La Guerra Fría 2.0 ya ha empezado y va a ser aún más aterradora que la primera

El nuevo enfrentamiento entre Rusia y Occidente no será una batalla entre espías, pero pondrá en peligro el actual equilibrio de poder y aumentará la amenaza de una guerra nuclear.
El nuevo enfrentamiento entre Rusia y Occidente no será una batalla entre espías, pero pondrá en peligro el actual equilibrio de poder y aumentará la amenaza de una guerra nuclear.

Getty; Savanna Durr/Insider

Una tarde de principios de marzo, pocos días después de que Rusia invadiera Ucrania, envié un correo electrónico a Vladislav Surkov para ver si estaba interesado en contarme su versión de la historia de Vladímir Putin.

El nombre de Surkov, aunque no es muy notorio en Occidente, sí lo es en Moscú. Conocido como el "cardenal gris" del Kremlin, Surkov ha estado al lado de Putin durante más de 20 años. Una encuesta realizada entre la élite rusa lo situaba como el segundo hombre más poderoso del país, justo detrás de Putin y por delante del primer ministro. Antes de abandonar el Kremlin en 2020, tenía expuestas en su despacho fotos de Barack Obama y Tupac Shakur. ¿Qué persona del círculo íntimo de Putin sería más capaz de explicar la mentalidad del líder ruso?

La dirección de correo electrónico de Surkov me la proporcionó su editor estadounidense. Surkov tardó menos de un día en responder: "Agradezco su interés. Tal dedicación es incluso admirable actualmente, cuando la realidad parece estar, más que nunca, obstruida. Sin embargo, es precisamente en estos momentos cuando las contradicciones de las distintas versiones producen tantas fricciones que la verdad se forma al calor del conflicto".

Me quedé desconcertado, pero pude ver a dónde quería llegar. Era "admirable", en su opinión, que "entre tantas versiones" yo hubiese pedido la suya. Y la "verdad", según él, iba a emerger de la invasión. Continuó: "La gente, incluidos los que una vez consideré mis amigos, han calificado lo que hago de relaciones públicas, pero en realidad soy un guardián de esta llama de la que nacen nuevas realidades. ¿Hay algo más verdadero que una pizarra en blanco? Puede enviarme sus consultas".

Y así lo hice. Le pregunté a Surkov por qué Putin decidió invadir Ucrania. Le pregunté también si se habían cometido errores, en retrospectiva, tanto al comienzo de la invasión como en su ejecución. Le pregunté qué se siente al haber sido sancionado por Estados Unidos. Al fin y al cabo, fue a Surkov a quien se le ocurrió entrar en Crimea y el Donbás en 2014. Desde entonces no puede viajar ni hacer negocios en Estados Unidos.

Surkov no respondió a mis preguntas. Pero poco después de nuestro intercambio de mensajes, Putin anunció medidas severas contra la disidencia interna, utilizando un lenguaje grandilocuente no muy diferente al de su antigua mano derecha. Putin calificó esta nueva censura como "una autodepuración natural y necesaria de la sociedad" para purgar a los "traidores" con "conciencia de esclavos".

Vladislav Surkov hablando con su jefe, Vladimir Putin, en 2012. Surkov ha afirmado a 'Business Insider' que la verdad surgirá al 'calor del conflicto'.

En el discurso de Putin, podía apreciarse una cierta reminiscencia al de Stalin. Al igual que Surkov, Putin se ve a sí mismo como "un guardián de esta llama de la que nacen nuevas realidades". 

Ya ha empezado a levantar un nuevo telón de acero en la frontera de Rusia con Occidente. Ha prohibido las plataformas de internet occidentales, ha reforzado el control estatal sobre los medios de comunicación nacionales y ha dificultado la salida de los rusos del país. 

Para Putin, que vio caer el Muro de Berlín desde un puesto del KGB en Dresde (Alemania), la Guerra Fría nunca terminó realmente. Y sus adversarios en Occidente han empezado a hablar en términos que efectivamente anuncian lo que podríamos considerar como una Guerra Fría 2.0.

La semana pasada Joe Biden proclamó, a lo Ronald Reagan, su compromiso con el capitalismo y "el mundo libre". Hizo lo que pudo para presentar el conflicto de Ucrania como una lucha entre ideologías moralmente opuestas: "La oscuridad que impulsa la autocracia" frente a "la llama de la libertad". Esta dualidad funciona bien en los discursos, pero no da cuenta de la complejidad ideológica del conflicto que se avecina.

