Las farmacéuticas no tienen ninguna vacuna para las futuras variantes y eso debería aterrorizarnos

Necesitamos una cartera de nuevas vacunas contra el COVID.

IStock; Vicky Leta/Insider

Cuando inició su mortal avance el COVID-19 en diciembre de 2019, ocurrió algo realmente alarmante: ninguno de los principales fabricantes de vacunas del mundo fue capaz de desarrollar una candidata cuando la gente más la necesitaba, a pesar de las décadas de experiencia y conocimientos técnicos.

Ni GSK. Ni Merck. Ni Sanofi. 

Al final, de las 4 grandes empresas farmacéuticas que fabrican vacunas, Pfizer fue la única que consiguió una candidata contra el COVID-19 —y sólo porque se asoció rápidamente con BioNTech, una biotecnológica alemana poco conocida, para desarrollar una vacuna de ARN mensajero (ARNm)—.

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Las vacunas son un negocio dormido, diseñado para producir en masa vacunas para enfermedades arraigadas, como el sarampión y la poliomielitis, cosechando beneficios seguros durante décadas. Hasta 2020, las vacunas tardaban entre 4 y 15 años —o más— en pasar de los ensayos clínicos iniciales al mundo real.

Ese ritmo exageradamente lento en el desarrollo de vacunas debería aterrorizarnos ahora. Porque para derrotar de verdad al COVID-19, tenemos que tener preparadas muchas estrategias de vacunación, dirigidas a todas las posibles variantes más probables del virus que podrían surgir en un futuro. 

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Tenemos que invertir en investigación básica en una amplia cartera de candidatos a vacunas, para que puedan estar disponibles en tan sólo 100 días si surgiera una verdadera variante de escape, haciendo que nuestras vacunas actuales sean inútiles. 

Pero las grandes compañías farmacéuticas, comprometidas con sus accionistas, no están preparadas para hacer eso, porque tal preparación requiere desarrollar un montón de vacunas que nunca se utilizarían —y, por lo tanto, nunca darán beneficios—.

En pocas palabras, "el coste y el riesgo" de la investigación sobre vacunas y la "demanda singularmente imprevisible" de vacunas con visión de futuro han "desanimado a los desarrolladores de vacunas", según concluyó en mayo de 2020 un informe de la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos. 

"Los organismos gubernamentales y sin ánimo de lucro han sido incapaces de ofrecer incentivos oportunos o suficientes para su desarrollo y suministro sostenido", añade el documento.

De hecho, los 2 fabricantes de vacunas contra el COVID-19 de mayor éxito, Pfizer y la biotecnológica Moderna, se mueven ahora casi con la misma lentitud con la que el negocio de las vacunas ha actuado durante décadas, investigando inyecciones para variantes como ómicron y delta sólo después de su aparición. 

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En la actualidad, no se dispone de vacunas específicas para cada variante. Las vacunas que se siguen distribuyendo se basan en la misma secuencia vírica que se recogió en la ciudad china de Wuhan en enero de 2020.

"Nosotros, como industria, no podemos ir a la caza de todas las infecciones emergentes imaginables que existen", reconoce a Business Insider el Dr. William Gruber, vicepresidente senior de investigación y desarrollo de vacunas de Pfizer. 

"Ahora mismo estamos todavía en modo de persecución. No hemos alcanzado el nivel de sofisticación que nos permita predecir de forma fiable hacia dónde se dirige el virus".

Un golpe de "suerte"

El Dr. Barney Graham y su equipo del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (EEUU) investigaron durante años las vacunas de ARNm antes de que apareciera el COVID-19.

Al inicio de la pandemia, el mundo tuvo 2 grandes e importantes oportunidades para desarrollar una vacuna. 

En primer lugar, los fabricantes de vacunas pudieron contar con 2 nuevas tecnologías de vacunación que habían aparecido en escena justo antes de la aparición del COVID-19. Conocidas como ARN mensajero y vector de adenovirus, ambas eran capaces de desarrollarse a una "velocidad de vértigo". 

Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos habían estado trabajando en el desarrollo de vacunas de ARNm en asociación con Moderna desde 2017, estudiándolas para su uso contra diversas enfermedades respiratorias, incluidas las causadas por coronavirus.

"Moderna fabricó el ARNm, y probamos modelos animales", cuenta el Dr. Barney Graham, subdirector del Centro de Investigación de Vacunas del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EEUU. "Cuando empezó la pandemia, teníamos datos que demostraban que la administración de ARNm de estos antígenos era eficaz".

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En segundo lugar, el propio nuevo virus resultó ser mejor candidato que la media para la vacunación. El coronavirus conocido como SARS-CoV-2 muta más lentamente que el VIH o los virus de la gripe, y tiene una proteína pico relativamente estable, lo que permite que las vacunas se dirijan al mecanismo clave que el virus utiliza para invadir e infectar las células humanas. 

"El COVID era ciertamente un patógeno más sencillo", reconoce el Dr. Drew Weissman, médico-científico de la Universidad de Pensilvania, también en EEUU, que ayudó a desarrollar la tecnología que sustenta las vacunas de ARNm tanto de Pfizer como de Moderna. 

"Pero, aun así, muchas vacunas fracasaron". Al final, cuenta, todo se reduce a una combinación de utilizar la plataforma de vacunas adecuada, elegir el objetivo de anticuerpos correcto y "tener suerte".

Pero incluso con la suerte del lado de los grandes fabricantes de vacunas, la pandemia no ha hecho casi nada para estimularlos a actuar. 

En su lugar, Pfizer y Moderna siguen enfocando el COVID-19 de la misma manera que las empresas farmacéuticas han enfocado tradicionalmente la gripe estacional: persiguiendo el virus del año pasado, en lugar de trabajar para apuntar hacia dónde podría dirigirse el siguiente.

"El problema de cómo hacemos las vacunas contra la gripe es que la cultivamos en huevos, y tarda unos 6 meses", explicaba el Dr. Anthony Fauci en el otoño de 2019, expresando su preocupación por el lento ritmo del desarrollo de la vacuna pocos meses antes de que se descubriera el nuevo coronavirus en China.

El problema de fabricar vacunas con tanta lentitud, ya sea para el SARS-CoV-2 o para cualquier otro patógeno, es que el virus suele acabar adelantándose a las defensas diseñadas para detenerlo. La vacuna contra la gripe de este año, por ejemplo, ha resultado ser sólo un 16% eficaz.

"No podemos esperar que las entidades comerciales hagan cosas que no van a ser comercialmente viables", advierte Graham. "Hemos planteado todo esto como algo que sólo puede tener una solución industrial. Eso está bien para fines comerciales, pero no para la salud pública".

El método "cóctel"

Vial de la vacuna de Moderna.

Lo ideal es que las inyecciones de próxima generación contra el COVID-19 se basen en el conocimiento de múltiples variantes del virus, y no en una sola secuencia.

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La estrategia ideal, según Eric Rubin, uno de los principales expertos en enfermedades infecciosas que asesora a la Administración de Alimentos y Medicamentos de EEUU (FDA) en materia de vacunas, sería desarrollar "un archivo de memoria de diferentes tipos de patógenos, incluidos muchos patógenos de animales, para que cuando uno de ellos se cruce o aparezca en los humanos, estemos preparados".

Algunas empresas de vacunas están trabajando en candidatos para detener las infecciones con el COVID-19 por la nariz, sofocando la transmisión del virus en su origen.

Una de ellas se estudia en España, en el laboratorio de Luis Enjuanes, del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

"En las vías respiratorias, que son la vía de entrada del virus, hay unas mucosas que tienen una inmunidad específica diferente de la sistémica. En los modelos de ratón hemos comprobado que nuestra vacuna protege al 100%", explica una de las investigadoras a Business Insider España.

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Weissman y otros investigadores están trabajando en vacunas "pan-corona" que se dirigirían a numerosas cepas del virus al mismo tiempo. Ya hay varios candidatos a vacunas inyectables en fase de desarrollo. 

