartidor se había dirigido a su antigua dirección en la avenida Moreno, a unos 3 kilómetros de distancia. El prometido "acoso" había comenzado. Eberle se encogió de hombros, puso su teléfono en modo no molestar y se fue a la cama.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, su teléfono estaba lleno de mensajes de texto y de voz de repartidores confusos y frustrados que buscaban su dirección. Eberle empezó a inquietarse. Se subió a su Tesla rojo y condujo los 19 kilómetros hasta las oficinas de Netflix.

A lo largo de la mañana, los correos electrónicos de confirmación y las llamadas de entrega de pedidos siguieron llegando. Y no llegaban solo a Palo Alto. También iban a Chicago y a Nueva York, donde vivían su hermana y su madre, recientemente viuda. Los repartidores no dejaban de llamar a su desconcertada madre, diciéndole que tenían una pizza que Chris Eberle había encargado para ella. Él se dio cuenta de que el remitente de los mensajes de texto no se dirigía solo a él, y sintió su ansiedad convertirse en ira. Iban a por su familia.

Esa tarde, durante una reunión de Netflix, recibió una llamada urgente de su mujer. El colegio de primaria de su hijo había sido clausurado debido a una "actividad policial" no especificada en el barrio. Cuando colgó, Eberle se dio cuenta de que su teléfono tenía llamadas perdidas del Departamento de Policía de Palo Alto.

El miedo se apoderó de él. La grúa, las pizzas, las llamadas de la policía, el hecho de que su antigua casa estuviera a tiro de piedra del colegio. Parecía un caso de swatting. Los swatters hacen llamadas falsas a los departamentos de policía locales, provocando que los SWAT irrumpan en las casas de sus víctimas

Con este método, los haters han atacado a creadores de contenido, streamers en Twitch y figuras destacadas de la industria tecnológica, incluyendo ejecutivos de Facebook y al jefe de Instagram, Adam Mosseri. En 2017, la policía de Wichita, Kansas, disparó fatalmente a un hombre después de ser convocados por un ataque de swatting debido a una partida online del videojuego Call of Duty.

Al parecer, alguien había falsificado el número de teléfono de Eberle y lo estaba utilizando para hacerle daño por su negativa a entregar el nombre de usuario @ginger.

Eberle salió del trabajo y se dirigió a la comisaría de Palo Alto, donde explicó la situación. Sin embargo, la policía no podía hacer mucho al respecto. El ejecutivo de Netflix no se dio cuenta en aquel momento de que el tsunami de llamadas sería solo el principio de una larga pesadilla para él y su familia, y cómo algo tan aparentemente trivial como un nombre de usuario puede destruir la vida de una persona.

La pregunta es: ¿Por qué alguien se tomaría tantas molestias por algo así?

En la última década, la creciente popularidad de las redes sociales, especialmente Instagram, ha creado un sólido mercado clandestino de "nombres de usuario originales". Junto a Twitter, TikTok y otras plataformas importantes prohíben su venta, por lo que han surgido mercados online como OG Users y Swapd que permiten a los vendedores anunciar sus productos con reseñas al estilo de Amazon sobre su fiabilidad y servicio. Los nombres de usuario de Instagram más valiosos, pueden venderse por miles de dólares. Cuanto más raro es el nombre, mayor es la demanda.

Los interesados están dispuestos a llegar lejos para conseguir los nombres. Algunos utilizan herramientas de búsqueda para encontrarlos, mientras que otros están al acecho cada vez que una cuenta se cierra para hacerse con el usuario. Otros, si encuentran una dirección de correo electrónico y una contraseña inactivas vinculadas a una cuenta de Instagram cerrada, la vuelven a registrar y envían un mensaje de restablecimiento de la contraseña, que llega a la bandeja de entrada del correo electrónico que ahora controlan.

Si la cuenta buscada sigue activa, puede ser más complicado. Pueden intentar convencer al propietario de que lo venda para después revenderlo y obtener un beneficio. Si el propietario no quiere, pueden intentar robarlo, enviando mensajes con falsos restablecimientos de contraseña o solicitudes de recuperación de cuenta. Y si todo esto falla, algunos recurren al camino más drástico: acosar al propietario hasta que entregue su perfil.

'El acoso a ti y a tu familia empezará ahora', advirtió un misterioso mensaje de texto a Chris Eberle. Poco después, llegaron las primeras pizzas.

El ataque a Chris Eberle se prolongó durante 2 días. Luego, sin previo aviso, cesó de repente. Eberle y su mujer, sintiéndose culpables por el ataque, enviaron un correo electrónico a los demás padres del colegio de su hijo para disculparse. "Lamentamos que haya ocurrido esto y que os haya afectado a todos", escribieron. La policía aconsejó al ejecutivo que se olvidara del acoso: parecía que el atacante se había aburrido y había pasado página. Con el paso de las semanas, el episodio empezó a parecer un sueño lejano.

