Los Gobiernos y farmacéuticas están invirtiendo una fortuna para encontrar una vacuna del coronavirus, pero las anteriores epidemias recuerdan que los tratamientos y la prevención pueden ser incluso más importantes

Una investigadora, en un laboratorio de Singapur
REUTERS/Joseph Campbell
  • El mundo apuesta todo a una vacuna de coronavirus. Existen unas 8 candidatas en ensayos clínicos con humanos y otras 110 que están en fase preclínica, según la OMS.
  • Sin embargo, ante la posibilidad de que la búsqueda de una vacuna fracase, los Gobiernos y las farmacéuticas no deberían olvidar la importancia de los tratamientos y las medidas de prevención. 
  • Las anteriores epidemias demuestran que los antivirales, la profilaxis y los recursos de protección pueden ser incluso más importantes que una vacuna para frenar la pandemia. 
  • El CEO del COVID-19 Therapeutics Accelerator, la iniciativa de la Fundación de Bill y Melinda Gates para fomentar la búsqueda de un tratamiento, advierte de la necesidad de invertir en medicamentos y prevención lo mismo que en vacunas.
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El mundo apuesta todo a una vacuna de coronavirus. Existen unas 8 candidatas en ensayos clínicos con humanos y otras 110 que están en fase preclínica, según la OMS.

Algunos expertos han advertido de que puede ser la única solución para acabar de forma definitiva con la pandemia y evitar que las medidas de distanciamiento social se prolonguen. 

Pero, ¿qué pasa si no se encuentra una?

La realidad es que la mayoría de vacunas fallan: solo un 6% de las vacunas que empiezan a desarrollarse acaban siendo comercializadas en el mercado, según Reuters

Si se quiere lograr una probabilidad de éxito del 90%, los datos sugieren que es necesario perseguir entre 15 y 20 candidatos vacunales, según informa The New York Times.

"No se puede apostar solo por una o dos vacunas", aseguraba recientemente Adolfo García-Sastre, director del Instituto de Salud Global y Patógenos Emergentes vinculado al Hospital Monte Sinaí de Nueva York, a Business Insider España

Además de los fallos de eficacia o seguridad que pueden producirse durante los ensayos, el proceso de una vacuna puede interrumpirse por otros motivos. 

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Lecciones de las epidemias anteriores: las vacunas pueden no lograrse y reducir la inversión en tratamientos y prevención puede salir caro

El tiempo prolongado que requieren los ensayos necesarios para obtener la autorización para una vacuna en humanos puede hacer que la enfermedad para la que se está desarrollando desaparezca antes de que sea necesaria. Fue el caso, por ejemplo, del brote de SARS de 2003.

O incluso que una enfermedad disminuya tanto su propagación que haga que no sea rentable invertir en una vacuna, como ocurre con el MERS, que solo provoca unos cuantos casos al año. 

Otras epidemias anteriores recuerdan que la inversión en vacunas puede acabar fracasando, mientras que algunos tratamientos y medidas de prevención pueden ser eficaces para evitar la propagación. 

Más de 30 candidatas a vacunas contra el VIH han sido sometidas a ensayos clínicos en más de 25 lugares de todo el mundo desde 1987, con un coste estimado de 500 millones de dólares al año, pero hasta la fecha ninguna ha demostrado ser eficaz. En este caso, el problema radica en el propio virus, que muta tanto que es difícil desarrollar una vacuna que pueda acabar con todas las cepas. 

Sin embargo, los antivirales y los tratamientos profilácticos han frenado la propagación y reducido la mortalidad de la enfermedad, aunque no están disponibles para todos los que lo necesitan, según informa The Washington Post. 

La malaria es otro gran ejemplo del fracaso de los esfuerzos internacionales por lograr una vacuna. Tras 30 años de investigación y una inversión de 1.000 millones de dólares, una vacuna empezó a distribuirse en África a finales de 2019

Sin embargo, el tratamiento o recursos tan simples como una red de protección o un insecticida han demostrado su eficacia para reducir la propagación y no están disponibles en los países que sufren la enfermedad de forma endémica. 

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Por supuesto, la inversión en vacunas es siempre necesaria. De hecho, algunos epidemiólogos reflexionan sobre la oportunidad perdida que supuso no continuar investigando vacunas contra el SARS y el MERS que podrían haber ayudado a luchar contra esta pandemia del COVID-19. 

"Si hubiésemos trabajado más en este tipo de vacunas, sabríamos un poco más sobre qué inmunidad es la que tenemos que conseguir para poder protegernos contra este", explicaba Adolfo García-Sastre.

Sin embargo, apostar todo a una vacuna de tal forma que los recursos necesarios para la prevención o el tratamiento pasen a un segundo plano puede tener consecuencias desastrosas, como recuerdan los brotes epidémicos anteriores. 