"Esperamos empezar los ensayos con personas el año que viene", ha revelado a Business Insider. "Queremos que funcionen contra muchos coronavirus de murciélago diferentes. El problema es que no sabemos cuántos son necesarios, y probablemente nunca lo sabremos".

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"Se podría hacer literalmente un pequeño cóctel con un número limitado de secuencias diferentes de ARNm", explica el Dr. James Hildreth, inmunólogo que asesora a la FDA en materia de vacunas. Los científicos podrían elegir "tal vez 3 o 4 secuencias diferentes en su vacuna que responderían a lo que el virus pudiera hacer".

Dado que este enfoque de cóctel tardará en mezclarse y perfeccionarse, también es necesario desarrollar una amplia cartera de vacunas contra diferentes virus que puedan aprovecharse y distribuirse a toda prisa, cuando la siguiente variante o el nuevo patógeno ataque.

Y como las grandes farmacéuticas no tienen intención de apostar por vacunas que quizá nunca sean necesarias, adelantarse al virus en los próximos años requerirá un enfoque más innovador y previsor. 

Basándome en mis conversaciones con más de una docena de expertos en vacunas, he aquí 3 maneras de protegernos de lo que el COVID-19 —junto con cualquier otra amenaza vírica que pueda dirigirse hacia nosotros— nos depare:

1. Impulsar soluciones de mercado que incentiven a los fabricantes de vacunas para trabajar más rápido

Tal vez la principal razón por la que conseguimos las vacunas del COVID-19 en un tiempo récord durante la pandemia es que los Gobiernos de todo el mundo apoyaron su desarrollo de una manera novedosa. 

"El Gobierno puso una enorme cantidad de dinero que lo hizo todo menos arriesgado, porque prometió que iba a comprar [esas vacunas]", señala Rubin. "Las empresas no tenían nada que perder y todo que ganar. Eso no es un sistema de libre mercado. Pero funciona cuando se necesita".

A cambio de los compromisos de compra, las grandes farmacéuticas vendieron sus nuevas vacunas contra el COVID-19 a precios más bajos, como si quisieran dar las gracias por el adelanto de efectivo. 

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Pfizer, por ejemplo, vendió su vacuna a Estados Unidos por "el precio de una simple comida", mucho menos que su vacuna contra la neumonía, que se vende a más de 226 dólares la dosis (205 euros al cambio actual). 

"A 20 dólares [o 18 euros] la inyección, Pfizer no hace más que entregar el valor a la sociedad", defiende Craig Garthwaite, economista especializado en salud de la Universidad Northwestern, también en EEUU. "Queremos decirle a la gente: si haces cosas para ayudar a la sociedad, vas a ganar dinero con ello". 

El año pasado, incluso a precio de chollo, la vacuna del COVID-19 le reportó a Pfizer 36.700 millones de dólares (más de 33.000 millones de euros), cerca del 45% de los ingresos globales de la compañía en todo 2021.

2. Estimular la competencia apoyando a las nuevas empresas innovadoras y a las asociaciones

En el pasado, cuando las grandes empresas farmacéuticas querían innovar en el ámbito de las vacunas, se limitaban a absorber a sus competidores. Pero durante la pandemia, las grandes farmacéuticas tuvieron que aprender a asociarse con las pequeñas empresas que desarrollaban nuevas tecnologías de vacunas, en lugar de limitarse a engullirlas

"Las grandes empresas no tuvieron más remedio que adoptar esas tecnologías y, en algunos casos, incorporar a las empresas que lo estaban haciendo", apunta el inmunólogo. 

Pfizer se alió con BioNTech, mientras que la Universidad de Oxford lo hizo con AstraZeneca, Moderna trabajaba con los NIH y GSK unió fuerzas con CureVac, una empresa alemana de ARNm. Y amplió recientemente su oferta con Rovi, para fabricar durante 10 años todo tipo de vacunas de ARNm de Moderna

También es importante incentivar soluciones novedosas a menor escala que puedan avanzar a la velocidad de las amenazas biológicas. 

