Los cimientos de Silicon Valley se tambalean en medio de una guerra cultural: los trabajadores exigen cada vez más a las tecnológicas, desde Basecamp y Coinbase a Google o Amazon

Imagen de una protesta de un trabajador de Amazon en Nueva York (EEUU) en mayo de 2020.
Imagen de una protesta de un trabajador de Amazon en Nueva York (EEUU) en mayo de 2020.

Reuters/Lucas Jackson

  • Basecamp ha perdido un tercio de sus empleados después de prohibir las discusiones políticas en las plataformas de trabajo. Hace casi un año, 60 trabajadores se marcharon de Coinbase por la tibieza de la dirección ante el Black Lives Matter.
  • Amazon está viviendo varias iniciativas de sindicalización de sus almacenes y Google ha visto cómo a principios de año se constituía su primer sindicato global.
  • Los trabajadores demandan algo más a las grandes tecnológicas, que parecen haber perdido cierto atractivo en su cultura corporativa, a la vez que se destapan casos de malas condiciones laborales.
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Algo está pasando con las empresas de Silicon Valley. Las grandes tecnológicas estadounidenses acostumbradas a protagonizar historias de éxito, entornos de trabajo idílicos y rompedores, y una cultura basada en la transparencia y la colaboración abierta, protagonizan en los últimos meses tensiones con sus trabajadores a cuenta de condiciones laborales, pero también de sus posicionamientos políticos y sociales.

Las grandes tecnológicas, que ya llevan tiempo sintiendo el escrutinio de los gobiernos en cuanto a los efectos de su actividad sobre la competencia, la desinformación o los discursos de odio, comienzan a ver cómo sus trabajadores levantan la voz. El último caso es Basecamp, que ha perdido un tercio de sus empleados tras la polémica decisión de prohibir la discusión política en las plataformas internas de la empresa, pero antes ocurrió algo similar en Coinbase.

Al mismo tiempo, las mejorables condiciones laborales de algunos de los empleados de las grandes tecnológicas, como Amazon o Google, comienzan a hacerse cada vez más patentes y a poner en marcha movimientos de reivindicación y sindicalización, ante los cuales se critican las posturas de las empresas.

¿Puede atacar esto a la narrativa de éxito de Silicon Valley? En Estados Unidos la última encuesta del Pew Research Center reveló que el porcentaje de los estadounidenses que creían que las tecnológicas tenían un impacto social positivo pasó del 71% en 2015 al 50% en 2019, y los que pensaban que su repercusión era negativa se duplicaron, del 17% al 33%. 

Esa tendencia incluye también a los trabajadores, que demandan a sus compañías algo más que transformar un negocio: ser responsables social y laboralmente. "Las empresas tecnológicas han sido consideradas uno de los mejores lugares para trabajar. Estas compañías compiten no solo por clientes, sino también por trabajadores, y los trabajadores no van a dejar de tener opiniones fuertes sobre cómo funciona el mundo y cómo su empleador impacta en ello", opina Sonny Tambe, profesora de la escuela de negocios Wharton School (Pennsylvania, Estados Unidos) en declaraciones a la reportera de Business Insider Avery Hartmans.

"Creo que la gente que trabajamos en los productos de estas compañías estamos cada vez más familiarizados con la forma en la que son utilizados y el impacto que pueden tener. Por eso queremos que las voces de los trabajadores estén presentes en esa conversación", añadió Parul Koul, parte del consejo del primer sindicato de Google (Alphabet Workers Union) a Business Insider.

El estallido de Basecamp

Jason Fried, cofundador y director ejecutivo de Basecamp
Jason Fried, cofundador y director ejecutivo de Basecamp
Flickr- Jason McELweenie

El caso de Basecamp ha sido el último y el más sonado. Se calcula que un tercio de la plantilla de la compañía de desarrollo de software se ha marchado, después de que su consejero delegado y cofundador, Jason Fried, anunciara que se prohibían las discusiones sobre temas políticos y sociales durante su jornada laboral. "Es una gran distracción, roba la energía y lleva el diálogo a lugares oscuros. No es saludable y no nos ha venido bien. Y hemos terminado haciéndolo con nuestra cuenta corporativa en el trabajo", explicó en su blog.

En esta polémica entrada, Fried anunció también el fin de los beneficios "paternalistas" como abonos para gimnasios o cursos, que sustituirán por dinero en efectivo; la reducción de comités; la eliminación de las evaluaciones entre pares; y una rotunda afirmación. "No somos una compañía de impacto social, nuestro impacto se limita a lo que hacemos (...) Nuestro trabajo, además de las donaciones, debe ocupar nuestra completa atención. No tenemos que resolver profundos problemas sociales, intervenir públicamente cada vez que el mundo pida nuestra opinión sobre los temas del día o apoyar un movimiento u otro con tiempo o con dinero", señaló el cofundador de Basecamp en esta entrada publicada el 26 de abril.