"Ahora lo primordial es la contención", insistía Juan García Arriaza, investigador que trabaja en una vacuna contra el coronavirus, en otra entrevista con Business Insider España

En la misma línea hablaba Adolfo García-Sastre, que aseguraba que lo que más urge en esta crisis es saber qué tratamientos podrían funcionar contra la enfermedad.

Los Gobiernos y las farmacéuticas deben garantizar un equilibrio entre ambas líneas de investigación y, sobre todo, asegurar que los tratamientos estarán disponibles para todos. 

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"Los antivirales se van a tener y serán la primera línea", aseguraba la viróloga Margarita del Val, que coordina a más de 150 equipos de investigadores contra la pandemia, a Business Insider España. 

En el caso de que una sí llegue a desarrollarse, no llegaría antes de otoño en el mejor de los casos. Sin embargo, varios expertos dudan de esa línea de tiempo tan optimista y apuntan a que el escenario más probable para una vacuna es 2021.  

Hasta ahora, la pandemia de coronavirus se ha cobrado cerca de 320.000 vidas en todo el mundo y ha contagiado a más de 4,9 millones de personas. Por eso, la necesidad de contar con tratamientos que frenen la pandemia sin tener que esperar a una vacuna se hace cada vez más evidente. 

Más cuándo los estudios de seroprevalencia en los países que han pasado la primera oleada arrojan resultados algo desesperanzadores: en España, solo el 5% de la población ha desarrollado anticuerpos contra la enfermedad. 

"Seguimos siendo muy vulnerables", admite Margarita del Val ante los resultados. 

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Si hay una vacuna, la cooperación será necesaria para que llegue a todos: lo mismo debe suceder con los tratamientos 

La intensidad de la búsqueda de una vacuna está haciendo que los Gobiernos y las farmacéuticas inviertan millones en aumentar sus capacidades de producción aunque aún no haya ningún candidato cuya eficacia haya sido demostrada. 

Por ejemplo, el Serum Institute de la India, el mayor fabricante de vacunas del mundo, se comprometió a tener listas 40 millones de unidades de la vacuna de la Universidad de Oxford. 

El miedo al desabastecimiento intensifica la preocupación por que esta carrera por una vacuna se convierta en una guerra entre países, especialmente después de que Estados Unidos se haya desentendido de las iniciativas de cooperación global para garantizar que una vacuna esté disponible mundialmente. 

Recientemente, China se ha comprometido a compartir su vacuna si es el país que acaba dando con ella, pero los expertos consultados por Financial Times advierten de que el desarrollo por las vacunas puede convertirse en una guerra fría entre la potencia asiática y Estados Unidos. 

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Para evitar un escenario como el de 2009, que provocó que los países pelearan entre ellos por la vacuna de la gripe porcina, ya hay varias iniciativas en marcha que abogan por una colaboración entre todos los países. 

Recientemente, más de 40 países y donantes han participado en una cumbre de la Unión Europea en la que se han recaudado más de 8.000 millones de dólares para una vacuna contra el coronavirus. Estados Unidos y Rusia no participaron del fondo. 

Lo mismo debe ocurrir con los tratamientos, ya que aquí hay un problema. Un reciente estudio publicado en British Journal of Pharmacology asegura que la utilización de fármacos ya aprobados para otras enfermedades es la mejor opción para luchar de forma rápida contra el coronavirus y que es más probable que se encuentre antes un tratamiento que una vacuna. 

Sin embargo, advertía, aunque ahora mismo hay más de 300 ensayos clínicos en todo el mundo, la mayoría de los fármacos que se estaban probando no estarían disponibles para su distribución masiva. 

La Fundación Bill y Melinda Gates ha puesto en marcha el COVID-19 Therapeutics Accelerator, una de las iniciativas que quieren paliar este desafío.

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El CEO del proyecto, Mark Suzman, advierte de lo que se debe aprender de las anteriores pandemias en un artículo. "Cualquier enfermedad que amenace la vida es perturbadora, pero una para la que no hay tratamiento es especialmente alarmante", asegura. 

"La única forma de tratar una infección viral, como la COVID-19, es con medicamentos antivirales", señala de forma rotunda."Aquí es donde creemos que podemos ayudar, asociándonos con empresas privadas y filantrópicas para reducir el riesgo financiero y las barreras técnicas para las empresas biotecnológicas y farmacéuticas que desarrollan antivirales para COVID-19", concluye. 

En definitiva, Mark Suzman compara el COVID-19 Therapeutics Accelerator con el CEPI, creado en 2017 para reducir el tiempo que se tarda en desarrollar una vacuna. 

"En última instancia, nuestro objetivo con el COVID-19 Therapeutics Accelerator es hacer para los tratamientos lo que el CEPI hace para las vacunas. Esto requiere que los Gobiernos, la empresa privada y las organizaciones filantrópicas actúen urgentemente para financiar la innovación de medicamentos que puedan desarrollarse, producirse en masa y distribuirse rápidamente", concluye.

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