Entonces, una noche, un mes después, sonó el timbre. Era más de medianoche y la familia dormía. Cuando Eberle abrió la puerta, resultó ser un repartidor de Papa John's con un pedido para él. El ejecutivo se disculpó como pudo, con el corazón latiéndole en el pecho: su agresor había descubierto dónde vivía.

Y de nuevo comenzó el acoso, esta vez a su dirección actual. Su hermana, en Brooklyn (Nueva York), también recibió pedidos de comida a domicilio, junto con su hija, que estudia en San Diego, y sus suegros, en Connecticut.

Eberle estaba conmocionado. El acosador no daba señales de parar y él seguía sin saber quién estaba detrás. Desesperado, le contó a una antigua compañera de Facebook lo que le estaba pasando.

"Tienes que hablar con Ana. A ella le está pasando lo mismo", le dijo ella, refiriéndose a otra excompañera de Facebook.

Ana, una ejecutiva del sector tecnológico residente en San Francisco, tenía en su perfil de Instagram un nombre de usuario con 3 letras, correspondientes a sus iniciales. (Business Insider ha cambiado los nombres de algunas víctimas a petición suya). Había dado a luz a principios de la pandemia y se estaba recuperando en un hospital de San Francisco cuando recibió la primera llamada para entregarle comida tailandesa. Luego llegaron las pizzas, según explicó a Eberle después de que éste se pusiera en contacto con ella, y su hermano y su primo también fueron objeto de ataques.

No entendió lo que estaba pasando hasta una semana después. De madrugada, mientras cuidaba a su hijo recién nacido, recibió una llamada de un número desconocido. Al otro lado de la línea, alguien le gritó, con la voz distorsionada: "Quiero tu cuenta de Instagram. Quiero tu cuenta de Instagram".

Y había más. En todo Silicon Valley y más allá, muchos empleados del sector tecnológico con nombres de usuario originales estaban siendo atormentados de manera similar. Algunas víctimas fueron objeto de llamadas y mensajes amenazantes; muchas recibieron pedidos de comida no solicitados a sus casas y a las de sus familiares.

Josh Williams lo estaba pasando especialmente mal. Era un veterano diseñador con experiencia en Facebook y Squarespace, que creó su cuenta, llamada @jw, poco después del lanzamiento de Twitter en 2006. Una noche de principios de abril, mientras Williams se disponía a pasar una noche tranquila en casa haciendo un puzzle con su familia, su hija recibió un mensaje de un amigo alertando de un escándalo en el patio delantero. Al salir, Williams se vio deslumbrado por los focos de la policía. La casa estaba rodeada por docenas de agentes armados.

Los policías habían sido informados de que Williams había asesinado a su mujer, encerrado a sus hijos en el baño y echado gasolina en la vivienda. Su mujer encontró más tarde una advertencia en su bandeja de entrada de Instagram: "Si no convences a tu marido de que me dé su nombre de usuario, @jw, voy a seguir acosando a toda la familia".

Al salir, le deslumbraron los focos de la policía. La casa estaba rodeada de agentes armados. Lo estaban golpeando.

Una a una, a través del boca a boca, Williams y Ana y otras víctimas de este acoso se encontraron. No sabían quién estaba detrás de las agresiones ni cómo detenerlas. Pero, al igual que los soldados reclutados en una guerra ajena, compartían un vínculo. Decidieron crear un grupo de apoyo y lo llamaron Handle Heroes.

Eberle no tardó en darse cuenta de que era en parte una sesión de terapia de grupo y en parte una operación para conseguir información. Se comunicaban a través de Facebook Messenger, compartiendo quién había sido atacado más recientemente, buscando puntos en común en los acosos e intentando averiguar quién estaba detrás. Intercambiaban teorías sobre si su agresor podría estar recopilando información del registro de votantes para localizarlos. Incluso llamaron a personas que conocían en Facebook, empresa propietaria de Instagram.

Pero estar en el grupo también exacerbó sus temores. Para aquellos que, como Ana, no habían sido víctimas de un episodio con la policía, cada nuevo acoso era un ejemplo de lo mucho que podían empeorar las cosas. Una pizza no era solo una pizza; era un recordatorio de que el asaltante sabía dónde vivías, y que en cualquier momento un equipo SWAT podía derribar tu puerta.

Para empeorar las cosas, los afectados se encontraron con el escepticismo de amigos, familiares y autoridades. Cuando Ana intentó explicar a la policía lo que le estaba ocurriendo, se rieron de ella. Cuando la policía fue a casa de Josh Williams, un vecino curioso publicó en Facebook que había un "sospechoso con un arma de fuego" en la calle que "posiblemente había asesinado a su mujer". Poco después, este mismo vecino le aseguró que, sin ánimo de ofenderlo, si hubiese sido verdad la noticia habría ido a matarlo. Claramente, no veía a Williams como una víctima.