Unos días después, el viernes 30, Fried reunió a sus trabajadores en Zoom para disculparse por cómo se habían anunciado las nuevas políticas, en una entrada de un blog público en lugar de notificárselo primero a sus trabajadores, pero no por su contenido, según The Verge. El encuentro por videoconferencia duró más de dos horas y media, convertido en una enorme discusión que acabó con lágrimas de algunos empleados, según el relato del medio estadounidense, y la salida de 20 de los 57 trabajadores de Basecamp, más de un tercio de la fuerza laboral de la compañía.

Los problemas de Basecamp no se habían producido de la noche a la mañana. La compañía, una de las decanas de Silicon Valley con casi dos décadas de historia, arrastraba desde 2009 algunas prácticas bastante dudosas, como una lista de supuestos nombres de clientes de broma, algunos de ellos personajes de los Simpson (Bart Simpson, Moe the Bartender), pero también otros con nombres de origen asiático o africano que eran considerados agresivos o racistas. 

El año pasado, un empleado puso en marcha un comité de diversidad e inclusón al que se apuntó más de un tercio de la compañía, según The Verge. Incluso el propio Fried había admitido en 2017 que estaban trabajando para cambiar la composición de su plantilla en búsqueda de mayor diversidad de género y étnica, para parecerse más a sus clientes, según reconoció en un artículo en Inc.

Sin embargo, el movimiento de esta semana representó para varios empleados la confirmación de que sus cofundadores —autores, por cierto, de varios libros sobre cultura corporativa, algunos de ellos superventas en Estados Unidos— no estaban dispuestos a afrontar temas complicados. "No están interesados en ver cosas en su trabajo que les hagan sentir incómodos o distracciones respecto a lo que les interesa. Y esto es la culminación de esa situación", afirmó un empleado al periodista Casey Newton, de The Verge.

Coinbase, el precedente

El movimiento del cofundador de Basecamp no es una anécdota, sino el último eslabón de una tendencia que comenzó en septiembre de 2020 con el consejero delegado de la plataforma de compraventa de criptomonedas Coinbase, Brain Armstrong, bautizando su compañía como una empresa "enfocada en la misión" (mission focused company) para defender su decisión de desvincular su compañía de asuntos sociales, decisiones políticas no relacionadas con criptomonedas, o trabajo desinteresado, más allá de su proyecto de donar un 1% de sus ganancias.

"Se ha convertido en algo común entre las empresas de Silicon Valley participar en una gran variedad de iniciativas de activismo social, incluso aquellas que no están relacionadas con lo que hace la compañía y algunos empleados realmente se preocupan por esto en sus compañías. ¿Por qué hemos decidido tomar esta decisión? La razón es que, aunque creo que estos esfuerzos son bienintencionados, tienen el potencial de destruir mucho valor en la mayoría de las compañías, tanto por ser una distracción como por crear división interna", opinó Armstrong en una entrada del blog oficial de la compañía, mencionando a Facebook y Google como ejemplos de ello.

La decisión venía precedida de una polémica meses antes: en mayo, en el momento álgido de las protestas del movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan) tras el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía en Mineápolis, varios empleados de la compañía reclamaron un posicionamiento público de su consejero delegado en favor de la justicia racial. Armstrong no quiso hacer un pronunciamiento público, aunque después lo hizo a través de su perfil personal en Twitter, unos mensajes que posteriormente borró.

El resultado también redundó en salidas de empleados, reconocidas por el propio CEO de Coinbase en otra entrada semanas después, en la que reveló que 60 trabajadores de la empresa, un 5% de su fuerza laboral, decidió salir de la empresa y reconoció que el número final sería "un poco más alto".

La polémica no parece haber afectado a la valoración de la empresa, que salió a bolsa este mes de abril con una buena recepción del mercado, cuyo interés se reveló en un incremento del 30% del precio de su acción en su arranque.

Amazon, Google y Uber, a vueltas con los sindicatos

Protesta de empleados de Google en 2018 respecto a la salida bonificada de Andy Ruben, acusado de acoso sexual.
Protesta de empleados de Google en 2018 respecto a la salida bonificada de Andy Ruben, acusado de acoso sexual.

Reuters/Stephen Lam

El problema va más allá de la libertad de expresión o el activismo social o político en las tecnológicas, sino que coincide con un momento en el que las grandes empresas de internet afrontan tensiones con sus empleados, que demandan mejores condiciones laborales y preparan su sindicalización pese a la oposición de las compañías.

