Los efectos diversos y duraderos del COVID-19: qué se ha aprendido (y desafíos pendientes) sobre un virus que sigue atacando años después de la infección

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Gente con mascarillas por COVID-19 en la calle en España

Susana Vera/Reuters

El coronavirus ha demostrado con creces, después de casi 3 años y medio de pandemia, que no se trataba de un virus más y que la preocupación no provenía de una única infección que dejaba síntomas como tos o fiebre.

Desde entonces ha dado lugar a numerosas variantes, diversas enfermedades y secuelas y consecuencias de casi todo tipo: no solo en la salud (física y mental), sino también en la economía, la sociedad, el trabajo y el uso de la tecnología, entre otras muchas áreas. También ha destapado las carencias y la insuficiente preparación y ha transformado el día a día de las personas y el funcionamiento de las empresas.

En todo ese tiempo, se ha ido aprendiendo, corrigiendo errores y adaptando métodos para luchar contra un virus que se postula para seguir presente durante años o para siempre.

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La evidencia científica acumulada sobre todo lo que ha provocado el COVID-19 hasta el momento es amplia y variada. 

A mediados de agosto, uno de los últimos estudios publicados mostró que los pacientes de covid tienen mayor riesgo de desarrollar algunas dolencias psiquiátricas y neurológicas hasta 2 años después del diagnóstico, incluyendo brotes psicóticos, demencia, niebla mental, epilepsia, ansiedad y problemas del estado de ánimo. 

El mes anterior, otra investigación aportó más luz sobre una niebla mental (caracterizada por problemas de atención, concentración, velocidad de procesamiento de información, memoria y función ejecutiva) de la que apenas se tenían conocimientos al principio de la pandemia.

Esta halló similitudes entre la niebla mental del covid y la niebla de quimio (síntomas cognitivos inducidos por la quimioterapia) e ilustró que "incluso una infección respiratoria leve por el SARS-CoV-2 puede provocar cambios neuroinflamatorios persistentes".

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Entre otros efectos del covid a los que ha ido señalando la ciencia en los últimos meses se encuentra un impacto cognitivo comparable a un envejecimiento de 20 años de edad, contracciones cerebrales significativas en pacientes recuperados,síntomas graves como la disnea o "falta de vida" y la pérdida del habla o la movilidad y otros sin una explicación clara, como la caída del pelo o los pitidos en los oídos.

La lista de todos los estudios que han intentado analizar lo que puede provocar el COVID-19 es inabarcable, pero destacan, por ejemplo, un análisis de Financial Times de los datos del NHS (Servicio Nacional de Salud) del Reino Unido, que ha mostrado aumentos significativos en las muertes por enfermedades cardíacas desde el comienzo de la pandemia en todos los grupos de edad, excepto en los más ancianos.

Otros han sugerido un mayor riesgo de problemas cardiovasculares durante al menos un año después en pacientes que no habían enfermado gravemente y un mayor riesgo y carga de diabetes en la "fase post-aguda" de la enfermedad.

"Lo que es particularmente alarmante es que estas son condiciones realmente de por vida" y quizá podrían "ejercer una presión adicional sobre los sistemas de salud", considera el Dr. Ziyad Al-Aly, director de ambas investigaciones, según recoge Financial Times (FT).

 

A todo eso hay que sumar las muertes, que a mediados de año la OMS estimó en al menos 15 millones de personas —y que podrían haber sido unos 20 millones más si no fuese por las vacunas—, y lo que queda por delante, a partir de nuevas variantes, de la certeza sobre la posibilidad de varias reinfecciones y en poco tiempo y del covid persistente, cuyos efectos parecen durar meses o incluso años.

Entre los desafíos por superar aparecen la consecución de las vacunas adaptadas las variantes en circulación y de las esterilizantes y resolver la escasez de recursos y un reparto poco equitativo de estos.

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Incluso antes de la pandemia, los expertos calculaban que faltaban 6,4 millones de médicos y casi 31 millones de enfermeras en el mundo para poder proporcionar una atención segura y de alta calidad, informa FT.

En el punto álgido de la última ola de coronavirus, ahora lejana según unos datos históricamente bajos, el sistema de salud en España también pareció acercarse al colapso, con médicos que recibían a un centenar de pacientes al día y una atención primaria sin todas las plazas cubiertas.

"Llevamos 3 años en un estado de tensión tan importante del sistema de salud para mantenerlo en unas condiciones dignas que en cualquier momento puede quebrar. Y la quiebra va a ser muy grave", advertía Lorenzo Armenteros, portavoz de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia, en una entrevista a Business Insider España.

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Así, la pandemia también ha enseñado agujeros como este, la importancia de los equipos multidisciplinares para tratar al paciente como un todo (frente a las barreras entre especialidades médicas), la necesidad de nuevos enfoques y de volcarse en la prevención, la conexión de la salud con otras áreas (nutrición, vivienda...) y el papel clave que puede jugar la tecnología, desde la telesalud y la inteligencia artificial para analizar datos hasta los wearablespara pacientes.

El coronavirus, y sus efectos, "no es algo que desaparecerá en una semana, en un año, o 2, o 3. Esto reverberará con nosotros durante generaciones", advierte Gwenaëlle Douaud, profesora asociada del Departamento Nuffield de Neurociencias Clínicas de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y quien dirigió el estudio antes mencionado sobre la contracción cerebral.

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Etiquetas: Enfermedades, Salud, Ciencia, Coronavirus