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"Hay quienes dicen que la división entre autoritarismo y democracia reproduce la división de la Guerra Fría entre comunismo y democracia", afirma Arne Westad, profesor de historia de Yale. "No es así. China sigue siendo un país comunista en el que el partido dice representar al pueblo. Rusia, por su parte, es una dictadura personal cleptocrática que pretende ser una democracia", aclara.

La Guerra Fría 2.0 comenzó el 24 de febrero, en el momento en que las fuerzas rusas cruzaron la frontera con Ucrania. A juzgar por el primer mes del conflicto, será mucho más fluida y compleja que la primera. A diferencia de esta, actualmente el asunto no es bipolar, de espías contra espías, ni exclusivamente entre 2 superpotencias. Será un conflicto multipolar, una prueba de fuerza entre 2 confederaciones más independientes y cambiantes. 

Su resultado dependerá en gran medida de si Rusia consigue que China, la verdadera superpotencia, le preste su apoyo. Incluso en este momento, está claro que Rusia y Occidente se enfrentarán en algo mucho más similar a una guerra real. Y, al igual que la primera Guerra Fría, es probable que la lucha se prolongue durante años, quizás décadas.

Mientras intentaba entender los primeros días de esta Guerra Fría 2.0, me puse en contacto con un amplio abanico de académicos y expertos en Rusia y en la rivalidad entre grandes potencias. Advierten que el conflicto que se avecina se desarrollará de formas muy distintas a las de la primera Guerra Fría. Desde las batallas por la ideología y la información hasta la amenaza de una guerra nuclear, advierten, el mundo está a punto de entrar en un periodo que reconfigurará el orden geopolítico tan rápido como lo hizo la caída del Muro de Berlín o las consecuencias del 11-S.

Y, aunque las cosas no le están yendo bien a Rusia en el campo de batalla hasta ahora, no hay garantías de que la capacidad de Occidente para influir en el conflicto permaneciendo al margen de él vaya a persistir.

La guerra ideológica es ahora unilateral

La reticencia de Surkov a enviar sus tanques al combate refleja una de las principales diferencias entre esta Guerra Fría y su predecesora. La antigua Unión Soviética tenía una ideología muy distinta a la de Estados Unidos, pero aspiraba a algunas creencias que encontraron un terreno fértil en todo el mundo. Para los soviéticos, el comunismo era el punto final inevitable de la historia de la humanidad, un sistema universal que trascendía la lengua, la cultura, las fronteras nacionales y la vida de los líderes individuales. 

La URSS utilizó tanto la persuasión como la fuerza para intentar reproducir su sistema. Alcanzó el poder en Cuba, Vietnam, Angola y Nicaragua, y captó un importante número de seguidores en docenas de otros países del mundo en desarrollo.

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Durante años, Putin ha puesto distancia entre su propio tipo de autoritarismo y el linaje marxista-leninista de la Unión Soviética. Culpa a Lenin de las tensiones étnicas de Rusia y no celebró el centenario de la Revolución Bolchevique. En cambio, los partidarios de Putin identifican cada vez más su régimen con las tradiciones de la Rusia imperial de los zares. Sus aliados en la Iglesia Ortodoxa Rusa han celebrado la primera boda real rusa en más de un siglo, y uno de sus oligarcas ha resucitado la Sociedad del Águila de Doble Cabeza zarista. 

La gran teoría de una revolución impulsada por las clases ha sido eliminada y sustituida por un fino tejido de eufemismos nacionalistas: "desnazificación" y "operación militar especial".

La primera Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. La división de esta segunda Guerra Fría, por el contrario, será mucho menos nítida, y mucho más volátil.

Mientras que la Guerra Fría supuso un choque de ideologías (el comunismo frente al capitalismo), este nuevo conflicto es más bien un desajuste. Las acciones de Rusia no solo son indefendibles, sino que sus dirigentes no parecen especialmente interesados en defenderlas.

"Algunos pensaron que Rusia lideraba una naciente extrema derecha internacional, un movimiento colectivo que iba a desafiar al liberalismo. Pero ninguno de estos Gobiernos europeos de derechas, con la excepción de Bielorrusia, se está poniendo del lado de Putin. Para ellos, lo que está en juego en este conflicto es muy concreto. Apoyar a Rusia significa ser dominados, como en el pasado, por un vecino imperialista", explica Murtaza Hussain, que escribe sobre seguridad nacional y asuntos exteriores para The Intercept.