Bien conocido es el caso de Amazon, de la que en los últimos meses se están conociendo testimonios de repartidores y empleados logísticos que revelan condiciones de trabajo difícilmente explicables: repartidores que tienen que comer en sus furgonetas y orinar en botellas de agua para cumplir los exigentes horarios de entrega y el gran número de paquetes, y quejas sobre las aplicaciones que tienen que utilizar y las nuevas cámaras instaladas en las furgonetas de la compañía, con alertas sonoras que "inducen a la ira" según explicaron varios repartidores a las reporteras de Business Insider Avery Hartmans y Kate Taylor.

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En paralelo, este mes de abril los trabajadores la planta logística de Bessemer (Alabama, Estados Unidos) votaron constituir un sindicato. Los meses previos estuvieron marcados por críticas a la compañía por presionar a sus trabajadores, desde el senador estadounidense Bernie Sanders hasta 70 fondos de inversión internacionales, entre ellos 7 españoles, que enviaron una carta a la compañía para reclamarle que no presionara a sus trabajadores. Finalmente, la iniciativa no salió adelante: 1.798 trabajadores votaron en contra de sindicalizarse, frente a 738 que lo hicieron a favor, con 505 votos impugnados y 76 anulados.

Amazon negó haber presionado a sus trabajadores, pero parece que este intento no será el último. Apenas unos días después de la votación en Alabama, los trabajadores de otro almacén en Staten Island (Nueva York, Estados Unidos) anunciaron su intención de sindicalizarse, esta vez bajo el paraguas de una organización propia denominada Amazon Labor Union, a diferencia del caso de Alabama, donde el movimiento estuvo apoyado por un sindicato ya existente. 

En Google han ido más lejos. A principios de este año, un grupo de 230 trabajadores anunció la constitución de la Alphabet Workers Union, el primer sindicato en una de las grandes tecnológicas estadounidenses de internet. Las políticas de la compañía contra los casos de acoso sexual, los métodos de vigilancia interna o la pérdida de la cultura de transparencia y discusión abierta son algunos de los elementos denunciados por sus impulsores.

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Unos días después surgió Alpha Global, una organización que pretende vincular a trabajadores de Alphabet en 10 países, coordinada por la federación sindical internacional UNI Global. En Amazon también se ha producido un movimiento similar, una organización denominada Amazon Workers International que se reunió en 2020 en Alcalá de Henares (Madrid).

El consejero delegado de Uber, Dara Khosrowshahi tuvo una posición bastante dura contra los sindicatos el año pasado, en pleno debate sobre una proposición de ley en California sobre si sus conductores debían ser autónomos o empleados. "Tenemos magníficos partidarios [de la Propuesta 22] en la comunidad que realmente se preocupan por los conductores, frente a los sindicatos y la política, realmente están teniendo en cuenta los deseos y necesidades de los conductores", dijo en una conferencia con analistas

Uber consiguió una excepción a esa norma convenciendo a las autoridades estadounidenses de que los conductores eran independientes y no una parte nuclear de su negocio —a diferencia de en Reino Unido, donde la Corte Suprema del país determinó en febrero que los conductores de la plataforma debían ser considerados empleados y no autónomos, provocando un impacto de 600 millones de dólares en sus cuentas del primer trimestre de 2021—, sin embargo esto ha provocado que los conductores elijan las carreras más sustanciosas, provocando que un tercio de ellos declinen el 80% de los viajes en San Francisco, según el periódico local San Francisco Chronicle, lo que está haciendo a la compañía retroceder en la libertad que dio a sus empleados, revocando la posibilidad de que vean los destinos y los precios de cada viaje.

Los problemas culturales afectan también a las recién llegadas, como TikTok

La transparencia de los empleados, cada vez más dispuestos a hablar abiertamente de las condiciones de trabajo de cada compañía a través de plataformas como Glassdoor, está revelando elementos oscuros de muchas de las tecnológicas, incluso de las más emergentes. Por ejemplo, la aplicación de vídeos cortos TikTok, una de las grandes ganadoras de la pandemia está viendo como algunos rechazan trabajar en su filial en Reino Unido por su cultura corporativa.

La red social propiedad de la empresa china ByteDance tiene lo que se denomina una cultura 996, consistente en trabajar de las 9 de la mañana a las 9 de la noche durante 6 días a la semana, es decir, unas 72 horas semanales, según revelaron a la CNBC estadounidense varios exempleados de TikTok y profesionales que decidieron rechazar ofertas de la compañía.

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"Durante mi primer año antes de la pandemia, puedo contar apenas cuatro o cinco fines de semana en los que no trabajé durante el año", aseguró a la cadena estadounidense un extrabajador de TikTok. Otro revela jornadas laborales "normales" de 15 horas en el día. "Todo el mundo se queja, pero al final todo el mundo lo aceptaba, probablemente porque los salarios son altos", añadió otra fuente a la CNBC.

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