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Varios organismos públicos, como el Departamento de Defensa y la Autoridad de Investigación y Desarrollo Biomédicos Avanzados de EEUU, gestionan lo que son esencialmente empresas de capital riesgo del sector público para financiar nuevas empresas innovadoras en el ámbito de la tecnología sanitaria. 

Esta financiación hace lo que el sector privado no hace: apoyar la investigación básica para cubrir todas las bases. 

Rena Conti, experta en biofarmacia y política pública del Instituto de Innovación y Política del Sistema Sanitario de la Universidad de Boston (EEUU), dice que los estos fondos gubernamentales adoptan un "enfoque de cartera", respaldando una serie de ideas antes de que las soluciones que proponen sean siquiera necesarias. 

"Están aprovechando tanto lo que puede hacer el Gobierno como lo que puede hacer el sector privado", señala Conti.

3. Crear "centros de fabricación de vacunas" nacionales para fabricar nuevas candidatas

Un investigador en un laboratorio

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"La forma de responder a una pandemia es la misma que hay que responder a una invasión", dice Martin Friede, coordinador científico del desarrollo de vacunas en la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

Eso significa crear lo que son esencialmente ejércitos contra los patógenos virales: una red de fuerzas preparadas y entrenadas para luchar contra las nuevas amenazas en todos los lugares y en todo momento.

"Necesitamos una red mundial, o redes mundiales, de centros de ensayo clínico que tengan protocolos y sean de alta calidad y estén listos para ir por todo el mundo", dijo la Dra. Nicole Lurie, directora ejecutiva de preparación de la Coalición para las Innovaciones de Preparación para las Epidemias. 

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Sudáfrica está tratando de hacer precisamente eso, creando un centro de vacunas respaldado por la OMS llamado Afrigen para hacer frente a la escasez de fabricación de las vacunas del COVID-19. Petro Terblanche, que dirige Afrigen, dice que debería estar listo para realizar sus propios ensayos de vacunas en noviembre. 

"No es imposible que tengamos la capacidad de innovar y sacar al mercado una vacuna que sea segura, asequible y eficaz", me dijo.

Todos estos enfoques —desde incentivar el mercado hasta reforzar las alternativas públicas— requieren mucho más dinero de los contribuyentes del que estamos aportando actualmente. Pero, como hemos aprendido de la dolorosa experiencia, el coste de estar mal preparados puede ser aún mayor. 

El síndrome respiratorio agudo severo (SARS) hizo retroceder a la economía mundial unos 40.000 millones de dólares (36.000 millones de euros) a principios de la década de 2000, mientras que el brote de ébola de 2014 causó unas pérdidas de 2.200 millones de dólares (cerca de 2.000 millones de euros). 

El COVID-19 ha empequeñecido significativamente esas cifras: el Fondo Monetario Internacional estima que la pandemia costará a la economía mundial 12,5 billones de dólares (11,3 miles de millones de euros) en 2024. "Incluso si se gastan 100 millones de dólares para estabilizar la economía mundial, es una inversión que merece la pena", dijo Lurie, el director de preparación para emergencias.

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Tal y como están las cosas, no tendremos las vacunas que necesitamos, cuando las necesitemos, porque no estamos invirtiendo lo suficiente en proyectos de investigación que tengan la oportunidad de dar frutos para prevenir futuras catástrofes. 

Hasta que no haya más financiación a largo plazo para la ciencia básica en los laboratorios públicos y en los centros de investigación independientes, las vacunas no van a avanzar lo suficientemente rápido como para combatir futuras variantes del coronavirus o cualquier otra amenaza que surja después.

"La mayoría de las amenazas pandémicas que tenemos comienzan como enfermedades regionales", advierte Graham, director de vacunas de los NIH. "Incluso el VIH fue una enfermedad regional, sólo que no la reconocimos a tiempo. Así que lo que necesitamos es una mayor consciencia de que resolver los problemas regionales es algo que beneficia a todos".

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