"Putin intenta desafiar el orden liberal, pero únicamente está volviendo al nacionalismo del siglo XIX y principios del XX. Había una narrativa en la derecha de que Putin sería el gran salvador de todos los occidentales blancos. Pero Hungría, Polonia -todos estos países bastante derechistas- no lo quieren", continúa Hussain. En otros lugares, sus intentos de socavar las democracias occidentales no le han servido para cubrir la invasión, ya que los políticos de derechas de Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Italia se han apresurado a distanciarse de Rusia.

Ucrania ha destruido casi el 10% de los tanques rusos, lo que hace que los expertos se pregunten: ¿es el principio del fin de los tanques?

Durante la Guerra Fría original, la Unión Soviética ofrecía un competidor real al capitalismo, capaz de ganar corazones y mentes en todo el mundo. "La confrontación ideológica durante la Guerra Fría era potente. Era absoluta. Determinaba cómo hablábamos y cómo hablaban", analiza Westad, profesor de Yale. 

Esta segunda Guerra Fría, por el contrario, enfrenta al capitalismo con el equivalente ideológico de una silla vacía.

Pero, al igual que Rusia ha abandonado la batalla de las ideas, las naciones occidentales se han mostrado reacias a entrar en un combate real para defender las suyas. La percepción de que Estados Unidos está "ganando" estos primeros días del conflicto, pende de 2 delgados hilos: la incompetencia militar de Rusia y la voluntad de lucha de Ucrania.

Occidente tiene una nueva arma

La Guerra Fría fue testigo de enormes sacrificios de sangre y dinero en ambos bandos. Estados Unidos estaba tan obsesionado con librar al mundo del comunismo que pasó casi una década intentando, sin éxito, controlar el Gobierno en Vietnam del Sur. Murieron casi 60.000 soldados americanos, junto con unos 2 millones de civiles vietnamitas. 

Los combatientes anticomunistas apoyados por Estados Unidos cometieron masacres en El Salvador y fomentaron golpes militares en Chile y Guatemala. La Unión Soviética, por su parte, mató a cientos de miles de personas durante su ocupación de Afganistán y desplegó tropas para aplastar a los disidentes en Europa del Este y Asia Central.

Hasta ahora, sin embargo, sólo un bando ha demostrado su voluntad de utilizar la fuerza militar en el inicio de la segunda Guerra Fría. La Administración Biden ha dicho repetidamente que el envío de tropas estadounidenses a Ucrania no es una opción. Uno de sus primeros movimientos tras la invasión, de hecho, fue establecer una línea directa de diálogo con Rusia para evitar cualquier escalada accidental, al igual que hizo la administración Obama durante la guerra civil siria. 

Por ahora, Estados Unidos y la OTAN parecen conformarse con dejar que los ucranianos afronten la lucha, y Occidente despliega un arma que se ha vuelto mucho más poderosa desde la primera Guerra Fría: las sanciones económicas.

En marzo, el presidente Joe Biden viajó a Varsovia, donde pidió que se endurecieran las sanciones contra Rusia recurriendo al mismo discurso del "bien y el mal" que caracterizó la primera Guerra Fría.

"La crisis ha demostrado que si EEUU, Reino Unido y la Unión Europea lo deciden, pueden aislar a cualquiera de la economía mundial", afirma Edward Luttwak, un estratega que asesora a Gobiernos de todo el mundo. Incluso China, señala, depende de la llegada de barcos cargados con más de 90.000 millones de euros en alimentos cada año, así como de petroleros. Si Occidente corta el flujo de soja, que constituye un tercio de todas las importaciones, China tendrá dificultades para alimentar a su población, y el aumento de los precios de los alimentos podría socavar su estrategia de creciente prosperidad.

Todo ello sugiere que China no puede permitirse hacer algo como invadir Taiwán o hundir un portaaviones estadounidense. "No importa si ataca uno o los hunde todos", dice Luttwak. "Si lo hacen, no llegarían a China. En 2 o 3 meses, después de sacrificar todos los cerdos, se les habrían acabado las proteínas. Esa es la mayor lección de esta guerra. No es un mundo del G-20. El poder de China es limitado. El poder de Rusia es aún más limitado. Si no le gustas al G-7, no vas a tener un trozo del pastel", sostiene el experto.