A mediados de abril, uno de los integrantes del grupo de afectados llamado Óscar recibió una llamada con una advertencia. "Renuncia a tu nombre de perfil, o el dolor continuará" dijo la voz. 10 días después, la ex pareja de Óscar se puso en contacto con él. Agentes de policía armados habían irrumpido en la vivienda donde se encontraban ella y su hija. La policía había recibido una llamada de alguien que decía ser Óscar, que había confesado haber matado a su mujer y amenazaba con matar a todos los demás en la casa. Pero cuando él explicó más tarde lo que había sucedido a los padres de su ex pareja, éstos no le creyeron. ¿Por qué la policía iba a registrar su casa por una disputa relacionada con una cuenta de redes sociales? Tiene que haber algo más. ¿Debía Óscar dinero en secreto a alguien?

Y, aparte, estaba la molestia diaria de lidiar con todas las entregas falsas. Una y otra vez, durante días y semanas, tuvieron que explicar a los frustrados repartidores que no, no habían pedido comida y no podían pagarles. Eberle acabó pegando un cartel sobre su timbre, en la puerta de su casa: "Un estafador está haciendo pedidos falsos. Lo sentimos, pero no hemos pedido nada. Por favor, no molesten".

A medida que pasaban las semanas, los afectados seguían buscando pistas sobre quién era su objetivo y cómo había conseguido sus datos el agresor. Entonces, en la última semana de abril, uno de ellos encontró las listas.

En Doxbin, una web con un tablón de mensajes dedicado a la publicación de datos privados de la gente, los usuarios recopilan, intercambian y venden largas listas de datos de contacto de los propietarios de ciertos nombres de usuario de redes sociales. Una de las listas contenía las direcciones de correo electrónico asociadas a los casi más de 1.400 posibles nombres de usuario de 2 letras y 2 números de Instagram, desde @00 hasta @zz. Otras incluían la información de contacto de algunos de los acosados, lo que planteaba una posibilidad escalofriante: aunque detuviesen al atacante, otro podría conseguir los datos y ocupar su lugar.

Hartos de la falta de respuesta de los departamentos de policía locales, el grupo ya había hablado con el FBI. A Josh Williams lo pusieron en contacto con una agente especial llamada Shannon Hickman, que se convirtió en una especie de consejera, atendiendo las llamadas de todos a cualquier hora del día y de la noche y recogiendo la información que le iban dando.

A principios de mayo, no mucho después de que se encontraran las listas utilizadas para la extorsión, Hickman envió un correo electrónico al grupo con buenas noticias. Les dijo que las fuerzas del orden habían realizado una detención "en relación con el caso". Pero, advirtió que, "todavía puede haber otros por ahí que sigan participando en eso".

Unas semanas después, Hickman le dijo a Ana el nombre del sospechoso: Shane Sonderman.

A más de 400 km al norte de la zona de la bahía, donde vivían la mayoría de los afectados, una mujer de Oregón estaba pasando por un infierno.

Desde diciembre de 2019, la habían acosado con llamadas, mensajes y pedidos de comida para llevar de alguien que quería su nombre de usuario de Instagram. Su madre, que vivía en Ohio, también estaba siendo acosada.

Pero para los agentes federales que investigaban, el caso de la mujer había arrojado un dato útil: un número de teléfono vinculado a Sonderman, un adolescente de Tennessee que acababa de cumplir 18 años. A medida que las pruebas de ataques similares se iban filtrando desde todo el país, una fiscal federal de Memphis llamada Debra Ireland se puso a trabajar en la construcción de un caso contra Sonderman.

El joven, según los expedientes judiciales, formaba parte de un grupo dispuesto a hacer lo que fuera necesario para hacerse con los nombres de usuario. Vivía en Ripley, un tranquilo pueblo de Tennessee de 8.000 habitantes, donde tuvo una infancia difícil y un historial familiar de enfermedades mentales graves. Su grupo, que se coordinaba en la aplicación de chat Discord, utilizaba bases de datos online de información de contacto para acosar a sus objetivos. Enviaban mensajes amenazantes, hacían pedidos y llamaban a los servicios de protección de menores con denuncias falsas, todo para intimidar a sus víctimas y que entregaran sus nombres de usuario. Los investigadores obtuvieron registros de Discord en los que Sonderman se jactaba de vender estos nombres por miles de dólares.

Entonces, a finales de abril de 2020, la cosa llegó demasiado lejos. Uno de los objetivos de Sonderman, según los fiscales, era un programador informático llamado Mark Herring, cuyo nombre de usuario era @Tennessee en Twitter. El 27 de abril, según los documentos judiciales, uno de los cómplices de Sonderman llamó a la policía y les dijo que Herring había asesinado a una mujer y puesto una trampa en su casa, con bombas. Un equipo SWAT se presentó en la vivienda de Herring y encaró al hombre de 60 años en su porche. Tras recibir la orden de acercarse con las manos en alto, Herring sufrió un ataque al corazón, se desplomó y murió.

