"Putin podría hacer lo impensable": el antiguo jefe de Inteligencia de EEUU alerta de que el conflicto en Ucrania ha aumentado el riesgo de guerra nuclear

Mattathias Schwartz,
Putin.

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Durante los primeros días después de que Vladímir Putin decidiera invadir Ucrania, las imágenes del conflicto eran a la vez urgentes y remotas. Para los estadounidenses, la violencia resultaba desgarradora y las opciones diplomáticas parecían complejas. Pero los combates tenían lugar en un continente lejano, y las consecuencias parecían igualmente lejanas.

Entonces, el domingo, Putin rompió la complacencia de los occidentales que creían estar a una distancia segura del campo de batalla. Ordenó que las fuerzas nucleares rusas pasaran a un estado de alerta superior que denominó "preparación especial para el combate". 

Aunque la Administración Biden restó importancia al anuncio y se negó a responder de la misma manera, las implicaciones de la medida de Putin eran graves. Ya había advertido, el día de la invasión, que cualquiera que se interpusiera en el camino de Rusia se enfrentaría a "consecuencias... como nunca habéis visto en toda vuestra historia". 

Ahora estaba ordenando a sus militares que aumentaran la fuerza del arsenal ruso de 6.000 cabezas nucleares, un pequeño pero significativo paso hacia el inicio de una guerra termonuclear global.

Biden hizo bien en tratar la amenaza de Putin como un farol. De lo contrario le habría seguido el juego a Putin, permitiéndole reformular su agresión a Ucrania como parte de un conflicto más amplio con Occidente. 

Y es importante no exagerar la importancia práctica de la decisión de Putin de poner sus armas nucleares en alerta máxima. Probablemente, equivale a que Rusia desactive una parte del seguro de su arma nuclear, que no es lo mismo que prepararse para apretar el gatillo. 

"En el extraño mundo de la estrategia nuclear", dice Pavel Podvig, un analista afincado en Ginebra que estudia la postura nuclear de Rusia, "quitar algunos de los seguros puede hacerte sentir más seguro". Pero la medida sigue siendo importante, no porque lleve al mundo al borde de la destrucción nuclear, sino porque forma parte de una nueva doctrina militar rusa que rebaja el umbral de compromiso nuclear.

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La probabilidad de que Putin decida lanzar armas nucleares de largo alcance contra Estados Unidos o cualquier otro miembro de la OTAN sigue percibiéndose como casi nula, una amenaza tan vacía como el "fuego y furia" que Donald Trump amenazó con hacer llover sobre Kim Jong-Un. 

El lunes, cuando se le preguntó si los estadounidenses deberían preocuparse por una guerra nuclear con Rusia, Biden respondió con un rotundo "no". La doctrina de la destrucción mutua asegurada, creada durante la Guerra Fría, se supone que garantiza que una acción de este tipo significaría el fin no solo del gobierno de Putin, sino de la vida en la Tierra tal y como la conocemos. 

Por eso, tanto Rusia como Estados Unidos han evitado tradicionalmente cualquier mención a sus arsenales nucleares. Todo el mundo sabía que estaban ahí, pero amenazar con desplegarlos se consideró durante mucho tiempo como algo prohibido.

Desfile de misiles nucleares rusos en Moscú. Los analistas llevan años advirtiendo que la doctrina militar rusa ha cambiado para permitir un ataque nuclear en un campo de batalla convencional, si la existencia del Estado ruso se viera amenazada.
Desfile de misiles nucleares rusos en Moscú. Los analistas llevan años advirtiendo que la doctrina militar rusa ha cambiado para permitir un ataque nuclear en un campo de batalla convencional, si la existencia del Estado ruso se viera amenazada.

Alexander Zemlianichenko/AP

Pero entre los especialistas que estudian el arsenal nuclear de Rusia, existe desde hace tiempo un debate sobre otro escenario: la posibilidad de que las fuerzas rusas utilicen las llamadas armas nucleares "tácticas", que tienen menor alcance y menor potencia explosiva, para obtener una ventaja en el campo de batalla, especialmente en los conflictos que están perdiendo. 