El argumento de Luttwak se ve confirmado por las cifras. En conjunto, los países del G7 representan casi el 40% del producto interior bruto mundial. China representa sólo el 15%, y el resto del G20 otro 15%. Y las cifras subestiman la ventaja monopolística del G7 en áreas críticas como el software y los equipos de precisión, productos que forman la columna vertebral de las economías modernas. En esta Guerra Fría 2.0, Occidente tiene en su mano la mayoría de las cartas económicas, siempre que pueda seguir manteniéndose unido y sancionando.

Las armas nucleares son una herramienta de ataque, no de defensa

La Guerra Fría normalizó lo que podría ser el concepto más extraño jamás promulgado por la especie humana: la idea de que 2 superpotencias que poseen suficientes armas nucleares para devastar el planeta sea, en muchas ocasiones, la opción menos mala para garantizar la seguridad de todos. La doctrina, conocida como destrucción mutuamente asegurada, permitió a Estados Unidos y a la Unión Soviética intimidar a un público escéptico para que gastara miles de millones de los impuestos en sistemas de armamento que se suponía que nunca se iban a utilizar.

Pero el inicio de la Guerra Fría 2.0 ha demostrado que la destrucción mutua asegurada ha evolucionado hacia lo que podría denominarse agresión unilateralmente incitada. La confianza de Putin en que otras potencias con armas nucleares no interferirían en su agresión no nuclear por miedo a entrar en un conflicto directo con otra potencia nuclear, se ha visto incrementada. En lugar de disuadirle a él, ha disuadido a sus rivales de contraatacar.

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"Un agresor decidido como Rusia es realmente libre de hacer lo que quiera. Si un agresor de este tipo te convence de que está dispuesto a arriesgar más que tú, el disuadido entonces eres tú. Que es exactamente lo que vemos en Ucrania", opina Pavel Podvig, un analista de Ginebra. Corea del Norte e Irán, añade, son otros ejemplos de esta dinámica emergente, en la que la capacidad nuclear permite realmente un comportamiento más agresivo. 

Aunque las armas nucleares siguen pareciendo un medio eficaz de disuasión de la guerra nuclear, también pueden incentivar a las potencias nucleares a iniciar combates convencionales.

Una madre californiana y sus hijos hacen un simulacro de huida a un refugio antinuclear en 1961. Al año siguiente, la crisis de los misiles en Cuba llevó al mundo a lo más cerca que ha estado nunca de una guerra nuclear.

Richard Samuels, que dirige el Centro de Estudios Internacionales del MIT, afirma que la lógica nuclear en un mundo multipolar implica que más países puedan llegar a la conclusión de que necesitan armas nucleares propias

Abe Shinzo, ex primer ministro de Japón, sugirió recientemente que Tokio considerara la posibilidad de compartir armas nucleares con Estados Unidos, siguiendo el modelo de los acuerdos de la OTAN. "Algunos países, denominados 'potencias nucleares latentes', están cerca de conseguir su propia capacidad nuclear. Pero la opinión de que tener armas nucleares hace que el mundo sea estable no es racional. Ahora mismo, estamos viendo cómo una persona que algunos consideran loca amenaza con utilizar su arsenal. No es de extrañar que la inseguridad se dispare", comenta Samuels.

Los expertos también advierten que Rusia podría utilizar armas químicas o biológicas. "Putin está acorralado y podría decidir hacer algo radical", dice Jaime Yassif, científico especializado en bioseguridad y director de la Iniciativa contra la Amenaza Nuclear. En comparación con las armas nucleares, los mecanismos internacionales de aplicación de las normas relativas a las armas biológicas y químicas son débiles. A pesar de contar con 183 países firmantes, la Convención sobre Armas Biológicas se las arregla con un presupuesto anual de menos de 2 millones de euros.

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Durante la Guerra Fría, hubo momentos de tensión en los que EEUU y la Unión Soviética pusieron sus fuerzas nucleares en distintas fases de alerta. También hubo conflictos como la crisis de los misiles en Cuba, cuando la guerra nuclear parecía estar a días o incluso a minutos de distancia. Pero lo que casi nunca ocurrió en los viejos tiempos fue algo que parece ser una característica central de la Guerra Fría 2.0: líderes como Putin, Kim Jong Un y Donald Trump sacando pecho y amenazando abiertamente con desatar sus capacidades nucleares.