Unos días más tarde, Sonderman fue detenido en su casa por las autoridades estadounidenses. 

Incluso después de la detención de un sospechoso, los ataques continuaron.

El grupo llamado Handle Heroes se sintió aliviado. Intentaron seguir adelante, pero no fue fácil. El calvario hizo mella en algunos de ellos, que siguieron teniendo miedo después de aquello: una llamada inesperada a la puerta o al móvil, podía desencadenar un episodio de pánico. Sus nombres de usuario eran como una diana en la espalda.

Sin embargo, el acoso llegó a su fin. Las pizzas dejaron de llegar. La vida continuó. Chris Eberle y su familia compraron una nueva casa y se mudaron.

Hasta que un día de marzo de 2021, un año después de que todo empezara, Eberle empezó a ser acosado de nuevo.

Alguien había encontrado su nuevo número de teléfono, y estaban haciendo una serie de nuevos pedidos de comida para llevar, aunque a su antigua dirección. A lo largo de varios días, molestaron a Eberle, su madre, sus suegros y su hija adulta con más de 20 pedidos de comida. Los repartidores y restaurantes también estaba siendo perjudicados, que cada pedido les hacía perder dinero.

Si había alguna duda sobre el motivo de la nueva agresión, un texto que recibió Eberle la segunda noche lo aclaró: "O nos das el perfil de Instagram y de Twitter ahora, o esto no va a parar".

El ejecutivo mandó un mensaje al resto del grupo Handle Heroes, pero ninguno de ellos había vuelto a sufrir acoso. Hickman, la agente del FBI, le dijo que sospechaba que se trataba de un nuevo acosador con acceso a las listas de contacto. O podría ser uno de los cómplices no acusados del delito de Shane Sonderman. Quienquiera que estuviera detrás del ataque, pronto se detuvo tan rápidamente como había comenzado.

Sin embargo, había otro posible sospechoso del nuevo ataque: el propio Sonderman. En ese momento, mientras sus abogados negociaban un acuerdo con los fiscales sobre el caso que llevó a la muerte de Mark Herring, Sonderman estaba en libertad bajo fianza. Finalmente se declaró culpable en marzo de 2021, una semana después de que comenzara la nueva agresión a Eberle. Poco después, los fiscales asombrados descubrieron que Sonderman había seguido acosando a algunas personas mientras estaba en libertad (lo que significa que es posible que estuviera detrás de la segunda agresión a Eberle).

En abril de 2021, Sonderman volvió a ser detenido. 2 meses después, fue condenado a 5 años de prisión por conspiración. Está cumpliendo su condena en FCI Texarkana, una institución correccional de baja seguridad en la frontera de Texas. Ni él ni sus abogados han respondido a las solicitudes de comentarios de Business Insider.

La muerte de Herring no se hizo pública hasta la sentencia de Sonderman, y los Handle Heroes quedaron horrorizados por la noticia.

Los archivos judiciales mencionan a otros 2 cómplices no identificados, uno de los cuales era un menor de edad de Reino Unido. 

En otras palabras: algunas de las personas implicadas en el acoso de los Handle Heroes podrían seguir por ahí.

Algunos han empezado a eliminar sus datos personales y de contacto, y autocensuran lo que publican sobre ellos y sus familias. Aunque reconocen que hay límites a lo que Facebook y Twitter pueden hacer para parar el acoso fuera de la plataforma, se sienten profundamente frustrados por la incapacidad de las principales redes de proporcionar apoyo a las personas que son objeto de abuso. (Un representante de Facebook afirma que la empresa colaboró con el Departamento de Justicia en el caso Sonderman).

Sin embargo, a pesar de su trauma, la mayoría de afectados han mantenido sus nombres de usuario originales. "Por una parte, se trata de un 'no voy a dejar que los terroristas ganen'", dice Josh Williams. Pero tras el segundo episodio de acoso a la que se enfrentó, Chris Eberle decidió que ya era suficiente. Se puso en contacto con una empresa de salud mental llamada Ginger y llegó a un acuerdo para que se quedaran con el usuario @ginger. Esperaba que este fuera el final. Después de aquello, se marchó de Netflix para volver a las criptomonedas y la Web3, y se registró como @DeFiGinger en ambas redes sociales.

Pero, una fría noche de viernes a finales de abril, más de 2 años después de que todo empezara, Eberle vio cómo un mensaje de su madre iluminaba su teléfono. 

"Acabo de rechazar una entrega grande de Domino's. Siento preguntar, pero ¿sabes algo al respecto?", escribió.

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