Esta nueva doctrina, al estilo kafkiano, se conoce como "escalar para desescalar" o "E2D". Comenzó en 2014, cuando un documento oficial del Kremlin planteó la posibilidad de una represalia nuclear a un ataque convencional si "la existencia del propio Estado está amenazada." 

Al año siguiente, Putin dijo que había considerado poner las armas nucleares rusas en alerta para proteger a los prorrusos en Crimea, que fue anexionada por Rusia en violación del derecho internacional. En 2018, el equipo de seguridad nacional de Trump pensó que la doctrina E2D era una amenaza lo suficientemente seria como para justificar su mención en la Revisión de la Postura Nuclear

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Ese documento anticipa un escenario en el que el "primer uso limitado" de armas nucleares tácticas "podría paralizar a Estados Unidos y, por lo tanto, terminar un conflicto en términos favorables para Rusia".

En una entrevista con Business Insider, el general James Clapper, exjefe de Inteligencia, dice que está de acuerdo con la evaluación de que los militares rusos ahora se ven a sí mismos con un umbral más bajo para el uso de armas nucleares tácticas. 

"Los rusos se han visto abocados a esto", explica, "porque el actual ejército ruso es, comparativamente, una sombra del ejército soviético". En otras palabras, si su ejército tradicional es débil, las armas nucleares tácticas ofrecen una importante forma de compensación. 

Podvig, el analista suizo, considera que incluso un ataque nuclear táctico tiene "muy poca probabilidad". Señala que "no ayudaría a los militares rusos a alcanzar ninguno de sus objetivos, y las consecuencias políticas serían órdenes de magnitud peores que las que estamos viendo ahora". 

E incluso si Putin ordena un ataque nuclear, la historia sugiere que es posible que sus propios militares se nieguen a cumplirlo. La Unión Soviética estuvo a punto de lanzar dos ataques nucleares que fueron detenidos en el último momento por oficiales individuales: Vasili Arkhipov durante la crisis de los misiles en Cuba de 1962, y Stanislav Petrov después de que un ordenador militar advirtiera falsamente de un ataque estadounidense en 1983. 

Pero es difícil no tomarse en serio la amenaza actual si se tiene en cuenta a la persona que la hace. Putin es un autócrata cada vez más aislado, a los pocos días de una guerra difícil, cuyos propios diplomáticos se disculpan, al parecer, por sus acciones a puerta cerrada. 

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Los primeros días de la invasión no provocada han ido mal: las bajas rusas se acercan ya a las 5.000, una cifra que supera a la que sufrió Estados Unidos durante su campaña de una década en Afganistán. 

Los militares rusos también han sufrido en el frente de la información. Los carismáticos vídeos grabados por el presidente ucraniano Volodímir Zelenski han contribuido a galvanizar los compromisos de armamento y a endurecer las sanciones de Alemania y otros aliados de la OTAN. 

Es demasiado pronto para decir qué parte de la población rusa está dispuesta a rebelarse contra Putin, pero muchos han reconocido la posibilidad de que la percepción de una amenaza a su actual gobierno le haga reaccionar de forma exagerada.

"No creo que sea un actor racional", dice el general H.R. McMaster, exasesor de seguridad nacional, en Face the Nation. "Le mueve el deseo de permanecer en el poder hasta al menos 2036. Creo que ahora sabe que todo eso está en riesgo". 

Clapper coincide en que Putin parece ser cada vez más volátil. "Siempre fue duro, frío, disciplinado, casi como una máquina. Ahora su ira -furia- se muestra. Sus desplantes incoherentes son ilógicos y dan miedo. No tiene a nadie que pueda replicar y discrepar con él". Un ataque nuclear táctico, añade, podría ofrecer a Putin una salida a una situación que empieza a parecer cada vez más insostenible.

"Es un riesgo, o al menos más riesgo que hace una semana", dice Clapper. "El hecho de que incluso estemos teniendo esa discusión refleja la comprensión de que sí, Putin podría hacer lo impensable".

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