"Es justo decir que no habíamos visto eso antes. Al menos, no tan explícitamente. Todo el mundo sabía que la Unión Soviética y EEUU tenían todas esas armas nucleares, pero no creo que nadie las pusiera sobre la mesa tan abiertamente", defiende Podvig.

La batalla de las mentiras

Hoy resulta difícil recordar lo sencillo que era, antes de la llegada de Internet, que un Gobierno controlara la vida intelectual de su propio pueblo. Durante décadas, los soviéticos concedían licencias a los aspirantes a escritores, revisaban todos los libros antes de su publicación y decidían quién podía trabajar en periódicos y revistas. El Gobierno también controlaba los medios físicos de circulación de información: las imprentas y las emisoras. La única alternativa era el samizdat clandestino, producido con máquinas de escribir y suministros de papel de particulares. La simple posesión de literatura samizdat era motivo de arresto.

La Guerra Fría 2.0 ha visto cómo tanto Rusia como China han intentado controlar la conversación interna de forma similar. Plataformas occidentales, como Facebook, Twitter e Instagram, han sido prohibidas. En Moscú, la policía ha detenido a transeúntes al azar por la calle y ha examinado sus móviles. Pero internet ha inclinado la balanza informativa a favor de cualquiera que tenga una VPN y un smartphone. Los Gobiernos actuales tienen que enfrentarse a los disidentes que quieren sacar a la luz sus mentiras, así como a los Gobiernos extranjeros que utilizan el anonimato de Internet para difundirlas. 

Los vídeos de Volodímir Zelenski han sido el extraño caso en el que un jefe de Estado ha aprovechado el poder disruptivo de la tecnología para definir la narrativa oficial de un país asediado. En el momento en que apareció el vídeo en el que Zelenski decía "no me voy a ninguna parte", cualquier ruso que lo viera sabía inmediatamente que Putin le estaba mintiendo, según Luttwak. 

"En otras palabras, nadie puede controlar la narrativa. Hoy los medios, en su gran confusión, tienen la virtud de la multiplicidad, y eso hace imposible vender una mentira total. Nadie puede manipular toda la información, por muy inteligente que sea, porque hay demasiadas fuentes, demasiados iPhones. Putin ha pagado el precio de eso. Su narrativa se ha derrumbado", explica el experto.

El uso de las redes sociales por parte de Volodímir Zelenski ha puesto de manifiesto una diferencia crucial con respecto a la primera Guerra Fría.

A diferencia de la Guerra Fría, cuando ambos bandos luchaban por el control de la narrativa, Occidente goza ahora de un dominio tecnológico del espacio informativo. Todas las principales plataformas online, a excepción de TikTok y Telegram, son occidentales. En comparación con la Unión Soviética, las plataformas son extremadamente abiertas. Pero, a la hora de la verdad, han demostrado su voluntad de cooperar con las agencias de seguridad de sus países de origen y de suprimir contenidos con una eficacia silenciosa que Lenin habría envidiado. En esta nueva Guerra Fría, Rusia y China se ven obligadas a ejercer el control que pueden sobre sustitutos digitales creados por ellos mismos, como Yandex y Weibo, incluso cuando sus jóvenes expertos en tecnología encuentran formas de socavar sus cortafuegos.

Sin embargo, el problema de cómo gestionar la conversación online no es exclusivo de Rusia o China. La dificultad de reunir a una sociedad conectada probablemente será un problema para los Gobiernos de ambos lados del actual conflicto. "¿Se puede ejercer tanto control con tanto crecimiento económico? Tarde o temprano, la presión por el crecimiento económico y la innovación puede dificultar la competencia de las economías gestionadas de forma centralizada. Haya o no otra Guerra Fría, nos enfrentaremos a crecientes divisiones dentro de las sociedades", reflexiona Ronald Granieri, historiador de la US Army War College. En otras palabras, Occidente también tendrá problemas para controlar las versiones oficiales en una era de medios de comunicación descentralizados.

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Durante la primera Guerra Fría, la comunicación soviética funcionaban como un universo ajeno y hermético, con sus propias reglas y su lógica interna. Pero ahora, la naturaleza de internet ha hecho que los 2 bandos se parezcan más. "Hay muchas similitudes entre Estados Unidos y Rusia", dice Kathleen Frydl, historiadora política. "En Rusia, puedes conseguir que el 60% de la gente se adhiera a una versión extrema de la irrealidad, mientras que el otro 40% lucha por hacer pública su narrativa. En EEUU, se puede conseguir que un 40% crea en una versión igualmente extrema de la irrealidad, pero, por desgracia para los estadounidenses, el sistema político ofrece la posibilidad real de entregar el poder a ese 40%", añade,.

En lo que se refiere al conflicto actual, son malas noticias para Estados Unidos. La democracia es una fortaleza cuando se trata de construir alianzas internacionales, pero puede ser una vulnerabilidad cuando se habla de poner a todos en la misma página a nivel interno. La presidencia de Trump demostró que las últimas divisiones y volatilidad en EEUU son comparables a las dramáticas protestas por Vietnam y los derechos civiles durante la primera Guerra Fría. Al mismo tiempo, la pandemia ha demostrado cómo los países de planificación centralizada, como China, tienen ventaja cuando se trata de montar una respuesta rápida a una crisis global. 

En esta segunda Guerra Fría, la mayor debilidad de Estados Unidos puede ser, en última instancia, sus propias divisiones internas. Que Occidente pueda mantenerse unido en relación con Ucrania dependerá en gran medida de la política interna del país de América del Norte. ¿Se mantendrá el consenso bipartidista a favor de la OTAN, impulsado por las noticias de guerra de Ucrania? O bien, ¿el proteccionismo de la era Trump se abrirá paso de nuevo desde los márgenes hasta la corriente republicana?

Todos contra todos

Sea como fuere, la Guerra Fría 2.0 podría resultar aún más peligrosa que la original. 

La primera Guerra Fría evolucionó durante décadas, junto con el desarrollo de armas y sistemas de comunicación más rápidos. Los diplomáticos y los planificadores militares tuvieron tiempo para adaptarse. Pero aunque el próximo conflicto comienza con la misma incertidumbre y el mismo miedo que caracterizó a la primera Guerra Fría, el riesgo se ve agravado por las armas y las comunicaciones ultrarrápidas que no aparecieron hasta después de su final. 

Las armas hipersónicas dejan ahora a los países con solo unos minutos para responder a presuntos ataques nucleares, mientras que internet hace más difícil evaluar rápidamente la verdadera fuente de cualquier declaración, por no hablar de las intenciones reales de un Gobierno extranjero. La Guerra Fría 2.0 es el equivalente de las grandes potencias a poner a niños pequeños al volante de coches de carreras de Fórmula 1.

Vladislav Surkov, antigua mano derecha de Putin, ya nos ha presentado su visión de la batalla que se avecina. En su relato corto Without Sky (Sin cielo), describe los contornos estratégicos de la V Guerra Mundial, a la que se refiere como "la primera guerra no lineal". Los siglos XIX y XX, observa, experimentaron guerras "entre 2 bandos". Ahora es un "todos contra todos". Algunos, inspirados por el renacimiento de Francia y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, incluso se unen a la V Guerra Mundial esperando la derrota.

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La historia se publicó en mayo de 2014, unas semanas después de que Rusia se anexionara Crimea y estableciera Gobiernos títeres en el Donbás. Aquella primera campaña en Ucrania, supervisada en gran medida por Surkov, era muy diferente a la actual. Era más encubierta, más negable, con muchas menos muertes. La campaña de Rusia para desacreditar y confundir a su oposición en el frente informativo sí funcionó. 

Hay muchas maneras, por supuesto, en que se puede desarrollar la Guerra Fría 2.0. Mucho depende de las ganas de guerra que tenga Putin, de las ambigüedades de la relación China-Rusia y de quién sea elegido presidente de Estados Unidos en 2024. No obstante, si el conflicto acaba prolongándose durante años, podría resultar desastroso para todos. El gasto militar se disparará. Los productos básicos, como los alimentos y el gas, serán más escasos y más caros, lo que alimentará las tensiones nacionalistas tanto en Europa como en Estados Unidos. El Sur global se hundirá aún más en la miseria, creando una oportunidad para que China siga expandiendo su influencia económica y política.

 Por el momento, el "mundo libre" se ha aliado en torno a una visión compartida, que esencialmente traslada la oposición moral de la primera Guerra Fría a la Guerra Fría 2.0. Pero, para derrotar a una Rusia revanchista y hacer frente al ascenso de China, Occidente necesitará algo más que un enemigo común. Tendrá que resolver el persistente debate sobre lo que realmente representa, y quién puede disfrutar de la libertad y la prosperidad que profesa.

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